jueves 10 de julio de 2008

Historia del rescate de Akbar desde otro punto de vista 3

Pero todo eso era precisamente algo de lo mucho que tenía que definirse en los siguientes meses, y el asunto central para Tobi era (trabajar todo lo necesario para) no quedar prendido en trabajar más en la puta empresa, a largo plazo; y, en lo inmediato, sacarse todo lo posible de encima el engorro de esa expedición.

Con su cabeza truculenta y obsesiva, esto era un objetivo utópico, lo sabía desde antes y por supuesto eso pasó (y odiaba esto: saber que no tenía que actuar de determinado modo porque le acarrearía toda clase de complicaciones a su salud psíquica, pero hacerlo igual; a diferencia del refrán de Ringo Bonavena, Tobi tenía el peine y el cabello, pero sus manos eran como de personajes de Lovecraft, y no podían maniobrar el puto utensilio para poder hacerse la puta raya al medio de modo conveniente). O sea que lo de marzo-abril, reducido al principio a cuatro o cinco horas de charla hierática y amable en Atenas o en Milán y llena de libros de contabilidad, gráficos, evaluaciones, diseños y pautas de campañas en países y continentes diversos, se fue convirtiendo en mayo-junio (con Soldi ya instalado definitivamente en Asia) en llamados casi todos los días. Y, las últimas jornadas, a casi toda hora.

Y a eso hay que sumarle que Tobi, en junio, sobre todo los últimos quince días antes de las vacaciones, se ponía frenético como todo el mundo en el hemisferio norte ordenando detalles con Sofi y Félix y Jaspe para que no lo jodieran durante todo julio.

Así que las últimas jornadas de junio fueron un pandemonium. Tobi pasaba casi todos los días de ocho y pico hasta la hora de la cena entre burocracias, reuniones societales, ciberconferencias, llamados telefónicos, almuerzos de trabajo y a veces hasta cenas de trabajo que terminaban después de las 11 de la noche, con la sensación de no haber parado en todo el día más que para ir al baño o tomar un vaso de agua (Félix, cocainómano del carajo, no podía entender cómo alguien que jamás se pegaba una raya podía sobrevivir a esas jornadas ciclópeas que a él mismo, varios saques mediante, solían dejarlo con un agotamiento perenne y al borde del infarto).

Y no era joda: Tobi estaba en ese punto de la quemazón mental en que sólo podés continuar frenético a perpetuidad o hasta que te estalle el corazón o si no detenerte y fisurar tres días en cama o agarrarte una lipotimia.

Jaspe le seguía el juego: estaban en Atenas, era el laburo de todos, era la vida. Así que desayunaba con él, lo dejaba irse por el resto del día, levantaba a los pibes, los dejaba en manos de la niñera, luego salía a hacer trámites callejeros, entraba y salía de la oficina (distante diez cuadras de su casa), al mediodía volvía y morfaba con los nenes ya de vacaciones así que llenos de cursos de guitarra (por suerte al hiperkinético preadolescente Lea le había pintado por ser Jimy Hendrix: el padre lo mandaba al sótano acustizado a que se le cansaran las hormonas durante cuatro o cinco horas, fingiendo fe en su talento y adoctrinándolo sobre que talento sin trabajo no sirve de nada, y que en cambio trabajo solo puede ser el talento, con largos exordios que al pibe le daban más ganas de irse rápido a no molestar a los padres antes de que el viejo le enchufara un disco de Grossman o de Gismonti), idiomas, ajedrez o dibujo (disciplinas que Arte cultivaba con una precocidad que lo dejaba todo blandito a su progenitor; Dios, cuando esa nena tenga quince años este flaco no va a poder vivir, pensaba Jaspe, viéndolos), se los volvía a encajar a la niñera y a la pileta, se pasaba la siesta verificando la distribución en la office, y a las 5 de la tarde se iba a merendar y a cotorrear con Sofi amablemente sobre fruslerías, libros, películas y (porque Sofi estaba saliendo con un escultor de familia adinerada, no muy talentoso esculpiendo pero con un talento sublime para el garche) artes plásticas.

Y si no, era almorzar y hacer la digestión con los críos y tomar el aire y nadar un poco bajo esos soles tórridos de junio en Atenas, y despegar a las 5 para la office a cerrar asuntos o participar de algún cónclave.

Y a las 9, como tarde, se iba para la cucha.

A Tobi lo veía llegar recién a medianoche, con su rictus característico de agotamiento luego del día al palo. El tipo se tomaba un té de melisa en su estudio mientras leía y dejaba música bajito y garabateaba un poco u ordenaba y pasaba en limpio los pocos mugrosos renglones que había juntado en todo el puto día. Cuando se iba a acostar, la hallaba a Jaspe leyendo o mirando tv plácidamente, fresca como una lechuga. Jasp, invariablemente, con el tono neutro y casi resignado de quien repite la misma frase cada noche, elevaba la vista por encima del librito y de los lentes y le decía Vas camino al infarto, pibe.

Ya pasará, respondía Tobi incongruentemente desvistiéndose a los tirones y sin fuerzas ni para mirarla.

De coger ni hablar. El tipo ponía bajito (porque era el sujeto más mañoso que hubiese existido nunca) su musiquita de mierda (Massada Quartet, Zorn, Fripp, Xenakis y otras pestilencias sonoras que a Jaspe la ponían de los pelos) y se desmayaba a veces sin darle un misérrimo beso en la frente. Pero cuando Jaspe, harta de ese salmodio lúgubre que cada noche ponía Tobi para conciliar el sueño o para distraerse mientras llegaba, se atrevía a apagarle el engendro, el desgraciado se despertaba de golpe como si acabara de pasar una estampida de elefantes, y la sorprendía al lado del equipo en actitud de enderezarse; ni dos segundos tardaba en despertarse, el maldito, en cuanto le sacaba la música.

Así que Jaspe tenía que dormirse cada noche sin sexo y escuchando esos abruptos silencios, golpeteos de puertas y rebuznos en que consistía generalmente el archivito de música seleccionado.

Recién amainaba el trote los fines de semana. Los viernes Tobi, tan hedonista como obsesivo, liquidaba todo como tarde seis y pico, se iba a bañar, mateaba tranca mientras la jermu concluía su acicalamiento, se lavaba los dientes y salían al teatro o al cine y a cenar, a veces solos, a veces con los chicos y casi siempre con amigotes de sobremesa griegamente larga y vino caro (o retsina) y faso de la flor.

Pero esto no mejoraba mucho la cosa, porque Tobi, más relajado pero aún exhausto por el trajín de la semana, una vez en la pieza apenas cambiaba dos palabras y una tuca y se le dormía como un nene (¡qué lejos estaban entonces los insomnios de casi todo el año, las pesadillas de su adolescencia!). El único ruido que podía despertarlo era que Jaspe le quitase la música. Si llegaban a bombardear la ciudad, ni se hubiera mosqueado.

Maldito malparido.

Nuestra dulce heroína llegaba así al sábado famélica de sexo. Recién ahí su marido recuperaba lo suficientemente la cordura como para que le vinieran ganas de ponerla: amanecía y Jaspe ya estaba con los ojos como el dos de oro; boca arriba en la cama, se estrujaba las manos media hora y terminaba levantándose, se lavaba la cara y los dientes, se bebía un vaso de agua fresca, después de un rato uno de leche para endulzar el paladar, y a las ocho, si el quía no daba señales de vida, se le enredaba al cuerpo y le propinaba besitos chasqueantes con su boca grandísima hasta que el nabo abría los ojos y se encontraba con los dos farolazos violetas y esa piel encarnada de deseo y esos labios rojísimos sonriéndole melifluamente, todo eso asomando entre cabellos rojocastañosamarillos violentamente desordenados como un trigal agreste, y la olía, la olía por primera vez en la semana y ahí venía por fin la tan ansiada biaba luego de tanto ayuno.

Y si paraban para desayunarse de alimento, eran veinte minutos para recuperar resuello y después seguir amasijándose casi hasta el mediodía mientras el equipo de música repetía sempiternamente los estertores frenéticos de Miles Davis o cualquier otra cosa que amortiguase los gemidos.

La mañana del sábado resultó, en esas semanas, lo único que hacía soportable esa vida del orto que llevaba Jaspe. Quería rajarse YA a Lesbos, a nadar y asolearse y no hacer nada en todo el día salvo ver a los nenes peleando y chapoteando y sin que el maldito celular sonase en muchas horas.

Cuando llegó la última semana, la crispación de Jaspe (Jaspe, de proverbial dulzura, hubiera escrito Homero) se podía palpar. Es que todos esos días, desde las ocho y pico, mientras se desperezaban desayunando, Soldi empezaba a llamar: Tokio en una semana; Sydney ya estaba, lo había liquidado; Seúl estaba verde, estos coreanos son más desabridos que la cocina inglesa; Lorna y Raica (las modelitos que se había llevado de gira) habían hecho capote: en donde aparecieran era un tumulto de japoneses: firmaban prendas de Ombú recién compradas a precio de oro durante una hora sin parar; Había fotos de ellas por toda la ciudad; Se habían gastado sus ganancias personales de un año, pero valía la pena, estaban arrancando con tutti. En fin: la cabeza de Jaspe era un marasmo de jaquecas.

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