El domingo que Boca le ganó a River, cayó un amigo muy culto que es teólogo valdense. En el 2007 le había prestado una versión (muy vieja por cierto) de
El libro de Jaspe y comentamos un rato las impresiones que le produjo el libro. Me hizo unas devoluciones muy interesantes, como un cierto cambio en el tono utilizado (por ejemplo entre palabras soeces y palabras "asépticas" como "pene"). Las mejores devoluciones, para mí, son esas que me obligan a pensar y repensar (no siempre recordar, como en este caso) por qué una cosa está puesta de determinada manera y no de otra: la respuesta (que encontré recién hoy, pensando en este posteo) es que el pibe se escuda en un lenguaje técnico para describir las situaciones en las que es sometido por un hombre.
Eso me lleva al segundo (y principal) punto del que hablamos: es la conducta bisexual que asume Tobi en el libro. O sea: para él es "claramente bisexual, porque, si no, no se explica cómo el tipo puede seguir teniendo sexo, aunque sea por guita. Porque él les tiene que dar una satisfacción, una conducta satisfactoria, a sus clientes; en el amor te podés dar el lujo de no ser un gran amante, hasta de ser frío, pero en una relación de sexo profesional, tenés que ser bueno, y ¿cómo puede lograr eso sin sentir un cierto placer?", me dijo.
Yo le respondí con ciertas cuestiones filosóficas que andan por los costados de mi escritura (mi "visión de mundo", dirían las profesoras de Castellano de la secundaria), como ser: el hombre SIENTE PLACER SEXUAL AL SER PENETRADO; CUALQUIER HOMBRE. Esto es así por una cuestión fisiológica, a saber, que cuando el pene entra totalmente en el ano, con el movimiento (pistoneante, diría Tobi) roza la próstata del penetrado, lo que produce a su vez erecciones espantosas y muchísimas veces el penetrado eyacula en un clímax que es tanto anal como peneano (la gloria es, en esa situación, que ambos acaben al mismo tiempo); ahora bien: esto no ocurre en la mujer, porque entre el pene que entra en el ano y el órgano sexual femenino se interpone nada menos que el útero, que impide ese roce; por eso en general las mujeres se indignan cuando les proponen practicarles sexo anal: o tienen horror a probarlo por el tema del dolor, o bien lo probaron y más que nada les dolió.
Segundo punto: decir bisexualidad implica, para mi gusto, caer inocentemente en los cánones creados por lo que Foucault ha llamado la normalización, es decir la producción de standards de salubridad física y mental, criminalidad, sentimiento del mundo, etcétera; en suma: la producción de identidades según determinados parámetros que no existieron nunca antes y que no tienen por qué durar demasiado más; los normalizados exitosamente son los normales; los que están al costado (los locos, los enfermos, los erotómanos, los viciosos, los criminales, los homosexuales, los artistas, etcétera), son los anormales, pero estas categorías de anormalidad tienen una cualidad identitaria que surge de este proceso de normalización: no existían antes (en el sentido que la modernidad les imprimió: locos, enfermos y putos existieron siempre: aclaración para neófitos). Sintetizando con jerga heideggeriana: los entes estuvieron siempre ahí, lo que muta es el Ser (es decir, el significado adjudicado a los entes).
Esto nos lleva a la base de la que parte Foucault para armar su filosofía: la Modernidad nace, simbólicamente, con Descartes, que funda la concepción del yo moderna; en jerga deleuziana: sustancializa el yo (confunde el plano óntico con el ontológico, diría Heidegger). A partir de esta noción que entiende el sujeto ya no como instancia discursiva (el sub jectum con que los latinos tradujeron el hypokéimenon aristotélico) sino como existente objetivamente en el mundo, se funda la subjetividad burguesa, opuesta a los entes (la res extensa cartesiana), a los que el humano, como pináculo de la creación bíblica, tiene derecho a dominar y explotar (recordemos, al paso, que Spinoza ya criticó este estatus ontológico especial en su
Ética more geometrico demonstrata, y no casualmente Tobi, tout se tient, alude a Spinoza en el
mail que finaliza
El libro de Jaspe).
Bueh, me fui por las ramas. Sigo.
Pendularmente, lo que ocurre con determinados sectores marginalizados (anormalizados), como los homosexuales, es que en determinado momento (años 60, por poner una fecha), comienzan a luchar abiertamente por sus derechos, pero, paradójicamente ("la crítica forma sistema con lo criticado", diría Derrida), asumen para ello "orgullosamente" las características de la anormalidad que les propinó la sociedad, invirtiendo sus connotaciones (el famoso orgullo gay). Ahora bien: esta actitud no hace otra cosa que prolongar la actitud marginalizadora, aunque la cambie de signo.
La pregunta que tácitamente circula por la actitud que asume Tobi (y explícitamente e
n un pasaje de la novela) es que no tengo por qué asumir (en el sentido de ontologizar) una identidad sexual determinada dentro de las que la cultura creó (esto me recuerda el pasaje del
Tractatus de Wittgenstein, donde se refiere metafóricamente a la mecánica newtoniana como una malla triangular que recubre el mundo: explica el mundo, pero no es el mundo; "el mapa no es el territorio", se dice sabiamente por ahí). Y que parte de la actitud consumista que nuestra sociedad (posmoderna) quiere (este "quiere" fuerza un sujeto que sólo es sintáctico, vale decir, que no existe en la realidad, pero el lenguaje nos habla, como decía el capón de Friburgo: no interprete nadie aquí, como han hecho tantos al leer a Foucault, una teoría conspirativa de la historia) es precisamente esa producción de standings: mientras para la cultura moderna la diferencia era vista como peligro para el cuerpo social, para la cultura posmoderna la diferencia es exaltada como virtud máxima, se exalta una libertad del individuo que está bien en el ámbito legal, pero que es una falsa libertad en tanto nos ata a identidades determinadas (a standings) que solapadamente nos instan a asumir tal o cual perfil de consumo (de algo así hablará entre otras cosas
La persa, cuando la termine). Así, la diferencia (la homosexualidad o la bisexualidad en este caso), puesta como "orgullo de la diferencia", es en realidad un gesto que reproduce la cultura que pretendía combatir (todo porque cree estar combatiendo la moral burguesa, que es un cadáver moral, quiero decir que no existe): la diferencia como asunción de una identidad que en realidad ontologiza perfiles de consumidor, es decir, apuntala la cultura que quería objetar. En síntesis: la mentalidad, diría Braudele, es invisible (es la cultura, ¡es la realidad!). La tarea de la filosofía (y también del arte, claro) es hacer visibles los hilos que nos asen para adquirir la libertad verdadera, sacándonos de (para decirlo heideggerianamente) el ser inauténtico, el ser medio.
En resumen, a Tobi le chupa un huevo que lo identifiquen como homosexual, heterosexual o bisexual: se niega a elegir como definitiva (a ontologizar) una idea preconcebida de identidad sexual. Se niega a entrar en casillero alguno (y esa es casi toda su tragedia: construirse su propio casillero desligándose, o mejor siendo, existiendo-como-desligado: aquella alusión en
Cicatriz a
Ulises oyendo el silencio de las sirenas).
Entonces: salteada la tapia ideológica-cultural (para decirlo con jerga bajtiniana) del heterosexual macho que ve como un oprobio y una mengua a su condición de varón que le rompan el culo, el tipo siente eventualmente placer fisiológico siendo garchado; no se hace cargo, no le importa hacerse cargo de una identidad (sexual en este caso) a partir de ese placer fisiológico; está enamorado de Jaspe y quiere sacarla de la calle; pragmáticamente, se prostituye porque no quiere trabajar y así puede hacer guita fácil y reventarse con los amigos una vez que cobró la guita: no busca más y no tiene nada más; no tiene más horizonte que su placer, y esa es la tragedia con que Tobi sale de
Cicatriz y entra en
El libro de Jaspe, y la salida de esa ausencia de horizonte es Jaspe, es decir el encuentro, la religazón con lo otro desde un punto de vista nuevo: una religiosidad no deísta como la que esboza muy provisoriamente Tobi en el mail del final de
El libro de Jaspe.
Es muy peliagudo y difícil, pero supongo que pasarán un par de décadas hasta que esto se entienda claro: mis libros prácticamente no han sido leídos por nadie, no ha habido la menor exégesis, y es lógico que aparezca como oscuro y embarullado. Pero así debe ser dicho, ça parlé, ¿qué clase de artista valedero sería si les sirviera la verdad en bandeja?: para esos menesteres están los Coelho, Andahazi, Galeano, Rivera, Tizón, Allende de este mundo. No estamos aquí para hacer el camino, sino para dinamitarlo.
Bueno, ya no sé si dije todo lo que tenía que decir, pero son más de las doce y mañana tengo que atender las putas elecciones de Estados Unidos, así que redondeo.
El sábado a la noche fui a bailar a un boliche gay (muy buen sonido, muy buena música) en el que la estrella es el amigo de una gran amiga; fuimos con ella y con otro amigo en común, oriental él. Entre paréntesis, un paisaje de lo más tobiáceo: chicos (muchísimo pendejerío) besándose, chicas besándose, miríadas de personas al palo de ácido; multitud hormigueante, misa neopagana de los sentidos; baños de varones con las paredes llenas de semen de polvos rápidos acabados contra los azulejos; camerinos con nuestro amigo-estrella caracterizado como David Bowie en su período más glam, con canilla libre de champán, vinos, bebidas blancas, agua mineral; conversaciones delirantes y rostros de estupor de los otros bailarines ante las salidas estrambóticas de esa especie de ocurrente a la Oscar Wilde en plan zendadaísta que suelo ser a veces.
Bueno, la cuestión es que salimos tipo siete y media con nuestro amigo-estrella, su novio, el oriental, mi amiga y yo, rumbo a una panadería. Tomamos el 39, bajaron el oriental y mi amiga y seguimos rumbo al sur porteño con los tortolitos. Mientras comíamos facturas, el novio me preguntó qué escribía y me puse a sintetizarle lo que farragosamente escribí párrafos más arriba.
Cuando me explayé sobre las bondades de la próstata, fue un espectáculo verlos con la medialuna suspendida en la mano inmóvil, la mandíbula colgante, entre estupefactos y fascinados con la conversación.
A su vez, esta mañana (o sea la mañana de ayer lunes, ya) le referí todo el cuento al
Aforista: quedó shockeado con el asunto de la próstata. Además, se indignó porque durante todos estos años le hayan ocultado que existían todos esos placeres para el varón. Entonces, ya exaltado, concibió formar una ONG y marchar a Plaza de Mayo con pancartas exigiendo "que el Estado nos garantice una poronga a cada uno para que nos rompan el culo a gajos"; en el sucucho de al lado, Pepe, alias
El Meteorologista Tanguero, se reía agarrándose la panza y pedía por favor que dejáramos de delirar.
A la tarde, por fin, le sinteticé todos estos meandros a mi vieja, internada por unos chequeos en una clínica porteña durante esta semana, que cuando le nombré lo del efecto fisiológico en la próstata me miró pensando, claramente: "¡se me volvió puto!", mientras yo entendía la mirada y pensaba en Sarmiento, ese viejo cascarrabias y voltaireano y sabio que solía decir, a propósito de rémoras mentales: "es que el atavismo pesa".