La era porno. La verdad desnuda, o sea el esqueleto roído por los buitres (de Chicago). Hedonismo y vileza.
Los bisnietos de los que hacían zambas y bagualas hoy cantan "Pamela chu". ¿Son los únicos bárbaros? Claro que no: es el hombre sin raíz ni rama ni flor, pura travesía por el desierto de los sentidos.
yecciones
Lado B de El Rumiante.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Cicatriz tomo 4
Pero cuando Tobi se quedó solo en las tardes en su departamento y pudo re-capitular, empezó a comerse la cabeza. Había aceptado que la rubia se le metiera en la casa, acaso definitivamente. Porque si era verdad que la rubia no iba a vender más droga (con Santiago por lo menos) sus ingresos iban a decrecer mu-chísimo, con lo cual el próximo paso, acostumbramiento y resignación median-tes (tener una hembra a mano siempre, que le ordenen la casa, tener alguien con quien charlar, etc.), iba a ser compartir gastos, ya que estaban, si no se llevaban demasiado mal en la convivencia hasta allí (y la convivencia iba a ser pésima, Tobi ya se conocía, ya la conocía lo suficiente a la rubia). Así que Tobi pasó esa semana de lo más caviloso y distraído en lo de Freddy, trabajando más maqui-nalmente que de costumbre (Freddy se quedó en el molde porque toda la histo-ria de la semana anterior había corrido de boca en boca, por ese reguero de pól-vora verbal llamado Mecha), muy angustiado en la soledad de su departamento, escribiendo como un animal sin poderse sacar de la cabeza todo lo que le había tirado la rubia, el fardo pasado y el fardo futuro.
En esos días escribió muchísimo, promedio siete u ocho horas diarias, unos textos autobiográficos, como si por medio de la palabra escrita, vista en la pan-talla, intentara clarificar todo lo que le estaba ocurriendo, el matete en el que es-taba metido. Pero el matete no era la rubia, los quilombos de la semana ante-rior, sino algo mucho más complejo y evanescente e inefable, algo que se coci-naba en su cabeza acaso desde hacía muchos años, y que ahora, forzado o traído a la superficie (es decir, a la conciencia) por una serie de hechos más o menos fortuitos o más o menos concitados por su propia psique (como si su cuerpo mismo, o mejor dicho, su inconsciente mismo, fuera el laberinto, ansiara el mi-notauro acechante adentro), lo pinchaba en la soledad de su departamento. Eran muchos quilombos juntos que se le agolpaban, era demasiado tiempo para estar solo y pensar, porque cuando escribía paralelamente iba pensando el texto e intentaba desenredar esa madeja armada por la historia con la rubia o por su psique misma (una Ariadna perversa) y que lo enredaba mentalmente hasta convertirlo en una momia claustrofóbica entre todos sus hilos de sentido.
Rubia. Ariadna, acaso Calipso, acaso Circe, acaso araña.
El lunes siguiente cayó la rubia con un par de valijas voluminosas llenas de ropa, de discos. Mientras subían, le anunció que iba a traer su equipo de música, que tenía un sonido bárbaro. Tobi advirtió, sin mirarla, que esto era un depar-tamento, que las paredes eran de papel y los vecinos eran neuróticos de mierda, y que con el quilombo de los golpes en la puerta el otro día las viejas habían perdido la paciencia y lo habían recontracagado a pedo y le habían tirado enci-ma al dueño del departamento.
Primera parada de carro, como para marcar el territorio. La rubia respondió a la advertencia sin mirada de Tobi con una mirada y una sonrisa contemporiza-doras. Tampoco el tono de Tobi había sido ácido.
Eran las seis de la tarde, y Tobi había vuelto hacía un par de horas de traba-jar. Había estado todo ese lunes con una pelota en el estómago, pensando en lo que se venía. Suprimamos el matrimonio con la iglesia y el civil y la fiesta, todos los rituales de cambio de estado civil, el juramento “hasta que la muerte los se-pare”, pero aunque con eso se difuminará el paso, el paso estará ahí, en algún recodo de la mente. Y si la mente es una inteligencia neurótica (más aún, neuro-tizada) resulta que tendremos un germen de conflicto, una bomba con el deto-nante quisquilloso, capaz de estallar en cualquier momento (y de los modos más inesperados).
Primer problema práctico: dónde guardar toda la ropa de la rubia. La rubia se comprometió a dejar todo en la valija hasta el día siguiente, y después, a la ma-ñana, cuando Tobi estuviera trabajando, traer alguna otra cómoda. Tobi objetó que la mitad de su cómoda estaba vacía, que ahí podía poner algo, de manera que la rubia empezó a abrir valijas y a meter prolijamente ropa en los cajones de abajo, zapatos (algunos que había traído) en la zapatera. Sacó cuatro o cinco camisones, mientras Tobi, de manera un poco nerviosa, reanudaba su tecleo complejamente rítmico, lleno de largos silencios como una música vanguardista, silencios que eran sucedidos por abruptos y renovados retorcimientos rítmicos, como un ametrallamiento de palabras. Pero no lograba concentrarse. No podía evitar a cada rato miradas de reojo a la rubia. Entonces la rubia lo llamó, y Tobi miró, y la rubia le presentó a la vista los cuatro o cinco camisones, y le preguntó cuál prefería para esa noche, y Tobi, distraídamente, con indiferencia, casi con hosquedad, fijando de nuevo la mirada en la pantalla de la PC, le dijo que Algu-no que no le diera frío a la noche, bebé, y entonces la rubia, sin borrar del todo en ningún momento la sonrisa un poco forzada y un poco feliz que se había traí-do esa tarde, eligió uno que apenas le cubría los mulsos, color rosa viejo. Guardó los otros en el último cajón y, doblando cuidadosamente el camisón rosa viejo, lo metió abajo de la almohada. Luego sacó una caja pesadísima con medio cen-tenar de compacts y le dijo a Tobi que le había traído mucha música para que oyese mientras escribía, y Tobi asintió sin mirarla. La rubia entonces dijo que no quería molestarlo mientras escribía, que si él quería ella se podía ir a otro lado hasta la noche, y Tobi, sin mirarla, le dijo, que No, por favor, no me molestás. Con que no me hables cada dos minutos me alcanza. La rubia ya no aguantó tan estoicamente el enésimo puñal helado: lo miró diez segundos con odio y luego, tratando de contemporizar, acotó que si él quería ponía música y se ponía a leer un libro. Tobi asintió. Entonces la rubia le dijo si además de la música quería que le cebara mate mientras él escribía. Tobi, al borde de un colapso nervioso (toda esta secuencia fue para él más desesperante que un coito interruptus), aceptó para no desalentarla y porque de todos modos iba a ponerse en cualquier momento a tomar mate, e iba a quedar feo ponerse a tomar solo con la rubia mi-rándolo (porque no iba a parar de escribir para caminar hasta la cama o el sofá y alcanzarle el mate a la rubia), pero de inmediato guardó lo que estaba escribien-do en la PC y en un diskette sin título ni etiqueta, y abrió otro archivo. Ensegui-da desistió de escribir: no podía con alguien al lado, mirando cada letra que él iba poniendo en la pantalla. Así que se pusieron a tomar mate sentados como estaban, Tobi de costado a la PC, la rubia a su izquierda, cebando con el equipo en el piso.
Se pusieron, inevitablemente, a conversar. La rubia le dijo que Tir le había asignado un sueldo de mil pesos en blanco, con obra social y todo, así que iban a estar bien. Tobi no recibió ese “iban” con ningún beneplácito, porque parecía so-lidificar, en un futuro impreciso, la situación actual, es decir, la rubia metida en su casa. Ella agregó que estaba buscando un comprador particular para sacarle más a la casa, y si podía comprarse una casa, NO UN DEPARTAMENTO, en Ca-ballito o en Almagro mismo, porque las casas eran más lindas para vivir (Y más fáciles de asaltar, acotó Tobi con sarcasmo).
De todos modos, salido ya de la abstracción absoluta del entorno que le in-fundía el acto escriturario, se permitió ser más amable. Dejándose llevar por la mansedumbre presente de la muchacha, le acarició el rostro y le preguntó cómo había andado.
En Parque Chas te extrañaron todos, estos dos fines de semana. Las chicas estaban preocupadas, les extrañó que no llamaras por teléfono a nadie en to-dos estos días. Yo los miraba a todos y nadie me decía nada, pero me miraban como pensando “Está depre, ¿no?”.
¿De dónde les venía ese hablar igual, con giros iguales, con inflexiones y pau-sas iguales, a los dos? Ese “¿no?”, que solía completar las frases. En gran parte, de Parque Chas y de la tribu, sobre todo quizá de Tir, y a Tobi, seguro, en gran parte de esas horas a solas con la rubia, sin demasiada charla pero con la sufi-ciente convivencia como para generar rituales y tics comunes. Y además, había cosas del modo de hablar de Tobi que se le habían pegado a la rubia, y, menos, a algunos tiráceos. Quizá la manera de hablar de Tobi armando las frases, como si estuviera exponiendo una argumentación o contando una historia, se le había pegado un poco. O quizá (esto a Tobi, íntimamente, lo regocijaba, porque signi-ficaba, si era cierto, que era capaz de absorber las experiencias, de chupar el en-torno para convertirlo en arte) la manera de hablar de los tiráceos se le había pegado en la escritura, y era eso lo nuevo, lo salido como de ningún lado y que empezaba a gustarle de su escritura de esos meses, lo que se había filtrado con todas sus fuerzas en los escritos autobiográficos de la última semana, una mane-ra de escribir anárquica y procelosa y feliz e irónica con el contar mismo, una desmañada escritura que desordenaba los datos para entregarlos desgreñados a la vista del hipotético lector. Como si esa prosa caótica, meandrosa, digresiva, lograse ser lo más a-literaria posible, lograse captar el germen de los instantes, el punto justo de intersección en que se cruzan el acontecimiento contemplado y la contemplación con el comienzo de una reflexión constante pero casi no cons-ciente sobre lo contemplado y la contemplación, y que, Tobi creía, era el privile-gio de toda buena literatura: captar las profundidades de lo humano; no de lo experimentado sino de lo vivido, de lo vivenciado, de (si se quiere poner uno culturalista o constructivista) lo experimentable, lo vivenciable.
Había pocas noticias más para dar. Alma estaba muy flaca, era preocupante. Es-taba verde. Todos estaban preocupados, hasta Mecha, que empezaba a mirarla con miedo de que le pasara algo. Al poco tiempo de dejar de verse con Tomi, Alma había comenzado a salir con un DJ del boliche donde estaba laburando, y el tipo curtía heroína, como Tobi había podido comprobar en el Tigre. Conversa-ron lacónicamente sobre el tema, con largos silencios y rehuyéndose las mira-das. Un largo silencio cerró el tema.
Luego la rubia le preguntó si quería que le cocinara algo en especial. Tobi, de-volviendo el mate, respondió que no solía comer de noche cuando estaba solo, porque llegaba muy cansado. Eso era muy malo, dijeron los ojos de la rubia. Desayunar a la mañana temprano, después picar un sánguche al mediodía, des-pués almorzarmerendar algo hecho muy a la bartola porque ya era hora más del mate que de los fideos, después las cursadas (ahora ya, definitivamente, parte del pasado tobiáceo) y a la noche, con el agotamiento de un día de enferma acti-vidad, picar algo que hubiese sobrado en la heladera, acaso un cacho de queso de rallar con pan, seguramente un vaso de yogur de frutilla, y a la cama, y así to-dos los días. Era malo, eso. La rubia, con todos sus pires y excentricidades, co-mía cuatro veces a sus horas, se permitía (se podía permitir, acaso) un ritmo de alimentación más normal, en la semana por lo menos. Ella cuidaba mucho ese aspecto de su persona. Comer bien, no necesariamente mucho, pero a sus horas, y tener muchas horas de ocupación, el día lleno de actividad para alguien como ella, criada así desde la primaria, de la escuela al taller de danza un día, y otro al de inglés, y otro al de francés, y otro al de… etc… gente para la cual los espacios vacíos, el dolce far niente, eran un lujo agendario recluido a los fines de semana (eso sí, viernes sábado y domingo hasta la madrugada era el descontrol total, pero cada cosa en su momento, después el lunes y el recomienzo de la fachada cotidiana, vivida por la gente como la rubia sin dramas, sin escisiones dos-toievskianas, como lo normal, esa normalidad que a la gente como Tobi le pare-cía una maquinaria tan monstruosa dedicada a triturar humanos, a convertir a las personas en vacíos recipientes consumistas, llenando todo su vacío {espacial, temporal, existencial} con ropas y electrodomésticos caros, drogándose o embo-rrachándose sin alegría, sin espiritualidad, gente que va y que viene en subtes y colectivos y taxis y remises y autos particulares, cascajos de humanidad, desqui-cios caminantes). De modo que la rubia revisó la heladera, no encontró nada, y fue al Coto más cercano a comprar harina, huevos, queso cremoso, acelga, etcé-tera, todo lo necesario para prepararle a Tobi unos canelones.
Los dos canelones le cayeron al estómago, desacostumbrado a manjares noc-turnos, como dos piedras, así que tuvieron que caminar un poco por el depar-tamento, seguir escribiendo mientras la rubia, ya acostada, leía una novela de Dumas, hasta que los canelones bajaron lo suficiente y pudo haber sexo en la penumbra (con cabezazos a la lámpara incluidos), nada del otro mundo, un pol-vo antes de dormirse, por reglamento, porque era lo único que, acaso, justificaba su unión, esa convivencia iniciada por la tarde y que quizá durase muchos años, todos los años por vivir: el sexo, el mero y buen sexo, el hambre canibalizadora de cada uno por el otro.
Al otro día la rubia mudó el resto de sus pertenencias al departamento, en un flete. A saber: un televisor color veinte pulgadas; una videocassettera; el centro musical; un roperito para colgar camisas y sacos, un perchero de hechumbre rústica con madera de quebracho; otra PC, porque la rubia estaba segura de que Tobi le negaría la entrada a la de él por miedo a que le espiase los archivos, era un pelotudo de primera, mañero como él solo; dos sofás para completar un jue-go con el sofá tobiáceo de tres cuerpos; un microondas; varios juegos de toallas; secador de pelo; sus tapados y sacos de invierno; dos sillas de paja para comple-tar las cuatro; una mesa de luz para ella; un velador; varios pares más de zapa-tos; etc. Todo eso, sin consultar a Tobi más que de modo general. Quedó ad refe-réndum en Saavedra la cama de la rubia de una plaza y media. En Parque Chas una sala llena de muebles en desuso esperaba al resto de las pertenencias mue-bles de la rubia: la cocina, la heladera; el ropero grande; la mesa, el resto de las sillas, etc… Las macetas ocupadas de primorosas flores fueron a la ruinosa casa de Villa Crespo. No había mucho más.
Estuvo toda la siesta ordenando con método y paciencia. Puso la cama de ca-becera a la pared y a los costados las dos mesas de luz (la traída por ella y la de Tobi, donde Tobi guardaba su bloc de notas y sus lapiceras de colores para es-cribir a mano), y a los costados de las mesas de luz acomodó la cómoda vertical de Tobi y el ropero chiquito, contra las otras dos paredes en las partes que da-ban a: i) el costado de la puerta de entrada; ii) el ventanal. Después, acomodó el sofá de tres cuerpos de espaldas a la mesa, y, enfrentándolos diagonalmente, los dos individuales que había traído. En el medio, una mesita ratona de madera con tabla de vidrio, de su propiedad. Detrás del sofá, la mesa, más cerca de la mesada y de la cocina con las cuatro sillas a los costados. A la derecha viniendo del sofá, más bien cerca de la puerta de abajo de la mesada (pero no tanto como para dificultar la apertura de dicha puerta), la heladera. En el extremo, inamo-vibles, la mesada de hechura simple y la cocina a su izquierda, dejando un espa-cio de pared entre ésta última y la puerta del baño. Del lado del ventanal, como siempre, la computadora de Tobi, ubicada de modo que el muchacho, zurdo, pudiese aprovechar la generosa luz del día (aunque Tobi escribía siempre al atardecer, o directamente a la noche, que era cuando estaba). Finalmente, llevó sus juegos de toallas y los acomodó prolijamente en los estantes con puerta de doble hoja pintada de blanco ubicado(s) a la izquierda del lavabo.
Al séptimo día descansó.
Tipo cuatro y media de la tarde, con cara de cansado, volvió Tobi del laburo. Salió del ascensor, caminó el breve espacio de pasillo hasta la puerta, corrió el cerrojo, movió el picaporte, abrió la puerta, y contempló al principio sorprendi-do (porque tuvo durante un segundo la impresión de haberse equivocado de de-partamento) y enseguida horrorizado (porque sentada en el sofá grande, leyen-do y escuchando música a bajo volumen {Moby, tranqui} estaba la rubia, abs-traída) el panorama de SU cucha.
La rubia levantó la vista sonriendo al sentir el ruido y se quedó mirándolo, luego de decirle, con el librito sobre el regazo, Hola.
Tobi cerró la puerta. ¿Estuviste trabajando todo el día?, preguntó mostrando sorpresa y tratando de ocultar el fastidio que le acababa de producir todo ese re-ordenamiento inconsulto.
La rubia sonrió Sí.
Tobi dejó de mirar el entorno, dejó la campera a los pies de la cama, miró a la rubia, se acercó a ella y la besó en la boca, un poco mecánicamente como hacían siempre. Pero el beso de la rubia se quedó en su boca, la rubia apresó con una mano la nuca lacia de Tobi y chasqueó sus labios contra los del muchacho, cari-ñosamente. Esto le produjo a Tobi una protoerección instantánea. Pero no era de eso el beso. Era de cariño nomás.
Se notaba que estaba contenta de estar ahí. Le dijo a Tobi, mirándolo con esos ojos increíbles, Tenés cara de cansado. Tengo la comida caliente en el horno. Canelones de ayer.
Eso le iluminó los ojos a Tobi (y le ablandó el pene). Se puso a comer como un orangután hambriento. Tres canelones (¿de dónde le venía esta asociación instantánea de canelones y sexo?). Pero los canelones y el sexo inmediato se lle-van mal, así que en un ataque de (¿cómo definirlo? ¿optimismo? ¿alegría?) le di-jo a la rubia Vamos al Parque Centenario a sacar fotos antes de que caiga del todo el sol. Se pueden sacar buenos claroscuros dentro de un rato. Y se la llevó a la rastra de la mano.
Estuvieron hasta casi las ocho sacándose fotos. Tobi practicaba con los con-traluces, sobre todo con los paisajes y con el juego de penumbras de los árboles. A veces una bandada de pájaros en vuelo, como un Simurgh, rasantes y eleván-dose apenas sobre las copas despellejadas por el invierno. De vez en cuando la usaba a la rubia para que posase, y, al ojo de la cámara, le descubría una sonrisa feliz y párvula, un brillito de esfinge inerme en los ojos azul claro que lo enamo-raban hasta la agonía, un color de labios encendido por el frío penetrante que le hacía la boca más inmensa, apenas desplegada en una sonrisa de brazos cruza-dos y pulóver escote en v. A cada foto que le sacaba, a cada nuevo ángulo o pose, le descubría un matiz nuevo, como si su rostro fuera poliédrico, inagotable. Puesto ante el lente de la cámara, que hiperboliza lo conocido y pone ante la vis-ta lo desconocido, Tobi tuvo que rendirse a la evidencia que, tal vez por un ins-tintivo sentido de supervivencia, se escamoteaba todo el tiempo frente a la ella: la rubia tenía el rostro más bello y más atroz que él hubiese contemplado.
Volvieron cerca de las ocho, con un frío de las remil putas. Sin demora, Tobi la tomó por asalto, le arrancó la ropa y la arrastró hasta la cama. Cogieron con el mayor entusiasmo hasta casi las once. Después comieron lo que encontraron frío en la heladera y se durmieron, cansados por las emociones del día.
De todos modos, aunque Tobi trataba de escaparle a la rutina, era inevitable que, con el correr de los días y de las semanas, la convivencia se enturbiara con roces o, peor aún, con mero aburrimiento. Por ejemplo, no se podía acostum-brar a escribir con la rubia al lado cebándole mate. Cada tanto, seguía con su texto autobiográfico, aunque con la estabilidad emocional que siguió a la llegada de la rubia eso había amainado bastante. Entonces, atacaba de nuevo la novela que reescribía desde mitad de año.
Pero como las horas de la tardecita con la rubia se le hacían insoportables pa-ra cualquier actividad intelectual que no fuera la lectura, empezó a dormir sies-ta, del modo más grosero, de ocho a diez y pico. A esa hora más o menos la rubia lo despertaba con la comida hecha o para que lo ayudara a cocinar o directa-mente para que le cocinase, y después Tobi lavaba los platos mientras la rubia miraba un poco de televisión puteando los canales de películas y buscando des-esperadamente un programa interesante en canal “á” hasta cerca de la mediano-che, en que empezaba a bostezar y se acostaba, leía un rato y se dormía. En el medio de todo eso, se echaban un polvo cuatro de cada cinco noches. Se conocí-an todos los corcovos y cosquillas del otro, todos los placeres y los morbos del otro, y jugaban un juego rápido entre meriendas y conversaciones y lecturas y televisión y cena y sobremesa y presueño. Y recién cuando la rubia ya se había acostado Tobi prendía la PC y, con el cercano cuerpo leyente o durmiente de la rubia, escribía hasta las dos o las tres, sin parar, tomando notas a lápiz cada tan-to, rearmando diagramas, armando y desarmando archivos, mezclando párra-fos. Sin parar, como una epilepsia digital que se le difundía a todo el cuerpo. El sexo verdaderamente salvaje y tupido venía sólo los fines de semana, en Parque Chas o después, en el departamento o en algún otro lado donde los abandonase el albur de cada noche.
La rubia empezó a trabajar en lo de Tir a la semana siguiente de establecerse en Lambaré. La solapada luna de miel se terminó, porque la rubia entraba a tra-bajar a la una de la tarde y salía a las siete, de modo que llegaba a las ocho, la misma hora en que Tobi, luego de haber escrito un par de horas solo con la PC, se acostaba a dormir su siestita.
Pero a veces había trabajo en lo de Freddy bien de tarde, ocho o nueve de la noche, y entonces los tórtolos echaban un polvo mañanero y Tobi se quedaba solo leyendo y escribiendo hasta las dos, y llegaba, terminado su día laboral, pa-sadas las diez, fresco como una lechuga pero fingiendo cansancio para que la rubia le cocinase una comida rica.
No había mucha droga en los días hábiles. Siempre, eso sí, unas pitaditas an-tes y después de cenar, como para relajar las tensiones y desperezar los sentidos y despertar el músculo.
Las temidas celliscas de inicio de la convivencia pasaron sin líos épicos. In-creíblemente, lo habían manejado con madurez, con bastante madurez, aunque en algún momento cada uno tuvo ganas de mandarlo al otro a la reputísima ma-dre que lo parió. Pero se habían contenido, habían actuado como un par de per-sonas razonables. Para Tobi fue sorprendente. Pero de todos modos, pensó en algún momento, no es esa la guerra que peleamos. Esa está en otra parte.
Alma hinchaba las pelotas con el disco de Prince. Hinchaba las pelotas, lo es-cuchaba todo el tiempo, hablaba todo el tiempo, te quería convencer de lo obvio, es decir, de que era un discazo. Sobre todo, en las fiestas de Parque Chas, se po-nía especialmente pesada con una canción de Sheryll Crow, “Every day is a win-ding road”, que el negro puto había convertido de linda cancioncita folkpop en un temazo funky superbailable. O sea que cuando Alma oficiaba de DJ en los fi-nes de semana (y eso ocurría siempre en algún momento), era común escuchar-la cuatro o cinco veces en una sola noche. Por insistencia, por afinidad, por goce estético, porque era marchosa, la canción se convirtió enseguida en un himno de la tribu. Hasta Tobi, que no sabía de inglés más que palabras sueltas, había aprendido a corearla en el medio de la horda: Everyday is a winding road / I get a little bit closer / Everyday is a faded sign / I get a little bit closer to fee-ling me. Y la otra parte: I’m just wondering and people feel so all alone / feelin’ like a stranger in their own life // I’ve been swimming in a sea of anarchy / I’ve been living on compliments and herbal tea / I’ve been wondering if all the things I’ve seen / were ever real… were ever really happening…Y el corito de nuevo.
El lunes 20 de setiembre a la noche fue particularmente intenso. Hasta Fred-dy, había decretado asueto general en el estudio para el día siguiente. La prima-vera era la primavera.
Tir había iniciado la velada con unos vinitos oriundos de Francia, después de una comida para veinticinco personas. Estaba Claudia, la minita del estudio, y Pablo, la mano derecha de Freddy. Estaban todos y todos los ligados a. Tomi in-cluso, un poco perdido sin su novia tandilense. Tir le había encargado a Gianni un arsenal de drogas capaz de convertir el mundo en una ciénaga de tonalidades vivas. Había alcohol de todos los colores. Había alegría, ganas de festejar. La idea era seguirla en otros lados hasta el mediodía, hasta donde llegaran. La pri-mavera lo merecía, lo exigía. Los jóvenes y no tanto de la tribu se sentían de ve-ras excitados por la inminencia de la fecha. Algo… como religioso… horda, tribu en búsqueda de la eterna primavera (reflexionaba Tobi, vaso en mano, contem-plando la alegría en los rostros, con una sublime borrachera).
Casi no comieron, que es lo que pasa cuando uno quiere que el tiempo trans-curra rápido para llegar al momento deseado, la angustia de las vísperas, que, al albergar, como virtualidad, varios futuros posibles, o si se quiere variantes posi-bles para un mismo futuro planeado o esperado, es más rico que la consumación misma del deseo, que simplemente ocurre, tiene la delgadez extenuada de la ex-periencia, uno no lo piensa mientras está en el medio, y por eso uno después se queda como vacío, como si todo hubiera pasado demasiado rápido y uno no hubiera tenido tiempo de disfrutarlo. Pero mentira, Lennon lo dijo muy bien, uno lo disfrutó, el duelo es en verdad por la pérdida, porque la memoria no po-drá jamás rescatar en todo, en bruto, crudo, el acto, la consumación, la felicidad (o un hecho cualquiera del universo, pero con la felicidad duele más, como sabía y dijo Byron), sino que aplanará en algunos sentidos el hecho, adaptándolo a los cauces lingüísticos, a los diques de sentido, olvidando o asordinando fragmentos que hacían a la armonía general y poniendo muy en foco, muy en primer plano algunos detalles que el seccionamiento de la memoria despoja de su intrínseca felicidad primigenia, sacando a superficie la gran insuficiencia humana, la im-posibilidad de escaparle a la perspectiva, al punto de focalización desde el que cada uno es testigo de Lo Que Ocurre, rompiendo para siempre la armonía, el acorde impreciso de la felicidad. La insuficiencia fundante de lo humano, insufi-ciencia simbólica de simbolizar lo insimbolizable, lo que meramente ES, resu-mió Tobi, vaciando un vaso y ahorrándose la recordación de topologías peliagu-das, fuckin’ Lacan del orto. Esto va ser un quilombo, reflexionó calculando el plan de noche que las chicas habían propuesto, con la anuencia y el padrinazgo complacido de Tir.
La rubia revoloteaba de grupo en grupo, fatal y aciaga como un tigre de Bor-ges, tocada desde temprano, reinando como una amazona por la fiesta. Tobi, a diferencia de otros tiempos, la dejaba alejarse de él, confiado, si no en la fideli-dad de la rubia, en que de todos modos iba a volver. Y entonces se dedicaba a cultivar la conversación, el baile, el flirteo superficial incluso, vaso en mano.
Con Tir la conversación… cómo llamarla… filosófica, o estética, o existencial, o ética, o hermenéutica, o mística, con el paulatino conocimiento íntimo había ido quedando confinada a los momentos en que los dos estaban recontra dados vuelta, a las cinco o seis u ocho de la mañana, con la rubia ya mirándolo desde lejos fastidiada por una complicidad de la cual ella quedaba afuera (salvo como subrepticio tema de conversación), y también porque refrescarlo del pedo a Tobi para ponerlo en aptitud de uso y abuso le iba a costar un buen rato de puteadas, sacudimientos y pastillas. De modo que en el núcleo, por llamarlo así, de la fies-ta, se dedicaban, cuando coincidían en un mismo rincón, a cruzar bromas inte-lectuales y maledicencias sardónicas acerca de los demás tiráceos, o incluso acerca de ellos mismos. Toda esta monserga viene a cuento para decir que en un momento álgido de la noche, tipo cinco y media, en un boliche, todos recontra dados vuelta INCLUSO TIR, Tobi se atrevió a esbozar ante su cuarentón amigo una teoría atea de la idea de vida eterna, del paraíso como ideal cristiano. A los gritos, repitiendo cada tanto una frase porque el quilombo era insalubremente ensordecedor, Tobi reseñó El cielo y el infierno… La consecuencia lógica de que en el infierno todo arda a las temperaturas más altas sería, por oposición, que en el cielo deben imperar las temperaturas más bajas. Ahora bien, en la física se acepta que, a mayor temperatura, mayor movimiento molecular, y a menor temperatura, menor movimiento molecular. Luego, la vida eterna que ansían los cristianos es ser piedra muerta, es la inmovilidad más absoluta, es la no-vida, es la muerte, la desintegración total del ser, de la conciencia. Tir se lo quedó mirando, absolutamente dado vuelta como estaba, entre el quilombo de la música y los gritos, como enfadado, duro, sin poder mover un músculo de la cara, sin pestañear. Luego, en un rictus inenarrable, le contestó, gritándole al oído para hacerse escuchar, Pero, ¿vos estás en pedo? Tobi, entre estertores de riente, gritándole a voz en cuello contra la oreja y zamarreándolo, le contestó SÍ, PELOTUDO, ¡ESTOY RECONTRA DADO VUELTA!
La noticia los shockeó. Era martes, en realidad ya miércoles, a las tres de la mañana. Tobi se había acostado a la una y media de escribir y dormía apretado contra la rubia en la cama que ella había traído de Saavedra. Hacía un frío bár-baro. Sonó el teléfono. Con insistencia. Al principio no lo escucharon. Después, no lo quisieron atender: cada uno se hacía el dormido para que se levantara el otro. Después de diez minutos en esa tesitura, Tobi sacudió a la rubia entre sus brazos y le dijo Che, rubia, ¿estás despierta? ¿sentís el teléfono?
Una voz venida como de otro lado, como de entre cobijas y almohada, como de espaldas a y envuelta en Tobi, respondió Sí, chinchudamente.
¿Atendés vos?, preguntó Tobi en un tono veladamente conminatorio.
Vos sos el dueño de casa, repuso la rubia astutamente, mostrando de paso que ni ebria ni dormida perdía su temperamento dominante.
Tobi tuvo que levantarse. Atendió en tono entre adormilado y grosero.
Le respondió una voz femenina, la voz de Selva, que, sin saludar, le dijo con timbre un poco tembloroso Nene, nene, llamo para avisarles, pasó algo muy malo con Alma. A Tobi se le erizaron todos los pelos del cuerpo, se le vació de golpe el tórax, miró instintivamente a la rubia, que dormía o casi, envuelta en cobijas. No tuvo aire para preguntar nada por varios segundos. Selva completó Tuvo una sobredosis, la llevaron al hospital, está muy grave, muy grave. La voz al final se quebró.
Los ojos de Tobi se llenaron de lágrimas. ¿Qué hospital es?, preguntó, miran-do para la cama.
Automáticamente, la rubia hizo algún movimiento entre las cobijas. Luego, lentamente, levantó la cabeza y preguntó, ¿Qué pasó?
En el Italiano, dijo Selva. No sé ni en qué sala. Vayan. Colgó sin decir nada.
Tobi tuvo que sentarse en una de las sillas de paja, con los codos apoyados en la mesa y la cara entre los antebrazos. La rubia prendió la luz de su velador. Mi-ró a Tobi, ya con la preocupación en el rostro. Miró las lágrimas apenas nacien-tes de Tobi. ¿Qué pasó?, preguntó de nuevo.
Alma. Está internada. En el Italiano, dijo Tobi.
Ay, Dios mío, dijo con voz ahogada la rubia, tapándose la boca mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Acto seguido, se sacó las cobijas de encima y comenzó a vestirse rápidamente, sin dejar de lagrimear y suspirar y secarse las lágrimas, mientras Tobi continuaba en su misma postura, partido al medio, con dos lágrimas detenidas en la cara, abrumado, como si le hubieran pegado un pa-lazo en la cabeza del lado de adentro. No podía articular pensamiento, estaba en blanco, no podía moverse. Estaba en calzoncillos y camiseta manga larga, des-calzo, sentado a la mesa con las manos juntas sobre las piernas, mirando para abajo, abstraído.
La rubia terminó de vestirse y recién entonces volvió a mirarlo. Ay, Tobi, apurate, vestite, por favor, dijo. Sólo en ese momento Tobi se pudo mover. Se paró, caminó hacia el sofá individual en que se amontonaba su ropa del día an-terior. La rubia, mientras tanto, fue hasta el teléfono y llamó un remis. Bajaron en seguida.
Por suerte está cerca, susurró la rubia, un poco más serena pero visiblemente perturbada, en el ascensor. No dijeron más nada mientras esperaban el remis ni mientras iban en él. La rubia solamente se dirigió al remisero para indicarle Al Hospital Italiano, y luego, llegados allí, para preguntarle Cuánto es.
En la entrada, preguntaron por la ubicación de Alma Rossi. La mina, con el tono desagradable y desconfiado de las que atienden las ventanas de informa-ción en los hospitales, les preguntó, mirándolos fijo, si eran parientes. Sí. Muy amigos, contestó la rubia, sinonimando la incongruencia. Vayan a la guardia, les dijo la mina. Así que dieron toda la vuelta y llegaron al pasillo de espera.
Buscaron a alguien conocido. A cada momento escuchaban voces de lamento o de llanto, algunos que no se sabía de dónde venían, y a cada lamento o llanto que oían, los dos jóvenes se estremecían. En un recodo, encontraron a Carlos, Mecha, Selva, Tir. Mecha lloraba, ahogada, contra el pecho de Selva, bañada en lágrimas. Tobi, al ver el cuadro, se quedó mudo e inmóvil, incapaz de dar un pa-so más, de decir nada, mientras la rubia caminaba rápido para preguntarle al grupo doliente ¿Qué pasó, qué pasó? ¿Está bien? Tir levantó la cara hacia la ru-bia y, como mirando desde abajo, con una opacidad en sus ojos negros que la rubia nunca le había visto, le dijo Murió, en la ambulancia, antes de llegar al hospital.
En ese mismo instante, Mecha soltó el más desgarrador grito que jamás haya escuchado Tobi, y la rubia, casi al mismo tiempo, con su voz ronca, gritó ¡No, no, la reconcha puta madre que lo re mil parió, no puede ser, la concha de la lora, no puede ser!, y empezó a llorar sola, de pie, con los brazos cruzados, con el tapado puesto bajo el cual asomaban unas botitas cortas, que Tobi no pudo dejar de mirar por un buen minuto. No había escuchado bien lo dicho en el gru-po que estaba a unos cinco metros, pero no hacía falta. Agachó la cabeza y se quedó solo, lejos, absorto, helado, hasta que Carlos lo vio y lo acercó al grupo sentado en el banco, rodeándole afectuosamente la espalda de hombro a hom-bro. La rubia lloraba desconsolada, sin sonido, jadeando y suspirando, con los ojos desorbitados, despeinada y con el tapado color ocre que la cubría hasta los tobillos. Tobi no podía parar de mirar los detalles físicos, geográficos, gestuales. No quería mirar a la rubia, no quería mirar a nadie, no quería mirar. Nunca co-mo en ese momento (pero entonces no tuvo el cinismo de pensarlo con pala-bras) sintió la impudicia y la culpabilidad de toda mirada, la profanación de to-do mirar. Mirar, desollar, expurgar, despedazar, corromper, falsear. Sintió todas esas palabras, no las dijo ni las pensó. No había palabras para eso.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
No lo podía creer, no lo podía imaginar, no podía dejar de pensar esa frase y al mismo tiempo esa frase le parecía tan irreal, todo le parecía tan irreal… El mundo, le parecía irreal. El mundo, velo, horda. Ahora, un pedazo de materia orgánica estaba muerto. Un pedazo de materia llamado Alma, una chica de vein-tipico con los más intensos ojos azules que él hubiera visto, un pedazo de paz en el horror y la indiferencia y la absurdidad, una mirada que comunicaba, que unía, que serenaba. Muerta… Ahora las palabras le inundaban la cabeza y no podía detenerlas, era otra vez la marejada de frases vaciadas de sentido. Las pa-labras hueras. Eso, que a veces jugueteaba con él dándose aires melancólicos, reflexivos, se le revelaba ahora en toda su profunda crueldad. Indiferencia. Del mundo. Alguien se muere y todo sigue andando (eso lo dijo Gardel, mejor).
Volvió de su abstracción y buscó unos segundos a la rubia, que ahora lloraba sin ruido contra el pecho de Tir, cuyo rostro mate jamás había visto tan ceni-ciento. Se le notaban los cuarenta en la cara, la veteranía en el dolor, acaso. Es-taba como… avejentado y pensativo, como muy lejos, mientras apretaba la cabe-za rubia y convulsa contra su pecho, la cabeza que, de vez en cuando, casi cada un minuto, como si necesitara todo ese tiempo para juntar aire, soltaba unos gritos roncos, una “a” que alargaba en hache y acababa en sordina, cíclicamente. Tobi no podía llorar. Ahora quería llorar, quería sacar esa cosa innominada que le trancaba el pecho, pero no podía. Galvanizado, era la palabra. Hay que llamar a Tomi, pensó. Hay que llamar a Tomi, susurró.
Carlos torció la cabeza absorta hacia él. Le dijo ¿Para qué? No lo jodás a esta hora, llamalo mañana, a la tarde.
(Tobi, haciendo que no con la cabeza) No, hay que llamarlo, él la quería mu-cho a Alma, no me va a perdonar si no le aviso ahora.
Se paró y preguntó dónde había un teléfono público. Le indicaron. No tenía nada de ganas de ver a Tomi en esas circunstancias, no tenía ganas de nada, pe-ro caminó hasta donde le habían dicho y metió una moneda de veinticinco cen-tavos. Tardó bastante en atender. Se oyó la voz dormida de Tomi ¿Quién carajo es?
Tobi pensó, velozmente ¿Y ahora qué hago, qué le digo? Dijo Mirá, habla To-bi… Alma murió, por eso te llamo… Pensé que… tenías que saberlo ahora.
Tomi estaba dormido. ¿Alma… qué…? Tobi se quedó callado. ¿Vos estás dro-gado, la puta que te parió? ¿Por qué no me dejás dormir, mogólico? La mina esa te está comiendo la cabeza, pelotudo, lanzó la andanada Tomi.
Tobi pasó por alto la frase y repitió Murió Alma. De sobredosis. Estamos en el Hospital Italiano, si querés vení, todavía no sé dónde es el velatorio. Y cortó. Flor de quilombo le habré dejado en la cabeza, pensó. Tomi no tenía cómo lla-marlo, cómo comunicarse con otro que supiera (estaban todos en el hospital), iba a estar una hora tratando de llamar a los teléfonos que tenía, infructuosa-mente, y después, desvelado, iba a tener que tomarse un colectivo o algo hasta el Hospital, vestido ya para ir al trabajo, y después un día de mierda en el trabajo con la cabeza en cualquier lado, después salir mal comido para el velorio, si es que sabían dónde era para esa hora. A los dos segundos sonó el celu de Tir: era Tomi.
En el pasillo, en el banco, el cuadro estaba igual: todos sentados, las dos chi-cas llorando, Selva con los ojos rojos; Tir sin afeitar todavía (Tir, que se afeitaba dos veces por día con la eléctrica para estar siempre de punta en blanco), con-versando brevemente con Tomi, la mirada perdida en la pared opuesta; Carlos con la nuca apoyada contra la pared de atrás del banco, cerrando los ojos y abriéndolos, pensando en sus cosas; Gianni, que había llegado recién, muy se-rio, inexpresivo, como asombrado y sin reacción.
Fue a sentarse al lado de la rubia. Ella se había ido a los brazos de Tir a llorar. Estaba claro, ellos la conocían desde hacía mucho más tiempo, Alma era amiga y confidente, compinche, hermana de la vida. Con Alma en el medio, contempori-zando, haciendo de fiel de la balanza, Mecha podía desenvolverse bien en su pa-pel delicioso dentro de la tribu, sofrenada por el carácter indómito de la rubia y por la mansedumbre indómita de Alma.
¿Qué iba a ser de Mecha ahora, sola, en la vieja casa de Villa Crespo, con to-das sus flores que amaba pero, como Mecha era una persona emocionalmente sana, no iba a poder ahora refugiarse de la realidad en sus flores como Tobi en su literatura o la rubia en andá a saber qué bardos o Tir en sus cuadros, en su pasión por todas las artes? ¿Qué iba a ser de Mecha ahora?
Mecha seguía llorando desconsoladamente, en silencio.
Tir, cerebral a la hora de las crisis, había llamado a la familia para avisar, lue-go de más de media hora de buscar un número telefónico en sus agendas. Pero la había llamado desde el hospital, para llegar antes, para saber bien, o mejor, qué decirles, porque todavía nadie estaba seguro de nada a la hora del llamado al departamento de Tobi. Pudo comunicarse con una tía que vivía en San Mar-tín, era lo más cercano que había conseguido, porque los padres no tenían telé-fono. Pero los padres vivían por Lanús, así que hasta que se hiciese la cadena de llamados y llegasen ellos hasta el hospital iban a pasar varias horas.
Hasta que no apareciera un familiar el cuerpo iba a estar en la morgue. Ellos no lo podían retirar. Así que se quedaron toda la noche, con Tomi que apareció a las cinco y media atontado por la noticia, vestido de trabajo (es decir, con suéter de estudiante universitario) y pidiendo detalles que nadie podía darle, con la ru-bia llorando ahora muy quieta contra el hombro derecho de Tobi, quieto a su vez, con la cabeza llena de palabras que iban y venían como relámpagos, sin que las pudiera dominar.
Como a las ocho y media apareció la familia (los dos viejos, de alrededor de cincuenta; los dos hermanitos más chicos, una nena de nueve y un nene de once, y el hermano más grande, de quince o dieciséis, tal como se lo había descrito al-guna vez Alma: el pelo negro azabache y unos profundos ojos azules como los de Alma, bellos e inteligentes y como melancólicos, que a Tobi lo conmovieron pro-fundamente porque entrevió algo, no sabía, como de Esteban Dédalus, así, una sensibilidad rica hundida en una familia en decadencia), y la vieja, en cuanto identificó a los tiráceos, empezó a insultarlos llorando a los gritos, diciendo que su hija había muerto por su culpa, que ella sabía quiénes le vendían la droga, y que los iba a denunciar por faloperos y degenerados, que Alma se lo merecía porque era una falopera de mierda igual que ellos y que… no alcanzó a terminar la frase, porque en el medio la rubia se desprendió con rapidez insospechada de los brazos de Tobi, caminó resueltamente hasta la vieja y le metió una trompada al mejor estilo Martillo Roldán que la tiró al piso ante la sorpresa general y los gritos de los dos hermanos más chiquitos (Tobi observó al más grande, que se quedó quieto, como aprobando secretamente la piña).
Pero eso no fue solución para nada, porque Mecha, inducida por la violencia de la rubia, se paró y empezó a insultar histérica, a los gritos, a la vieja que se tomaba la boca ensangrentada en el piso, mientras el viejo se adelantaba insul-tando a la rubia.
Ahí se paró Tir y le dijo al hombre, casi como un héroe del Far West, así, así, era increíble, congelándolo con la mirada, le dijo Mire, buen hombre, todos no-sotros queríamos mucho a Alma, y estamos tan dolidos como ustedes. No es el momento para discutir ni para nada.
El tipo se tranquilizó, si no por las palabras de Tir, por su metro ochenta. En-tonces Tir lo llevó aparte y, bajando el tono y la tensión de su voz, le dijo que, sin intención de ofenderlo, le quería pedir a él que lo dejase pagar el sepelio, pero que era un favor que le pedía, que si este pedido le resultaba ofensivo lo retira-ba, mientras el hijo más grande tranquilizaba a la madre, Selva y Gianni ataja-ban y acallaban a Mecha y la rubia seguía de pie y en silencio, comiéndose con los ojos a la vieja. Le faltaban diez centímetros para ser Nikita, pero la cara me-tía miedo. Tobi la agarró de una mano y la llevó a sentarse mientras el viejo, de buen modo, mucho más tranquilo, le decía a Tir gesticulando profusamente que no, que de ninguna manera, que le agradecía la intención, que Tir parecía en verdad todo un caballero, pero que era obligación de su familia, obligación de su familia. Tir asintió las últimas palabras con graves movimientos de cabeza. So-bre el final de la frase al tipo se le quebró la voz y empezó a llorar, hipando, un buen rato, mientras Tir, varonilmente, le apoyaba la mano derecha en el hom-bro izquierdo y se lo presionaba en señal de consuelo.
No quedó mucho más para hacer allí. La familia se dedicó al reconocimiento del cadáver y los tiráceos se fueron, extenuados, a sus respectivos laburos.
A la noche fue el velorio, lejísimos, en Lomas de Zamora. Hubo que ir en au-tos, vestidos de luto. Era grotesco porque las ropas negras, más “dark” que for-males, resultaban inadecuadas para la ocasión. Gianni, de traje y corbata negra y lentecitos oscuros, parecía un mafioso de Quentin Tarantino; Mecha, con una pollera negra que le quedaba grande, lentes negros y zapatillas negras. Tobi ja-más la había visto de pollera o vestido: eso solo parecía indicar su estado de duelo. Tobi no tenía traje, menos que menos negro, así que se fue también con una camisa negra brillante y unos jeans negros bastante más ordinarios que la camisa (regalo de la rubia) que le daban un aspecto grotesco por el contraste. Los únicos sobrios eran Selva, la rubia y Tir.
A Tobi se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a Mecha, pobrecita, tan huér-fana buscando como un niño el cuerpo de Alma para acomodarse en la vida. Mecha tendría que hacer su vida de nuevo, pobrecita, tan sola, como una planti-ta azotada por el viento, pobrecita Mecha sola en el mundo, pobrecita Mecha in-consolable. A Tobi mismo le costaba concebir el futuro con una sin la otra, defi-niéndose ambas por oposición, por diferencia, tan iguales en el fondo, tan con-movedoramente dulces y puras las dos, pero Mecha más indefensa, porque Al-ma en el fondo sabría que esto alguna vez iba a ser así y nunca había mostrado el menor signo de lucha, de tensión interior o de querer salir. Había ardido, hermosa como un astro errante en la noche, se había iluminado y había pasado así, fugaz y reconcentrada en su propio ser, sin darle a las cosas, a los sucesos, la más mínima importancia, como si hubiera vivido siempre en un delicioso y pa-radisíaco presente continuo, como si el tiempo fuera una farsa inconstante, y lo importante sólo fuera estar, estar ahí, donde fuera, donde el placer y la belleza y la alegría y las personas lindas estuviesen. En cambio Mecha, pobrecita, vivía perdida en el presente como un náufrago ignaro, guiada por manos lazarillas e imprescindibles para no extraviarse a cada momento de sí, de eso que era la feli-cidad pero ella no lo sabía porque no tenía con qué compararlo. Ahora lo sabría, pobrecita Mecha como una plantita azotada por un huracán. Lo sabría ahora que el dolor la desgajaba y la arrastraba implacablemente, ahora que tendría que construirse unos ojos de ella. Lo sabía ahora, y eso era la sabiduría: el fruto más amargo, el más doloroso.
Eran dos grupos separados y hostiles con la familia, que apenas se saludaron de lejos, salvo Tir, que, como en nombre del grupo, fue a hablar con el padre de Alma y estuvo un rato al lado del cajón. Mecha, pobrecita, ni bien vio la fachada de la casa de sepelios en la avenida frente a la plaza frente al edificio municipal se puso a llorar, y hubo que sacarla de al lado del cajón y darle más tranquilizan-tes para que se serenara. La rubia la acompañó todo el tiempo, con los ojos rojos e hinchados de llorar y húmedos cada tanto, cuando se quedaba pensativa.
Tobi no quiso ver el cajón, la cara muerta de su amiga. Apenas entró a la capi-lla ardiente (y eso era otra mierda de la familia porque Alma no era creyente, jamás había hablado del tema y odiaba a los curas, y ahora la iban a enterrar en-tre cristianos, bajo una cruz acaso, en un cementerio en Lanús lejos, lejísimos, de los seres que ella más había querido, lejos de los lugares en que había sido fe-liz) y miró el cajón de lejos, como para constatar que algo había allí, como para tratar de terminar de convencerse de que Alma estaba muerta.
Para siempre.
Y después salió y se quedó callado y solo en un rincón de la sala contigua, más neutra y más vacía, absolutamente sin parientes, con algunas plantas que le daban un aspecto extraño, incongruente al lugar, todo con ladrillos a la vista.
Había otro tipo solo, sentado en los largos bancos almohadillados sin respal-do contra la pared. Era el hermanito del que Alma le había hablado. Tobi lo es-tuvo mirando un rato de lejos. El pibe leía. Lo estuvo mirando un buen rato y después se le acercó. Le dijo Hola, ¿qué estás leyendo?
El pibe levantó la cara con simpatía hacia el joven que se le sentaba al lado y contestó La isla del tesoro. Tobi se sintió tan identificado con el chico que casi se le llenaron los ojos de lágrimas (¿por Alma, o por Tobi? ¿o por los dos? ¿o por nada? ¿o por todo?).
Es un muy buen libro, dijo Tobi, sonriendo. ¿Te gusta leer?
Sí, dijo el muchacho, bastante. De vez en cuando leo algo.
Alma me contó que pensás estudiar medicina, dijo Tobi.
El pibe asintió pero con un gesto que puso dudas. Más o menos. Ahora no sé, cuando termine el Polimodal, decidiré. Me gusta escribir, dijo el pibe.
Tobi estaba conmovido. Era tan parecido a Alma físicamente, le recordaba tanto a él, tanto a Dédalus, en diversos modos (a lo que él había sido en su ado-lescencia y que ya no era; al personaje del “Retrato…” de Joyce)… Mirá vos, dijo Tobi, Yo también escribo.
El chico se mostró interesado. ¿Qué escribís?
Tobi contestó la monserga de siempre: poesía, novela, misceláneas.
Charlaron un rato de literatura. Tobi le recomendó que leyera el “Retrato del artista adolescente”, que le iba a volar la cabeza. También “Rayuela”, claro. Y Borges. Al pibe le gustaba mucho Bioy. También hablaron un poco de Alma. To-bi le dijo que ella lo quería mucho, que pensaba de él que era muy inteligente y muy lindo, que se llenaba de orgullo cuando hablaba de él. El chico dijo que también quería mucho a su hermana, que era la persona más linda y más buena que él hubiera conocido, que era muy dulce. Tobi concordó; la criatura más dul-ce sobre la tierra.
El chico le preguntó ¿Vos anduviste con ella?
Lo partió al medio, la pregunta. Con esos pendejos inteligentes nunca hay que bajar la guardia, en cualquier momento te comés un mamporro. Le dijo, evasi-vamente, que había sido muy amigo de ella. El muchacho se dio por conforme con la respuesta, quizá calculando lo demás.
A todo esto, Tomi pululaba por el lugar, perdido. Había ido al cajón a mirar a Alma. Como sorprendido, más que dolorido. Como si aún no le hubiese caído la ficha. Había estado encamándose con Alma, había estado a punto de enamorar-se de Alma. Le molestaba mucho lo que al final la había llevado a la muerte (pe-ro Tobi se hubiera preguntado, a Tomi jamás se le hubiera cruzado por la cabeza tal pensamiento, ¿realmente eso lo que la había llevado a la muerte era un exce-so? ¿o un síntoma, o en todo caso el corolario justo de una búsqueda, de una éti-ca?), pero a pesar de todo había quedado en él el regusto de una relación a des-horas, muy cerca de lo de la rubia que lo había partido al medio, demasiado cer-ca como para que Tomi hubiera podido (¿hubiera podido?) enamorarse, enamo-rarla. De haber sido consultado Tobi sobre el tema, habría respondido con crueldad (o habría callado con misericordia): Alma podría haberse acostado un millón de veces con un millón de hombres, pero no podría jamás haberse ena-morado de ninguno de ellos, en el sentido usual de la palabra. O, en el sentido inusual de la palabra, álmico de la palabra, se enamoraba cada vez de todos ellos. Pasaba por los instantes como translúcidamente, como un diamante lím-pido, sin que nada en ella quedase alterado, una perennidad fijada ¿cuándo?
En un aparte, entre las larguísimas horas del velatorio, Carlos, compungido, indignado, resignado, le resumió a Tobi entre café y café los detalles de la muer-te de Alma. Habían ido a seguir la fiesta a lo del depto de su novio, heroinóma-nos los dos, una, una inconsciente y otro, un desgoyetado. Se conocían de una disco en Palermo Hollywood; el tipo vendía por el sitio, y, claro, consumía. Y le pasaba a Alma. De eso daba fe Tomi, aseguró Tobi, Alma se inyectaba antes de conocerlo al quía ese, no se sabe qué pero se inyectaba. En cualquier caso: la heroína fue para Alma un salto cualitativo, una patada de burro, el reencuentro con la vividez del vicioso novicio; la risa beatífica de Alma drogada se acentuó en las fiestas, y también su delgadez, y su piel se puso directamente cada vez más verde; no tenía canilla, estaba claro, y el novio era un idiota o no le importaba lo que estaba ocurriendo. En fin: la cuestión es que, según parece, después de la fiesta de la primavera le siguieron dando a la heroína y al whisky en la casa del tipo, y que Alma se acostó antes que el tipo, descompuesta, y que el tipo se dur-mió todo vomitado en un sofá, y que cuando quiso despertarla, horas más tarde, la notó helada, y entró en pánico, y llamó al hospital y desapareció, grandísimo idiota, desapareció de su propia casa, absolutamente en pánico, y bueno, la am-bulancia la encontró muerta a Alma entre todos los vómitos, no pudieron re-animarla. Carlos resumió esa noche de miércoles-jueves resoplando, con los ojos brillosos, indignados, llorando directamente. Tobi nada tenía para agregar. ¿Qué carajo iba a decir? Desde la muerte de sus abuelos paternos en un acciden-te cuando los mellizos eran niños, la muerte no lo visitaba. ¿Cómo hubiese po-dido asimilar la muerte de una muchacha, de una bella muchacha, la absurda y fútil muerte de una joven que adoraba? ¡Mierda! Lo único que pudo hacer en es-te caso fue callarse y evitar las frases hechas al uso, que lo ponían peor, con ga-nas de trompear al decidor de lugares comunes. Por suerte, entre los tiráceos no abundaban.
A la rubia le dio un instante de náuseas cuando vio a los dos mellizos senta-dos en silencio uno al lado del otro, cada uno pensativo en lo suyo, andá a saber en qué Tomi. Sin embargo, la íntima inescrutabilidad de Tobi la fascinaba. Pero los dos jóvenes veinteañeros que estaban allí sentados, casi cabeza contra cabe-za, como cachorros, se habían encamado con ella, y había algo en esa igualdad a cinco metros de distancia que la hacía resoplar, fastidiada, que le echaba a andar la fiera mental adentro de su jaula de neuronas. Inconscientemente, claro; no sabía por qué, pero esa visión de los dos mellizos juntos la ponía tensa. Quizá lo que inconscientemente la ponía tensa y fastidiada a la rubia de esa visión era sentirse el instrumento de una guerra ajena, larvada, inconsciente también, arrastrada a un juego al que ella, en principio, no pertenecía, al que no HABÍA pertenecido hasta que una casualidad o acaso un malentendido o una confusión había enredado las cosas y había producido eso que ella no conocía, había des-atado (o si se quiere, anudado, re-anudado) una guerra latente e inconsciente, un juego en que ella era el instrumento y no el arma, el engranaje de un juego incomprensible (y acaso insospechado).
Tomaron todos mucho café esa noche, y enterraron a Alma a las once y media de la mañana del jueves, en el cementerio de Lomas.
Por supuesto, al fin de semana siguiente no hubo salidas ni fiestas en Parque Chas. La rubia la acompañó a Mecha hasta el cementerio, que quedaba más le-jos imposible, y al borde de la lápida con su foto en colores volvió a llorar un ra-to largo, mirando y acariciando la foto, murmurando frases de cariño y de dolor. El resto de la tribu quedó dispersa. Tir invitó a Tobi al Colón esa semana a ver a una orquesta alemana dirigida por un judío. A Tobi se le cayeron los huevos: nunca había escuchado en vivo una orquesta con ochenta o cien o mil tipos so-nando todos al mismo tiempo. Una locura.
Mecha fue la que más golpeada quedó con lo de Alma. No tenía consuelo. No tenía tampoco con qué pagar el alquiler de la vieja casa de Villa Crespo con lo que ganaba en la florería, así que tuvo que pensar en mudarse. El lugar obvio iba a ser la casa de la rubia, si la rubia hubiera vivido sola, pero la rubia ahora esta-ba viviendo con Tobi, así que, no era como para sumarle otro foco de tensión a los nervios del muchacho. La rubia intentó arreglar el problema prestándole la casa de Saavedra hasta que la vendiera (y eso podía llegar a ser mucho tiempo, porque no quería darle ni un céntimo a ningún comisionista hijo de puta, y por-que, andá a saber por qué, la rubia no acudió a la inmobiliaria de la familia de Tir, ni Tir se ofreció para vender la casa {Tir, ese gran conspirador, descendiente de los conspiradores de Mayo}), pero eso no arreglaba el gran problema de Me-cha.
Pasaron los días y las semanas y Mecha no mejoraba su ánimo. La rubia, pre-ocupada, hasta se fue unos días a la casa de Saavedra a cuidarla. Mecha no que-ría salir, ni chupar, ni fumar, ni coger, ni nada. Había perdido todo interés por el mundo. Hasta Tomi, en una de las esporádicas visitas de Tobi (desde que supo que la rubia estaba en el departamento de la calle Lambaré Tomi no volvió a po-ner un pie allí), se compungió Claro, pobrecita, se querían mucho. Eran como hermanas.
La rubia, de acuerdo con Tir, la convenció de que fuera a un psicólogo, y la medicaron con antidepresivos. Pero, aunque los llantos y los bajones fueron desapareciendo, Mecha no volvía a ser la misma de antes. El petardo parlanchín y chusma y superficial y apasionado y gritón y putón y eléctrico, en suma, deli-cioso, que había sido Mecha se había convertido en una chica de sonrisa más bien lánguida, que nunca soltaba una carcajada, que no quería salir ni drogarse ni chupar, que miraba con indiferencia a los hombres. Se había platonizado, al decir de Tobi. Iba a visitar seguido a los tórtolos, o a Tir, o a Selva a la casa, a Carlos, pero siempre de tardecita y por menos de una hora. En ese período, sos-tenía una conversación más bien anodina que por lo general dejaba afuera mi-nuciosamente toda mención a Alma, o por el contrario, no hacía más que refe-rirse a ella. Y después se despedía, cariñosamente, como una vieja cargada de paquetes, dejando desconcertados a sus amigos.
Los tiráceos, como los discípulos del Cristo después de la crucifixión, se re-unían en privado en reuniones que se parecían más a un té amable que a lo que ellos acostumbraban. Siempre por la tardecita, nunca todos, un poco de casuali-dad, como si no quisieran, con la presencia del grupo completo, poner de mani-fiesto la única ausencia irreparable. Caían sin avisar, como de casualidad, sin ponerse de acuerdo, en lo de Tir, y charlaban de lo que cada uno charlaba siem-pre con Tir, de nada o de todo. En resumen, no había alegría para fiestas. No había alegría posible.
Pero la rubia no necesitaba alegría para divertirse. Por el contrario, lo que afluía siempre en sus placeres y expansiones era por sobre todas las cosas la fe-rocidad. La ferocidad era la característica central de la personalidad de la rubia, Tobi lo había captado desde el primer instante en que la vio, intuitivo e impre-sionable (sensible si ustedes quieren), y era eso quizá lo que merodeaba el secre-to central de la rubia (o lo constituía, tal vez), lo que en síntesis fascinaba a Tobi de la rubia. Por eso los momentos de dulzura, los momentos “inermes” del ros-tro de la rubia, lo sorprendían y/o conmovían siempre, lo enamoraban, lo asus-taban tanto.
De modo que la rubia, por esas semanas, a solas con Tobi, se dedicó a explo-rar senderos que, si fueron convirtiendo la vida de la parejita en rutinaria, no lo hicieron en el sentido peyorativo de la palabra “rutina”. La rubia, en un princi-pio a la defensiva, acorralada por los acontecimientos y por lo que sentía (estaba claro) por Tobi, había saltado como un gato y en un audaz golpe de mano digno de un corsario, en una maniobra de audacia digna de Napoleón o de Facundo, se le había metido en el departamento a Tobi, porque, con su astucia intuitiva, había comprendido quizá que si no hacía eso lo perdía, que, si no le atoraba esa mente tan meandrosa y melindrosa, esa mente melindrosa y meandrosa la iba a patear. Había que lograr que esa mente neurótica no pensara, calentándole la sangre, calentándolo con la cercanía húmeda de su cuerpo que (la rubia, como buena hembra que era, lo sabía muy bien) era el único argumento que Tobi no podía refutar, lo único a lo que Tobi, en el mundo, no podría renunciar aunque apelase a todas sus fuerzas anímicas.
Pero una vez adentro, una vez apresado Tobi en esa nueva situación que lo incomodaba y lo ponía a la defensiva, en alerta pero de otro modo, la rubia, vol-viendo por sus fueros, empezó a moverse de manera de retomar el control del asunto (el frágil e intermitente control que podía lograr el uno sobre el otro).
Pero la rubia sabía bien que la jugaba de visitante, y que, en Lambaré ella no podría, ALLÍ ADENTRO, imponer condiciones. De manera que llevó la situa-ción, como estratega genial que era en el manejo de los hombres, a terrenos mu-cho más favorables para ella: i) las drogas; ii) el sexo.
La tranquila convivencia de unas pocas horas por día a la tardecita y de un porro y un polvito antes de dormirse, se terminó al mes de la muerte de Alma. La rubia lo dejaba que durmiera su siestita hasta las nueve o diez de la noche. Después, Tobi, grandísimo glotón, se comía no más de dos platos (eso sí, abun-dantes) de alguna cena sustanciosa preparada por la rubia (que detestaba la co-cina pero sabía que era uno de los instrumentos de su poder), y enseguida hací-an la digestión (a veces tenía que bancarse que Tobi escuchara por radio los par-tidos de Boca en la Mercosur, copa inventada ese año y que sólo se podía ver co-dificada), hasta que la rubia, considerando el tiempo transcurrido suficiente pa-ra la consumación saludable de ese acontecimiento fisiológico, sacaba, cada día, alguna droga, y lo tenía dos o tres horas adobándolo.
De los porros superpotentes que solía curtir la rubia pasó pronto a un prefe-rido de Tobi, los ácidos. O pastillas, muchas pastillas que lo hacían estremecerse desde el espinazo hasta la punta del pene. Después de eso lo que venía siempre era el sexo furioso, como el de las primeras épocas, que se retroalimentaba con la droga, porque en cada parate sexual la rubia recomenzaba el ritual del LSD o de lo que fuera.
Otras veces eran variantes de más o menos lo mismo, excitantes breves e in-tensos. El poper (neopositivista nombre que a Tobi le causaba mucha gracia, y le hacía insultar, burlonamente, a Feyerabend y, sin demasiada preocupación por la coherencia, a Wittgenstein), por ejemplo, que en general se consumía más que nada en las discos (en Punta del Este, en las fiestas privadas, Tobi había probado el éxtasis, y había visto modelitos famosas aspirando esas botellitas chiquitas, diminutas, que las ponían dos minutos como bacantes furiosas). Era una botellita chiquita que se aspiraba y que por algunos segundos te hacía volar como una bruja, como un demonio, como un ángel, como un dragón. También estaba el ketalar, que la rubia cocía en el microondas mientras le hacía lavar los platos a Tobi o mientras Tobi leía displicentemente un libro (los rusos lo mata-ban: Los rusos son alucinógenos, le decía a la rubia). La rubia picaba y mezclaba el polvillo con esencia de vainilla, como si fuera un postre, y la metía en el mi-croondas entre dos platos playos. Eso se hacía una pasta muy quebradiza que Tobi se tomaba chupándolo con la lengua, y que la rubia (mientras Tobi no mi-raba, porque le daba arcadas) se aspiraba. Con un poquito, Tobi podía sentirse Superman, el corazón se le ponía a mil y después se quedaba diez minutos sin aliento, pero en cuanto tomaba resuello la agarraba a la rubia contra el colchón y la partía en cuatro, mitad por lujuria y mitad por rencor.
Pero lo que más disfrutaba Tobi eran los ácidos, ese escozor orgásmico en to-do el cuerpo, como si todo su cuerpo fuera un gran pene, los colores que se cris-paban y los sonidos que se convertían en puentes chirriantes, en gemidos auto-télicos que se multiplicaban desdoblando el tiempo, poniendo un segundo sobre otro en simultáneo, como en capas superpuestas, haciéndole sentir la intensidad del universo todo en las sienes, como si el universo se le clavara en el vientre, en la cabeza, en la columna vertebral, en los labios adormecidos y tartamudeantes. Para no hablar de sus charlas con la mesa, o de las acrobacias del microhondas.
Los fines de semana, a su vez (cuando Tobi no tenía algún trabajo, lo que los obligaba a empezar muy tarde o simplemente a ir juntos a un boliche por el pla-cer de tocarse adelante de todo el mundo), la rubia lo introducía en ambientes de lo más hard, en fiestas privadas de chicos de su alcurnia y edad en donde en realidad se mezclaba de todo, desde abogados y médicos y RRPP manoteando a chiquitas de no más de quince o dieciséis años totalmente borrachas y drogadas hasta gente del ambiente artístico bohemio o meramente drogón en tren furioso de autodestruirse. Eso era hard. Un poco como en Punta del Este, pero con la di-ferencia de que en Punta lo había visto más desde afuera, algo escandalizado por el furor etílico, químico y morboso con que los festejantes se entretenían. Algo… de orgía romana, neroniano, pero sin César, orgías químicas y sexuales de la época del capitalismo burgués consumista posmoderno disoluto de mierda (porque Tobi, aún en el estado de enajenación en ya llegaba a esos lugares, no podía dejar de pensar un poco en que mientras esos ricachones y algunos pobre-tones afortunados como él disfrutaban de todo ese placer maravilloso y malsa-no, afuera, en las calles, dormían mujeres y ancianos y niños aspiradores de pe-gamento entre cartones y papeles de diario, no por la digna y elegida ética del linyera sino porque la vida los había echado a la calle; y también pensaba que no muy lejos, algunas decenas de cuadras al sur de esa misma Buenos Aires babiló-nica que le tocaba conocer desde adentro y habitar como entenado, empezaban la mugre y las villas miserias y la vida que valía menos que una bala).
En suma: la rubia lo empezó a llevar a fiestas de drogarse frenéticamente has-ta perder la noción de todo. Se entretenía estragándolo a Tobi, destrozando su cuerpo y su mente, sobre todo su mente obtusa, indescifrable, hasta que sólo quedaba un cascajo humano, un mero cuerpo que sólo pensaba en términos de goce, besando chicas al pasar, manoseado y manoseante y transpirado y con el corazón a ciento cincuenta hasta que tenía que tirarse en un rincón (con suerte era un sofá o aunque sea un escaloncito, la mayoría de las veces era el piso co-ntra la pared), hundido en el vértigo de la fiesta y de las visiones goyescas que se le cernían como cuervos, atemorizándolo o excitándolo, sin que, después de cierta hora, pudiera discernir siquiera si los monstruos goyescos eran visiones o cuerpos reales de chicas que conversaban con él entre risas estridentes que le acribillaban los oídos entre el bombo acribillante o que le chupaban el hígado o el ombligo por encima de la ropa como si fueran águilas de Zeus y él Prometeo encadenado, mientras la rubia, tan manoseada y manoseante como el resto de la horda, lo vigilaba de reojo y disfrutaba viendo cómo un hombre al que Tobi ni veía ni escuchaba le chupaba el lóbulo de la oreja derecha o le metía la lengua en la boca.
A veces se iban con otra pareja, o con otras dos parejas, y swingueaban no al modo precisamente de Colthrane, y Tobi se encontraba al amanecer a solas con una mina desconocida, por ahí de treinta y cinco años y no tan linda o tan bien conservada, cogiendo (con forro eso sí) porque estaban ahí, y él a veces ni sabía cómo habían llegado. Y otras veces los cuatro o seis cuerpos se reunían en una sola cama e intercambiaban sus sudores y sus jugos en un juego suicida y peli-groso que los mordía con la más atroz y placentera saña. Y a veces la rubia caza-ba una pareja de masocas, y Tobi se encontraba sorprendido a las siete de la mañana devolviendo en serio una piña en la mandíbula a una mina ridícula (unas tetas impresionantes, sí, pero ridícula) enfundada en cuero y que acababa de golpearlo con un latiguito casi de juguete. Lo ofuscaban los S. M., porque en-contraba sus jueguitos aburridos, bobos y enfriantes, lo menos erótico del mun-do, después de media hora de látigos o cachetadas bobas le daban ganas de gol-pearlos de puro fastidio.
Pero lo que más lo intrigaba era no acordarse la mitad de las cosas de esos fi-nes de semana de descontrol. Era para pensarlo, y si la rubia le hubiera dado tiempo entre tanto trabajo y literatura y siesta y drogas y alcohol y salidas raras, Tobi lo hubiera pensado: los fines de semana, Tobi entregaba su cuerpo y su vi-da (literalmente) a los caprichos de la rubia.
Al costado de toda esta furiosa actividad nocturna, el resto del día casi no se veían. Así que se llevaban de lo más bien.
Tobi cada dos semanas le pedía a Miguel las fotocopias del cuatrimestre y las fichaba con displicencia. Fichaba y guardaba, para dar libre a fin de año. Lo iban a matar en el escrito, pero tampoco le importaba demasiado. Además, iban a te-ner que esforzarse para matarlo. Y por sobre todas las cosas, un diez, un nueve, un ocho o un siete no le importaban en absoluto. Hasta que cursó había venido, en parciales y finales, todo nueve diez, nueve diez, algún ocho perdido, apenas un siete. No le importaba si le bajaban un poco el promedio: le interesaba más la literatura, la joda, tener plata en el bolsillo, culearse a la rubia todas las veces que pudiese.
De cualquier manera, viviendo juntos, tenían que verse, aunque sea un rato, todos los días, sobrios antes de empezar a darle, así que se daba lugar para con-versaciones. La rubia no decía nada, pero tenía sus planes. Tobi como siempre se hacía el boludo y no preguntaba, pero, como siempre entre ellos, en el silen-cio, en lo no dicho, se cocían las estrategias de cada uno para esquivarle el bulto al otro, o para llevar aguas hacia el propio molino.
De la casa la rubia no decía ni mu. Presuntamente, estaba esperando para vendérsela a alguien mano a mano. Era una linda casa, sobre todo era una casa no demasiado chica en Barrio Norte, tenía que sacarle muy buena guita. Pensa-ba comprar una más barata en Almagro o Caballito, y con lo sobrante mejorar un poco su moblario. Pararse bien. Parecía estar planificando, sin decirlo, su fu-turo de allí a varios años. Tobi se preparaba para eso, estaba a la defensiva, pero su cuerpo y él dudaban, cada día (cuando la rutina y la rubia le daban tiempo), sopesando casi sin proponérselo los pros y los contras: y después de todo, ¿por qué no? La mina le encantaba, lo recontracalentaba, era lo más perverso que se había cruzado jamás en una cama, era lindísima, le iba a poner una casa y un ajuar casi todo ella, le iba a dar un espacio para desarrollar su oficio de escritor sin joderlo demasiado, acaso tolerándole que aportara poco en algún momento o permanentemente a la economía hogareña, era sumamente culta e inteligente, lo llevaba a lugares donde podía contactar no sólo bohemios y drogadictos sino también artistas, algunos incluso talentosos y hasta consagrados. Era, desde el punto de vista sexual y social, lo mejor que se le había presentado en su corta carrera amorosa, en su jovencísima vida de adulto.
Lo agobiaba de todos modos la idea de estar engayolado a los veinte, con una mina más grande y que tenía más vivencias que él (muchas más: ¡las cosas que él sospechaba de ella, de su vida, aparte de todas las terribles que ya sabía!), que podía aburrirse de estar con un pendejo egoísta o, peor aún, que podía manejar-lo como a un conejillo de Indias, usarlo impunemente aprovechándose de su menor experiencia. En resumen, lo que más lo angustiaba de todo el asunto era QUE ELIGIERAN POR ÉL, quedar BAJO EL YUGO DE.
Entre otras cosas que proponía la rubia cada tanto, en conversaciones al pa-sar, mientras se rascaba la nariz o cebaba un mate o lavaba platos, estaba lo del viaje. Le había propuesto unas vacaciones de una, dos o tres semanas, lo que pudieran, en el exterior, los dos solos. Ella lo bancaba, no tenía que hacerse pro-blemas en ese sentido. En principio se habló de Brasil, pero también, por qué no, podía ser Europa (En enero y febrero en Europa es invierno, objetó Tobi de inmediato), o si no alguna isla mexicana, o del Caribe. De facto, era un asunto resuelto, se irían de vacaciones al exterior.
Tobi ya conocía dos veranos HORRIBLES, aburridísimos. Hasta la rubia lo había cansado en Puerto Madryn. Necesitaba experiencias variadas para que el enorme tedio de lo cotidiano no se apoderara de él. Tenía que hacerse el pasa-porte (y eso le iba a costar un ojo de la cara {la miró con cara de querer internar-la a la rubia cuando le dijo, haciendo un gesto de restarle importancia, Eso no es nada, te costará… setenta… ochenta pesos}) y después la visa. Una vez elegido el país.
En los hechos, la convivencia, planteada ladinamente por la rubia (ninguno de los dos se creyó eso de “por algún tiempo” cuando la rubia lo dijo, y cada uno supo en el momento que el otro sabía que el otro sabía; así tenían que compor-tarse entre ellos por algún inexplicable motivo, en un perpetuo simulacro que escondiera sus verdaderas intenciones {en lo pequeño}, sus verdaderos senti-mientos {en lo macro {¡qué feo “en lo macro”!}}), iba echando raíces de ombú, aferrando con fuerza creciente el suelo de sus vidas. Metían los pies en el lodazal con una mente escindida, que por un lado sabía y calculaba y temía lo que podía venirse, y que por otro los arrastraba como un sino a anudarse en esa relación que los llenaba tanto, que los asfixiaba muchas veces, pero de la que ninguno de los dos quería prescindir, podía prescindir. Si se quiere, puede decirse que mientras las mentes (el ethos de cada uno) cavilaban, dudaban, temían, gritaban que no, se rebelaban contra la trampa que ellos mismos se iban construyendo, sus cuerpos (el pathos de cada uno) iban enredándolo todo, haciéndolos uno en la enredadera de sus deseos, convirtiéndose en planta poco a poco, Dafnes y Apolos de sí mismos y del otro.
En realidad, lo primero que hizo Tobi cuando cobró el tercer sueldo fue ir a sacar el pasaporte sin decirle nada a la rubia, como dando por hecho el viaje, como rindiéndose a la seducción de viajar al exterior. Lo más exterior que Tobi conocía era el Uruguay, que había sido casi como estar en la casa. Por lo tanto, Tobi, romántico al fin (o soñador al menos), imaginaba con placer cómo sería estar en un país extraño, entre gente extraña a sus costumbres, desconocida de verdad.
La rubia ha desarrollado ante mí en estas semanas algunas perversiones que no le conocía. Por ejemplo, hace cinco días le dio un ataque de exhibicionismo y contrató una vieja como de setenta años para que nos viera coger. No la trajo al departamento; fuimos a su casa de jubilada viuda. La vieja pensaría que nunca más iba a contemplar un pene erecto en su vida. Hay que ver (yo trataba de no mirar, porque me daba asco) los ojitos de la vieja mientras la rubia me pasaba la lengua lentamente por la cabeza del choto y se formaba una viscosidad transpa-rente, unos hilitos de líquido seminal coagulado que iban de la cabeza de mi choto a los labios, los dientes, la lengua procaz de la rubia. O después, cuando empecé a penetrarla con la lentitud exasperante que nos enloquece de placer a los dos y que nos lleva largos ratos con mi pija moviéndose adentro de su cavi-dad empapada. Esa refriega eréctil de mí dentro de ella, los lentos movimientos mutuos que nos esparcen a los dos por un espacio indiscernible, acaso increado hasta que nuestros cuerpos lo convocan, lo invocan… Qué sé yo… La cuestión es que la vieja estaba ABSOLUTAMENTE INMÓVIL, con una mano quieta a mitad de camino de tomarse la boca, como si estuviese viendo un momento culminan-te de la novela de la tarde, sin pestañear, minutos y minutos con los ojos así de grandes sin atreverse a creer en lo que estaba viendo, con una excitación nueva e incrédula y acaso juvenil mirándome la pija mientras la rubia accionaba sobre ésta, o mirándonos en nuestro frotamiento volátil y eleático, los cambios de po-sición cada dos o tres minutos, el miembro que entra y sale a cada ratito, que alarga el placer hasta que se convierte en un tormento insoportable y hay que acabar, pero he ahí que mi cuerpo se ha independizado y se niega a acabar, el gemido ronco y atroz que se me escapa porque lo que siento en la punta del cho-to expandiéndose hacia el resto de mi cuerpo es como si me lo estuvieran ase-rrando, algo doloroso y violento e imperativo, que termina siempre por capturar todo mi ser y mantenerlo contra su voluntad en los umbrales del clímax. Y la ru-bia que se me mueve abajo o arriba porque tampoco lo aguanta más, quiere aca-bar para descansar un poco, cada cinco o seis segundos; a cada nuevo embate esclavo de mi miembro contra su cavidad es un grito creciente y gimiente, des-esperado y agradecido, pero deseoso de que todo acabe, de que por fin todo aca-be y pueda quedarse media hora tirada de espaldas a mí con los ojos cerrados e inmóviles, recuperándose después de tanta hecatombe propiciatoria de no se sabe qué que nos conmina a juntar nuestros cuerpos de ese modo atroz e innu-merable (je, je… Georgie…).
Yo siento miedo a veces de ese contacto, cuando pierdo el control de mi cuer-po y no puedo acabar, cuando estoy al borde de derramarme en ella como si el semen, en vez de expelerse con la violencia usual de la eyaculación, se deslizara lentamente como dentro de un tubo de vidrio que vendría a ser yo, estremecién-dome hasta un dolor incalculable que no se termina en, no sé, medio minuto, y del que abjuro en el medio mismo de él, aunque después (quince o veinte o treinta minutos después) vuelva a buscarlo, siempre vuelva a buscarlo, condena dulce e ineluctable que me lleva hacia ella, La Hembra, Lo Que Me Completa, lo que me sacia insaciablemente y a lo que sacio insaciablemente, ese desasimiento íntimo que nos trastorna a los dos y que se erige, dominante, sobre todos los ac-tos e intenciones de nuestra vida, compeliéndonos (sí, compeliéndonos) a juntar nuestros cuerpos y nuestras existencias aun contra nuestra voluntad, aun cuan-do sepamos que nos hace daño estar juntos, que ese placer innumerable que ca-da vez nos junta nos va corroyendo poco a poco, más incluso que todo lo demás, que todo lo que rodea nuestras vidas o lo que pervive, ignoto, bajo la tersa o ri-piosa superficie de ellas, eso que nos llama hacia lo otro desde nosotros mismos, esclavizándonos, esclavizándonos.
Todo eso me recuerda, de algún modo, a Tir. Rara amistad, esta con Tir. En pos de mi educación, suele someterme a charlas o momentos extrañísimos. El otro día, por ejemplo, me llevó a ver al negro Rodolfo.
El negro Rodolfo es un uruguayo, de unos cuarenta años más o menos, que mide como un metro noventa y cinco y tiene un físico descomunal, es robusto para su altura, imagínense. Vive en una casita bastante pobre al norte de Buenos Aires, casi por Victoria, en esa zona en la que lo urbano asquerosamente nuevo rico comienza a perderse entre lo profundo de la naturaleza y de la humanidad profundamente pobre, más allá de los puertos con yates y barrios cerrados y rascacielos absolutamente fuera de lugar, allí donde recomienza el mundo.
Era un día que me pasó a buscar (un jueves) al trabajo (yo salía temprano esa vez, como a las dos) y viajamos por calles laterales, menores, para llegar más rá-pido. Tir fue manejando todo el viaje y charlando de esto y de aquello: que un artista holandés que iba a traer a su Salón para exponer una retrospectiva al mes siguiente, desconocido en la Argentina pero un capo de los buenos, de los actua-les, de los que están haciendo historia en este mismo instante; que una fiesta en Parque Chas el siguiente fin de semana, con invitados especiales, a la que no podía faltar; que la rubia me tenía que hacer conocer a tal pintor brasileño que la fascinaba, que no podía ser que esa Fernanda fuera tan escondedora de sus conocimientos (según él) enciclopédicos sobre pintura. Siempre que estamos so-los los dos se pone muy expansivo, mitad para tirarme la lengua y hacerme en-granar o exponer una opinión contra mi voluntad, mitad para hablar de temas que no toca nunca en su vida casi, y que casi siempre tienen que ver con el arte y que a mí me fascina escuchar. Ese viaje, por ejemplo, charlando de mí, me dijo que me veía preparado para pegar el salto existencial, a otro nivel, por encima de nosotros, los pobres mortales. Te veo en un momento muy jodido, en un momento clave de tu vida, me dijo, como sabiendo que te va a tocar hacer elec-ciones muy difíciles y que van a marcar tu vida, todo el resto de tu vida. Pero tenés que ser valiente, me dijo, tenés que pechar lo que venga. Tenés que ser. Tenés que ser. Yo lo miré en ese momento, como sopesando la posibilidad de explayarme sobre ciertos temas… que me venían comiendo el coco. Estuve a punto de hacerlo (quizá hubiera sido la más sabia decisión de mi vida; abrí la boca incluso, para empezar), pero Tir agregó No querés hablar de eso, ta bien. Sos reservado, pendejo. Se sonrió, satisfecho, me dio una palmadita en la meji-lla, cariñosamente. Ya te voy a hacer entrar por el aro, aunque tenga que se-cuestrarte y extorsionarte, pendejo.
Entre frase y frase, inopinadamente, tiró el motivo de la expedición. El negro Rodolfo, me dijo, tenía una virtud muy especial, Un don. Tenía la boa más gran-de que él, en casi cuarenta años de puto, hubiera visto. Yo me quedé duro en mi asiento, un poco inseguro (o incrédulo) de haber escuchado bien. Una boa, dije. Sí, una boa, corroboró Tir, manejando por unos segundos con los codos para hacerme un gesto notablemente desambiguador y caracterizador. Una boa. Con el aplomo habitual, me dijo que era una experiencia única, y que yo, como escri-tor, tenía que conocer de todo, aún lo más absurdo o baladí de la existencia, pa-ra poder quizá algún día meter dos renglones sobre un tema minúsculo e intras-cendente en uno de mil libros escritos. Vale la pena, aseguraba. No es una cues-tión de que te guste, es una cuestión de que es increíble el tamaño de esa pija, estoy seguro de que te va a llamar la atención. El negro Rodolfo nos invitaría a tomar mate con algo sólido, y después tendría lugar la “experiencia”.
Bajamos del auto, y antes de que Tir tocara timbre el negro Rodolfo ya estaba abriéndonos la puerta, evidentemente sabedor de la visita. Era un poco canoso, con motas, enorme, la cosa más grande que he visto en mi vida, parado delante de nosotros en actitud humilde, casi como un negro de Faulkner: le faltaba no-más el sombrero apretado entre las manos juntas y estar en pata. Nos saluda-mos, Tir nos presentó. En todo momento, Tir trató a Rodolfo de vos y Rodolfo trató a Tir de usted o de señor. Era un poco molesto tanta distancia. El negro Rodolfo nos invitó a tomar unos mates con tortas fritas: eran las cuatro de la tarde: imaginen mi estómago inalmorzado: devoré como una termita, como el peor maleducado: estaban riquísimas. Entretanto, a instancias de Tir, el negro Rodolfo me contó la historia de su vida.
Como tantos uruguayos, el negro Rodolfo era un emigrante. Había nacido en uno de los barrios más pobres de Montevideo, en el Barrio Sur hoy totalmente reciclado ediliciamente (para mal en cuanto a belleza), barrio de negros y de po-bres. Barrio de música y de carnaval y de cuchillos y de tamboriles y de lubolos que salen en las noches de carnaval a tamborilear por las calles de la ciudad has-ta que sube el sol. A los catorce años tuvo un problema con la policía, porque le partió una pata de mesa en el marote a un milico que quiso manotear a su ma-dre. Estuvo preso hasta los diecisiete, y cuando salió, su madre había muerto, sus hermanos, mayores, estaban desperdigados por la ciudad, o por el interior, en pueblos chicos, o en Argentina o en Australia, de manera que no le quedaba mucho por hacer allí. Su decisión de irse de Montevideo se apuró a sus dieci-nueve, cuando una de sus primas, de trece años (una mulatita de ojos verdes, muy desarrollada para su edad, se justificó sin culpa pero sin jactancia), quedó embarazada. Él estaba, a falta de otra parentela, medio aquerenciado en esa ca-sa, y cuando los primos intentaron matarlo (no hay la menor metáfora ni exage-ración en esta frase) tuvo que huir en el primer barco en que pudo conchabarse, de fregador de pisos, después de un par de semanas escondido en pensiones aún más sórdidas que su hogar. Un barco interoceánico. De manera que pasó cuatro años trabajando en diversos barcos de ese tipo, aprendiendo el oficio de marine-ro, ganándose la confianza de sus superiores en base a su bruta fuerza física uti-lizada en el trabajo. Así conoció todos los puertos que no lo acercasen a Monte-video, navegó varios océanos, se cogió a prostitutas de decenas de países y a al-gunas lugareñas fogosas. A los veintitrés años entró en un barco italiano, el “Amorusso”, cuyo capitán empleó sus servicios eróticos abundantemente. Du-rante tres años y medio, tuvo un buen sueldo como asistente del capitán, y mu-chas veces durmió en la cama del tano y lo convirtió en “su esposa”. El negro Rodolfo contaba todos estos detalles sobre su vida sin ningún énfasis, como si fueran historias inventadas o que le hubieran pasado a otro. No establecía un código de conducta para juzgarse, ni como culpable ni como inocente. Las cosas simplemente le pasaban. Por ejemplo (estaba claro, no necesitó decirlo) no le gustaban los hombres; sin embargo, si eso le servía para comer, se cogía tipos, generalmente por un pago no directamente prostituteril, sino por sueldos un poco mejores que lo usual para alguien de su preparación, y a veces simplemen-te por un sueldo, por comida, por alojamiento. Se bajó del barco en una isla de la Polinesia porque una india lo enamoró, y tuvo cinco hijos, uno atrás del otro. La indiecita tenía quince o dieciséis (a esta altura del relato estos detalles me produjeron una singular inquietud púbica) cuando lo enamoró, y apenas había superado los veintidós o veintitrés cuando la abandonó. Fue casi de común acuerdo con ella: no conseguía un buen trabajo y la familia de ella estaba con-tentísima de sacárselo de encima; nunca dejaron de considerarlo un extranjero.
Tenía treinta y un años y estaba de vuelta arriba de un barco. Pero ya lo había cansado la vida del mar. Era una mierda, imposible ponerla seguido e insalubre no ponerla casi nunca, salvo que hubiera un marinero (o un oficial, al menos) que lo requiriese para al menos desahogarse. No le gustaba eso. Así que, sin sa-ber más que chapurrear el inglés (como otros idiomas), desembarcó en New York para no volver a subirse. La estadía allí fue pésima, en todos los sentidos: no la puso ni con los putos, no consiguió un trabajo bueno, y los que conseguía los perdía en seguida (En la Polinesia me había habituado mucho al alcohol, aclaró). Un año así lo predispuso a volverse para este rincón del mundo, espe-rando acaso que el tiempo hubiese borrado los rencores, o pensando acaso que no le importaba nada y que extrañaba el idioma, las gentes, los olores, o, lo más probable, sin pensar en todas estas cosas dignas de neuróticos, sino simplemen-te asumiendo que no le quedaban muchas opciones más que volverse. Por las dudas, se vino a la Argentina. El paso por el puerto de Montevideo lo hizo llorar, porque reconocía palmo a palmo la silueta de la ciudad en que había pasado su niñez recordada como feliz. Consiguió un puesto como estibador en el puerto de Buenos Aires, y poco a poco se fue acostumbrando. No era lo mismo que Mon-tevideo, era más feo y más revoltoso, pero se hablaba casi como en la otra orilla y vivía en la Boca. No ganaba bien, pero comía bien todos los días. Eso sí, en Buenos Aires, en el nivel social en que vivía, lo veían mal porque era negro, sal-vo los inmigrantes (que eran muchos) latinoamericanos o incluso algunos afri-canos. Pudo entreverarse con una boliviana y con una senegalesa, y nada más, en dos años. Hasta que lo tomaron de empleado en un barco del Tigre para hacer el trayecto entre las islas y los puertitos de tierra firme, y conoció a Tir. Es decir, Tir lo conoció a él.
A Tir (esto lo contó Tir en otro momento) le llamó la atención en seguida el tamaño del negro. Conjeturó que con semejante altura y físico, el negro debía calzar por arriba (bien por arriba a juzgar por el tamaño de sus manos) de los treinta, quizá alrededor de los cuarenta centímetros. La curiosidad del esteta fue más fuerte que las prevenciones, y Tir lo fue induciendo poco a poco a pensar al negro Rodolfo, las pocas veces que se veían de paso al Delta o de vuelta a tierra, que podría haber una interesante transacción para ambas partes si el negro aceptaba cogérselo. Tir estaba en sus primeros años como Tir, corrían finales de los ochenta. Eran los últimos estertores de la generación del Parakultural y de Cemento, de los artistas performers, los humoristas improvisadores, el pop hedonista y las drogas pesadas. Trabaron relación. Periódicamente, Tir lo con-tactaba, iba a su casa humilde por Victoria, y el negro Rodolfo se la daba caldo-sa.
Aunque el capricho y la novedad se disiparon con los meses, de todos modos, como le solía ocurrir con algunos amantes suyos (Parque Chas estaba lleno de ellos), quedó una relación, y, aunque con los años la frecuencia del sexo entre ellos decreció a casi una o dos o tres veces por año, el contacto no se cortó, y Tir, que consideraba al negro buenazo y trabajador, lo ayudaba cada vez que podía. Por ejemplo, le consiguió una casita mejor en Victoria, humilde pero sin goteras, con luz, agua corriente, gas natural, etc., y se la dio como “adelanto de futuros coitos”, o como favor de amigo, o como ambas cosas. Cuando necesitaba trabajo, el negro Rodolfo lo llamaba a Tir y antes de diez días ya tenía uno.
De manera que el negro Rodolfo le quedó eternamente agradecido, y su tem-peramento dócil a las circunstancias hizo que surgiera entre ellos una especie de amistad. Tir, siempre lo decía como una premisa general, y lo aplicaba en su vi-da, intentaba relacionarse con las personas por lo que podían tener de intereses en común, y con el negro Rodolfo se veían cada tanto en su casita de Victoria y hablaban de pesca, de navegación, de los peces del Plata y del Paraná, de puer-tos lejanos que el negro Rodolfo recordaba entrecerrando los ojos, casi con nos-talgia no tanto por los lugares, en los que había estado con indiferencia, sino simplemente por advertir cómo pasa de rápido el tiempo.
El negro acabó su relato y fue a calentar más agua para el mate; el termo se había vaciado varias veces. Tomaba una yerba fuerte, sin palo, a la uruguaya, ca-si más fuerte que una bebida blanca.
No me atreví a preguntarle si había sabido alguna vez algo más de sus hijos, los de la Polinesia o el de Uruguay. Pensé con lujuria que la primita ahora ten-dría unos treinta y cuatro años y, si la vida no la había hinchado y afeado, toda-vía estaría buena. Pensé que, si su vástago había sido una hembrita, ahora esa hembrita sería una mulata de ojos verdes, como de mi edad, veinte o veintiuno cuantimás, un sueño de hembra.
Ya había atardecido, eran como las siete. Tir explicó lo que habíamos ido a hacer y el negro Rodolfo nos llevó a una pieza de atrás. Prendió un foquito me-dio amarillo y nos hizo pasar. Se paró al costado de la cama y desprendió lenta-mente, sin mirarnos, como si estuviera liando un cigarrillo o secando un plato, el cinto, bajó la cremallera y metió sus dos manos en el calzoncillo de un color gastado, entre negro y marrón, con algún agujero por el lado de los elásticos. Sa-có una tremenda boa en descanso, la acarició un poco con sus manos enormes, y la boa creció como en un hechizo, se puso gorda y rígida, seca. El negro la mas-turbaba como si fuera un arma o un animal vivo, lentamente. Después levantó la mirada (yo miraba el aparato bastante sorprendido y casi con un dejo de incre-dulidad, tratando de mantenerme no obstante impertérrito en cuanto a gestos se refiriese, aunque no obstante sentí en ese momento la mayor envidia que me ha dado en toda mi vida) y nos preguntó, mirándome sobre todo a mí como candidato y a Tir como dador de órdenes ¿Quieren acariciarlo?
Yo cuando escuché eso pegué literalmente un salto y lo miré a Tir, que ya es-taba haciendo un gesto casi de patrón de estancia, negando con la mano y di-ciendo No, no, Rodolfo. Nomás lo traje para que viera, pero este no es de los míos.
Confieso que mi corazón subió a ciento cincuenta de un segundo para otro con la frase del negro Rodolfo, y bajó mucho más lentamente, aliviado, cuando Tir aclaró.
Salimos de la habitación del fondo, charlamos un rato más, y después nos despedimos, afectuosamente, del negro Rodolfo. Confieso que me dio cierta im-presión darle la mano, que no se había lavado luego de juguetear con su miem-bro. Ni bien hicimos dos cuadras en el auto, le dije a Tir que parara en una esta-ción de servicio, que quería ir al baño. En cuanto cruzamos una, entré al baño y me lavé abundantemente las manos. Después Tir me invitó a cenar en un res-taurante del centro, y comimos y charlamos opíparamente, como monjes fran-ciscanos.
Últimamente, toda mi vida se reduce a fragmentos, trozos sin solución de continuidad, pero que aparecen de pronto a mi memoria con la vividez de una pesadilla, como si en el momento de recordarlos me estuvieran ocurriendo de nuevo.
O sea.
Ella saca un frasquito y me mira con cara de misterio. Es oscuro, color dúrax, como de medicamento. Pero si la rubia lo porta entre sus manos en este contex-to (estamos en una casa ajena, en otro fin de semana de primavera salvaje por la noche, solos en la pieza que nos han dado personas que no conozco y que si es-tuviera fresco les juiría), por algo será. Se acerca mirándome con la sonrisa de un demonio drogado y corre la rosca de la tapa. Es una de esas con gotero. El frasco, ahora que lo miro bien, no tiene etiqueta. El plastiquito de la rosca es ne-gro. Aprieta la gomita de arriba y hunde el gotero en el líquido de apariencia in-colora. Después lo acerca a mí como una enfermera dispuesta a darle una vacu-na oral a un bebito (Tomi dice a veces que yo tengo una memoria de mierda que no olvida nada; recuerdo la primera vez que recuerdo que nos vacunaron; nos llevaron a un dispensario cerca de la Clínica Vandor, sobre la avenida del Calva-rio, y nos dieron unas gotitas muy feas en la boca; ¿qué tendríamos?; un año, dos a lo sumo; no sé cómo puedo acordarme de esas cosas; quizá porque la si-guiente vacuna, no mucho tiempo más tarde {no mucho tiempo pero quizá dos o tres años, no sé} fue una inyección en el brazo, y nos dijeron que no nos iba a doler y a mí me dolió muchísimo, me impresionaba mucho además que me pin-charan con esa cosa tan finita y filosa, casi invisible; así que la tercera vez que me acuerdo, como un año sería o menos de dos más tarde, en el mismo lugar, en cuanto vi la jeringa salí corriendo para la puerta del consultorio, y justo abría la puerta una vieja que me atajó y le contaron todo en dos patadas y la vieja me arrastró hasta la que tenía la jeringa y yo me retorcía entre sus brazos en silen-cio, sin gritar ni llorar ni nada, sólo pataleando en el aire y haciendo que no con la cabeza, mientras Tomi, observándome, se contagiaba de mi reacción y se po-nía a mirar para la puerta y a mami, nervioso, y al final tuvieron que agarrarme entre tres viejas incluida mi madre para que la cuarta me clavase la aguja en al-gún lugar del brazo izquierdo y me dejara doliendo como un mes; me salió una infección, algo demasiado molesto para mi quisquillosidad de aquellos años, porque había que ir al médico cada tanto y los dos nos aburríamos muchísimo en la sala de espera), y deposita dos gotas sobre mi lengua después de pedirme que la saque. Inmediatamente es un profundo escozor en la lengua y algo que se me va para la cabeza, que de algún modo me afectará el cerebro, porque me aga-rro automáticamente el cráneo con una mano y enseguida siento el placer del LSD difundiéndose por mi sistema nervioso. Después la rubia va a sacarse la ro-pa y la deja en una silla (la habitación es de lo más mugrienta, alcanzo a obser-var mientras me retuerzo sobre el sofá, y empiezo a ver los puntitos de polvillo, cada puntito de polvillo en el sofá, en los muebles, en la cama sucia, en el piso, adoptando colores fuertes, ASESINOS, generalmente azules o rojos como rubíes o verdes como manchas que ya no sé si están en los puntitos o en mis ojos que recorren la habitación; pero es el azul predominante, ese azul indescriptible que puede adoptar diversas tonalidades más opacas o más brillantes o más translú-cidas según sea el estado de ánimo de uno, ese azul inefable que para verlo hay que estar drogado, una sensación tan corporal y tan vívida y tan íntima que lo estremece todo a uno). La rubia está en la cama con una enagua negra que andá a saber de dónde la sacó, cortita hasta el final de la bombacha, hasta la altura de la concha, digamos, y abajo tiene también una bombacha negra, diminuta, de la misma tela brillante y suave. Por ahí cierra los ojos y se recuesta contra el res-paldo, las piernas al aire, pero por momentos abre los ojos y me mira de lejos con expresión adormilada, con sus fabulosos ojos azules brillando como gemas y entrecerrándose. Pero no me importa: me quedo un buen rato revolviéndome apenas en el sofá, sintiendo el azul en todo el cuerpo, el azul íntimo que me in-vade.
Cosas así, todo el tiempo: pensar y sentir, diría Proust. Quiero decir.
Últimamente (no sé muy bien desde cuándo), el mundo exterior ha ido per-diendo para mí importancia, y a partir de eso interés, intensidad, profundidad. Noto (ni siquiera con alarma, lo que en algún lado me alarma muchísimo) que las cosas se alejan, que lo único con existencia cierta en mi vida es la rubia, el departamento, la droga, el sexo, la literatura. Es decir, la escritura. Fuera de eso, el viaje, el naufragio íntimo de cada día entre la gente, en el trabajo, en las ca-lles, está como lejano, como visto a través de un velo transparente, un veloespe-jo que refracta, es decir, distorsiona, es decir, miente. Pero todo miente, todo es imagen, apariencia, mito. Atrás del mito, la apariencia, la imagen, Eso Que Se Nos Muestra, no hay nada. Sólo hay distorsión, imagen, cultura, y detrás el va-cío, el mundo, el henchido vacío de sentido. La mayor parte de la gente no tiene conciencia de todas esas cosas, y vive tranquila con su Dios, su Trabajo, su Fa-milia, su Vocación, su Pereza, su Vicio, etc. Es decir, vive presa del mito, de la imagen, de lo aparente, de la refractación fraudulenta. La verdad es saberlo. Por eso es amarga la verdad. Y en el medio de eso, de la nada sabida, yo estoy en el exilio discordante y misterioso de la rubia, de la literatura, es decir, de la escri-tura, del mito. Y, ominosamente a salvo de la cotidianeidad, de la nada, me construyo el mito personal que me permite sobrevivir destruyéndome. Sobrevi-vo gracias a que me consumo, lenta, gozosamente a veces cuando la rubia está muy puta y muy enamorada y nos olvidamos de la droga por un rato y cogemos hasta que no podemos más y nos dormimos. Lo otro, el sopor cotidiano, la acep-tación búdicanihilista de Miguel, me son inalcanzables. Porque la verdad es eso, saberla, y la sabiduría es saber la verdad Y QUE NO TE IMPORTE, sobrevivir a ella armónicamente.
Yo no sé sobrevivir armónicamente. Apenas sé sobrevivir en este infiernopa-raíso donde el mundo se distancia de mí y me sumo en mi cuerpo, en el puro presente del goce, en la embriaguez de los sentidos. Y puedo refugiarme en ella porque no es necesario creerle, basta con estar preso allí, con abandonarse y ob-nubilarse y derivar, derivar, derivar, derivar, derivar… Y mi cárcel es NO PO-DER CREER. Por eso el olvido me es tan precioso, el presente, la rubia, la litera-tura.
Fin de semana. Parque Chas. Hoy no estoy de buen humor. Nos observo. Desaforados como licántropos, sedientos de más sangre para perpetuar nuestra orgiástica vida, la única vida verdadera, nuestra vida nocturna. Somos los suce-sores de lo dionisíaco, de lo carnavalesco, de los libertinos romanos, pero tam-bién de las demonizaciones católicas, es decir de las brujas, de los aquelarres. Todas esas simbolizaciones, lo que Jung llamaría el inconsciente colectivo, jue-gan en mi mente calenturienta, desfasada en el aquelarre ateo.
Ya sé que acá es diferente, que no es como esos amigos de las últimas sema-nas que presentó la rubia, orgías hechas y derechas, droga para tirar al techo, desenfreno absoluto en lugares ruinosos, verdaderamente góticos (Buenos Aires está llena de esos lugares góticos, la intuición más profunda de Cerati como le-trista es esa “Ciudad de la furia”, de una furia borgeana, reconcentrada e inmi-nente, simbólica, no la pedestre de cada día sino un terror al acecho que nunca se consuma pero que siempre está, apenas corramos un poquito al costado la mirada). Pero no puedo dejar de mirarnos y sentir eso, que el clima cool de Par-que Chas es también un infierno, que somos licántropos sedientos de más san-gre para perpetuar nuestra vida nocturna. Que Alma está muerta y en el fondo de nosotros va dejando de importarnos, en el fondo, más allá de las recordacio-nes compungidas y graves y respetuosas. Alma ya es pasado. Ya la memoria hizo su tarea de olvidos selectos y nos dejó una foto de Alma a cada uno, y la man-tendremos allí, petrificada en nuestros recuerdos, hasta que muramos a su vez nosotros o hasta que la vida haga que la olvidemos. Eso es la vida al fin y al ca-bo, pero ¡es tan cruel! ¡Alma, mi pobre y dulce Alma, el Alma de Tomi, el Alma de Mecha, el Alma nuestra! Pudriéndose en un ataúd trescientas cuadras más abajo. Pfff… Nínive.
Repeticiones. Llegado un punto, todo se reduce a eso. Repeticiones sin ton ni son de series más o menos caóticas u organizadas. Uno se cansa de ver siempre lo mismo, y al mismo tiempo abomina y desespera de ser un eslabón más en la cadena inextricable, en la galleta universal que ni diez mil espadas de Alejandro podrían deshacer. Más o menos igual siempre, con variaciones que de a poco se van tornando ridículamente exiguas, hasta la indiferencia, se van repitiendo los sonidos, los gustos, los aromas, las imágenes, los roces (¡sí, hasta los roces nos hastían!), los pensamientos.
Mecha está. Un poco mejor. Por lo menos empezó a venir. Viene y baila, trata de sonreír y a veces lo consigue, trata de ser la misma de antes para nosotros, para que nosotros que amábamos a la antigua Mecha nos quedemos tranquilos. No se droga. Por lo menos entre nosotros. Bebe poco, casi por cortesía, sorbitos mientras baila o conversa distraídamente. Desconocida.
Por lo demás, todo igual. Hasta Selva se cansa un poco de acusarme de niño: hay otros más niños que yo, que se suman: Willy, y unas cuatro o cinco personas más de su edad (entre diecisiete y diecinueve: todos menores que yo), frecuen-tan desde hace unas semanas el cubil de Dionisos. Allí está Tir, enamorado, a lo que creo, de Willy, porque si no es imposible que Tir esté así de gagá, como para relacionarse con chicos cuyas únicas virtudes son la belleza y la lujuria (¡qué in-sincero que soy!).
Hablando de lujuria, está Laura, que me lanza miradas que ella cree com-prometedoras, provocándome a más de lo de la otra vez, frente a la rubia que ni la registra (que probablemente ni se acuerda del asunto). Más crecidita, en tan pocos meses. Esos polvos en la pieza de arriba le hicieron crecer cuatro años (humildad aparte): ya es todo un modelo de la putona refinada al estilo de la ru-bia, sin la cultura de la rubia, pero una chica dentro de todo que ha leído algu-nos libros, que tiene inquietudes. Carne fresca. Quizá cuando la rubia… y yo… ella podría ser una oportunidad. Diecisiete a veinte. Lástima que después cre-cen. Pero en dos o tres años hará el cursus honorum, con la edad que tiene se encamará con alguno de veinticinco, alguno de treinta, alguno de treinta y cinco, alguno de cuarenta y cinco. Quizá se enamore de algún “viejo” que le enseñará, como Tir a la rubia, los secretos de la vida y de los placeres y del arte. Si tiene suerte encontrará un tipo como Tir (ya no Tir, quizá no algo tan afortunado co-mo que le toque un Tir, pero un tipo así) que la educará, la convertirá en una vi-ciosa epicúrea, que hasta los cuarenta y pico estará buena y deseable, mientras no se case o acaso aún casada y con hijos y divorcios igual sea una putona refi-nada, con los años pasará de los viejos a iniciar pendejos, a educarlos. La especie de los licántropos, de los dionisíacos, que no se extinguirá nunca mientras exis-tan seres humanos porque eso viene con nosotros, el hambre atroz de absoluto y de goce, el deseo de autodestrucción, la ética de los márgenes. Lo demás son va-riaciones de caso, detalles que no hacen al fondo. Los demás, la especie. Lo que importa en el humano, lo más valioso del humano, son las excepciones.
Recién miraba a Laura mirándome con su cara de niña como una vampiresa y la encontré igual a la rubia, igual a la rubia como me la imagino en sus quince años, en la época en que empezó a vender droga para el pelado ese y que empezó a encamarse con Tir, a enamorarse según ella creía entonces hasta que Tir le en-señó que eso no era el amor sino el afecto y la lujuria juntas, de ninguna manera amor, una amistad deliciosa entre un macho y una hembra, y la rubia acaso aprendió allí o quizá más tarde o quizá no lo aprendió nunca y simplemente es un presentimiento, una manera implícita de moverse por el mundo, de ser; y la rubia acaso, digo, aprendió o no que alguien como ella no podrá jamás enamo-rarse porque está enamorada de sí misma, horrorosamente enamorada de su poder maléfico de hembra, de comehombres, porque le gusta eso y no lo otro, lo común, el matrimonio y la familia y engordar a los treinta y llenarse de arrugas y de menopausia después de los cuarenta; no; será la soledad inmensa en la ve-jez, entre los libertinos de su camada, reuniéndose cada tanto, enfermos por dé-cadas de vicio epicúreo, a remedar una vieja ceremonia que sabrá a cosa amarga y repetida. Amarga y repetida porque ya no hay juventud, y su carne, su alma, su ser, eran la juventud, el hechizo que en la madurez va ajándose, los años que van poniendo en el mundo machos nuevos que cada vez se fijarán menos en ellas, y ellas vivían de eso, de ese hambre atroz de ser deseadas.
Diosas disolutas…
¡Es tan cruel, el tiempo! (Repeticiones: Lady Winter, la Rubia Mireya, mil et-céteras)
A veces cuando pienso que la rubia va a tener cincuenta y va a estar sola y sin amigos o rodeada de amigos que no le interesarán, viviendo una vida acaso des-ahogada o acaso, peor aún, de miseria, me pongo a llorar solo, en el departa-mento, pensando en esa belleza que me sojuzga ahora y que me impide pensar, hacer, huir, de ella, de su hechizo de esfinge ensangrentada por su propio deseo, su propio deseo que me come (mientras yo adoro y odio ser comido). Que el tiempo aje esa belleza tan extraordinaria, tan única como un jarrón precioso o como una escultura o como un paisaje, una obra de arte que el tiempo hizo y que deshará, con la misma indiferencia multiplicadora.
Tierra.
Polvo.
Y allí está Gianni, intentando (y tal vez consiguiendo) seducir a una de las amiguitas de Laura. El aire cínico y simpático de su rostro, del vendedor perpe-tuo de sí mismo y de lo que sea que haya que vender, el que siempre cae parado. ¿Lo odio? No. Creo que nunca lo odié. Lo detesté al principio porque se llevaba parte de las preferencias de las chicas, y me ponía celoso que el trío le dedicara tanta atención. Después vino… una especie de complicidad para la joda, porque con Carlos éramos los tres jóvenes varones permanentes de la tribu, y tramába-mos maldades, pequeñas maldades contra las chicas, para hacerlas rabiar. Una competencia boba para pasar el tiempo en los fines de semana de jolgorio en los momentos comunes y sin alcohol ni drogas. Como chiquitos de primaria, pe-leando y acechándonos entre chicos y chicas, ganándoles partidos de truco de seis en base a la inefable cara de piedra de Gianni para mentir y a mi inveterado orto para los juegos de azar (a Tomi le pasa todo lo contrario, es increíble: me enfureció siempre cómo liga los cuatros y los cincos). Cosas así, complicidades de gandules, detalles al borde de la maldad gratuita, de la ironía a los descono-cidos que te hace sentir parte de un grupo, la crueldad gratuita de los jóvenes. Creo que en el fondo de mí siempre lo desprecié, y lo desprecio ahora, porque es una persona meramente vulgar. Me enfermaría que la rubia se metiese con al-guien así (que se metiese, no que se encamase), que se agarrase un camote de largo aliento con un ser vulgar. Pero ella, creo, salvo las chicas, un poco Carlos, muchísimo Tir y bastante yo, practica en general la amistad con el mayor cinis-mo, cruzándose y abandonando amistades de ocasión, de lujuria o de trabajo o de casualidad o de joda. Tomando y abandonando relaciones sin sentir la menor nostalgia por gente con la que puede haber pasado días, meses o años juntos. Y está bueno eso, ese desasimiento, ese cinismo. Ojalá yo pudiera practicarlo con su mismo arte.
Yo soy más o menos igual. Ni con mis viejos soy cariñoso, en realidad. Unos besos a mami cuando voy allá o ellos vienen, y después no pienso nunca en ellos, ni para bien ni para mal. Me acuerdo de ellos cuando el pedo me da para ese la-do, o cuando necesito un favor material, y este año los necesito cada vez menos, a los favores, y los olvido cada vez más, a los viejos. Tir dice que ese desasimien-to respecto de los seres cercanos unido a la más cruda y honda sensibilidad para con lo artístico y para con las propias emociones y sentimientos y necesidades es la característica de los artistas. Que en el fondo, los grandes artistas son unos perfectos miserables que viven para ellos, llenos de contradicciones entre su de-seo y sus obligaciones amorosas con la familia, y a veces con la pareja (si llegan a tenerla). Gente con demasiado mambo mental y con demasiado interés en el arte para detenerse a pensar en los demás, aún en los que lo quieren. Gente que ni ellos entienden lo que les pasa por la cabeza, y que a veces acusan a los seres queridos maltratados y abandonados POR ellos de abandonarlos y maltratarlos A ellos. Yo me río mucho con esas cosas, pero Tir dice que yo soy así, esa clase de gente, y me repite muchas veces, muchas veces cuando charlamos mano a mano y se pone profundo (generalmente es cuando está con un pedo atroz y se convierte en un Viejo Vizcacha con dignidad) que no me tengo que hacer mam-bos por los demás, por mis contradicciones que seguro las tengo (y se queda al decir esto mirándome fijo lentamente en silencio unos cuantos segundos inter-minables, viejo pícaro, viejo sabio), etcétera, sino que tengo que ser lo que la so-ciedad vería como un miserable, fijarme sólo en mi obra, que es mi vida. Esas frases me halagan, al tiempo que me alarman y me intranquilizan y me sublevan y me resbalan (todo junto). Aprovechar todo lo que te pase cerca, la literatura se hace con los huevos, una frasecita de Mecha en pedo puede ser el punto de par-tida para un discurso memorable y central de un personaje de novela, la luz ilu-mina distinto en cada lugar, hay que verla, mirarla, hay que saber paladear los silencios, diferenciarlos, conocerlos, para meterlos en el ritmo de la prosa, para acechar toda su profundidad y todo su horror y meterlos en la página, hay que mirar a cada tipo, a cada tipa, como una máscara para un personaje, sospechar, adivinar, estudiar, medir, la psique de cada persona, cómo, por lo que uno ve, se puede adivinar lo que hay adentro de esa psique y detonarlo literariamente. Tengo la cabeza llena de sus frases, lindo Tir. Buen Tir. Nadie me prestó jamás tanta atención, salvo una enamorada, salvo mis padres. Nadie le prestó jamás tanta atención a mi tarea de escriba, de amanuense (a él le gusta que yo me lla-me a mí mismo amanuense, porque, más que falsa modestia, entrevé, en la idea, connotaciones de cotidianeidad junto al material de trabajo, las palabras, un oficio de sentarse y laboriosamente escribir varias horas al día, inventariando emociones mediante estilemas y convirtiendo toda esa masa de datos en litera-tura, en arte, en algo que sobreviva; un sacerdocio: del sacerdocio, de la religión, del rito, vienen todas las artes, todas las ciencias, todo el pensamiento, dice; dice que de ahí viene la literatura, del rezo, la plegaria; que el pensamiento viene de la medición de los astros, de la especulación sobre la naturaleza para dominarla y que el sembrado dé sus frutos, y que de la reflexión sobre Lo Otro se pasa siempre a la reflexión sobre Uno Mismo, sobre El Uno Mismo como categoría ontológica, y que esa es la máxima interrogación posible del pensamiento humano, su gran tema, su gran tema; la pregunta sobre el Uno Mismo; y que esa es la única unión entre Lo Uno y Lo Otro, entre el yo, la conciencia, y el mundo, entre la mente y el cuerpo, entre el lenguaje y lo extralingüístico, la cosa-en-sí; y que la función del amor, del arte, el efecto lírico, es reproducir, siquiera parcial y artificialmente, la unión primigenia y perdida y acaso meramente mítica, entre Uno y Lo Otro; producir la belleza, la felicidad, esas fugas del tiempo; es genial, este Tir, cuando se empeda).
Y allí está Carlos, con su nuevo novio, a cinco metros de Tir que tiene un pedo como pocas veces (empiezo a sospechar una relación directa y hasta causal, o por lo menos intercausal, entre la presencia cercana de Willy a Tir y los pedos que Tir se agarra; y se pone a conversar conmigo, el muy hijo de puta porque sabe que Willy tiene celos de mí, histérico {quién lo diría}, cuando en realidad capaz que está deseoso de lanzarse otra vez a los desdeñosos brazos del efebo, a sus sabores pecaminosos). Conversan sobre pintura; este Carlos (no he hablado mucho de Carlos) es un monotemático, por eso cambia de novio cada pocos me-ses: les debe llenar las bolas las veinticuatro horas hablando de pintura, miran-do pintura, comiendo pintura, cagando pintura. Es imposible comunicarse con él, salvo que hables de pintura. Y después… Él percibió desde el principio una cierta reticencia mía a sus acercamientos sonrientes, porque yo, paranoico del diablo, estaba todo el tiempo en Parque Chas con el culo contra la pared, y él presentaba un aspecto de lo más amenazador para mi culo. Ahora, con los me-ses, mi instintiva aversión a los acercamientos de esas características se ha ate-nuado mucho. Me he acostumbrado a pescarlo a Carlos de vez en cuando mi-rándome el culo. Allá él. No le hace mal a nadie.
La presencia de Carlos me pone de buen humor. Me parece un buen tipo. Un poco monotemático y bobo, pero él me mira también con ojos raros, como a un animal extraño, y discretamente suspira y eleva su mirada al cielo como San Es-teban cada vez que yo empiezo a desembuchar una de mis largas peroratas eru-ditas. Así que siempre nos pispeamos amistosamente, nos acercamos desde le-jos, sabiendo que uno nunca comprenderá al otro. Increíble cómo un tipo tan dado a lo simbólico y a la psicología para explicarse la fuerza de las imágenes, de los símbolos, de los colores, sobre la psique humana, puede tener tal renuencia por la palabra escrita, literaria, ornamental. La palabra, ornamento del mundo, de la psique.
Y allí estoy yo, en la psique, observándolos. Observándome.
Miguel. A propósito.
Curioso. Con Miguel prácticamente no hablamos. Somos dos solitarios inte-lectuales introvertidos apasionados por un mundo que se arracima en nuestras mentes, pero, a esta altura de nuestra relación, cuando estamos juntos, en vez de acribillarnos con palabras, con ideas, con nombres, con libros, simplemente callamos. Yo voy a su pieza o él viene a la mía, uno de los dos calienta agua, pre-para el mate, y nos quedamos, uno cebando, los dos sorbiendo alternadamente el agua áspera en silencio, a veces un cuarto de hora sin cambiar palabra. Salvo Tomi, con nadie estoy tan bien en silencio. (Alguien podría retrucarme que con las mujeres pasa algo parecido después del coito, pero eso es otra cosa, no es un instante en que lo que domine sea el silencio, sino que lo que domina es el tomar resuello.)
He tenido, en su momento, que presionarlo mucho, durante varios meses, para que se resignara a mostrarme sus cosas. Al principio creí que se negaba por falsa humildad. Se negó con tanta firmeza durante tanto tiempo que pensé (primero) que se sentía avergonzado ante mí por un sentimiento de inferioridad o inseguridad (pensamiento que me inspiró más que nada mi sentimiento de superioridad, no respecto de él sino respecto de la gente en general; petulancia, que le dicen); y, segundo, que estaba esperando que yo le mostrara antes mis cosas. Lo hice: no cambió en nada su actitud. Finalmente, me atuve a creer que en realidad su reserva era sincera, y que consideraba a sus escritos (como me decía siempre) una mera ayudamemoria para pensar.
Escribe aforísticamente, contando historias breves intercaladas (y perdidas) entre disconexas (la palabra es de él), minuciosamente disconexas, reflexiones sobre el tiempo, la muerte, la locura, la cultura y el destino (o la falta de destino) del hombre. Son como deliciosos cuentos sufis con una sentencia hipertrofiada, agobiante, menesterosa y ardua, cuyo ritmo serpenteante, caviloso y certero, se pega en el cerebro del lector durante muchos días.
Le dije entonces que encontraba a sus textos bellísimos, mozartianamente nietszcheanos. Lo de Mozart por su distinguido y distante y apolíneo equilibrio. Bromeando, siempre nos adjudicamos obsesiones similares, hasta temas, a ve-ces, aunque difiramos en la forma discursiva, pero siempre caemos en que él concluye desde una distancia, desde una epicúrea indiferencia, mientras que yo me inmiscuyo, me identifico con el sentimiento y el destino de mis personajes, y, con ellos, me desespero (Terencio, me amonesta). Charlamos algunas veces de las elecciones de persona en nosotros: él narra siempre en tercera (aunque a veces la forma mienta una primera); yo, en primera (aunque a veces la forma mienta una tercera). Él dice que yo soy un escritor trágico, y yo le digo que él es un escritor clásico.
La mujer, como tema (y a diferencia de mí, que estoy siempre {en mi literatu-ra y en mi vida}, obsesionado y cercado por la presencia, por la importancia de las mujeres como sujetos y como enigmas), está malamente representada en sus textos. Casi tanto como el hombre, en realidad. Porque el humano, centro de sus reflexiones, está inserto muy marginalmente en el funcionamiento del mundo, como una delicada maquinaria inútil, ornamental, que se daña a sí misma con su conciencia de sí y del mundo. Conciencia de sí que es conciencia de muerte y finitud. La conciencia de finitud trae el dolor, y el hombre se convierte así en un extranjero en el hierático e informe universo. Y el dolor, enormísimo e infinito para el hombre, es un infinitesimal versículo en el libro del mundo. Yo, en con-traste, me explica Miguel, me concentro en ese drama, el drama de la existencia humana, de la existencia de un ser humano, único y efímero e irrepetible, drama pequeñísimo y sin sentido, infinitesimal en términos cósmicos, pero enormísi-mo y único y desgarrador para ESA persona.
Reflexionamos que ocupamos dos extremos, si no temáticos, por lo menos es-tilísticos: él, lo apolíneo, yo, lo dionisíaco (aunque él me bardea con la pareja clasicismo-romanticismo, porque sabe que me da por las pelotas).
Le costó mucho a Tir convencerlo, pero al final Tobi comenzó a contactarse con la crema editorial, con algunos periodistas de suplemento cultural, de publi-caciones literarias. Era el único camino que quedaba para publicar, porque Tobi se negaba tozudamente a enviar textos suyos a concurso, hacer carrera como tantos ganando concursitos con cuentos o poemas de mierda para hacerse cono-cido y después conseguir las editoriales solas, llegar con el currículum. Tobi se cagaba en el currículum y en la opinión de jurado alguno acerca de su literatura (entre tantas otras cosas en las que se cagaba), así que no le quedaba otra (lo convenció Tir) que conectarse con escritores y con "la crema editorial y periodís-tica especializada". También ese camino tenía sus riesgos, porque Tobi, cuando se daba el tema, hablaba pestes de los que escribían en los suplementos litera-rios, dedicados a trasponer a tinta de diario las gacetillas de presentación de las editoriales. Un tongo desagradable, decía, que publica y ensalza mediocridades mientras los que escriben como la gente, como Saer, tienen que esperar treinta años para que los conozcan. Además, la mayoría de las editoriales le parecían máquinas de vender libros, best sellers y clásicos, así que en general la especie del editor le parecía gente de la peor calaña. Pero Tir lo convenció, después de tanto tiempo de discutir el tema incluso a gritos (borrachos y drogados los dos, ante los ¡Shhhhhhhh! del resto de la concurrencia, porque tapaban la música y se gritaban en la cara como Herzog y Kinski), de que dejara atrás sus inseguri-dades y se contactara con libreros, editores independientes, periodistas piolas.
Tobi, mal que mal, entraba de a poco por en el ambiente, porque Freddy era, aparte de fotógrafo comercial, fotógrafo artístico, y en fiestas solía cruzarse con fotógrafos, pintores, escultores, actores, escritores, etcétera. Bárbara, por ejem-plo, y Braulio, gente que había conocido en Parque Chas, lo presentaron y le die-ron manija ante gente del medio literario en coctails y presentaciones de libros a que la rubia lo obligaba a ir, antes de la gran joda en Parque Chas u otro lugar privado. La nota (con la ayuda de Tir en las preguntas y en los antecedentes de los entrevistados) que publicó con fotos suyas sobre varios artistas extranjeros traídos al país por la Gran Muestra Pictórica Iberoamericana organizada por el Salón de Tir le había dejado un buen rédito, más de prestigio que económico, entre los especialistas de las artes plásticas. Estos comentarios, llegados que fueron a oídos de Tobi, lo hicieron reír mucho, y lo confirmaron en una certeza ya traía de la Facultad: podía pasar por una persona mucho más culta e infor-mada de lo que en realidad era tirando unos pocos datos sobre temas diversos, porque la gente tendía a adjudicarle de ese modo una erudición general enorme, de la que esos pocos datos convenientemente ubicados eran considerados ape-nas la punta del iceberg.
De ese modo, aflojando sus renuencias y vergüenzas a mostrar escritos ante la presión amistosa y no tanto de los suyos, Tobi había mandado copias de bo-rradores a algunos escritores, periodistas y editores, algunos (pocos) de los cua-les se engancharon. Dentro del grupo de más o menos sinceramente interesa-dos, causaba unánime sorpresa la edad del pendejo; nadie podía creer que tu-viese nada más que veinte. La rubia, que en momentos de cachondeo le decía Mi Arturito, en alusión a Rimbaud, ahora se ponía más seria al decirlo y le repetía a Tobi cuando salía el tema que estaba entusiasmando a gente pesada, de tal mo-do que hasta a él le daban ganas de abandonar su escepticismo y creer en lo que decían (de él).
Finalmente, un editor independiente, bastante joven, de menos de cuarenta años pero prestigioso en el medio, lo llamó un día a Lambaré 149 para pregun-tarle si tenía alguna novela terminada. El tipo lo llamó como a las seis de la tar-de de un día hábil, cuando Tobi estaba en plena actividad creativa entre mate y un porro que se iba fumando despacito, como siempre. El teléfono llamó como diez veces. Tobi, que sabía que nadie que lo tratase (y él trataba relativamente a pocas personas) lo podía llamar a esa hora porque era la hora en que escribía, no le dio bola al principio. Tenía que ser alguien equivocado o algún colgado. Finalmente, con las bolas llenas del ruido, se levantó de su silla ante la PC y fue a agarrar el tubo. Cuando el tipo se presentó y le manifestó sus intenciones, Tobi pensó Estoy alucinando, qué mierda compró esta rubia. Pero no, estaba fresco; el tipo, un tipo en el teléfono, un editor de prestigio que ya lo conocía, le había preguntado si tenía un manuscrito para mostrarle. Un manuscrito de novela. Tobi hizo un silencio de varios segundos, porque se había quedado pálido y sin aliento y el corazón le retumbaba a ciento cincuenta por hora, de modo que el tipo preguntó ¿Hola? ¿Hola? ¿Se cortó?, y ahí Tobi empezó a balbucear Mirá… tengo muchas cosas adelantadas… todo cosas para corregir todavía… No sé si estoy preparado para eso… Es decir…
El tipo lo interrumpió Bueno, no importa, confío en lo que ya he leído de vos, que me fascinó, y en lo que me cuentan Tir y Bárbara. Me parece que sos una joya nueva, y si hay alguna posibilidad de ser el primero que publique algo tu-yo en libro, me parece que puede ser importante no sólo para vos, sinó tam-bién para la editorial. Yo leo todo el tiempo inéditos y gente nueva y no he visto prácticamente cosas de tu nivel. Te destacás.
El el placer que sintió en ese instante fue tan intenso que tuvo que apoyarse contra la pared, sonriendo incrédulo. Hizo silencio unos segundos para paladear lo que le habían dicho. Luego metió la mano libre en un bolsillo y contestó Bue-no, mirá… Eeeehh… Tengo cosas… Si querés pasá un día o paso yo por tu edi-torial y te dejo una copia de algo… no sé qué puede ser… Ahora estoy traba-jando en una novela de largo aliento, pero es trabajo duro, recién estos meses lo estoy empezando. Es una novela de setecientas páginas, le calculo, así que imaginate…
… que no, completó sonriente la voz en el teléfono. Bueno, en todo caso pasá a la hora que puedas por mi oficina y me dejás el material… O mejor no, voy yo a tu casa y me mostrás algo, así veo qué me conviene llevar…. Por ahí, si me gusta alguno, elijo y lo corregís a tu gusto, con tiempo.
Arreglaron un día, se despidieron cordialmente. Eran como las seis y media de la tarde. A Tobi le parecía que ese era el momento crucial de toda su vida. Pe-ro era cosa para meses de tratativas y trabajo, calculó sofrenándose. "Esperanza mil, expectativa cero", citó a Tir en un murmullo embelesado.
Unos escritores que tenían una revista le pidieron material para publicar, poesías o textos cortos, y Tobi estuvo frenético una semana eligiendo y puliendo poemas, poemas como aforismos, misceláneas eufónicas, poemas eróticos inspi-rados por la rubia, sobre todo había mucho de eso, era increíble, puesto a pen-sar, cientos y cientos de poemas con variantes de algunas metáforas básicas, cientos y cientos de formas de decir el cuerpo de la rubia, el sabor de la rubia, el aroma de la rubia, los ojos de la rubia, los silencios de la rubia, la boca de la ru-bia, los pechos pequeños de la rubia, el culo suntuoso de la rubia, la piel dorada de la rubia, la hendidura rala y angosta de la rubia, cómo era clavarse contra el culo de la rubia, saborear su concha con el gusto de la marihuana sobre la len-gua, besar los labios húmedos de semen de la rubia, ser mordido, golpeado, ara-ñado, lamido, chupado, cogido por la rubia. Ser atacado por la rubia. Toda esa belicosidad que se desprendía de cada coito juntos, esa salvaje manera de lasti-marse de puro brutos, y también de puro perversos, de que las marcas de una dentadura se quedasen claritas en cierta parte del cuerpo (no el chupón: la mar-ca de los dientes), la sangre que se arrancaban a veces sorbiéndose los labios. Y todos esos textos casi sin darse cuenta, casi como un juego al principio o una adulación a la rubia o una manera de pasar el rato mientras recuperaban el re-suello, se habían ido convirtiendo en páginas y páginas y páginas de versos, de sonetos, de haikus, de epigramas, de impromptus, de largos retazos de prosa poética dedicados a nombrar ese placer corrosivo, demoníaco, que sentía Tobi con la rubia.
Había como para un buen volumen dedicado sólo a eso. Tobi, sentimental a sus horas, pensó que estaba bien que quien había inspirado tamaña cantidad de literatura con su belleza y su hechizo de hembra tuviese prioridad de publica-ción de tantos versos que la nombraban de todos los modos sin decir su nombre, sin decir la única palabra clave, la palabra secreta que resumía para él todo lo bueno y todo lo malo, todo el placer y todo el dolor, todo el sentido del mundo, la única palabra que le bastaba repetírsela en soledad para que la pija se le pu-siera al taco: rubia, rubia, rubia, rubia, la rubia, mi rubia, la rubia inalcanzable, misteriosa, insondable, abisal. Su cuerpo menudo y maleable y tan lleno de maldad sabrosa, domador y domado, atormentador y escarnecido. Rubia, rubia, rubia…
Desde entonces se dedicó a escribir más rabiosamente que nunca.
Corría octubre. Ya se había instalado definitivamente el calorcito primaveral porteño, y Tobi escribía con la persiana baja en sus dos terceras partes para ata-jar la claridad azul y oro que se colaba a la derecha de su PC. El tipo de la edito-rial había elegido una historia violenta de ruta y odios y relaciones incestuosas ambientada los años de plomo, en que una adolescente huía con su primo ma-fioso y con su hermano, que iba de casualidad y secuestrado por el primo para no dejar rastros. Tobi trabajaba una o dos horas por día sólo en esa novela, y co-rregía un rato cada noche antes de acostarse los poemas dedicados a la rubia que constituirían su primer volumen de poesía, cuando hubiese publicado su primera novela, y, un poco automáticamente, casi sin proponérselo, casi por inercia, como un modo de despejarse de la tensión creativa, continuaba de a ramalazos sus textos autobiográficos, tomándoselo con ironía, divertido con la idea de novelar su vida, de encontrarle un hilo conductor a eso tan anárquico y tedioso; en momentos de felicidad y optimismo, tendía a creer que creaba alre-dedor de su vida, que él dominaba el juego, y no al revés, como pensaba en los momentos pesimistas, que en realidad el prisionero era él y el verdadero amo era el lenguaje jugando su propio juego a través de él, por medio de él, a costa de él.
Con el asunto de la editorial (tenía comprometido entregar el borrador para fin de año o a más tardar mediados de enero), se había olvidado bastante de sus persecutas neuróticas, de sus cavilaciones sobre el sentido (la falta de sentido) del mundo y sobre cómo la imagen de la rubia lo perseguía como una Duquesa de Alba entre sus monstruos. Se dedicaba a escribir con alegría y con saña, a drogarse con felicidad, todos los días, y a tener sexo con la rubia gran parte del tiempo que pasaban juntos.
Ahora Tobi ya no dormía su siestita para esquivar a la rubia, no le molestaba que ella estuviese rondando mientras él le daba a las teclas; se ponía a escribir ni bien volvía del trabajo y sólo paraba para comer, y para dormir bien pasada la medianoche. Al contrario, el cuerpo de la rubia rondando por el departamento haciendo sus cosas, husmeando, sin ruido, con disimulo, lo que Tobi iba escri-biendo, lo llenaba de placer. Estaba lleno de una energía insospechada, dormía cuatro o seis horas por día como un león sin hambre, comía como cuatro leones, cogía como un adolescente en celo.
La rubia también quedó afectada por el nuevo panorama que se le abría a To-bi. En algún lado de su psique se sentía más que nunca al lado de un macho po-deroso, se sentía la hembra de un macho poderoso, digna de él, y excitada por él, fascinada por él. A diferencia de la mutua violencia de siempre, ahora encon-traba su mayor goce en dejarse usar como carne de sexo a cualquier hora, en cualquier momento de la mañana al levantarse o a la tardecita al volver del Sa-lón de Tir o a la noche mientras Tobi escribía o en mitad de la cena, en cualquier momento en que Tobi interrumpía su escritura y se paraba y le arrancaba la ro-pa o le levantaba la pollera y le bajaba la bombacha y la penetraba sin más preámbulos, del modo más primitivo, por atrás, sin pedir permiso, mientras ella lavaba los platos o leía o hacía el desayuno para los dos. A veces la rubia no se tenía que levantar (los lunes el Salón permanecía cerrado) y seguía durmiendo mientras Tobi se preparaba un té con leche con pan abundante, y Tobi la miraba despeinada y envuelta en sábanas blancas y dejaba la taza por la mitad y, masti-cando aún un bocado de pan, le arrancaba las sábanas y la rubia se despertaba con la lengua de Tobi en su vagina, o con Tobi levantándole y abriéndole las piernas y comenzando a penetrarla. Parecía encantarle. Parecía no haber espe-rado otra cosa en toda su vida. Parecía feliz. Dueña y esclava, reina sometida, hembra ultrajada. Sí. Parecía feliz. Nunca a Tobi le pareció la rubia tan feliz co-mo entonces.
Hacían mucha vida social. Una vez por semana Tobi tenía alguna cena con al-gún escritor o artista o con su editor y los dos iban a un restaurante (invitados, claro) o a alguna cena íntima, y allí la rubia dejaba el tendal entre el machaje; iba vestida con elegancia nocturna, pero de un modo que resaltaba humillante-mente la belleza de su rostro inexpugnable, hierático, vampiresco, todo eso aun-que cuando hablaba con la gente en esas cenas se comportaba con la soltura que su educación y su instinto social le permitían, dejaba embelesados a los hom-bres y pisoteada la autoestima de las mujeres, encantado a todo el mundo. En esas cenas, Tobi brillaba por su conversación, casi siempre sobre literatura, cla-ro (y a veces sobre pintura, porque, cuando la rubia se dio cuenta de que podía ser un arma de seducción para introducirlo a Tobi en “la mafia cultural”, empe-zó a llenarlo de datos sobre pintura de todos los tiempos, y Tobi ataba cabos y comparaba con la literatura, el cine, el teatro, la música {Tomi y Tir mediante}, de un modo que fascinaba a los comensales), y la rubia sentía, mientras oía hablar a Tobi y veía a los anfitriones escuchándolo atentamente, cómo su vagina se ponía húmeda de a poquito, de a gotas mínimas y lentas que la iban lubrican-do, que iban tornando cada movimiento de sus muslos bajo el mantel en secre-tos placeres crecientes. Cuando terminaba la cena, cuando se despedían, la ru-bia era una caldera sexual. Tobi lo supo pronto, así que muchas veces, mientras el taxi los llevaba hacia Lambaré 149, se pegaban en el asiento de atrás y Tobi disfrutaba, el glande humedeciéndose de pronto, tocando a la rubia ante los ojos envidiosos del taxista por el espejo retrovisor, sintiendo cómo, a cada roce, la rubia se estremecía hasta el tuétano, aprovechando, en alguna calle oscura, para meter la mano en la entrepierna por abajo del vestido y jugar con el capullo húmedo de la rubia, con los rulitos ralos mientras la rubia soltaba risitas nervio-sas y abría y cerraba las piernas, apretándole la mano brevemente. Cuando vol-vían de esa reunión formal, no terminaban nunca de poner la llave para abrir la puerta de doble hoja de vidrio del edificio, tan calientes estaban. Y en el ascen-sor se demoraban tocándose, arañándose, mordiéndose impacientes. Y cuando finalmente entraban al departamento, no terminaban de cerrar con llave que ya estaban tirando la ropa y empezando a coger en el primer lugar donde cayesen, sofá triple o simple o cama o mesa o suelo o pared o vidrio de ventanal o persia-na baja, como demonios, como sátiros.
Y en las salidas, o en las fiestas soeces o cool a las que asistían dentro o fuera de la tribu de Parque Chas, los dos arrasaban. Tobi había adquirido un aplomo y una naturalidad que, combinados con la innata reticencia y reserva del mucha-cho y con su también innata atracción sobre las hembras, lo hacían, con la rubia tomada de la cintura, mirado y deseado y buscado por toda clase de minas en ese ambiente promiscuo y ambiguo de estudiantes artistas bohemios lujuriosos y drogones donde no se sabía demasiado bien qué cosas era cada cual. Y eso hacía a la rubia más atractiva, le levantaba la autoestima de un modo que los dos eran como ángeles entre la multitud, resplandecientes en su juventud y en su belleza y en su misterio y en su poder seductor. Una especie de Matrimonio FitzGerald modelo noventa y nueve en clave pop.
Se llevaban mejor que nunca: casi no hablaban. Se dedicaban exclusivamente a salir, coger, drogarse, comer y dormir juntos.
El incendio… Fue un golpe para toda la tribu, como si a los ingleses les demo-lieran el palacio de Buckingham. La culpa parece que la tuvo una de las viejas encargadas de la limpieza en Parque Chas. Una vez por semana, además de la limpieza general de la casona, Tir juntaba un ejército de cuatro empleadas do-mésticas y, con sumo cuidado, quitaban los libros, los discos, repasaban y lus-traban los estantes, limpiaban los libros UNO POR UNO, y los acomodaban de nuevo, exactamente en la misma posición. Era una tarea engorrosa, y que exigía cierto entrenamiento, además de tener la lista con el mapa en la mano.
Selva le había dicho varias veces que le convenía contratar a una especie de bibliotecario periódico que le viniera a inventariar y ordenar bien los libros, y de paso también la discoteca, pero a Tir eso le parecía un peligro mayúsculo, por-que era más probable que le robase un libro un bibliófilo que una empleada do-méstica. En vano Selva insistía siempre en la inveterada ignorancia libresca de los bibliotecarios, comprobable en cada biblioteca pública del mundo que se vi-site; un conocimiento sobre los libros que sólo llega a “E1-v236” y ubicaciones geográficas dentro de los estantes. Selva también tiró un par de veces la idea de contratar a algún restaurador de libros para que los limpiase del modo más per-tinente a su conservación. Tir, cada tanto, le hacía caso, y contrataba a un tipo y se quedaba mirándolo largas tardes para aprender su arduo oficio. Algo le que-daba, tampoco era cosa del otro mundo.
Es que la biblioteca de Tir era una cosa seria. Había una primera edición en facsímil del “Facundo”, por ejemplo, y de las dos partes del “Martín Fierro”. Te-nía una edición muy antigua del poema “Argentina” de Martín del Barco Cente-nera, malísimo como obra de arte, pero buenísimo como pieza de colección. Te-nía libros de Paul Groussac, todas primeras ediciones. Los libros de Fray Mocho. La traducción de la “Divina Comedia” por el general Mitre. Las grandes biogra-fías patrióticas del general. Primeras ediciones de letras y poesías del Viejo Pan-cho. “La cautiva”, ese poema pésimo de Echeverría. Primeras ediciones de las horrendas obras de teatro argentino de los principios, Martín Coronado, Grego-rio de Laferrère y toda esa gente. El libro ese de Mármol (¿Amalia?). El libro de Rivera Indarte sobre los crímenes de Rosas, “Las tablas de sangre”. La “Excur-sión a los indios ranqueles” de Mansilla, y también la biografía de éste sobre su tío Juan Manuel. Los libros de “psicología social” de Ramos Mexía. Los ensayos de José Ingenieros. La agobiadoramente exhaustiva “Historia de la literatura argentina” de Ricardo Rojas, más conocida por las pullas de Groussac que por su lectura. Manuscritos de Macedonio. Y bueno, ni hablar del siglo XX, todas primeras ediciones, también. Yo había tenido la oportunidad de leer algunos li-bros infames de Borges, como el tan peroncho avant la lettre “El tamaño de mi esperanza”, el ocultado minuciosamente “Inquisiciones”, con sus bellas re-flexiones sobre el doblaje en el cine y sus inicuas opiniones de juventud sobre el “Ulises” de Joyce, que luego con los años el viejo iba a disimular, ya que no a re-tractarse, y hasta un manojo de poemas del libro “Los naipes del tahúr”, no edi-tado por el viejo, robados andá a saber de dónde. También pude ver allí y leer, verdaderamente emocionado, la primera edición, paga del bolsillo del padre y con las páginas sin numerar, de “Fervor de Buenos Aires”, que por un lado con-movían por su belleza y por otro me hacían pensar indulgentemente en mí, comparando la primera versión de esos poemas con las largamente corregidas de las “Obras Completas”. Borges era un talento maduro, había hecho pendeja-das como todos, incluso a los treinta. Había sido yrigoyenista, hasta comunista romántico. Buen viejo Borges.
Pero además la biblioteca de primeras ediciones de Tir tenía también títulos en inglés, francés, italiano, ¡sueco!, ¡ruso!, ¡¡chino!! Estaba, ya que ha sido nom-brado, el “Ulises” con los capítulos titulados de la primera versión, y también el “Finnegan’s Wake”. Estaban las “Flores del mal” y los “Cantos de Maldoror” y todo el surrealismo en primera edición (bueno, los veinte o treinta más impor-tantes), y las obras de Dostoievski y Tolstoi, y las de Strindberg, y las de Kierke-gaard, y alguna edición muy antigua (siglo XVII, creo) de las obras de Shakes-peare, y los poemas de Withman, y las obras de Henry Miller, y todo Cocteau, y cosas de Ítalo Calvino, más modernas, ¡el diario de Anaïs Nin!, ¡el de Nijinski!, por supuesto Proust en francés y Kaffka en su alemán. Las obras completas (que es mucho decir, por lo menos en número) de Jean Paul Sartre, la traducción al inglés de las “Mil y una noches” por el capitán Burton, las primeras ediciones del Quijote en sus dos partes (todo eso tenía que valer millones, millones de dó-lares), las obras completas en francés pero en primeras ediciones de tipos como Lacan, Foucault, Derrida, Bataille, Althusser, etc., y también las de Freud en alemán (pero esas de gusto porque según él no sabía alemán), y lo mismo Ga-damer y Jünger y Adorno y Benjamin, y (más moderno) Pynchon, y también, por supuesto, todo Rimbaud, nuestro héroe literario (nada de Verlaine, Tir lo odiaba por relapso y renegado, y también, intuyo, porque le tenía celos), y Poe, Meyrink, Melville, Wilde, Wells, Byron, Camus, Jonathan Swift, Rabelais, etcé-tera etcétera etcétera.
Tir leía y hablaba con suma fluidez el inglés y el francés, como correspondía a alguien de su prosapia familiar y de su generación, la última, o casi la postúlti-ma, que recibió en su clase una educación aristocrática (después de la dictadura todo dio lo mismo y los aristócratas tradicionales se fundieron con la zafiedad intelectual de la nueva clase alta argentina de origen italiano, insensible a todo lo que no sea números y dinero, que así están dejando el país), y junaba algo (a pesar de sus bravatas de humildad) de alemán y de ruso. Vida de mierda que habrá tenido, para leer y aprender tanto.
La verdad es que él se admiraba muchísimo de mis lecturas, pero a mí me da-ba vértigo entrever todo lo que él había leído de literatura y filosofía, había visto de cine DE TODA EUROPA, había mirado de pintura y escultura y fotografía, había escuchado de música y visto y leído de teatro y contemplado de danza.
De su inmensa discoteca no hablo porque no conozco tanto. Tendría que hacerle un sondeo a Tomi, si alguna vez escribo un retrato de Tir, con fines esté-ticos o como ejercicio para mí o como regalo para él, dentro de muchos años. Claro que muchas de las cosas que pienso y que podría escribir de él le sorpren-derían, o quizá no, pero tal vez le disgustaría leerlas de mi pluma. Los detalles de su vida privada, digo, de su vida de juventud, mucho antes de que yo lo cono-ciera; en Parque Chas las historias corrían de boca en boca, y todos tenían su historia que los demás contaban sin pruritos: eran vidas nutridas; yo, en reali-dad, era, creo, el más pobre en sucesos y aventuras, y quizá por eso los tiráceos me tildaban de misterioso y ocultador: no podían creer que yo no tuviera nada que contarles (era tan joven que no tenía pasado).
Pero la cuestión es que Tir era un maniático con el cuidado de su biblioteca y discoteca, que en realidad ocupaba la cuarta parte de la superficie de su casa, es decir, toda el ala izquierda del piso alto. Acaso, también, ocupaba un buen cuar-to de las horas de su vida, por lo que le había demandado juntarla y leer-la/escucharla.
Bueno, la cuestión es que, un miércoles de noviembre, día de limpieza, Tir amaneció enfermo, con una gripe que asustó a Selva cuando lo llamó por teléfo-no desde el trabajo para saber por qué no había ido ni llamado. Selva trató de encauzar la tarea en el Salón, y salió rapidísimo para Parque Chas, dejando a la rubia a cargo de los incidentes que pudieran ocurrir y ordenándole que la llama-se a su celular ante cualquier complicación. Pero la cadena de mandos estaba bien armada: la rubia era de lo más idónea para el mando, si hubiera sido hom-bre en el siglo cuarto antes de Cristo en Macedonia, de Tolomeo o Seleuco no bajaba.
Cuando Selva llegó a la casona de Parque Chas, a las cinco de la tarde, el ejér-cito de empleadas domésticas “especialmente seleccionadas” estaba presto espe-rando a Tir, en cama con una fiebre de cuarenta grados. Hay que agarrarse una gripe en noviembre en Buenos Aires, se quejó, con el tono de un moribundo o de un acostumbrado a que lo mimen Tir, en cuanto Selva entró en la pieza. Selva imaginaba el origen de esa tremenda fiebre: una noche alocada en compañía de Willy.
A todo esto, las empleadas domésticas habían empezado, aleccionadas por Selva, la limpieza del ala izquierda superior de la casona. Selva se quedó viendo qué podía hacer por Tir, llamando a un médico de puro vicio (era una gripe ma-chaza, a lo sumo le darían una fuerte inyección).
Pero a las seis menos cuarto (no se supo bien cómo) se inició el incendio. Tir tenía terminantemente prohibido que fumasen, así que, descartado el sabotaje (¿para qué, con qué motivo?), el asunto quedó como inexplicable. Lo que se con-jeturó fue que alguna empleada más nueva o menos disciplinada habrá encen-dido un pucho a escondidas y lo habrá dejado en algún lugar inconveniente. Como es natural en una biblioteca, llena de papel reseco y viejo, cuero, cartón y madera, el incendio se propagó en dos segundos.
Abajo se enteraron en seguida, por los gritos de las mujeres, la mitad de las cuales (a saber, dos) salió corriendo dando alaridos hacia abajo por la escalera de caracol izquierda, que daba a una salita contigua a la gran cocina del fondo. La otra mitad, la más valiente o la más culpable, se quedó con trapos húmedos tratando de extinguir lo que podía convertirse en una catástrofe general.
Selva salió corriendo alarmada a ver qué pasaba, y atrás salió Tir afiebrado, en una bata azul marino. En cuanto Selva pudo sacarles a las que bajaron alguna frase inteligible, buscó el primer teléfono y llamó a los bomberos. Según calcu-laba, y bien, el ala izquierda iba a arder en seguida, los techos se podían de-rrumbar en cualquier momento de ese lado y empezar a quemar las tejas y las paredes. A su lado, Tir trataba de entender (no se atrevía a entender) lo que es-taba ocurriendo. Cuando Selva se lo aclaró, salió corriendo de inmediato hacia arriba y gritando desesperado que había matafuegos, que no fueran pelotudas, que ayudasen.
Las dos empleadas que al principio se habían quedado tratando de contener el fuego habían bajado ya, descompuestas por el humo. Tir subió igual con un matafuego de un metro de alto que pesaba muchísimo y empezó a darle a las llamas frenético, con lágrimas en los ojos. Estuvo así diez minutos, internándose entre el fuego y tirándole los libros más o menos sanos a Selva, que le gritaba todo el tiempo que bajara y recibía los libros encendidos en la mano y los revo-leaba para abajo después de apagarlos con la pared o con los dedos.
Siguió Tir en esa tesitura hasta que una viga vino a caerle medio sobre la es-palda y medio sobre la cabeza, y lo dejó atontado y en el piso. Selva dio un alari-do y empezó a arrastrar el peso muerto como pudo hacia abajo por la incómoda escalera de caracol, metálica para colmo.
Justo en ese momento llegaron los bomberos y empezaron a trabajar. Su primera intención fue que el siniestro no se extendiera al resto de la casa, ni si-quiera al resto del piso (la otra ala estaba llena de colchones, sábanas y ropas de los tiráceos, y no iba a durar mucho más que el ala izquierda en cuanto el fuego lamiese las puertas). Trabajaron un buen rato, calculando con certeza profesio-nal cuáles eran las partes con más riesgo de derrumbarse y tratando de apagar el fuego de adentro en las partes menos peligrosas. Tiraron tanta agua que logra-ron contener el incendio más o menos a toda el ala izquierda y a los pasillos que llevaban a la derecha por afuera, entre ventanales (por suerte todos cerrados a esa hora, si no hubiera sido todavía peor).
A Tir se lo llevaron a un hospital. Era el único herido más o menos serio del accidente. Un golpe en la cabeza y un pequeño riesgo en la columna por el golpe, más que nada un dolor en la cabeza y en la nuca.
En el medio de todo el quilombo, con la casa ya evacuada, la rubia llamó al celular de Selva desde el Salón, para saber qué le pasaba a Tir. Cuando escuchó las noticias, relatadas por Selva desde la calle mientras contemplaba aún humos y llamas y bomberos corriendo a través de las ventanas del segundo piso, se pu-so a llorar en silencio, sin un gesto. Luego preguntó ¿Y Tir cómo está? Cuando Selva le respondió que se lo habían llevado con un golpe en la cabeza para el hospital, los ojos de la rubia se nublaron totalmente, y le dijo a Selva Inmedia-tamente cierro todo esto y voy para el hospital, no puedo seguir acá.
Se tomó un remis y fue hasta el departamento donde Tobi dormía, cosa muy rara últimamente, su siestita postescritura y prerrubia. Expeditiva, le explicó lo del incendio y el golpe en la cabeza de Tir, y como Tobi no entendía lo que le es-taba diciendo, le arrancó las sábanas y empezó a tirarle la ropa por la cabeza, di-ciéndole en tono imperativo, sin más explicaciones, Vestite que salimos. Cuando se subieron al remis (que se había quedado esperándolos), y Tobi, asustado por la expresión tensa de la rubia y porque no había entendido demasiado bien lo que le había dicho la rubia y temía lo peor, le preguntó qué era lo que había pa-sado, y la rubia se lo explicó resoplando y con los ojos a punto de llorar, empezó a agarrarse la cabeza y putear y suspirar de manera convulsa, como con un ata-que de histeria, tanto que la rubia lo tuvo que zamarrear un momento para de-cirle que se quedase tranquilo, que Tir estaba golpeado nomás. Pero Tobi se sa-cudió de los brazos de la rubia y, negando con la cabeza, dando vuelta la cara hacia la ventanilla izquierda, dijo No, no, igual, loco, pobre Tir, pobre Tir, y se puso a lagrimear, pensando en todos esos libros, en todos esos discos. Maldita suerte, todo junto, primero lo de Alma y ahora la casona, como si el mundo, su mundo, empezara a derrumbarse. Tobi no podía parar de llorar en silencio y mi-rando para la ventana porque no quería que la rubia lo viese, aunque la rubia lo estaba mirando y se daba perfecta cuenta y también tenía los ojos llenos de lá-grimas porque entendía lo mismo, para Tir esos libros representaban toda una vida; cada libro le decía no sólo lo que rezaban las letras, sino el año en que lo había comprado, dónde, en qué circunstancias, con qué dinero o tretas, acom-pañado de quién, enamorado o amancebado con quiénes, en un momento feliz o infeliz, como un refugio de la realidad o como un premio a su felicidad. Y la ca-sona, la casona… Tobi se imaginaba la casona TOTALMENTE DESTRUIDA y no podía parar de llorar, era como su hogar, como el útero dionisíaco que lo ampa-raba en una plenitud grupal que él no había conocido en ningún otro lado. Ahí se había hecho hombre de manera definitiva, no cuando se vino a Buenos Aires con Tomi ni cuando se encamó con Sandra ni cuando tuvieron su departamento ni cuando Tomi lo dejó solo en el depto, ni siquiera cuando la rubia lo empezó a domar, en otros lugares y allí mismo, aunque la rubia era un símbolo, era la sín-tesis de todo eso. No. Tobi se había hecho hombre allí. Allí había conocido a las chicas, había cogido con Alma (¡pobrecita Alma, dulzura mía!), había sido ATA-CADO por el culo de Mecha después de la primera fiesta, había mirado durante meses a la rubia como se mira a un animal sagrado y enigmático y terrible y fas-cinante, había entrado en esa tribu, en esa unidad irreductible que se formaba en las madrugadas de porro y alcohol y ácido y cocaína y sexo tupido con la que se cruzase. Se había sentido importante y valorado. Toda su vida había cambia-do para siempre allí. Era el nudo de su vida, lo que la había enfocado hacia su vocación, hacia determinada ética que estaba hecha carne y sangre en él y de la que probablemente no podría (ni querría) desprenderse jamás.
Llegaron al Hospital, dieron con la habitación en que estaba internado Tir, solo, inconsciente. El médico no los dejó entrar, les dijo que no estaba para te-rapia intensiva ni mucho menos, que le habían dado calmantes porque había llegado con una crisis de nervios gritando ¡Mis libros, mis libros!, que estaba en observación, eso sí, por el golpe, y que por las dudas se estaban haciendo estu-dios para ver si había alguna lesión interna en el sistema nervioso o en la co-lumna o en el cráneo. Algo así entendieron los dos jóvenes, entre su angustia que no los dejaba poner demasiado atención y su ignorancia supina de la ciencia médica. Como eran los únicos conocidos que se habían acercado, el médico los dejó custodiar en los pasillos, pero el paciente iba a dormir unas horas más, qui-zá toda la noche.
La rubia abrió su bolso, sacó su agenda, y empezó a llamar por celular a los interesados en tal desventura. Ante todo llamó a los padres, tranquilizándolos y diciéndoles que Tir (Carlos) iba a dormir hasta el otro día y que no iba a ser ne-cesario pasar la noche allí, que ella se ocupaba. Después llamó a Selva para pre-guntar cómo seguía todo. El incendio estaba totalmente apagado, se habían sal-vado las tres cuartas partes de la casa. La biblioteca, en un noventa por ciento, destruida. La discoteca, también, casi toda. La rubia preguntó entonces si estaba pagada la última cuota del seguro de la casa y de los libros. Selva le contestó que sí, pero qué carajo importaba, lo que a Tir le importaba realmente eran los li-bros. Y no era una suma para despreciar, cuando la rubia cortó el celular Tobi, conversando, le preguntó cuánto era el seguro de los libros, y la rubia le dijo al-go de… cuatro, cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil, millones de dólares (no im-portaba, era una cifra inverosímil).
A las once Tir se despertó, y el doctor, ante sus requisitorias para que le deja-sen ver a los suyos, dejó pasar a los jóvenes. La rubia lo miró a Tir y lo fue a abrazar como si se le hubiese muerto la madre. Lo besó muchas veces en la fren-te y en la cara, lo abrazó mucho, hasta un punto en que Tir se quejó del dolor y Tobi se sintió terriblemente celoso. Luego Tobi se acercó por el otro lado de la cama y lo saludó también con un beso en la mejilla y con un abrazo suave, y Tir les agradeció mucho y les preguntó qué había pasado con la biblioteca (con la biblioteca, no con la casona). La rubia contó todos los detalles que sabía. Tir, a medida que la rubia hablaba, se iba quedando serio, pensativo, y al final soltó unas lágrimas, un par de lágrimas lentas, y suspiró. Fue toda la efusión que le permitieron los calmantes.
A los diez minutos entró el médico para decirles que iban a tener que dejar al paciente solo, y Tir, sin que calmante alguno alcanzase para contenerlo, empezó a putear al médico y a tratarlo de malvado y a putear a la rubia y a Selva mien-tras preguntaba por qué mierdas lo habían traído a un hospital público, por qué no a una clínica privada, donde los médicos no hinchan tanto las pelotas y las enfermeras están buenas. Tobi no pudo dejar de sonreír ante el humor que su-brepticiamente se coló en el último inciso de la frase de Tir. Un actor consuma-do. El médico, que no sabía eso, y que no podía creer que una persona tan dopa-da pudiese tener semejante energía, le dijo que si quería lo mudaban al lugar que él quisiera, pero no esa noche, porque estaba en observación y era mucho lío. Después los dejó solos a los tórtolos con el paciente, sin dar expresa autori-zación, pero sin negarla.
Cuando llegó Selva a la medianoche, la rubia le dijo a Tobi que fuera a la casa a acostarse, que al otro día se tenía que levantar tempranísimo, y, aunque Tobi se resistió al principio, la prédica redoblada de la rubia y de Selva lo convenció, y las dejó solas con Tir. Iba a estar bien así, despertándose y viendo a sus dos mujeres preferidas, mimándolo. Bacán, el tipo.
El sábado a la tardecita, después de muchísimo joder (Tir a los médicos para que lo dejaran irse; los médicos a Tir para que se quedase quieto en su cama mientras terminaban los estudios; los amigos de Tir que entraban y salían a cualquier hora de la habitación para escándalo de las enfermeras; el escándalo que produjo el affaire copulatorio de Tir con una enfermera al ser sorprendidos ambos por la entrada sorpresiva del médico a la habitación, lo que a su vez pro-dujo el escándalo indignado de Tir, emperrado como un monsieur de Charlus, gritándole a los médicos en la cara que las enfermeras estaban para eso, para que se las cogieran los médicos y los pacientes, etcétera) lo largaron a Tir.
Del traslado se encargaron (tan hartos estaban de él en el hospital) Selva al volante y Tobi atrás. A juzgar por la expresión presente y las niñerías pasadas en el hospital, el ánimo de Tir era perfecto, casi más eufórico que de costumbre, eso sí, lejos del Tir de las sonrisas silenciosas y las ironías a media voz, de los gestos medidos y seductores de un Casanova bisexual. Estaba con el pelo despeinado y un poco más largo, con raíces morochas, y con un buzo onda Cerati que no le quedaba peor que al músico, pero su pelo en desorden le daba un aire de prócer romántico de las guerras de la Independencia, le faltaba la casaca militar y era Belgrano o Soler o Castelli, así, con el pelo revuelto y sin patillas. Precisamente esa euforia desusada en Tir alertó a Selva y a Tobi. El chico lo miraba bromear y charlar todo el tiempo y se acordaba: i) de los comentarios de Freud sobre el humor de los condenados a muerte; ii) del humor sobre sí mismos de las perso-nas que han sido amputadas o que padecen una enfermedad incurable.
La forma peculiar de las manzanas de Parque Chas permitió un orejeo paula-tino de la casona. Tir calló en cuanto la vio de lejos. Selva, para romper el hielo, comentó con Tobi algunas minucias, lo cargó un poco acerca de su nueva condi-ción de escritor cercano a ser editado (eso se festejaba, aparte de la vuelta de Tir, esa noche en Parque Chas). Luego accionó el portón y entró el coche despa-cito. El frente de la casona quedó a la vista, con sus heridas al aire. Tir y Tobi agachaban la cabeza para mirar bien la parte de arriba, que aparecía toda tizna-da en el ala izquierda; algunas partes de la pared alrededor de las ventanas esta-ban derruidas, y adentro se veía una negrura deprimente, casi de casa abando-nada. Algunas ventanas estaban tapiadas con maderas, para atajar el viento y los ladrones.
Entraron.
Sin decir más que, con aire concentrado y casi en actitud de examinador cien-tífico, Loco, quedó hecha mierda, Tir se dirigió directo a la escalera de caracol del ala izquierda y la vio incompleta, un poco derretida arriba, en el aire. Hay que hacer arreglos, rápido, dijo. Luego caminó hacia la otra ala y subió por la escalera que llevaba a las habitaciones de arriba. Selva, que lo acompañaba todo el tiempo igual que Tobi, le comentó que las paredes de las habitaciones de adentro las iban a tener que remozar, porque el fuego había dejado las vigas del techo averiadas, y las paredes tenían rajaduras y podía haber derrumbes. Fi-nalmente, el trío entró, atravesando el largo pasillo circundante, a la biblioteca siniestrada. No había libros ni discos. No había ningún mueble. Nada más todo tiznado, los huecos que rodeaban algunos marcos de ventana, el chiflero que en-traba a esa hora de la tardecita. Tir preguntó, de espaldas a los dos, ¿Se salvó algo?
Unos cien libros se pueden recuperar, contestó en tono neutro Selva, el resto se perdió todo. Los discos y los CDs quedaron inservibles, imaginate.
Tir hizo un gesto que significaba Bah, eso es lo de menos, y preguntó a su vez dónde estaban los libros.
Los mandé al restaurador. A lo sumo van a quedar bordes chamuscados en la mayoría, mandé todo lo que no se quemó totalmente, repuso Selva.
Tir se quedó cinco minutos en silencio mirando la desolación del lugar, su lu-gar más íntimo y amado. Al final suspiró hondo, hizo que no con la cabeza len-tamente, varias veces, y volvió el rostro hacia sus acompañantes. Los ojos esta-ban brillosos pero no habría lágrimas. Estaba triste. Yo quería donar todas las primeras ediciones y los libros de colección a la Biblioteca Nacional, cuando me muriera, dijo, mirando a Tobi. Ahora me voy a tener que conformar con ediciones nuevas, esto no me pasa más. Hizo un silencio, y, antes de salir, agre-gó Lo que más lamento son los discos de pasta, esos los escuchaba. No va a ser lo mismo Bessie Smith o De Caro en compact.
Alheña. Riscos desde los que acezarme. Jadearme en palabras, parir de nuevo el risco crepitante, eso que ulula entre mis pies. Barro amorfoignoto del proe-mio, de la quietud necesaria para desenfrenarse en las palabras, en la batalla ca-taléptica contra las palabras, entre las palabras, estando yo entre ellas, deba-tiéndome, como Alejandro en el Hidaspes. Echar mi cuerpo, como una sonda, murallas adentro de la ciudad sitiada, y que mis compañeras negras vengan a rescatarme moribundo, entre las lanzas y espadas y flechas de sentido.
¿Cómo captar el no sentido, adosarlo a mi cuerpo, hacerlo carne en mí, que su palpitación inocua me trascienda, me hunda?
Nada es gratuito, nene. Nada es gratuito. La vanidad, nene, se cobra sus pre-cios. La lujuria se cobra sus precios. El amor se cobra sus precios. El odio se co-bra sus precios. La indiferencia se cobra sus precios. La identidad se cobra sus precios. El cuerpo se cobra sus precios. La mente se cobra sus precios. La inti-midad se cobra sus precios. La pereza se cobra sus precios. El vicio se cobra sus precios. La virtud se cobra sus precios. La honestidad se cobra sus precios.
La honestidad no existe, nene, nene. La honestidad es una cara como otras, y sólo es feliz aquél que no lo sabe o aquél al que el asunto no le importa. Tan sólo el perverso o el cínico o el ignorante (es decir, el emocionalmente sano) viven a salvo de eso, de saber que la honestidad es una cara como otras, que el universo es un collage de caras, de imágenes, de apariencias inalcanzables. Sólo nos es dado alcanzar lo simbólico, los meandros del lenguaje en que el amanuense se hurga, se azuza, se aceza, se prohíja, se trunca, se adviene, se lacera, se blande, se yergue, se vacía, se desmultiplica, se multiplica, se enferma, se cura, se abate (rapiña de sí mismo), se busca, se combate. Batalla cataléptica que se juega en cada urdir de dedos sobre el teclado, en cada ametrallamiento de morfemas que juegan por sí mismos, sin que el amanuense encuentre nunca el asilo que busca, el asilo de sí, el asilo en sí.
¿Por qué lo que a todos conforma, a un enfermo como yo lo trastorna tanto, lo puede llevar a la locura o a la intoxicación o al suicidio (Freud dixit), con la abdicación de la inteligencia como única salida, con la abjuración como única huida posible? Huir hacia atrás, hacia el ignoto origen que es también la meta, de la nada a la nada, por los más intrincados caminos. De la nada a la nada, sin esperanza con esperanza batallando contra la esperanza, porque esa es la peor herida, el peor anticuerpo contra la plenitud. La plenitud es no desear más nada, los orientales putos lo sabían muy bien. La plenitud es no desear. Y sin embargo, no nos es dado no desear. Lo que ellos encuentran en el mantra es el atonta-miento vital, un método como otros, es llenar de Nada el vacío de Dios, de Todo, de Padre, de Madre. Es imposible no desear.
¡Cuánto deseo, cuánto deseo, no importa qué, no importa qué! ¡El deseo me devora las vísceras, Prometeo y Zeus de mí mismo!
Aceptar la orfandad metafísica, la incompletud de lo simbólico, siendo lo simbólico nuestro único instrumento. Repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir siempre las mismas palabras, siempre la misma farsa, la misma automentira, la misma verdad autoevidente. Persistir o abdicar de la entelequia humana, el límite inminente y breve, y al mismo tiempo que una celda, el único lugar posible en donde estar: uno mismo.
El Uno Mismo.
Tir…
Esta semana tuve que decirle que parara un poco. Le pregunté, serio, mirán-dola a los ojos, ¿Pero vos estás queriendo matarme, realmente? Lo dije casi como una afirmación, mientras ella comenzaba a pelar, después de lavar los pla-tos, un frasquito color dúrax que yo ya conocía. Todas esas semanas habían sido de reviente casi sin pausa; un desquicio total y sin control. Yo no había podido nunca parar la pelota y pensar un cacho porque entre el día y ella no me daban respiro.
En realidad ese momento de pregunta ocurrió porque ella había desaparecido dos días con no sé qué pretexto de los padres y yo la había pasado solo, fumando porro y leyendo y escribiendo tranqui, sin comer. Eso me dio tiempo a pensar, y a pensar que la rubia quería verdaderamente destruirme. Destruirme. La cosa era ¿por qué?
Eso dio lugar a otras reflexiones, durante la ausencia de la rubia. ¿Ella quería destruirme porque yo era el único tipo que había logrado seducirla sin que (eso creería) me sedujera? ¿Quería destruirme porque me quería, y era una enferma autodestructiva? Sin embargo, ella, como Tir, aunque más zafada por su juven-tud y temperamento, era, intentaba ser y lo lograba casi siempre, una epicúrea. Transitaba por el placer como si paseara por la calle, con la misma pereza y que no excluía un goce intensísimo, en todo lo que hacía. ¿Me quería dar mi expe-riencia de reviente, para después reencauzarme por el camino de la literatura de los bordes, de lo experimental, de lo marginal? Había locas de ese tipo en la his-toria de la literatura, y eso me recordaba palabras de Tir, oráculo porteño, acer-ca de que el destino de la rubia era, y “ella aún no lo sabía”, ser la mujer de la vi-da de un hombre. Que esa era su vocación. ¿Lo hacía para dominarme, median-te el sexo, las drogas, las depravaciones varias? Quizá eso, sí, seguro eso. Con la rubia siempre fue una cuestión de poder, de quién domaba a quién, de quién le bajaba el copete a quién, como en el “Santos Vega” de Fernán Silva Valdez (esto ya lo escribí en otro lado, creo; ¿o me lo dijo Tir?; ¿o me lo imaginé, lo pensé, lo sentí, en algún momento?).
O sea que cuando volvió y sacó el frasquito yo le pregunté así de sopetón (siempre es dificilísimo hablar con la rubia, nunca ninguno de los dos puede de-cir lo que realmente quiere y terminamos de los pelos y mirándonos mal, dur-miéndonos juntos sin haber cogido, que es nuestra manera de tirarnos jarrones; y todo a veces por media palabra, por media palabra y una mirada a medias, al-go que connota lo que al otro lo enfada o quiere esconder o lo que mierda sea que se nos pase por la cabeza en ese momento) ¿Pero vos estás buscando ma-tarme, realmente?, ella me miró como si no entendiera (al principio) y dos se-gundos después como si yo me hubiera desubicado. Apartó la vista, se dio vuelta como para hacer otra cosa y, sin mirarme, me contestó No sé por qué me pre-guntás eso. Que estuviste, ¿fumando, ya?
Tenemos que parar un poco esto, un día me va a explotar el corazón.
La rubia se sonrió, mirándome irónica de reojo, todo lo desdeñosamente que ella sabía hacerlo. Eso me mata, porque cuando me sonríe así se me nubla la ca-beza y no puedo negarle nada, no puedo discutir con ella, no puedo pensar en nada más que en arrancarle la ropa y cogérmela, y ella, hembra al fin, creo que lo sabe y le encanta calentarme así. Se dio cuenta y miró para abajo, y volvió a sonreírse, sin mirarme a los ojos, triunfante, sabedora de su triunfo en no sabía qué que yo había intentado. Yo me puse rabioso, ella se re dio cuenta, porque, según Tomi, yo cuando me enojo aprieto las mandíbulas y los labios y me pongo todo rojo. Entonces agarré un buzo livianito y me fui dando un portazo, sin decir más nada, pensando en irme a pasar la noche en lo de Tomi.
No sé qué habrá pensado ella. Yo después me arrepentí porque, en esta lucha de marcar territorio que tenemos desde siempre, la dejé a ella dueña del campo de batalla, le dejé mi departamento para ella sola, por primera vez que yo re-cuerde.
Tomi lo recibió extrañado, no esperaba a nadie a esa hora, menos que menos a ese toro bufando de rabia que era Tobi cuando le abrió la puerta. Tobi entró saludando a su hermano con un beso rápido en la mejilla y casi atropellándolo para meterse en el lugar. Tomi observó atónito el recorrido de su hermano, sin poder articular más que un Hola, completado medio minuto después por un ¿Qué se te dio por venir? Pero Tomi lo imaginaba. Lo único que podía poner tan frenético a su hermano era la rubia esa. Tobi se tragaba las puteadas y salía bu-fando como un toro cuando se encabronaba. No te decía nada porque si te pu-teaba te iba embocar, entonces, para no hacer quilombo al pedo (porque la ma-yoría de las veces se enojaba por nimiedades, la relación entre ellos dos estaba hecha de todas esas pequeñas sapiencias sobre el otro), agarraba una campera y se iba a visitar a alguien. ¿Qué te pasó?, preguntó malvadamente Tomi.
Nada. Tenía ganas de visitarte. Si no hiciste nada cocinamos algo para los dos, si querés yo cocino. La cara de Tobi era inconfundible, estaba rojo hasta las orejas, de un modo que las pecas casi invisibles sobre la nariz se hacían visibles de menos cerca como puntitos marrónrojizo. Si alguien hubiera hecho el mapa de las dos caras, quizá encontraría exactamente la misma cantidad de pecas en exactamente la misma disposición. Eran iguales hasta el vértigo.
Tobi cocinó una salsa riquísima con dos latas enteras de salsa napolitana (Después te las pago yo, no seas pijotero, che, le recriminó a su hermano cuan-do éste se quejó por el despilfarro) y metió un paquete de medio kilo de fideos tallarines a hervir en una olla. Le agregó la salsa a trocitos de carne con mucha grasa que había en la heladera, y que había dorado previamente con unos ajos mientras Tomi aprovechaba para bañarse. Comieron hasta reventar, porque la salsa estaba pesadísima. Terminaron entre risas que les dolían en el estómago peleándose por los últimos restos de tuco en la olla Essen con miguitas de pan.
Entretanto, y sobre todo después, hubo que charlar. No había nada que char-lar entre ellos, si sabían todo del otro, pensaría Tobi después, ese era el indicio de que algo (de que todo) andaba mal. El verdadero deleite había estado en co-cinar uno para los dos, en comer en silencio como famélicos mientras miraban un partido de fútbol por t.v.
Estaban desacostumbrados a mirarse a los ojos. Ahora la sobremesa se les es-taba poniendo difícil. Tobi había escuchado en algún lado, o había dicho o escri-to, no se acordaba, que cuando dos personas están cómodas en silencio, es por-que está todo bien entre ellas. Era una manera de reconocer el amor (los distin-tos tipos de amor), la amistad. Él, toda la vida, había compartido horas y horas y horas de silencio con su hermano. Ahora estaban los dos mirando los dibujos del mantel de hule, sin atreverse a levantar la vista. Ambos, parecía, tenían co-sas que decirse (o que callarse).
En un momento, Tomi miró a su hermano con una tristeza infinita, que a To-bi se le clavó en el cuerpo como un lanzazo. Tomi bajó la vista, visiblemente emocionado. ¿Estás tomando mucha droga?, dijo. Yo no te puedo decir que no te drogues, sos mayor de edad, y sos inteligente. Sabés que te puede hacer da-ño. Me da mucho miedo verte así. Saber que te drogás. Te veo cambiado, co-mooo... si fueras un extraño que me mira. A veces me mirás y siento terror. Te-rror de que te pase algo, de que vayas preso. Terror porqueee… no sé qué estás pensando, por qué me mirás de ese modo…
Era la primera vez que hablaban del tema, fuera de algún exabrupto, en toda su vida. Dos semanas sin verse y ahora era esto, esta sensación de extrañeza, de desconocerse Tobi en los labios de Tomi.
Yo te hice mucho daño, a vos, dijo Tobi.
Su hermano lo miró. ¿A mí, vos, cuándo?, contestó Tomi.
Hace mucho... Mucho daño... te hice... No quiero volver a lastimarte, y creo que ya te lastimé de vuelta, y... no quiero que sufras por mí, por mi culpa.
Los ojos de Tomi se llenaron de lágrimas. Mirá las pavadas que decís, tara-do. Pará de decir esas cosas o te rompo la jeta, pelotudo (los ojos se le llenaron de lágrimas más de golpe, las lágrimas comenzaron a resbalar ávidamente por las mejillas de Tomi; Tobi miró a su hermano y se puso a llorar: parecía un ne-ne, un ángel. Yo sé que te hice daño, repitió).
Ninguno pudo decir más nada. Se quedaron en silencio como tres o cuatro minutos sin mirarse, hasta que Tomi se secó las lágrimas y trató de sonreír. Ya sé que soy un exagerado, vos sabrás mejor que yo lo que hacés. Sólo quiero que te cuides, pudo decir. Y luego, ya en un tono de reconvención amistosa, como para quitarle entidad a lo que ambos habían dicho, agregó Y vení a visitarme más seguido, a esta hora siempre estoy. Si querés ahora podés quedarte a dormir, es un poco tarde para andar solo por la calle.
En fin. Durmieron cada uno en su cama simple, porque Tobi, al mudarse la rubia a su departamento y agregar, entre otros muebles, su propia cama de una plaza y media en que ahora dormían etcétera, le había dado su cama a Tomi, mi-tad porque no le quedaba más lugar en el departamento suyo, y mitad para que Silvia, al venir a visitar a Tomi a Buenos Aires, tuviera un poco más de comodi-dad. Durmieron en proximidad física, como cachorros, como antes; como cuan-do eran niños, antes de las cuchetas. Tobi durmió su mejor noche en muchísi-mos meses, como una piedra, hasta que a las siete de la mañana sonó el desper-tador de Tomi y éste tuvo que despertarlo, los dos tenían que ir a trabajar.
El resultado de todos esos cabildeos truncos con la rubia fue que todo siguió más o menos igual.
El incendio de la casona lo sacó de mambo unos días, le interrumpió la ruti-na, y luego el alejamiento de la rubia esas cuarenta y ocho horas que se ha con-tado lo dejó solo y tranquilo, lo suficientemente solo y tranquilo y con suficien-tes porros como para que se le diera por pensar con la cabeza fresca, ordenada-mente.
Pero después, cuando la rubia se reincorporó al departamento, con noticias (contadas al anochecer siguiente, en el momento del reencuentro y la reconcilia-ción de lo que fuese que había ocurrido la noche anterior) de que había un posi-ble comprador para la casa, y Tobi la miró con horror porque pensó simultá-neamente: Se va, se me va, y Ahora compra una casa y me invita a vivir con ella, es el acabóse, Tobi reingresó en la rutina diaria de trabajo, escritura frenética, sexo frenético, drogas todas las noches.
El resultado de esta reanudación fue, a su vez, que Tobi no volvió a dormir tranquilo por muchos días. Las pesadillas, el despertarse ahogando (o pegando) un grito en mitad de la noche, el tener que levantarse a tomar un vaso de agua o de leche o de yogur, pero sobre todo agua, mucha agua, muchísima agua, lo que a su vez lo hacía despertarse dos o tres veces cada noche con ganas de ir al baño, se reincorporaron a la rutina.
Tobi escribía como un pulpo hasta la una de la mañana, después de que la rubia pelara LSD o alguna pastillita rara y de que (a veces entre) se echaran un polvo apasionado y doloroso, y después, si la rubia no se había dormido, lo que en realidad ocurría pocas veces, venía otro polvo somnoliento, casi por inercia. Pero siempre, hubiera o no polvo somnoliento, era escribir hasta pasada la me-dianoche y acostarse dolorido y agotado físicamente, pero con la mente a mil, con la mente a mil, y eso le impedía dormirse, y siempre, siempre, hubiera o no polvo somnoliento, con la rubia durmiendo húmeda y desnuda entre sus brazos o cercana y distante bajo las mismas sábanas, Tobi se quedaba con los ojos co-mo dos faroles en la sombra, mirando el techo o el cielo índigo mezclado con edificios muertos, el cielo apenas moteado de estrellas o el techo casi invisible, hilando pensamientos hasta formar cada noche una telaraña inextricable que lo ahogaba, que no lo dejaba pensar otra cosa que la telaraña, que no lo dejaba pensar claro (y la araña era el cuerpo de la rubia, Tobi no podía parar de pensar eso, la araña era el cuerpo de la rubia, ahí nomás, dormido), que le embarullaba la mente de historias inventadas por él que iba volcando en archivos en la PC y de historias propias, mambos o fantasías personales o hechos reales Y hechos reales que se mezclaban hasta lo insoportable, hasta que el límite entre ficción, su ficción voluntaria, sus ficciones involuntarias y lo real (lo inalcanzable, pare-cía) lo que realmente era, fuera de él, se desdibujaba. Y él no podía detener esa marea, y eso lo angustiaba de un modo insoportable, vertiginoso, y todo se le volvía REAL e inexplicable, REAL E INEXPLICABLE, el mundo, la rubia, la vi-da, su vida, él mismo, sus cavilaciones y sus sueños, el sentido de todo.
Difusión, difuso, difundir, difuminar, diafragma, dios, diagrama, diégesis, diálogo, diablo, día, doble, dable, sable, todos los significantes se le mezclaban en la cabeza y eran una marea inexplicable y él no podía dominarla, esa marea lo arrastraba, irrumpía en él y destrozaba toda contención, todo intento de defensa convirtiéndolo en otra pared desbordada, en otro meandro mental que lo lleva-ba hacia ninguna parte, hacia otros pasillos del infinito, perpetuamente derru-yéndolos a su paso ingobernable.
Pensaba, por ejemplo, llevado por la marea de palabras y de símbolos, que él era una especie de Teseo perdido en un laberinto lleno de paredes pero sin final, que se multiplicaba a cada paso que él diese, como si él mismo o una voluntad maldita e ignota o impersonal lo fueran tejiendo de a poco como una telaraña difusa, y no había hilos que lo guiasen hacia la salida porque para él Ariadna era al mismo tiempo Ariadna y Minotauro, parte de la misma trampa, no podía ser salida porque una vez adentro del laberinto la salida DESAPARECÍA, y sólo quedaba un vagabundear angustiado y sin esperanza (porque la esperanza era otra trampa) hacia el confín sin borde, hacia otra pared y otro pasillo, y en el medio de todo acechaba, larval, potencial, inminente, el Minotauro, y lo que más temía en el mundo Tobi era no tanto encontrarse con el Minotauro (porque eso significaría quizá la muerte, y por consiguiente, el Descanso, ser devorado por el mismo infinito que antes lo había vomitado), sino más bien encontrarlo y que tuviera su mismo rostro, su mismo rostro duplicado, y saber allí, en esa vi-sión horrorosa que le erizaba por adelantado los pelos de la nuca, que el Mino-tauro era él mismo, acechándose.
Y además, cuando lograba dormirse, venían las pesadillas, porque el horror consciente, la inminencia sorda e inexplicable que lo acechaba en su insomnio seguía trabajando en su mente, y entonces no había escapatoria, y Tobi se des-pertaba ahogando un grito o dándolo, o despertado por patadas de la rubia para que se callase o para que dejara de patearla dormido, y tenía que levantarse y tomar un vaso de agua, a veces otra cosa pero sobre todo agua, muchísima agua, como si adentro de él algo se estuviese quemando. Y después, la mitad de las ve-ces, era el insomnio repetido en mitad de la noche, acostarse y empezar de vuel-ta y levantarse otra vez y ponerse a escribir, aunque más no fuera ponerse a es-cribir lo que le pasase por la mente como una manera de conjurar la marea, la telaraña, el laberinto, no con la esperanza de encontrarle origen o explicación (y el origen, Tobi ni se atrevía a preguntárselo, era lo más temido, lo más horroro-so, lo informe, lo indiviso, la imposible juntura, aquello de lo que había que huir, no se sabía por qué, nada se sabía por qué), sino como una manera de con-jurar todo ese horror vertiginoso que lo poblaba objetivándolo en la página vir-tual de la PC, como si necesitase ver las palabras escritas FUERA DE ÉL para se-renarse, para que el corazón le latiera más lento y para forzar su cansancio hasta el punto en que fuera imposible otra cosa que dormirse como una piedra lo que restase de la noche, olvidar, aunque más no fuera la hora o dos o tres que que-daban antes de levantarse para el trabajo y todo el ajetreo del día, olvidar-SE, engañar a la mente con un sueño que fuera un desmayo, un desmayo. Y así Tobi dormía tres o cuatro o cinco horas cada noche, de sueño interrumpido, de cavi-laciones que se enredaban y lo enredaban, de desconfianza a las propias ilacio-nes mentales y de trabajo para escapar de ellas, sin energía suficiente para arrancarse a ellas.
Todos los días se despertaba cansado, dolorido. Después se iba al trabajo y se olvidaba, disfrutaba arrimando un foco a la cara de una modelo o sacando fotos o imprimiéndolas, alcanzando un vaso de agua, leyendo un libro durante la cola de algún trámite bancario.
Cuando volvía del trabajo y comía con ganas lo que le dejaba preparado la ru-bia antes de irse y se sentaba por fin a la PC para iniciar su tarea diaria con la escritura, cuando se sentaba al fin allí y empezaba a teclear rabiosamente en la PC para darles vida a unos personajes de papel que entendía y expurgaba desde adentro de ellos, Tobi hallaba sencillamente la felicidad. Sencillamente, mien-tras escribía, era feliz.
La novela encargada por el editor para fin de año avanzaba con voracidad. Los personajes eran jóvenes, crueles, pérfidos y hermosos, estaban metidos por equívoco o por elección en una historia demencial, en una espiral violenta que los arrastraría poco a poco a su sino, al destino que a cada persona espera y del cual es imposible escapar porque está adentro de sí, uno lo lleva adentro, incu-bándolo, hasta que sale y lo mata, de algún modo, o lo atrapa, de algún modo siempre imprevisible, más rápido o más lento, más heroico o más anodino, pero siempre ineluctable, ineluctable y personal, porque el destino es en uno y es uno y uno lo construye ladrillo a ladrillo, hasta que SE consuma, más allá de nuestra voluntad consciente. (Y esto no porque el destino exista, sino porque la propia psique lo va construyendo paso a paso en alianza con el azar, las circunstancias, la cultura, aprovechando cada resquicio para ir apuntalándose a costa de uno.)
La trampa es uno mismo, pensaba Tobi al escribir estas historias. Pero no lo angustiaba al pensarlo entonces, a esa hora, con el teclado caliente bajo sus de-dos; era feliz dándole forma a esos destinos, porque ESCRIBÍA, porque CREA-BA. Y se decía esto así, con el pronombre en minúsculas y los verbos en mayús-culas, minimizando la explicación, lo causal, y maximizando el acto, el movi-miento, la ejecución, diría Carlyle.
Luego, cuando llegaba la rubia a la nochecita, lo que sentía Tobi era más am-biguo. A diferencia de lo que le ocurría cada vez que se sentaba a escribir, sabía lo que iba a pasar con ella, pasaba siempre lo mismo con pocas variantes casi todas las noches entre ella y él, entre él después. Y quizá esa mezcla tornaba más confusas las sensaciones. Es decir, la rubia le gustaba, le gustaba coger con la rubia, le gustaba drogarse, le gustaba drogarse con ella, todo eso le gustaba mu-cho, muchísimo, muchísimo, pero no sabía si era feliz. Como si el placer, llevado a su límite, tensando las posibilidades sensitivas durante largos períodos, con-virtiera el goce, ese Límite mayúsculo e inefable de lo humano, en insensibili-dad. O sea, Tobi, a veces, sentía placer drogándose o cogiendo con la rubia por pura inercia psíquica, porque él, racionalmente, sabía que eso le gustaba. ¿Es que no disfrutaba esos momentos? ¿Es que no los disfrutaba como antes? ¿Es que empezaba a darle lo mismo a medida que pasaba el tiempo?
Después de la muerte de Alma la tribu no volvió a ser lo mismo. La rubia de-cía con tranquilidad que su vínculo con Tir y con Parque Chas era indisoluble (no con esas palabras, claro), que esa disgregación momentánea de la tribu era inevitable, que algunos se alejarían definitivamente y otros llegarían y otros se-guirían, y que una vez reagrupada la tribu con nuevos bríos, con nueva sangre, marcada siempre por lo que le agregaban las incorporaciones (y, después de lo de Alma, pero esto la rubia no lo dijo, lo que le agregaban las ausencias), la tribu seguiría existiendo, y ella seguiría formando parte. Pero para Tobi, que experi-mentaba esa disgregación de meses por vez primera, esta circunstancia no deja-ba de ser dolorosa.
De cualquier manera, que la tribu no se reuniera una o dos veces por semana como antes sino, con suerte, cada quincena, no hacía que los tiráceos dejasen de verse, incluso en Parque Chas, yendo a visitar a Tir, o siendo visitados por éste, o en otra fiesta en la que se cruzasen porque, al fin y al cabo, conocían más o menos a la misma gente.
Pero empezó a haber en la vida de Tobi y de la rubia, tal como se ha contado, una diversificación de reuniones, de grupos. El más antiguo de los dos era tam-bién el más azaroso: las reuniones con swingers, sadomasoquistas, las orgías más o menos organizadas (de sexo o de drogas, casi siempre lo uno llevaba a lo otro, indistintamente); el más nuevo era cultivado con el mismo ahínco por la rubia, si bien comportaba un ámbito y un protocolo completamente distintos, más superficial, más cortés: era el de las reuniones periódicas con artistas, cenas varias o fiestas formales y sobrias con editores, escritores, pintores, fotógrafos, directores de cine, productores varios, músicos, escultores, bailarines, actores, etcétera. A veces, en un ámbito se repetían caras vistas en el otro, pero nunca había más que formalidad de un lado y desenfreno por el otro, como comparti-mientos estancos.
En ambos tipos de reuniones, la instigadora era la rubia. Para ella era muy fá-cil, a lo que parecía. El desenfreno más absoluto tenía su lugar prescripto e in-alienable, era el verdaderamente interesante e importante; pero, aunque en lo personal sus intereses se encontraban lejísimos de las reuniones formales con artistas, lograba poner en ellas el mismo encanto, la misma seducción suya tras-ladada a otro registro, a las relaciones sociales, con el objetivo bien claro y ex-preso ante las reticencias que pudiera presentar Tobi, medio ermitaño, de favo-recer la carrera artística del muchacho, de hacerlo conocido en los círculos, en los cuales él por otra parte, lanzado a la conversación estética o filosófica o a los chistes llenos de alusiones eruditas, brillaba con luz propia, seduciendo él tam-bién a las mentes con sus mejores medios y con la naturalidad y el aplomo que podía adoptar siempre que quisiera, si no se rayaba, histérico de mierda. Allí, en este tipo de reuniones, en la insistencia con que la rubia lo convencía de ir y lo llevaba, antes de irse a la joda de verdad hasta el domingo a la mañana, afloraba la mujer ancestral apoyando y estimulando a su hombre, haciéndole de muleta social. Se movía con una frialdad y una astucia en la planificación, y con una simpatía y una seducción tan conmovedoras en las reuniones, que a Tobi le da-ban escalofríos: la rubia parecía tener mil rostros, mil vidas, todas ellas igual de convincentes y con igual apariencia de entrega y sinceridad, de acuerdo a su vo-luntad y a su conveniencia. Tobi no podía dejar de pensar, después, en sus lar-gas noches de insomnio, que lo que dormía a su lado era una cara que, al acer-carse, se disolvía y presentaba otra, un poco más atrás, convenientemente lejos del alcance y cerca de la visión, y cuanto más se acercaba uno más caras desapa-recían para que afluyeran otras, sin fin. Tobi no podía dejar de pensar, en sus noches de insomnio, que lo que dormía a su lado era un demonio de seducción, una manipuladora de voluntades sin moral alguna que la sofrenase en la bús-queda de sus deseos más nimios o más importantes; cuando la rubia quería al-go, lo conseguía, quizá porque quería lo conseguible, lo tangible, lo sensible, no como Tobi, siempre insatisfecho al borde del absoluto.
Una vez que este pensamiento tomó forma y consistencia, Tobi empezó a des-confiar de cada acto de la rubia. Él también era taimado, como el que más; si bien más visceral, sin la paciencia de soberana de la rubia, era astuto y taimado. De modo que, haciéndose el boludo, empezó a vigilar cada gesto, a rastrear el fondo de los ojos azules detrás de cada palabra, de cada argumento, de cada propuesta, de cada ingestión de alucinógenos, tratando de mantener la concien-cia y la vigilancia en los instantes de más alto fragor. Empezó a querer coger con la luz prendida, y, cuando estaba adentro de la rubia, clavándola con rabia y con placer extremos, en el momento del éxtasis más alto y fragoroso, vigilaba su ros-tro transpirado de boca abierta y de párpados bajos; vigilaba en el rostro, en los movimientos amatorios de la rubia, el fingimiento, la triquiñuela de meretriz, el objetivo que en la mente de la rubia podía esconderse detrás de esos placeres.
Después de estar decenas de veces juntos cogiendo frente a otros, mirando a otros coger, en camas tetrapartitas, entre látigos y cadenas, entre muñecas ama-rradas por esposas a los barrotes de una cama y cuerpos atormentados hasta el orgasmo de mil perversos modos, imagínense que a la rubia esta novedad de la luz prendida no la sorprendió para nada. Tobi acostumbraba dejar las persianas altas y las cortinas corridas de noche, y quizá alguno, desde el edificio de enfren-te, podía, con binoculares o con telescopio o con catalejo, estar espiándolos.
Tobi empezó a celarla silenciosamente. Nunca jamás en su vida se había inte-resado por la fidelidad o siquiera la continuidad de una relación de pareja. Pero la obtusa razón por la que Tobi empezó a aguaitar posibles infidelidades de la rubia fue esta sospecha de estar ante un monstruo de mil caras engañosas, el temor casi de ser instrumento de una voluntad ajena, instrumento inocente e ignorante de una voluntad ajena. Que le tomasen el pulso. Una cuestión de or-gullo, en realidad. Le molestaba muchísimo que la rubia lo engayolara en su nuevo hogar, y ser el amante cornudo. Además, no creía que, llegado el momen-to de la oferta, él pudiera encontrar buenas razones para rechazarla. Eso le daba más rabia que nada: no estar ya a tiempo de escapar.
El lector se preguntará ¿y qué con eso? Tobi también se lo preguntaba en sus cavilaciones nocturnas. ¿Y qué con eso? El pretexto era que no quería perderse una etapa de su vida engrillado con una mina cuando esa etapa era la de la bús-queda, la experimentación y el exceso. Pero también esas razones habían ido quedando obsoletas, porque precisamente con la rubia había accedido y accedía todo el tiempo a formas de experimentación “no intelectuales” que superaban con mucho todo lo que él hubiera podido imaginarse dos años atrás.
Entonces, ¿qué razón quedaba, más que la del orgullo, la de no ser tomado por boludo, cazado impunemente por una mina astuta del modo que una mina astuta sabe cazar a un hombre: por la concha, cebo de cebos?
Bueno, Tobi no lo podía pensar claramente en ese particular momento de su vida, pero quizá la razón más fuerte para no dejarse cazar por la rubia si no se contaba el orgullo herido era el desgaste físico (psicofísico, más bien) a que la rubia lo sometía con esa rutina lujuriosa y exasperada y demencial que llevaban, in crescendo, desde que empezaron a encamarse. Pero justamente eso era, quizá (esto lo piensa el amanuense, sin las patas metidas en la ciénaga de la propia existencia como lo estaba Tobi, como lo estamos todos, porque nadie se sabe a sí mismo claramente, ni en sus palabras ni en sus acciones ni en sus motivaciones más íntimas; porque todo ser humano vive preso en el sino de no saberse, y de conducirse, sin embargo, de acuerdo a las inclinaciones más hondas {más des-conocidas para uno mismo} de su propio ser; y sólo otro, el otro, algún otro abs-tracto o concreto, puede descifrarnos, si sabe mirar bien en los signos que uno excreta, permanentemente, sin ser consciente de ellos), lo que más atraía y fas-cinaba a Tobi de la rubia; que le mostrase la atracción permanente del abismo, ser ella misma el símbolo y la ejecutora o instigadora de su destrucción.
Lo fascinaba, a Tobi, literariamente, la idea de la autodestrucción. Le parecía la única forma de heroísmo posible en la sociedad consumista y sin ideales que le tocaba vivir. Es decir, el papel del revolucionario, del vanguardista, a finales del siglo XX, se había anquilosado, caricaturizado y banalizado en el mar de mercancías culturales y políticas en que debía desenvolverse: el contexto de ocu-rrencia de esos roles hacía imposible su efectividad como agentes de cambio; volvía, a los revolucionarios, energúmenos; a los provocadores, risibles estrate-gas comerciales. En una sociedad en la que la épica es imposible, como en la so-ciedad posburgesa consumista y hedonista y autocomplaciente, la ética del anti-héroe, la ética de la resistencia a los valores establecidos, a la rígida moral bur-guesa de antaño, también estaba vaciada de contenido: esos rígidos valores bur-gueses ya no dominaban el imaginario colectivo, el ámbito de lo aceptable; habían sido reemplazados por el conformismo y el consumismo sin historia, sin ayer ni mañana, en que todo daba lo mismo, y, en ese contexto, el antihéroe no tenía a qué oponerse, porque el consumismo lo convertía en otra forma, despla-zada, de consumismo, en una época de particularización hasta el infinito de los arquetipos sociales en que cada cual estaba incluido: así fueras un necrófilo, un oyente de tal o cual estilo de música, un lector de literatura, un integrante de una secta o de una ascesis orientalista, tu lugar en Internet estaba cubierto: aunque más no fueran diez mil, mil, doscientos, cien tipos en el mundo iguales a vos, allí estaban, pertenecías a un grupo que no podía de ningún modo oponerse a nada, porque aquello a lo cual uno podría llegar a oponerse (el consumismo, el conformismo, el hedonismo autocomplaciente) lo incluía a uno en el mercado, porque el mercado llegaba ahora a los más pequeños nichos de venta; hasta los locos, los nazis, los místicos, los rockeros, los ambientalistas, los drogadictos, tenían su lugar y su merchandising y su look incluido. En ese contexto de exis-tencia, le parecía a Tobi, la única forma posible de heroísmo era la de la auto-aniquilación, el derroche de sí, de sus energías pasibles de ser utilizadas social-mente, en un hedonismo suicida que superase el hedonismo estéril anulando el cariz de mercancía del propio cuerpo por el antiutilitarismo de una muerte jo-ven. A Tobi no le parecía nada casual en este sentido que el símbolo de la música popular norteamericana, occidental más genéricamente, de los años noventa, fuera Kurt Cobain, que termina pegándose un escopetazo en la boca a los veinti-siete años, en la cumbre creativa y económica de su carrera. Tobi recordaba una nota reciente en donde Pergolini, el conductor de radio, decía algo así como que el rock había perdido definitivamente su mensaje, todo sentido de mensaje pro-vocador y desestructurador socialmente, porque, ¿quién era entonces el símbolo del rock de los noventa?, se preguntaba Pergolini en la nota, ¿Cobain? ¿El men-saje cuál era, que había que pegarse un tiro en la cabeza?, preguntaba irónica-mente. Y a Tobi le parecía en cambio que sí ese era el mensaje de un exaspera-miento vital cansado del vacío cotidiano, que el suicidio de Cobain era un sím-bolo de las fuerzas revulsivas de los tiempos y a la misma vez un mensaje, el único mensaje posible, el único heroísmo posible en la época posmoderna, el heroísmo de la autoaniquilación, de decirle a esa mercantilización y banaliza-ción de los cuerpos, de los espíritus, de la vida humana toda, un NO tajante, un NO trágico e irónico; negarse a seguir siendo parte de esta farsa, del único modo posible: muriéndose, quemándose, corroyéndose hasta convertirse uno en una piltrafa inutilizable. Los faloperos terminales de Ámsterdam, esos eran los úni-cos héroes de la época.
¿Significaba esto que Tobi acariciaba ideas suicidas?: en absoluto. Todo esto formaba parte de la estética que había logrado formarse para su novelística, pa-ra su poética, en los pocos años que tenía. Pero como cualquiera que se haya de-dicado a las artes con asiduidad lo sabe, los temas, las estéticas, se eligen, se construyen, con aquello que de algún modo obsesiona o fascina al artista, con aquello de la vida que lo intriga, que lo enfrenta a la paradoja de lo humano, de la existencia, y entonces a Tobi, como a todo artista en los momentos límite de su equilibrio psíquico, arte y vida tendían a fundirse, a con-fundirse, a con-fundírse-le. Eso era todo. Eso era Todo. La rubia venía a inmiscuirse entre su ar-te y su vida, y a mezclarlos, a confundirlos hasta un punto en que a Tobi se le hacía difícil diferenciar vida de literatura, y se llenaba la cabeza de matetes artís-ticos que lo atormentaban como el lector se ha estado anoticiando.
La cuestión, en fin, es que empezó a ponerse paranoico con las actividades extra-Tobi de la rubia. Esto resultó un poco chocante para la muchacha en cuan-to Tobi pasó de las sospechas barruntadas mentalmente a preguntar, en tono casual, en medio de una comida o de una mateada, ¿En dónde estuviste de tal a tal hora, que no te pude ubicar?
La reacción inmediata de la rubia ante esta pregunta fue mirarlo de pronto con un desdén precioso dibujado en todo su rostro y responderle ¿Desde cuándo te interesan esas cosas a vos? Y además, ¿desde cuándo tengo que darte cuenta de lo que hago? Me parece que ya nos conocemos bastante bien como para que me hagas una pregunta así. Pensé que a vos te conformaba. Y, luego de una pausa, Yo nunca te pregunté si te habías acostado con una pendejita de dieci-siete o le habías chupado la pija a un mexicano; ¿me estás preguntando si es-tuve con otro tipo?
(Tobi, haciéndose el boludo, totalmente groggy con los mandobles verbales que acababa de tirar la rubia) No, para nada. Curiosidad nomás. Ni siquiera… Lo dije por decir algo.
Entonces, si vas a decir eso, no digas, nada.
Único intento.
Tobi no preguntó más nada sobre su vida extra-Tobi, A ELLA. Pero, como un enamorado celoso y posesivo (y si hay Dios, él sabe que en absoluto existía tal cosa en Tobi), empezó a preguntar a todos los conocidos que podían llegar a tra-tarla o a verla en la semana qué había hecho la rubia tal día, de dónde había ve-nido, si había comentado algo. Los tiráceos lo miraban extrañados, y a veces le contestaban lo que sabían, que siempre era nada o algo trivial. Pero Tobi era la clase de gente que cuando se la toma con un tema, se la toma muy en serio, y su paranoia para con la vida extra-Tobi de la rubia no paró de crecer con esta ca-restía de datos. Como las desapariciones en días hábiles fuera de horarios de trabajo de la rubia habían comenzado de vuelta, y se habían estabilizado en al-gunas horas de uno o dos días por semana, Tobi empezó a sospechar que la ru-bia estaba en andanzas con algún tipo, con algún otro. No le importaba que la rubia se fuera de puta a levantar tipos por la calle o que se encamara con el pri-mero que la calentase. Le interesaba tres carajos mientras fueran polvos ocasio-nales, estaban dentro del “convenio”. Lo que en realidad empezaba a enfurecer-lo, a exasperarlo, a obnubilarlo, si no de celos, de amor propio al menos, era que la rubia estuviese de vuelta encamándose con el pelado ese, Santiago. La sola sospecha lo ponía frenético. En realidad, esa era la única motivación de su para-noia, de sus “celos”.
¿A qué podía deberse esto? Probablemente, a que, a diferencia de cualquier encamada ocasional, este pelado traficante de drogas era una presencia muy an-terior a la de Tobi en la vida de la rubia, y, a juzgar por el pasado reciente, una presencia latente o patente, pero siempre cercana, ominosamente cercana, como si la rubia estuviera hechizada por el tipo.
¿Qué carajo podía verle la rubia, ese pedazo de hembra lujuriosa, a un pelado, flaco, alto (para colmo, alto, un metro ochenta), ralo, pelado, con picaduras en la cara, con un rostro más bien feo y un cuerpo (Tobi había podido verlo la tarde aquella en la casa de Saavedra) absolutamente sin gracia o belleza, hueso y piel y hasta una pequeña barriga, de lo más desagradable que Tobi pudiera imaginar-se. El flaco ese era desagradable, insulso, feo, antipático, sin carisma, no tenía en apariencia ninguna virtud intelectual que lo destacase; era, en suma, ítem por ítem, muchísimo menos atractivo que Tobi como hombre. Difícilmente, in-cluso, pensaba el joven un poco vanidosamente, fuera ese flaco capaz de igualar las proezas sexuales a que tanto debía la continuidad de su relación con la rubia. El sólo pensar que la rubia se había estado encamando durante años, durante toda o casi toda su vida sexual, con un tipo tan insignificante le ponía los pelos de punta, le parecía verdaderamente repugnante. Tobi no podía creer que AL-GUNA VEZ, siquiera una vez, la rubia hubiera visto como atractivo a ese tipo, a esa lombriz fofa e insulsa y fea. Un zángano. Un esperpento. Un asco. La idea le daba literalmente náuseas. Hería su orgullo, su amor propio. Era humillante. O sea: que la rubia no distinguiese, en resumen, entre la atracción que ejercía Tobi sobre ella y la que el tipo ese efectivamente había ejercido durante años sobre ella misma lo ofuscaba, porque le decía que en realidad la rubia era una tipa verdaderamente sin gusto, bagayera, que se encamaba no ya con cualquier tipo atractivo, sino con cualquier tipo. Y eso le sacaba varios puntos, si llegaba a ser cierto. La convertía en una tarada, porque había que ser recontra tarada para sentirse por igual atraída por ese zángano feo que por un tipo atractivo (como se consideraba Tobi).
Notas al acaso. Notas para un libro que quizá nunca se publique. Notas suel-tas.
Hoy no tengo ganas de escribir. Estoy nublado. La rubia me ha prometido una cena íntima en casa esta noche, con sorpresitas, los dos solos. Estoy un poco cansado, un poco asustado de mi cansancio. ¡Tengo veinte años, Dios, veinte años!: ¿Cómo puedo estar cansado a esta edad?, me pregunto en mis momentos de mesura. Afortunadamente, son muy pocos.
Los ácidos me duelen en todo el cuerpo, a veces se me parte la cabeza, lite-ralmente, siento como si me serrucharan el cráneo con la punta de un lápiz ri-pioso e irrompible, como si me escribiera la herida en la frente.
Afuera llueve. Es un estado de ánimo, me parece. El agua cae tan abajo, y desde tan arriba... parece una lluvia interminable, bíblica, y sin embargo, es sólo una mañana y una tarde de jueves sin trabajo. Freddy me mandó para casa por-que me vio distraído, agotado, y había nada de laburo para mí, sólo burocracias postergables. Es una lluvia fantasmagórica, implacable, ruidosa, torpe. Las bo-cinas suenan aguachentas, el día, la gente, muy lejos, abajo.
Siempre me ha parecido oprobioso el silencio de los pasillos en las casas de departamentos. Los espacios comunes... Son como tumbas húmedas o embaldo-sadas, lustrosas o sucias, oscuras. Yo, que tengo algo de murciélago, a veces me aventuro a caminar por esos pasillos vacíos, embaldosados o alfombrados, tétri-cos, mustios. A veces me cruzo con alguien que sale de un ascensor o de un de-partamento, y que me mira como si fuera un criminal o un demente. Yyyy... ya me han advertido (el portero, un paraguayo desabrido y antipático, y dos o tres viejas, consorsistas con muchas ganas de vengarse del tiempo que pasa en un cuerpo aún joven, escarneciéndolo, haciéndole sentir su poder magro de consor-sistas) que no puedo andar por los espacios comunes. Así que por lo general me aventuro por las escaleras, en las que no anda nadie salvo el portero (casi nunca a la tarde) y me solazo oyendo mis propios pasos góticos, multiplicados en esos huecos muertos, diez pisos para arriba o para abajo, o el sonido súbito y violento de la puerta del ascensor cuando la abren o la cierran, con el alma en vilo, con el corazón palpitante como si huyera por el cementerio entre tumbas sin fin, en-criptado en ese horror delicioso del cual puedo salir cuando yo quiera. Pero ese horror permanece en las vísceras y sirve para escribir durante horas (o para no dormir durante horas).
Desde que vivo solo (es decir, con la rubia) paso horas enteras en silencio, sin salir del depto, sin hablar con nadie en todo el día salvo en el trabajo o cuando cae la rubia, encriptado en ese silencio de los pasillos y las escaleras y las voces difusas y esporádicas que llegan de no se sabe dónde.
Acaso escriba una novela psicodélica, una novela gótica de mí mismo, de mi alma de pájaro negro que se ensombrece día a día. Será una novela silenciosa, pero ese silencio estará tan henchido de palabras ocultas, de pensamientos rís-pidos, de dolores callados para que duelan menos, de palabras pronunciadas pa-ra acallar las voces que aúllan en el silencio, que será un grito, no un libro, una muralla inaccesible y estentórea, una piedra en el pecho, sangre llenando un cráneo roto.
Sueños.
El otro día soñé lo siguiente. Estábamos viviendo con Tomi en una casa enorme y hacinada, pequeña, gris. Todo pintado de grisazul. Nosotros vivíamos en un rincón de la casa, que tenía una cocinita muy pequeña y repleta de mue-bles, y una habitación llena con una cama de una plaza y un sofá destartalado, color crema y sucio, y había en esa habitación un televisor muy viejo, en blanco y negro, marca Talent o cosa así. Pero el televisor, en un momento, no estaba más en la pieza del sofá y la cama, sino al otro lado de la puerta abierta, al otro lado de la puerta abierta que daba a un pasillo que en realidad era como un enorme depósito vacío, cuyo piso estaba como un metro más abajo del nivel del piso de la pieza; se bajaba por tres o cuatro escalones y al otro lado, donde esta-ba el televisor, también había escalones, pero el piso del final del depósito esta-ba un metro o metro y medio más alto que el nivel del piso de la pieza; y arriba, como esos televisores de los clubes de viejos, contra el techo, estaba el televisor, contra un rincón, como si fuera una tela de araña. Y abajo, al centro, en la pared de fondo de ese extremo del depósito grisazulado, había una puerta pintada (descascaradamente) de azul oscuro, azul grisáceo, una puerta cerrada. Y en un momento aparecía Tomi (no de esa puerta, aparecía a mi lado, simplemente), y no me decía nada, pero en su mirada había reproche y algo que no alcancé a descifrar, algo que no era ni tristeza ni furia ni enfado ni (menos que menos) in-diferencia, pero que sin embargo me inquietaba, me llenaba de una angustia in-explicable. Y después él se iba a acostar a la cocinita que quedaba a la izquierda sin decirme palabra y yo me quedaba mirando el televisor que pasaba una pelí-cula muy vieja de terror, un Frankenstein de Karloff o un Drácula de Lugosi, ca-si sin volumen y con los subtitulados, y con ruidos de música de película vieja, de esa época, y en un momento, súbitamente, tras un instante en que no se sabía qué pasaba, de golpe no había más televisor y el silencio era aún más opresivo, total y omnipresente, como si no hubiera en el universo entero más que ese si-lencio, y yo estaba mirando la puerta. La puerta escondía algo; estaba cerrada. Yo la miraba cada vez más horrorizado, cada vez más fascinado, tentado de pa-rarme y caminar todo ese trayecto y subir y abrirla, con curiosidad malsana y creciente. Y en un momento me paro, bajo los escalones, camino por el depósito sin baldosas, lleno de charcos de humedad, subo la escalera, me detengo delante de la puerta, escucho, atentamente, al borde del desmayo, tratando de captar al-go, el menor sonido, y antes de estirar la mano, antes de intentar abrir la puerta, me despierto, con un dolor en el pecho, ahogado, respirando con jadeos espas-módicos, sin aire siquiera para gritar.
Cuando me despierto así, de una pesadilla, y estoy solo, como ahora, es como mis peores pesadillas de niño, pero peor, porque cuando era niño me despertaba en medio de la noche y venía mi madre a tranquilizarme, o estaba Tomi dur-miendo a mi lado o abajo en la cucheta. Ahora, aquí, en mi departamento solita-rio, inmenso porque está casi vacío, donde vivo solo como un ogro en su castillo, me siento huérfano, y el horror de esas pesadillas no se disipa hasta que hablo con alguien querido, con Tir o con Tomi o con Selva o con Carlos o con Miguel o con Mecha o, por qué no, también, con la rubia, pero menos.
La rubia se encoleriza cuando la despierto en mitad de la noche con una de mis pesadillas. Cuando pego un grito o pateo las sábanas me termina de desper-tar con un insulto, con un golpe ciego en la espalda o en un hombro o en la ca-beza, y me dice que si no comiera tanto a la noche no tendría esas pesadillas del demonio… Pero yo a veces ni pruebo bocado a la noche… Después yo me quedo despabilado y ella vuelve a dormirse, y yo no pego más un ojo en toda la noche. De modo que con ella o sin ella, duermo cada vez peor, y al otro día estoy molido y cansado, y sin fuerzas para nada, ni para putear, ni para enojarme. Apenas con fuerzas como para trabajar eficazmente en el estudio como un zombi y escribir y leer luego en mi casa como un zombi y leer una bibliografía con Miguel, como un zombi. La rubia me dice a veces, cuando se enfada conmigo, que pare de to-mar ácidos, que me están agujereando la cabeza, que voy a terminar loco o estú-pido, que escriba menos, que coma más (¡la contradicción, todo el tiempo, todo el tiempo!: ¡esa mina es LA CONTRADICCIÓN!).
Pero a pesar de todos sus cuidados, a pesar de que visiblemente se preocupa (más de lo que se atreve a confesarse) por mí, por que yo esté bien... no sé... es como si me aislara, como si en vez de nutrirme, de ser mi cable a tierra, me su-miera más en mis fantasmas anímicos, me aislara paulatinamente de lo que he sido. Y el asunto es que la rubia se ha vuelto casi mi única compañía cotidiana e íntima, fuera de las visitas de y a los conocidos, aún de Tomi, casi tan ocupado entre el trabajo y el estudio como yo con mi trabajo, mi estudio y mi literatura. La única presencia humana en este antro de papeles y diskettes y libros y ropa tirada y comida comprada cuando ella lo permite. Y me horroriza que no se horrorice de lo que ve, como si prestara su anuencia a esta transformación, co-mo si fuera su artífice, como si no esperara otra cosa de mí, como si yo fuera es-to, exactamente esto y ninguna otra cosa, el animal que ha cambiado de piel, que se ha desprendido de la costra que lo disfrazaba y que surge por fin a la luz.
Estoy cansado, se me parte el cráneo. No quiero escribir, no quiero escribir más, pero no puedo detenerme: es maravilloso y es horrible.
Las cosas se pusieron espesas una noche. La rubia había desaparecido duran-te cinco días sin avisar (fue después de la pregunta de Tobi y la extraña pelea si-lenciosa que vino después) y sin dejar el menor rastro entre los tiráceos que To-bi consultó. Eso lo puso peor, porque empezó a desconfiar de los tiráceos. Em-pezó a pensar que le estaban escondiendo algo, algo terrible, o algo que lo enoja-ría muchísimo, o que la rubia se estaba encamando con un tipo nuevo. Estuvo esos días caminando enfurecido por las paredes del departamento, puteando y casi echando espuma por la boca, pateando las sillas, los dos sofás de la rubia, todo lo de la rubia que encontraba por el camino. Se ponía peor al anochecer, después de fumar, cuando, sin llegada de la rubia que lo sacase un poco de clima y lo despejase un poco al menos con su presencia, se le hacía de noche y le em-pezaba a doler la cabeza de tanto fijar la vista en la pantalla de la PC, y los pen-samientos se le empezaban a enredar casi junto con la lengua, con los ojos que le pesaban un poco.
A la tercera anochecida sin noticias, harto de cocinarse o de tomar dos vasos de yogur para llenar la panza antes de seguir escribiendo hasta las doce o la una o acostarse (pero en esos tres días el anochecer sin la rubia lo ponía tan tenso que después de las diez de la no podía concentrarse de nuevo en la escritura, no podía escribir ni una línea coherente en diez minutos, como si poco a poco se le fuera atrancando la mente; las manos le temblaban), se fue a buscar bebida blanca a un mercado o bodega antes de que cerrasen. Se compró una botella de vodka que le costó carísima para su concepto (era un vodka de mediana calidad {para los generosos cánones argentinos en cuestión de vodka}), y se quedó chu-pando, sin leer, con la televisión prendida mirando películas europeas del año del pedo en no se sabe qué canal de esos doscientos mil que te ponen en el cable. Justo esa semana le tocó un ciclo de cine expresionista alemán, lo que no con-tribuyó, sumado a los porros de la tarde y al vodka de la noche, a su equilibrio mental. “El Gabinete del doctor Caligary”, sobre todo, lo mató. Soñó toda la no-che con esas caras horripilantes, propiamente de pesadilla. Con “El Golem”, en cambio, se cagó de risa; era demasiado burdo para la sutileza del cine contem-poráneo, una pieza de museo. En suma, durante tres noches seguidas (hubo compra de una segunda botella de vodka) se acostó recontra en pedo, drogado, descompuesto e insomne.
La quinta noche no podía contenerse, tuvo que prender un faso en la cama y fumarlo mirando la penumbra del techo. Estaba tan enfurecido con la rubia, con todo, con el mundo, que, contra su costumbre inveterada, había cerrado la per-siana y las cortinas del ventanal, así que no podía mirar la miríada de luces de la ciudad. Como a la una y media sintió ruido de llaves y el corazón le dio un brin-co. La rubia abrió la puerta despacio y, cautelosamente, prendió la luz. Tobi tiró el porro al suelo sin apagarlo y se levantó de la cama hecho una furia. ¡Hija de remil putas, dónde carajo te habías metido! le gritó, mientras ella corría (para su mal) el cerrojo de la puerta. La rubia no alcanzó a reaccionar, porque, al oír, sin entender demasiado, la frase de Tobi, se dio vuelta para mirarlo, al mismo tiempo que Tobi se abalanzaba sobre ella y la tomaba del cuello, diciéndole ¡Dónde mierdas estabas, hija de remil putas, puta de mierda y la reconcha de tu madre!
Era una situación pesada. La rubia estaba con la espalda contra la puerta, tomada del cuello por Tobi, que, quizá por no querer más que asustarla, quizá por su lamentable estado de coordinación física, no la apretaba demasiado. La reacción de Tobi la sorprendió tanto que permaneció medio minuto sofocándose entre las manos del muchacho sin atinar a defenderse, a separarse, a empujarlo. Cuando la rubia tosió, roja y ahogada, Tobi pareció recapacitar, y la soltó. Se dio vuelta y caminó hacia el otro lado del depto, como en un break de boxeo, como si algo en él lo alejara de ella para no permitirle que le hiciera nada más. Todo esto sin dejar de putearla por encima del hombro. La rubia se quedó apoyada contra la puerta, tosiendo y tomándose el cuello con marcas rojas, mirando llena de pánico y de sorpresa a Tobi, abriendo los ojos enormes como nunca.
Cuando recuperó la respiración y el habla, la rubia le preguntó, con la mayor inocencia del mundo (no podía estar fingiendo, no podía estar actuando tan ma-gistralmente, a menos que fuera una enferma tipo Hitler, sin cara ni carácter propios, sólo dotada con las mil caras de los diversos personajes que sabía re-presentar tan bien, si es que de verdad estaba actuando), le preguntó a Tobi ¿Q… qué te pasa… por qué te pusiste así? ¿Qué tomaste?...
Tobi se sentó en el rincón más lejano a la rubia, contra la pared, al lado de una de las PC, en el pasillito que daba al baño. Solo, agachó la cabeza, como si estuviera empezando a llorar. La rubia, temeraria, hay que decirlo, se acercó a él y se arrodilló para mirarlo de cerca; olía a veinticinco rasputines borrachos, el aliento casi la voltea.
Con un tono de sinceridad que le parecía increíble, imposible a Tobi, que co-menzó a reírse entre dos lágrimas que apenas le habían asomado a los ojos, la rubia le preguntó, muy preocupada, acariciándole el cabello despeinado (lo que nunca), ¿Qué te pasa, qué tomaste? Era lo único, al parecer, que se le ocurría; Tobi había tomado algo raro, o había mezclado mal en su ausencia. Estaba des-compuesto, al borde del vómito. La rubia debe haber pensado en ese momento que, de llegar media hora más tarde, con Tobi fumando en la cama boca arriba, lo hubiera encontrado muerto, ahogado por un vómito. Debió haber pensado al-go así, porque si no, no se entiende que sus ojos azules se inundaran de pronto de lágrimas, y que empezara a acariciarlo y a decirle Pero, mi amor, ¿qué te pa-só? Pero mi amor, ¿qué te pasó, por qué estás así?, verdaderamente compungi-da y sin comprender lo que había ocurrido.
Tobi levantó la vista y, al verla llorar y acariciándolo casi como una madre, se puso a llorar a su vez, silenciosa y convulsamente, y a pedirle perdón, a repetir Perdón, perdón, perdón, grotescamente. Y después, sin solución de continui-dad, inclinó la cara hacia el costado derecho y vomitó sobre el piso (es un decir: sobre el piso y, antes, sobre su brazo derecho y un poco sobre su pantalón). La rubia lo dejó vomitar y siguió acariciándole el pelo, con los ojos aún húmedos, COMO SI REALMENTE NO SUPIERA por qué Tobi estaba así, por qué le había saltado al cuello. Después Tobi pareció quedarse sin fuerzas para nada más, porque, aparentemente ya sereno, apoyó la nuca contra la pared (los labios y el cuello sucios de vómito casi totalmente líquido, fuertemente oloroso a alcohol y a podrido), y se quedó respirando hondo, suspirando casi, como sereno, con la vista pensativa, perdida en un punto impreciso de la pared opuesta, sobre la heladera, como si estuviera sobrio reflexionando en una plaza y disfrutando del sol de primavera. Todo sin mirarla a la rubia. Acto seguido, se sintió un ruidito a líquido manando sordamente, y el pantalón de Tobi se humedeció casi hasta la rodilla con un líquido más que tibio. La rubia lo dejó mear, más tranquila, como si ya hubiera hecho su composición de lugar y tuviera previsto lo que ocurriría y lo que ella debía hacer.
Nunca Tobi había tenido un ataque de violencia, ni borracho ni drogado, des-de que andaban. Por el contrario, precisamente lo que a la rubia más lo exaspe-raba de Tobi era esa reconcentrada falta de reacción, esa aparente indiferencia, casi desdén, casi hosquedad (mucho de hosquedad silenciosa), con que Tobi la trataba, con que Tobi se movía por el mundo. La enfurecía, a veces, una media palabra, un gesto súbito de enojo del que ella, por lo menos de arranque, no comprendía el origen, pero intuía vagamente que el origen estaba en algo que ella acababa de hacer o decir o de no hacer o no decir. Pero Tobi nunca explica-ba nada, siempre se quedaba callado, se daba vuelta en la cama o se ponía a leer o a escribir sin darle más pelota, sin reaccionar ante lo que a veces eran provo-caciones conscientes de la rubia, cuando se enojaba con él y lo quería hacer re-accionar, explotar. Y Tobi reaccionaba montarazmente, hoscamente, le daba vuelta la cara con desdén y rumiaba su enojo en el cerebro, a juzgar por la cara de culo, pero era imposible sacarle nada, nada, en esas circunstancias, y eso la enfurecía a la rubia, que se quedaba pedaleando en el aire, con ganas de encajar-le una trompada en la espalda o de rajarlo a puteadas a ver si decía algo, si al menos explicaba qué carajo era lo que había hecho. Pero Tobi era una tumba, un muro, no explotaba nunca, siempre mantenía la violencia en un exasperante es-tado de inminencia que podía desmadrarse en cualquier momento, y eso era más agotador para los nervios de la rubia que si simplemente la mandara a la mierda. Como si rehuyera el choque, lo demorara al máximo posible. Y eso creaba en los dos una tensión insoportable que a la rubia le carcomía los ner-vios, la ponía de los pelos, y así era como a veces andaban dos o tres días dur-miendo de espaldas en la cama y sin hablarse ni nada por el departamento, a ve-ces en un boliche o en alguna fiesta, uno al lado del otro como siameses, incapa-ces de separarse, pero sin dirigirse siquiera una mirada.
La rubia esperó que Tobi dejara de mearse, le dio un poco de descanso, y des-pués, con la paciencia y la serenidad de quien cumple con su deber habitual, lo levantó a Tobi tomándolo de un brazo y lo llevó hacia el baño, lo desnudó (Tobi la dejaba hacer como un niñito, como atontado, como anestesiado), abrió la du-cha y lo metió bajo ella una vez que el agua empezó a echar humito. Luego lo la-vó como si fuera un nene, como si fuera Cristo, de la manera más maternal o en-fermeril, de la manera más asexuada que Tobi jamás pudiera haber imaginado (aunque en ese instante no le dio demasiada pelota al detalle, estaba en lo suyo, en el limbo de los borrachos, quemándose indiferente con el agua). Después la rubia lo enjuagó, lo secó frotándolo enérgicamente con un toallón, lo hizo salir y calzarse sus chancletas, lo paró frente al foco de encima del botiquín del baño y empezó a peinarlo prolijamente hasta que quedó el habitual peinado de Tobi, la-cio, con la raya al medio y el cabello cayéndole en melena sobre la nuca y el cue-llo, castaño miel, con un mechón lacio detrás de cada oreja para que no le mo-lestara la visión, y el resto del cabello, el de los costados, cayendo un poco sobre las orejas.
Tobi ya estaba tranquilo, como dopado, y ni la miraba, perdido en sus cavila-ciones. A la rubia no le extrañó porque conocía su inclinación a abstraerse largos ratos del mundo exterior y porque, pensó, Está borracho y drogado, debe estar muerto de cansancio. Cuando Tobi finalmente la miró a los ojos, la rubia le son-rió, serena, y le dijo, pellizcándolo, Estás hecho un querubín, te falta el traje de marinerito.
Perdoname, dijo Tobi imprevistamente.
No hay problema. Estás borracho. Pero la próxima vez poneme un cartel en la puerta, así entro armada, contestó la rubia, restándole importancia. Sólo agregó Vamos a dormir, estoy muerta.
La rubia volvió en esa época a hablar de las vacaciones en el exterior. Dijo de México, de Cozumel, o en su defecto de recorrer Bahía (ampliamente recomen-dada por Tir). Pero el norte de Brasil era peligroso, inseguro. Por otro lado, Co-zumel era seguro pero aburrido, salvo que hubiera un buen reviente (eran los cálculos de la rubia). No quiero pasar dos semanas o un mes rodeada de seño-ras gordas y señores pelados y panzones con sus críos, argumentaba. Así que lo de Bahía sonaba incitante.
Principiaba diciembre, y la vida de los dos estaba bien estructurada para las siguientes semanas. Tobi estaba terminando de pulir el borrador de la novela. Además, estaba leyendo las fichas para dar libres tres materias de primero. Des-pués, era irse a Tandil con la tarea cumplida, a pasar las fiestas, SOLO (es decir, sin la rubia). Y después, con cualquier pretexto (lo del libro venía perfecto, no le había contado nada a su familia aún, iba a ser como un regalo de Navidad), vol-verse a Buenos Aires a más tardar el cinco o seis de enero, y planear en común las vacaciones con la rubia. Tobi había juntado mucha guita, de hucha o para el viaje. Era pródigo en los gastos que se referían a sus placeres y casi un asceta en gastos cotidianos y pedestres. Estaba prácticamente asentado como un adulto: tenía un trabajo sólido y con futuro monetario aceptable, creativo además, aun-que no fuera lo suyo, en el estudio fotográfico de Freddy; tenía los estudios en-carrilados; tenía la clara posibilidad, casi la seguridad (Tobi no quería darse manija hasta no ver el asunto concluido), de que le iban a editar su primer libro en el año siguiente; tenía a la tribu; estaba, gracias a los contactos de Tir y a la habilidad social de la rubia, entrando al “fuckin’” mundo de la cultura, a los cír-culos artísticos; estaba, finalmente, la rubia, la pareja.
De a poco comenzaba a resignarse a la meseta, a que lo único que les quedaba era una vida de pareja más o menos tempestuosa y lujuriosa y abierta, en el me-jor de los casos; esa vida de pareja a que los empujaban irremisiblemente sus deseos. Se deseaban hasta el dolor, eso era lo único terriblemente auténtico de sus vidas. Lo demás, el amor incluso (el amor sobre todo) que pudieran sentir el uno por el otro, era más… ambiguo, evanescente, indefinible. Pero Tobi ya sabía que el deseo por una persona se agota más tarde o más temprano, y que lo que queda es la costumbre de estar juntos, la inercia de meses o de años (con la ru-bia ya llevaban un año y medio de increíble lujuria, era increíble que durase aún, y Tobi sentía que la convivencia oficial la iba a matar, y que entonces no les iba a quedar nada salvo quizá una amistad muy intensa o una enemistad muy intensa o un odio o una indiferencia mutuos).
Por otra parte, Tobi tenía claro, a regañadientes, que la rubia era la mina más importante de todas las que se había cruzado; que, pasara lo que pasase en el fu-turo, ella iba a quedar indeleble en su vida, no sólo en su memoria sino también en su personalidad, en esa parte de la experiencia que se queda como marca in-deleble en cada persona, modificándola.
Pero, resumiendo, el problema ahora no era la reticencia de Tobi a una vida de pareja a la que, se insiste, estaba cada vez más resignado aunque supiera cuál iba a ser el final, el único posible sobre todo para ellos, para esa relación tan in-tensa y tan extraña. El problema ahora era la rubia, los escondrijos que aún le deparaba. Mantenía firmes sus sospechas respecto de las actividades de la rubia a las que él no tenía acceso. ¿Qué hacía a la mañana, por ejemplo, en vez de quedarse durmiendo hasta más tarde, las veces que él la llamaba por teléfono o caía en el curso de ir a hacer un trámite y ella no estaba? ¿Por qué el puto capri-cho de no usar celular, que la tornaba inhallable a veces días enteros? Salvo ellos dos (Tobi por esnobismo, la rubia por escondedora), todos los tiráceos ya tenían celular. Tobi ni quería repetirse mentalmente la mala espina que tenía con San-tiago. Cada vez que la rubia aparecía con un juguete caro, pensaba ¡Zas, ya está de nuevo con el tipo ese!.
Avanzar. Avanzar hasta que la página duela, hasta que la página sangre. Avanzar aunque los buitres nos vayan convirtiendo en despojos vivientes (los buitres metafísicos). El dolor de existir, el dolor de abrirse como un coco ante el machete que lo hiende, la inhóspita espesura de ser.
Tobi recordaba ahora la campaña de Alejandro sobre los castillos roqueros del Kurdistán o el Afganistán o el Irán (vaya a saber). El reino estaba conquista-do, los de las montañas eran unos palurdos sin poder para molestar a un impe-rio (o sí, o molestaban el paso de las caravanas con sus saqueos, pero es mejor, es más literario, pensar que no, que esa campaña no tenía el menor sentido), pe-ro Alejandro se emperró durante muchos meses en una penosa batida de las montañas desiertas, de castillos inexpugnables recortados a pico sobre cumbres escabrosas e inaccesibles, dispendiando esfuerzos y vidas. Uno de esos castillos, Tobi no recordaba bien los nombres, estaba sobre un monte de más de mil, qui-zá más de dos mil metros, con una inclinación de poco menos de noventa gra-dos. Alejandro sufrió pérdidas hasta que decidió mandar una tropa selecta a es-calar la montaña metro por metro, el cuchillo entre los dientes, en plena noche, en el mayor silencio. Cuando llegó la mañana, los soldados estaban demasiado lejos del piso para volver, demasiado cerca del muro para arrepentirse, dema-siado agotados para intentar un último esfuerzo y combatir a los de adentro. Pe-ro Alejandro era tenaz, había que ser como Alejandro, y los extenuados mace-donios recorrieron el trecho que quedaba hasta arriba, sorprendieron a una guardia pequeña y aterrorizada de esa aparición en su nido de águilas, la pasa-ron a cuchillo, siguieron por los toscos edificios, por las burdas cuevas y pasillos en que se dispersaba el resto de la guarnición de montañeses, y los masacraron con todo el rencor del esfuerzo ciclópeo a que se habían visto obligados por su rey. Y luego arrojaron cuerpos muertos por la falda escarpada, y los cuerpos lle-garon destrozados, irreconocibles, hasta la ladera, pero los macedonios de aba-jo, su rey, supieron que los macedonios de arriba habían vencido.
¿Y para qué, se preguntaba Tobi, los dedos agarrotados sobre las teclas de plástico, la expresión contracturada y el cuerpo dolorido del insomnio, para qué todo eso, un esfuerzo tan enorme para lograr un premio tan exiguo, unos trofeos tan pobres, sólo guiñapos y carne destrozada? ¿Para qué? Era absurdo, era in-útil. Era inútil. Pero, sí, todo era inútil después de todo, la vida era un gran ab-surdo, después de todo. ¿Qué había que hacer, abandonarse al absurdo y a la desmesura, y dejarse estar, vivir como una planta, o vengarse, obtener una pe-queña victoria, una pequeñísima victoria sobre el destino, sobre el absurdo, con-sumando otro absurdo, un pequeño absurdo estéril y humano, a la medida de los hombres; que los hombres, veinticuatro siglos más tarde, hablaran todavía de vez en cuando de ese acto absurdo y sublime, del castillo escarpado, de los macedonios ciclópeos, ejecutando actos más grandes que ellos, imposibles, in-útiles?
Desafiar el absurdo, el avaro destino de toda vida, pensaba Tobi, escribiendo. Otro absurdo. Y sin embargo a Tobi le parecía, en ese instante, que no existía otra cuestión más trascendente en la vida de un ser humano. ¿Abandonarse o trascenderse (de cualquier modo, aún autodestruyéndose, al precio más alto, es decir, al precio de uno mismo), pelear solo contra un enemigo innumerable que al final, de cualquier modo, concluirá aplastándolo? Había algo heroico en esa resistencia inútil contra el olvido, contra el absurdo. Era una resistencia absur-da, pero era también, y sobre todo, una resistencia humana, de lo humano en lo humano. Ser hasta el límite, hasta el paroxismo, hasta la extenuación, hasta la derrota definitiva de la muerte. Morir, sí, pero llevándose un cacho de universo a la rastra, bajo las uñas como garfios. Eso es quizá lo que nos realiza, concluyó en mayúsculas Tobi, exhasperado y extenuado y somnoliento, antes de abando-nar la PC prendida y arrojarse vestido sobre la cama.
-No se entiende, los términos se confunden –dijo el crítico.
-Sí, sí. De eso se trata –dijo el artista.- Eso es la vida: la mescolanza.
El quince de diciembre (era miércoles), Freddy lo mandó temprano a casa, porque a partir del jueves no iban a parar hasta el domingo a la noche o incluso el lunes: se juntaban los trabajos de fin de año. Así que Tobi volvió a mediodía. Se bajó del bondi y caminó hasta el edificio. De lejos, vio a la rubia cerrando la puerta de entrada. Hacía calor, la rubia estaba con una remerita que le marcaba los senos pequeños y proporcionados y le dejaba los brazos al aire. Tobi se que-dó medio escondido, espiándola. ¿A dónde podía ir a esa hora? Quizá a visitar a Mecha, o a Tir, a comer con Tir, podía ser. Tuvo una duda desgarradora: seguir-la subrepticiamente (se arriesgaba a que lo descubriese y ahí sí, se acababa to-do), o llamarla, directamente, eso era lo más razonable, preguntarle ¿Te acom-paño? Yo también tengo el día libre, lo podemos aprovechar juntos.
La rubia, previsiblemente, paró un taxi. Fue un momento clave en la vida de Tobi. Calculó mentalmente la guita que llevaba en el bolsillo, se jugó a que le al-canzara, a que la rubia no fuera tan lejos, y paró el siguiente taxi que pasó. Le dio al taxista una orden clásica del cine extranjero: Siga a ese taxi. Si realmente la rubia iba a visitar a alguna amistad, tenía una buena excusa: Te grité y no me escuchaste, no me iba a quedar a comer solo, imaginé que ibas a visitar a al-guien.
El taxi número uno agarró por una avenida hacia el norte: Tir ya no, a menos que lo pasara a buscar por el Salón para almorzar juntos o ver a un pintor posi-ble. Fueron hasta Recoleta. Se metieron por calles menores (de manera que el taxista número dos tuvo que tomar precauciones para no ser descubierto {hay que decir que el taxista, si bien sospechaba que la presa perseguida era una mi-na, no estaba del todo tranquilo con el pedido del muchacho, que a esas alturas, entre miradas nerviosas, se lo pasó pensando todo el trayecto que el detalle de “siga a ese coche” era de lo menos verosímil del mundo, ¿qué clase de incons-ciente podía aceptar, por unos billetes, así, sin más, seguir a un coche que podía llevar, qué sé yo, a un tipo con un revólver?}), y paró en una casa de alcurnia pe-ro como venida a menos. Tampoco tan grande. Tobi le dijo al taxista número dos que siguiese andando más despacio, y se puso lentes oscuros.
La rubia tocó el portero y, menos de un minuto después (el taxi tuvo que ba-jar mucho la velocidad), salió a atenderla un tipo. Pelado, casi un metro ochen-ta, flaco, feo; se le adivinaban unas marcas en la cara que lo hacían más des-agradable. Aparentaba, a ojo de buen cubero, unos treinta años. Santiago, el narcotraficante, el amante malévolo de la rubia, el Rochefort de Tobi siendo To-bi D’artagnan.
¿Dónde va esto?: la hembra, la paradoja pocket (he hablado de esto en otro lado), ¿qué diferencia tiene, en última instancia, con cualquiera otra invención, anulación fraudulenta de la Paradoja (aunque ponerle el énfasis de una mayús-cula es innecesario: el énfasis es también humano, reduccionista, una mistifica-ción más de la conciencia filosofante, retorizante {siendo estas dos palabras si-nónimas: filosofía = modo de adaptar la paradoja a límites humanos, modo de falsearla, de inventarla como Sentido}), con, digamos, una religión o una idea política o científica o filosófica o artística? La única cosa verdadera que puede hacer el hombre es el abandono, la renuncia al Sentido; amar a una mujer in-ventándola como una paradoja portátil, maleable, manejable, es otra trampa más de la mente interpretante, necesitada de significado. La única cosa verdade-ra es renunciar al Sentido, ser preso de él, abandonarse a la Vocación y serla, se llame literatura o carpintería o bohemia o ciencia o filosofía o Dios o hembra o muerte.
Tobi quedó desolado. Desolado. Al borde de las lágrimas, sin sacarse los len-tes, casi en un último aliento, le dijo al taxista que siguiera para el norte. Des-pués pagó (un fangote), buscó un teléfono público y lo llamó a Tir al celular. Era como la una de la tarde.
Mientras el taxi lo llevaba más al norte, mientras buscaba el teléfono, mien-tras discaba, mientras esperaba que Tir atendiera, fue pensando que quizá no era lo que él se imaginaba, que a lo sumo la rubia le estaba comprando droga o que en el peor de los casos estaba vendiendo de vuelta para el tipo.
Finalmente, Tir atendió. Tobi le dijo que tenía el día libre y que si quería que almorzasen juntos. Tir calló un instante, como pensando, y después dijo que sí, que una y media quedaba libre, que fuera en cuanto quisiera, que de paso mira-se los cuadros.
Tobi fue inmediatamente y se quedó unos veinte minutos mirando. Se cruzó con Selva, que lo saludó con afecto (lucía un escote bordó que resaltaba el cobre de su cuerpo, ya bastante reforzado por los soles últimos de primavera). Así da gusto venir a un museo, le dijo Tobi, mirándole impúdicamente las tetas. Selva sonrió con naturalidad y se ofreció para explicarle los cuadros que estaban en exposición. No había mucho para hacer allí, ya estaban, con Tir, por salir a co-mer. Esto último no fue una buena noticia para Tobi, deseoso de charlar a solas con Tir para clarificar su cabeza. Si se llegaba a quedar solo se derrumbaba, iba a ser un día y una noche de mierda. Tenía también para ir a lo de Miguel, él po-dría escucharlo (aunque nunca habían hablado nada de la rubia, Miguel era un tipo de lo más discreto y jamás aludía a esos temas, y Tobi era reservado de por sí, y todos sus mambos mentales, sobre todo esos, los que tenían que ver con sus persecutas, no los hablaba con nadie, jamás, salvo, claro, con la PC), pero que-daba muy lejos. Otra posibilidad era Tomi. Pero Tomi salía a las tres de trabajar, y, aunque era la única persona que lo conocía mejor incluso de lo que él mismo se conocía, la persona que con su sola presencia podía oficiar de bálsamo aními-co, el tema rubia con Tomi era tabú. Siempre que lo hacían, desde que Tobi y la rubia andaban, era de modo sesgado, con indirectas, perífrasis, alusiones, y los ponía incomodísimos a los dos. Así que lo de Selva lo puso en aprietos.
Finalmente, se suben al auto de Tir y van los tres a un restaurant por la zona. Fino, caro, discreto. Si te cobran la mesa… pensó Tobi cuando vio el lugar desde adentro. Después viene un mozo (¿maitre? ¿garçón?) y les entrega la cartilla fo-rrada en cuero, muy bonita; un cuero oloroso y que hace ruido al roce de los de-dos, que ya de verlo nomás te abre el apetito. Como siempre, Tobi mira por arri-ba y después le pide consejo a Tir, que le recomienda un corte de carne asada y condimentada que resulta delicioso. Para beber, vino tinto.
¿De qué hablar? Adelante de Selva Tobi no se atreve. Cuando Tir le pregunta en el medio de la comida Sí. ¿Me querías ver por algo en particular?, Tobi mira a Tir, hace un silencio, y al final dice No… qué sé yo… tenía el día libre y la ru-bia desapareció, así que quise aprovechar para estar con amigos. Tir lo mira serio y sin mover un músculo de la cara, asintiendo apenas. Después hay un si-lencio de unos quince segundos, y se pasa a otro tema.
Selva, diplomática, pregunta amablemente ¿Y cómo vas con tu novela?
Estoy dándole los últimos zurcidos… En realidad, sigue sin conformarme. Pero retoqué cosas, porque le gustó al tipo este… Girodias… (Tir se ríe) Yo creo que para la semana que viene puede estar terminado… No sé… depende de las ganas que tenga de escribir eso. El tipo me dio tiempo hasta principios del año que viene. Las fiestas de fin de año pueden ser la excusa perfecta para ence-rrarme en mi casa a darle forma a la versión final… Además, no es tan larga, pude trabajar frase por frase para arrancarle los manierismos. (riéndose) Soy el Troilo de las novelas, debo haberle sacado como quinientos adjetivos y seis-cientos adverbios, al texto ese. (se ríen los tres) No, en serio, le bajé como cua-renta páginas. Me parece que despojado quedó mejor. Le queda mejor a la vio-lencia de la historia. Es… está quedando… como un páramo de palabras.
Se quedan charlando un buen rato de literatura (Selva, escandalosamente culta entre sus tetas que asoman, hermosa en sus ¿treinta y siete… treinta y ocho años?; escandalosamente carnal). Luego la conversación deambula por temas poco interesantes salvo para los que intervienen en esa mutua compañía de la conversación. Una hora de charla en sobremesa. Cuando terminan, son más de las cuatro de la tarde.
Pero antes de irse los tres, Tobi pide permiso para ir al baño, y los veteranos se quedan solos en la mesa. Conversan, medio en secreto.
(Selva) ¿Vos lo viste a Tobi cómo está? Yo lo vi remal.
(Tir) Sí, yo creo que quería decirme algo, por eso me llamó… Si no llama nunca… Me parece que se quedó en el molde porque estabas vos.
Silencio.
… ¿No me dejás a mí? Capaz que se peleó con Fer… viste cómo son.
Pará, mamá… Yo me puedo entender mejor con Tobi, soy hombre como él.
(Selva, un poco en broma, un poco en serio) No sabés nada, como todos los hombres. No te enterás de nada. No sabés lo que es el instinto maternal, vos.
Los dos veteranos se sonríen. Se hablan en serio, se dicen la verdad, pero se toman la verdad con humor (¿qué otro camino queda para los nihilistas?).
Cuando Tobi vuelve los encuentra cuchicheando, sonriéndose y mirándose a los ojos. Se dice Estos dos tienen quichicientos años y se aman como tórtolos. Miralos. Miralos, boludo. Miralos, cómo se comen con los ojos. ¿Por qué no se mudan juntos, digo yo?
La cuestión es que cuando Tobi se les une y salen del restaurant, una vez en la vereda, Selva lo toma del brazo a Tobi y le dice Te invito a merendar a mi casa. No conocés mi casa vos, ¿no? Sos un hijo de puta, vos, no visitás a tus amigos salvo que tengan droga. Así que llevan a Tir en el coche de Tir hasta el Salón, lo depositan en la entrada, y siguen camino hacia Urquiza, donde vive, en una típi-ca casa de clase media baja, Selva.
Entre pitos y flautas, son las cinco y media de la tarde. Paran primero en una panadería de la zona y llevan una docena y media de facturas elegidas cuidado-samente por Selva: muchas de dulce de leche (cañoncitos, sobre todo), tortas negras, vigilantes con y sin dulce de membrillo, algunas facturas con dulce de membrillo y crema pastelera, medialunas, de manteca y de grasa, rusas rebosan-tes de azúcar, alguna que otra berlinesa. Las bolas que deben tener los berline-ses, le susurra al oído Tobi a Selva, y los dos se tientan. Los clientes y las muje-res que atienden los miran curiosos. Se apoyan uno en el otro y se ríen muchí-simo, lanzando cada tanto una carcajada abrupta y breve. Es que no hay nada peor que las personas con imaginación, uno dice Las bolas que deben tener los berlineses y la persona con imaginación ya está viendo en su mente un cuaren-tón pelado con pantalón de vestir, cinto a la altura del ombligo con dos grandes protuberancias como porongos uruguayos abultándole la entrepierna.
Entran a la casa. Hay un olor a recién limpio. Los pisos están brillosos, ence-rados, relucientes, olorosos. El living está amueblado y decorado con despoja-miento y elegancia. Selva lo hace pasar a la cocina, que da exactamente la misma impresión reluciente. Me parece que le tenés que aflojar a las anfetas, bromea Tobi.
¿Por?
Porque esto está demasiado limpio. ¿Lo limpiás vos sola o le pagás a una mina?
Lo hago yo, de vez en cuando. (pausa) Y hablando de anfetas, ¿vos como ve-nís? Porque últimamente te noto un poco… excentrado.
Tobi se ríe Ja. Yyy… la verdad es que estamos medio enviciados, con la ru-bia. A veces pienso que tenemos que parar un poco, que me va a explotar el co-razón un día.
¿Tenés taquicardia a veces?
(duda, trata de recordar) Estoy un poco paranoico, un poco… no sé (se ríe) … excentrado. Es que… estoy al mango toda la semana, viste, y no se puede. No se puede vivir como vivo yo. La rubia está al pedo a la mañana, habla un po-quito con gente de cuadros a la tarde, y a la noche me hace la comida y se de-dica a la gran joda conmigo, ella viene fresca. Pero yo, con el trabajo, el estu-dio, sobre todo últimamente con los exámenes libres que tenía que dar, la escri-tura, que me demanda mucha energía y tiempo, termino loco. No me alcanza el día. A veces… me parece que estoy por explotar, que en cualquier momento voy a agarrar a un tipo por la calle del cogote y lo voy a estrangular.
… ¿Y por qué?
(un poco cortado, como no sabiendo qué hacer con la figura que ha tirado, como sintiendo el peso de la responsabilidad de las palabras que ha dicho, hesi-tando) ¿Por qué qué?
¿Por qué querés acogotar a alguien?
(un tanto ruborizado) … No sé… lo dije por decir algo.
Sí, pero no hay palabras inocentes, hay inocentes que dicen palabras, que no es lo mismo.
Me encantó eso. El hombre como víctima de sus propias palabras. ¿No es muy psicoanalítico, eso?
Cuatro años estudiando psicología no fueron en vano.
Uy, qué bueno tener una psicóloga a mano.
(irónica) ¿Te calienta eso?
(sonriendo) Por supuesto, me calienta muchísimo.
(cebando un mate) ¿Qué te pasó? ¿Por qué se te dio por llamarlo a Tir?
Tobi la mira fijo, como si no hubiera esperado el golpe. Después finge indife-rencia y dice Estaba al pedo y solo, con el día libre… la rubia desapareció.
¿Y eso es lo que te tiene mal? (Tobi hace un gesto de negativa, un torcimiento de boca) Mirá que te conozco, pendejo. No finjas conmigo.
(Tobi duda un momento, mira a los ojos a Selva, y luego como si se animara de pronto) Eeeh… Hoy la vi a la rubia entrando a la casa de un tipo. Que se en-camó toda la vida con ella.
(Selva, interrumpiendo) O sea que la seguiste.
(Tobi la mira) … Sí. ¿Y qué?
Que estás loquito en serio.
Es imposible no ser paranoico con la rubia. Tiene más misterios que un ga-to.
Pero a ustedes dos nunca les calentó demasiado eso de la fidelidad. ¿Qué te pasa, estás enamorado?
(se pone rojo como un tomate) Sssí… qué sé yo… Ponele que sí. (pausa) Pero lo que me molesta, o si querés, lo que me angustia, es que con ese tipo me dijo que no se iba a ver más, hubo un quilombo hace unos meses… El tipo trafica (Selva asiente, como dándose cuenta de quién habla Tobi, y al mismo tiempo hay algo en el gesto de ella que a Tobi lo pone en guardia, le queda tecleando) y a mí me parece… bueno… ella me contó que en otra época se encamaba por droga con él… Creo que es el segundo que se la cogió… Tiene… como una fija-ción, con ese tarado. Encima es feo, pelado.
¿Lo conocés?
Sí.
¿Sabés el nombre?
(con un cierto resquemor) Santiago… (Selva le rehuye la mirada. Tobi se po-ne nervioso) Y para mí no sé, te soy franco, me parece que… que esto es algo que todos saben menos yo, que me lo están escondiendo todos ustedes, como con Tomi cuando la rubia y yo empezamos a salir.
(Selva, sardónica) ¿Viste?: el que las hace las paga.
No, en serio. (pausa; luego la mira a los ojos fijamente y le pregunta) ¿Vos sabés algo más de la rubia y el flaco ese?
(evasiva) ¿Ella qué te contó?
(empezando a rabiar) O sea que no me contó todo.
¿Ella qué te dijo del tipo?
Que él fue el que la inició en las drogas y en el sexo habitual.
(Selva, como si esperara algo más) Ahá.
Tobi se queda esperando que ella le diga algo. Selva reflexiona un momento. Luego dice Mirá, si yo no te digo algo le vas a caer a Fernanda y va a saltar la conversación conmigo, te vas a poner en evidencia y me vas a poner en evi-dencia a mí, así que te voy a decir algo, que no sé cómo te va a caer. Proba-blemente te caiga para el ojete o te dé igual o te cause una repugnancia imbo-rrable, pero alguna vez lo tenés que saber, sinó te vas a volver loco peor, yo te veo hecho un manojo de nervios estos meses, un día estás al palo y al otro día estás fundido. (hace una pausa teatral; a Tobi se le revuelven las tripas, de los nervios; siente una opresión horrible en el abdomen; luego Selva dice) Mirá… (hace un gesto con la mano que se queda sin frase; luego arranca de nuevo) Es-teee… Santiago… es… el medio hermano de Fer. (Tobi se pone lívido, agranda los ojos inconmensurablemente, como si le acabaran de clavar un lanzazo) Es el hijo del primer matrimonio del padre. Luego hace una pausa, como si ya hubie-ra dicho todo. Lo mira a Tobi, que está como atontado. Probablemente jamás sospechó que la cosa fuera por ese lado. Muy probablemente. Muy probable-mente. Pero el hecho lo toca en lo más hondo. Selva lo mira, se compunge, fi-nalmente dice No sé si esto te sirve para algo, pero es mejor que no saber nada.
Tobi sólo alcanza a musitar … Sí…, como abstraído, como cruelmente triste. Tiene una torta negra sobre la mesa, a medio terminar.
Es una patada en los huevos, ¿no?
(Tobi, levantando la vista) Contra eso no se puede, ¿no? Tantos años…
No te apresurés. No hagas nada en caliente. Por ahí les sirve irse a otro la-do, qué sé yo. Capaz que las vacaciones solos sirven para que los dos hablen del tema. Vos la querés a Fer.
(encogiéndose de hombros) Yy, sí… qué sé yo… No sé cómo llamarlo a lo que siento por la rubia. A veces la mataría, me dan ganas de trompearla, para mí que es una hija de puta, perooo… es… tan bonita… que la miro y no puedo pen-sar más nada. No sé… la deseo como nunca desié a nadie, a nadie. No sé si es amor eso, esto. Es bastante monstruoso, es una cosa… compulsiva y enferma…
Vos sos compulsivo y enfermo. Y ella capaz que también… por eso se llevan tan bien en algunos aspectos, y por eso, a pesar de todas las puteadas y las contradicciones y las metidas de cuerno y etcétera etcétera, no pueden dejar de estar juntos. Qué querés que te diga, esto lo hemos hablado muchas veces con Tir, para mí vos y Fernanda están hechos el uno para el otro. (piensa un mo-mento; luego continúa) Y para colmo ¡vos sos muy chiquito! Te parte al medio una cosa así. Y como para mí vos sos un pendejo desalmado, dicho con todo cariño, también la hacés sufrir mucho a Ferni, que no te debe entender. Sos un bicho rarísimo, la cosa más rara que me crucé en mi vida. Y eso la debe fasci-nar a ella. Que no te pueda entender, que haya algo ahí atrás o ahí en el fondo de vos que quizá ni vos entendés, pero que… emana una fuerza grandísima, y eso te hace tan hechizante para una mina como Fer. Y por otra parte vos, me parece, por eso te decía lo de desalmado, me parece que nunca estuviste así por una mina, que cualquier mina te da lo mismo desde el punto de vista sexual, ¿no? (Tobi se encoge de hombros, como asintiendo) Y al mismo tiempo tenés la capacidad de relacionarte con las minas de un modo muy íntimo, y a la vez distante. Pero cuando una se acerca sos muy cálido, muy natural. Vos te llevás muy bien con las minas.
Son lo único que me importa en el mundo. Aparte de la literatura.
(en tono de confidencia) Fer es la mina que más te pegó en tu vida, decime que no.
(rápido, como dándolo por supuesto) Eso ni hablar. Lo difícil es definirlo. Qué es eso… No sé… las cosas que se dicen del amor… es todo tan… ficticio. Y yo sé que es algo ficticio, que es una construcción… social. Peroo… el cuerpo de la rubia es algo real, es algo… inescrutable yyy… yyyy… fatal, fatal… es como el destino, el metejón, diría Joyce.
Es precioso todo lo que acabás de decir de Fer… ¿Alguna vez se lo dijiste?
(descartando) Ella tampoco cree en el amor de pareja.
Te juro que cuando decís esas cosas me dan ganas de tener quince años me-nos. Sos redulce con las chicas. Pero no con ella. Alma te adoraba. Mecha se enloquece con vos, la hacés cagar de risa. Y a mí… me despertás ternura, sos retierno.
(intentando reírse) Bueh, te agarró el complejo de Yocasta.
¿Y por qué no? Sos un borrego lindo. (luego, acentuando el tono irónico) In-cluso DEMASIADO lindo. No sé por qué nunca cogimos nosotros dos.
(Tobi, teniendo una fea reminiscencia, como unas púas dulces que se clava-ran en su alma) Ah… eso ya me lo han dicho, en otro lado. (pausa) Para empe-zar, vos sos la mina de Tir.
Y Tir es, siguiendo tu jerga, mi hombre. Sin embargo, él se encama con otras chicas y chicos, y yo me levanto mis tipos también. No tiene nada que ver. Eso son excusas tuyas. Qué, ¿no te gusto?
(enfático) No, negra, vos para mí tenés uno de los cuerpos más apetitosos que he visto, sos un pedazo de hembra… disculpá la crudeza (Selva se ríe, com-placida).
(después de un silencio) ¿Y si te quedás a dormir conmigo, esta noche? Yo no tengo que ir a ningún lado.
No sé si estoy en el mejor estado anímico…
Vos dejá que de eso me encargo yo.
Ni qué decir que Tobi, joven al fin, se sintió más conmovido que consternado por el ofrecimiento. Pero a pesar de que la conversación lo distrajo bastante, esas palabras le siguieron tecleando en la mente. Sentía una tristeza atroz, algo como una violación, como si le hubieran cortado un brazo, como si le hubieran ocultado que era hijo adoptado, como si se le hubiera muerto un ser muy queri-do: era mucho peor: era la desilusión, que la rubia fuera presa y no animal de presa, al menos en un punto, que la rubia estuviera atrapada por una compul-sión enferma que la arrastraba a ayuntarse con un cuerpo que al mismo tiempo odiaba, de eso Tobi estaba seguro (en la medida en que con la rubia se podía es-tar seguro de algo). Ahora, recontextualizadas, las palabras de la rubia sobre el affaire-Santiago sonaban más naturales. Era asco, fascinación y asco, atracción y repulsión simultáneas, lo que la rubia debía sentir por ese tipo… el flaco pelado y feo… Santiago… el traficante…
¿Lo que lo asqueaba a Tobi era esa especie de incesto (o medio incesto en to-do caso)? ¿Le parecía monstruoso el incesto como acto en sí, y por eso esta re-pugnancia que lo invadía hacia la rubia? ¿O era simplemente amor propio, que la rubia prefiriese a otro tipo por sobre todas las cosas, por encima de él incluso, al menos a la par de él, puesto que, si, como decía, amaba a Tobi (y Tobi no te-nía casi la menor duda de eso), tampoco su cuerpo se resignaba a abandonar el cuerpo de ese otro tipo? El tipo que la había prostituido, también. Prostituir a la hermana. Eso sí que era asqueroso. A la media hermana. Pero, de cualquier ma-nera, ¿era abyecto para Tobi el trabajo prostibulario? No a priori, aunque sólo una vez había visitado un prostíbulo, en la adolescencia, en el cardumen de mu-chachos que iban a iniciarse, a los quince o dieciséis años, con una morena fea y sin formas atractivas, un acto higiénico, ejecutado sólo porque a los quince o dieciséis años el pene es un cuerpo aparte con vida propia. ¿Era abyecto enton-ces que el flaco ese prostituyera a la hermana, la prostituyera con tipos viejos y de guita, tipos que acaso eran amigos de la familia y la conocían de chiquita?
A Tobi el flaco ese le parecía abyecto. A secas. ¿O era, en todo caso, desilusión porque a la rubia se le había caído la careta, no era la diosa inalcanzable sino la hembra promiscua, meramente promiscua, aún con el hermano, aún con el me-dio hermano a cambio de drogas? Y ¿era de veras el medio hermano? Y además, las alusiones contadas a “su hermano”, a su hermano “verdadero” por parte de la rubia eran del tipo de Es un boludo Es un pelotudo No, con el boludo ese no se puede contar. ¿Boludo por qué? ¿Porque no se la había querido coger?
Era una hermana de Nerón, loco, una perversa total (pero él lo sabía, lo sabía desde siempre, desde que la empezó a tratar, desde la primera vez que la vio; eso era lo esencial de la atracción de Tobi por la rubia: que era un abismo, una amenaza, un desafío, un salto a una sima, hundirse hasta lo más oscuro y hondo de la vida). ¿Tenía ahora derecho a quejarse? La rubia le daba lo que él había buscado en ella: peligro, borde, límite, frontera, abismo, instinto, perversión, sexo salvaje, animalidad erudita y refinada, perdición y bruma. Pero nada le sa-caba esa sensación del vientre, esa angustia atroz.
Selva lo invitó a cenar esa noche. Lo llevó de compras, charlaron. No podía saber cuán hondo, cuán bajo le había pegado el asunto de la rubia con el flaco ese, pero podía sospecharlo. Ella tenía una vida, el doble de años que Tobi, y no dejaba de sentir una cierta nostalgia de unos veinte años irrecuperables que veía en Tobi, una mirada nueva e inocente incluso, ante el mundo, una sensación in-augural e irrecuperable. Y también sentía, quizá por eso mismo, una gran ternu-ra por Tobi, una ternura casi maternal, para ella, que nunca iba a tener hijos porque ya casi se le estaba pasando la edad y su hombre era Tir, no había duda, y Tir no sentía la menor necesidad de ser padre, aunque sentía una gran necesi-dad de Selva.
Cenaron. Tobi, con el cuerpo inminente de Selva, se olvidó un poco. Bebieron una botellita de tres cuartos entre los dos, tranqui, saboreando cada bocado y cada sorbo y cada parte de la charla, que versó sobre temas artísticos generales (Tobi ya estaba harto de hablar de su obra, había superado esa etapa, para gran alegría de casi todos sus amigos: esa es la parte buena de que empiecen a publi-car a un artista).
Después, en la cama, fue un asunto distinto. Tobi se mostró extrañamente in-cómodo y como desacomodado a la circunstancia. O sea, el cuerpo de Selva, cuando se fue desnudando ante sus ojos, lo dejó turulato, era un cuerpo esplén-dido, todo de cobre, hasta los senos casi rojos y enormes, hasta la gran boca. No es que no hubiera conseguido la excitación: la desnudez de Selva le produjo una erección de fierro. Era otra cosa. Selva se dio cuenta de la incomodidad de Tobi cuando acercó su mano al miembro del muchacho y él hizo un instintivo movi-miento de retracción, de retroceso, casi de defensa, algo inconsciente que sor-prendió al propio Tobi. Selva le preguntó ¿Qué te pasa, sos virgen?, y Tobi la miró casi con horror; el corazón le latía rapidísimo, todo su cuerpo quedó im-pregnado de una angustia instantánea e irracional. Tobi trató de explicár(se)lo: No sé, debe ser que hace un toco que no cojo sobrio. Me siento como extraño, como… horrible.
Muñeco, si estás lindísimo. Me comería tu pija.
Selva, haciendo gala de una coherencia demoledora, pasó de las palabras a los hechos. Tobi sintió como pocas veces que su miembro se endurecía hasta el do-lor, y, en manos (en cuerpo) de Selva, tuvo un coito y un orgasmo desgarrador, titánico, escabroso, espeluznante, como si toda su vida hubiera deseado nada más que eso, cogerse a Selva, coger con Selva, SER COGIDO POR SELVA. Era ridículo, pero Tobi sentía eso mientras el cuerpo abundante y generoso de Selva se ensartaba contra su pene en las más diversas posiciones. Pero junto a esa co-mo reminiscencia de un deseo anterior a todo, Tobi sintió que coger era el acto más triste que pudiera realizarse. Era desgarradoramente triste, y mientras su cuerpo se desgarraba, se abismaba en orgasmos, su psique se desgarraba, se abismaba en tristeza. Mientras se clavaban uno en el otro, Selva acercaba cada tanto su portentosa boca al oído de Tobi y le susurraba Mi chiquito, cuánto hace que esperaba esto. Tenés un cuerpo riquísimo, te comería todo, y otras frases por el estilo, que, paradójicamente, no hacían otra cosa que entristecerlo aún más. Selva, en un parate, se dio cuenta del ánimo de Tobi y se lo atribuyó a lo de la rubia y Santiago, y, acariciándole el cabello lacio con ternura, besándolo muy suavemente en todo el rostro, le repitió algunas veces, bajito, No estés triste, be-bé, todo eso va a pasar, todo te va a salir bien, baby.
Echaron dos polvos intensos y laboriosamente buenos, y se durmieron agota-dos, realmente agotados. Tobi se durmió de cansancio solamente, porque tenía la cabeza llena de imágenes horrorosas o ridículas o contradictorias que acudían sin que él las llamase y se le mezclaban con palabras que acudían del mismo modo y que lo atormentaron unos minutos, mientras Selva empezaba enseguida a respirar hondo a su lado. Así que Tobi se durmió pensando que todas esas imágenes y palabras que se le agolpaban cada noche en la mente no se debían a la droga, y entonces no le quedaba otra que pensar en algo peor, en que de veras lo que le ocurría todo el tiempo era un delirio ininterrumpido, y que estaba vol-viéndose loco, y lo que lo ponía peor era que sabía y no sabía, tenía el presenti-miento certero pero como esfumado de qué era lo que lo ponía así, pero no po-día identificarlo bien, al origen de eso, de esas imágenes, del delirio de cada no-che o del continuum de imágenes de cada día de su vida desde hacía no sabía cuánto, cuándo, y esa era la peor tortura, no saber, no saber, saber y no saber, saber y no saber y no querer saber, el horror de saberlo algún día y que esa ver-dad lo destruyera para siempre como un rayo.
Al otro día fue despertado a las siete menos cuarto. Se levantó, se bañó, des-ayunó y se fue al laburo. Después de una agotadora jornada de casi doce horas, volvió como a las nueve a su cotorro. En todo el día no había tenido tiempo co-mo para ponerse a pensar en lo de la rubia porque estuvo hasta la cabeza de tra-bajo, así que la pasó tranquilo. Pero durante el viaje de vuelta en colectivo la ca-beza y el vientre se le llenaron de angustia. Miraba con ojos idos el paisaje urba-no atestado de gente, el viaje de una hora en colectivo, con barquinazos y acele-radas espasmódicas, parado entre un cardumen de gente sucia y cansada, y él también, por primera vez, se sentía igual de sucio y cansado: el hastío que le de-primía ver los días de semana a la tarde en las caras de la gente ahora lo sentía pegado a su rostro: ¡tantas horas muertas, tantas horas muertas arriba de los co-lectivos!
Pensaba en la rubia, mirando por la ventanilla sin mirar. ¿Qué le iba a decir?: Mirá, te seguí y vi que estás de nuevo encamándote con ese tipo. Y además sé que es tu medio hermano. No podía. De ningún modo. Era pisarse él y mandar al frente a alguien, porque alguien de la tribu se lo tenía que haber dicho. No te-nía otra que hacerse el boludo, pero no tenía ya fuerzas para fingir, el cansancio de toda una vida, de todo ese año más intenso que varias vidas, se le acumulaba en el cuerpo y le mezclaba las palabras en el bocho, y no tenía ganas de nada, de nada, sólo de acostarse y dormir por toda la eternidad, y despertar doscientos años después con la rubia muerta mucho tiempo atrás para no tener que mirarla de nuevo a los ojos, o no despertarse nunca más y quedarse en el cómodo mun-do onírico, pero ni siquiera tenía esa escapatoria salvo que durmiera profunda-mente, y casi nunca lo lograba, siempre lo alcanzaban las pesadillas, que eran historias absurdas o simplemente historias baladíes que de algún modo inexpli-cable lo angustiaban. Entonces, no quedaba otra que tomar pastillas para dor-mir y desmayarse como una piedra mientras se pudiese.
Cuando se bajó del colectivo, compró pastillas en la farmacia más a mano (“Pastillas, la última esperanza negra”, citó mentalmente, amargamente), y des-pués se dirigió al departamento. Cada centímetro, cada segundo, le pesaban en todo el cuerpo al abrir la puerta de doble hoja de vidrio, caminar hasta el ascen-sor, esperarlo, apretar el botón que lo llevaría hasta el séptimo piso, salir del as-censor. Los últimos metros duraron siglos. Adentro iba a estar la rubia, y él no iba a tener cara para mirarla a los ojos, por lo menos esa noche, y quizá nunca más, sin sentirse un gusano, sin sentir acaso repugnancia por ella. Y todo se le mezclaba, la repugnancia (porque había que llamarla de alguna manera) y el amor (porque había que llamarlo de alguna manera). Caminó el último metro sintiendo un nudo en la garganta, una opresión en el vientre. Estuvo un instante con la llave en la mano, cobrando coraje antes de meterla en la cerradura y abrir.
Adentro estaba la rubia, paseando en su PC por Internet. Cuando sintió que abrían la puerta se dio vuelta con una sonrisa radiante, y le dijo con ternura conmovedora Hola, amor. ¿Mucho trabajo hoy?
Sí, respondió Tobi, Estoy muerto, me acuesto ya mismo. No me hagas de comer.
Enseguida, sin besarla, fue hasta el baño con la campera aún puesta, abrió la canilla de agua fría del lavabo y la dejó correr un rato, mirándola como hipnoti-zado por el chorro que discurría caños abajo. Después se lavó la cara, sacó una pastilla para dormir de la cajita, lo pensó, sacó otra más, se metió las dos en la boca, agarró el vaso de enjuagarse el dentífrico y se tragó las pastillas empuján-dolas con un sorbo. Después se lavó la cara y el cuello, y se quedó mirando al es-pejo, inexpresivo.
¿Qué era eso que estaba mirando? Parecía una ruina, un joven rostro abru-mado, por el dolor o la angustia o el amor propio herido o el amor herido, o todo junto. Estaba tan aturdido, tan obnubilado por eso que sentía que no alcanzó a nombrarlo, a medirlo en palabras. Se secó las manos con la toalla, después la ca-ra, lentamente. Empezó a salir del baño sacándose la campera, la colgó en el perchero empotrado en la pared a la izquierda de la puerta del baño y caminó, achacoso como un viejo, hasta la cama, sin mirar a la rubia, que lo miraba sor-prendida.
Cuando Tobi pasó de largo sin mirarla, ella le dijo Qué pasa, ¿no me saludás, hoy?
Tobi respondió siguiendo de largo sin volver la cara Perdoname, no estoy de humor, estoy muerto. Hasta mañana.
Se empezó a desnudar, mientras la rubia iniciaba una reacción sorprendida. Pero, ¿qué te pasa? ¿Te pasó algo en el trabajo? ¿Dónde dormiste anoche?
Son cosas mías, contestó Tobi sin dejar de sacarse la ropa, No tengo por qué darte cuentas, como vos no tenés por qué darme cuentas a mí.
La rubia se quedó tan descolocada que no atinó a contestar. Eran palabras suyas, pero no esperaba esta reacción de Tobi, esta negativa a mirarla por un la-do, y por otro que Tobi, contra la costumbre que tanto la enfurecía, le hiciese frente, le contestase mal. La rubia se preguntó a qué podía deberse semejante reacción. Y la conciencia humana es tan inextricable, está tan llena de recovecos y de autotrampas, que la rubia, sinceramente, encontró inexplicable la reacción de Tobi. Ni se le cruzó por la cabeza Santiago. Eran dos instancias tan separa-das, era algo tan fuera de su vida en ese departamento, que ni se le cruzó por la cabeza.
Los siguientes días hasta el veintitrés de diciembre Tobi estuvo muy atareado con el estudio fotográfico. Volvía a las cinco o seis de la tarde como temprano y después escribía como loco hasta antes de que llegara la rubia. Ocho menos cuarto se tomaba dos pastillas para dormir de la afamada marca y se dormía como un tronco. Pero no pasaba de las ocho horas de dormir de un saque como una piedra, porque las ganas de mear lo despertaban a las cuatro o cinco, y, una vez despierto, el sentido del deber era más fuerte, así que se sentaba a escribir a su PC con la rubia durmiendo como un ángel. Esto pasó la noche del jueves para el viernes, y lo mismo del viernes para el sábado. Esa noche la rubia trató de despertarlo inútilmente para organizar alguna salida, pero, bufando, se tuvo que rendir. El sábado, Tobi se despertó a las cinco y media y se fue de inmediato a la Biblioteca del Congreso a escribir a mano y a leer; como a las once se dirigió hasta el domicilio de su hermano, y se invitó a comer. Almorzaron encantados de verse, Tobi doblemente en secreto, y Tomi sorprendido por la visita a una hora desusada para los sábados de Tobi (Te hacía acostándote, a esta hora, lo saludó Tomi cuando le abrió la puerta de su departamento).
Tobi se quedó en lo de su hermano hasta las cinco. Se bañó y se cambió allí, le dejó la ropa restante a Tomi, y se fue para el laburo, porque tenían con Freddy que “hacer” una fiesta fashion para una revista. Trabajo fácil, y lindo, rodeado de mujeres a veces bellísimas aunque demasiado altas.
El domingo ni apareció por Lambaré 149; tampoco por Parque Chas. El lunes a la noche, cuando le quiso hacer de nuevo la jodita de dormirse temprano y sin hablarle, la rubia se cansó y ni bien volvió del laburo lo empezó a sacudir hasta que lo despertó. Tobi estaba con una somnolencia más fuerte que su cuerpo, y la rubia no lo podía despabilar del todo; Tobi la miraba un segundo con los ojos apenas entreabiertos y volvía enseguida a cerrarlos. Después de patear la cama tres o cuatro veces, furiosa como un tigre, empezó a revisarle los cajones lo más ruidosamente que pudo hasta que encontró, en la campera de jean, la cajita con pastillas. Acto seguido, con una maléfica sonrisa de triunfo, fue hasta el venta-nal, corrió el vidrio, y, por los agujeritos del enrejado, con refinada crueldad fe-lina, de a una, fue tirando las pastillas hacia la calle; después hizo un cigarro de la cajita y la pasó por un agujerito. Una vez realizada esta tarea, se dispuso a na-vegar por Internet hasta tarde, mirando de vez en cuando hacia la cama y pu-teando por lo bajo. Después acomodó el despertador a las cuatro y media, lo pu-so debajo de la cama del lado de ella y se acostó, sin comer. Cuando se metió ba-jo las sábanas, le encajó a Tobi una patada en la pantorrilla izquierda y tres trompadas entre los omóplatos, hasta el punto que Tobi, profundamente dor-mido, emitió un quejido de dolor. Una trompada pegó en plena vértebra y le de-jó los nudillos hechos mierda a la rubia (y la espalda hecha mierda a Tobi).
Cuando Tobi se despertó, como a las cinco de la mañana del martes, a mear, la rubia lo estaba esperando sentada a oscuras en la penumbra de la mesa. (A la rubia solían gustarle esos detalles teatrales o cinematográficos: tenía el foquito de arriba de la cocina prendido y fumaba un cigarrillo que echaba su humo azul a contraluz, y se la veía en espectro, sólo el bulto de sus cabellos ennegrecidos por la sombra salvo en los bordes dorados por la luz, como un eclipse). ¿Se puede saber qué mierda te pasa a vos?, preguntó en tono desapacible.
Me meo, fue toda la respuesta de Tobi, tras de la cual siguió caminando hasta el baño.
La rubia se levantó furiosa ¿Qué mierda te pasa, la concha de tu madre? ¿Qué carajo hice ahora, para que estés así enculado conmigo? ¿Por qué me es-quivás? Tenía una mano apoyada contra el pecho de Tobi.
Cuando las preguntas de la rubia terminaron, Tobi se sacó la mano del pecho tirando un manotazo violento y contestó No hiciste nada… que no hayas hecho antes… puta. Y se metió en el baño aprovechando los segundos de estupor de la rubia.
Segundos nomás, porque enseguida la rubia empujó la puerta del baño y le espetó a Tobi, mientras éste meaba profusamente Por supuesto que soy puta, pelotudo. Y a vos te encanta. ¿Qué bicho te picó ahora?
Tobi, mientras sacudía su bicho y lo enfundaba de nuevo, sin mirarla, a lo Harry El Sucio, le contestó Mirá, si te lo digo te tengo que cagar a trompadas y echarte ya mismo de acá. Así que no quiero hablar. Esperá que se me pase.
La rubia suspiró profundamente; sus anchas fosas nasales se hincharon. Los ojos ardían, fulminándolo a Tobi, que no se dignaba a dirigirle una mirada. Pen-só. Pensó. Cuando Tobi la miró casi con odio, la rubia dijo No hice nada que jus-tifique que me eches. ¿Qué, te fueron con algún cuento? No sé, no se me ocurre nada.
¿Santiago no se te ocurre?, dijo Tobi apretando los dientes, mirándola con un helado desprecio.
La rubia se puso blanca, tartamudeó casi. Trató de sonreír, súbitamente ner-viosa Ja. Le compro droga, nomás, me hace precio, es re buen dealer. No me estoy acostando con él, tonto. Luego de decir estas palabras se tranquilizó mu-chísimo, recuperó el aplomo. Estaban ridículamente amontonados contra la puerta del baño, odiándose. La rubia se rió Mirá que sos tonto, ¿eh? ¿Cómo te vas a comparar con él?
Tobi pareció también tranquilizarse; dejó que la rubia le apoyara las manos en el pecho, cariñosa. Se guardó la carta del medio hermano, la carta de haber-los visto saludándose en la puerta de lo que seguro era la casa de Santiago. En ese momento, mientras la rubia lo besaba suavemente, sonriendo, en los labios, Tobi dudó; no había visto nada, en realidad; todo podía ser. No podía decir que la había seguido, porque era el acabóse, la rubia iba a querer matarlo. Pero de todos modos, devolviéndole con gran esfuerzo los besos, le dijo Rubia, perdo-name pero estoy muerto en serio, tengo dos horitas más para dormir, es hasta el jueves y después se termina.
Así que se fueron a acostar en apariencia reconciliados. Cuando se metieron bajo las sábanas, la rubia buscó el abrazo de Tobi, que se durmió boca arriba, con las manos de la rubia contra su pecho, con los cabellos regados contra su hombro izquierdo.
Del jueves veintitrés de diciembre hasta el cinco de enero, Tobi tenía vacacio-nes en el estudio, y pensaba pasarlas en Tandil. Ahora, más que nunca, necesi-taba distancia, pensar tranquilo, alejarse de la presencia contaminante de la ru-bia que le invadía cada recodo de su vida, de su mente. Sin embargo, en los ata-reados días de trabajo, se hizo tiempo una mañana para hacer trámites en una embajada, para sacar la visa. Las vacaciones con la rubia lo esperaban, segura-mente, y ahí se iba a definir todo. ¿O antes? ¿O después?
Esa semana fue fructuosa para la rubia: logró vender la casa y se pasó las ma-ñanas de varios días averiguando para comprar otra en Almagro o Caballito. En-contró rápido opciones potables, porque el que le compraba la casa de Saavedra lo hacía casi totalmente en efectivo gracias a un seguro cobrado, de modo que la rubia pudo disponer de ese dinero en mano para arreglar en seguida. El martes veintidós arregló para comprar una casa en Caballito, a treinta cuadras de Lam-baré. Era el domicilio más proletario que hubiese conocido la rubia en cuanto a su ubicación geográfica: por primera vez dejaba Barrio Norte. Era toda una elec-ción. Era elegir a Tobi. No se perdió en cavilaciones y dudas e idas y vueltas so-bre el asunto. Ya estaba, era así, se amaban o lo que fuera.
Necesitaban aflojar, la rubia se estaba dando cuenta, con el asunto de las dro-gas. El cuerpo de Tobi la había enviciado, ese año había sido terrible, sobre todo la convivencia del último cuatrimestre. Lo habían pasado sacados, matándose con droga y sexo y alcohol, las orgías de primavera habían sido terribles. Las ad-vertencias de Tir sobre Tobi la pusieron en alerta, y verdaderamente, mirándolo, se lo veía cansado, muy flaco, ojeroso como nunca, como fundido, como pidien-do un break. Ella también se había zafado como nunca; había sido un año de re-viente total, y el chico lo había sentido. Era cierto, estaba un poco raro, más raro que nunca porque sus silencios de siempre se habían profundizado esas sema-nas. Esos silencios extensos y exasperantes para la rubia. Pero lo amaba, sí, lo amaba. Por primera vez en su vida se lo aceptaba, sorprendida y complacida. Sí.
Esa semana, Tobi se iba para Tandil a pasar las fiestas. Quedaron en llamarse para Nochebuena y Año Nuevo, en no verse hasta el año siguiente. La rubia pa-saría ese período ultimando los trámites legales de la venta de su domicilio en Saavedra y la compra de su nuevo hogar en Caballito. A mediados de enero, cal-culaba, iba a poder mudarse.
Esa semana última juntos, la noche del miércoles, cenando reconciliados en el departamento de la calle Lambaré, la rubia hizo el ofrecimiento que Tobi había temido y deseado durante semanas: lo invitó a vivir con ella, en su casa, como pareja. A ella no le importaba que Tobi trabajase o no. Si tenía que man-tenerlo, ella sabría cómo. Tímidamente, como una chica de quince, poniéndose colorada y bajando la vista le dijo que lo amaba, que lo amaba como nunca había amado a un hombre, y que le parecía que a él le pasaba lo mismo con ella. Tobi, confuso también por las palabras de la rubia, asintió; él también la amaba como nunca había amado a una mujer; en rigor de verdad, era la primera vez que se enamoraba. Era fuerte lo que ella le pedía. Él tenía veinte años, estaba verde para todo, eso lo hacía dudar, para él que todo eso de la convivencia defi-nitiva iba a pudrir lo que había entre ellos, lo iba a tornar pedestre y rutinario, y una vez aplacada la pasión, se iban a aburrir uno del otro, pero eso era la histo-ria perpetua de cada pareja de la especie, y nadie lo podía cambiar, y aunque él pensara eso, supiera eso, su deseo era vivir con ella, porque la amaba.
Que Tobi recordase, era la primera vez que se hablaban tan de frente, sin ta-pujos. De frente, no soltando frases en medio de la furia o de la pasión o de la ternura de un instante. Yo no sé cómo puedo ser tan histérico, se reconvenía mentalmente Tobi al decir sus palabras antecitadas, porque mientras las decía, mientras expresaba sus sentimientos más hondos y más sinceros respecto de la rubia en la emocionada cara misma de la rubia, algo en su cráneo le susurraba No seas pelotudo, te estás entregando atado de pies y manos a un demonio, esta mina te va a matar, de algún modo te va a matar, te va a matar de pena o de amor o de odio. Y al mismo tiempo otra voz le decía a la primera que se callara, que no fuera estúpida, que eso quería él, la rubia, es decir, la perdición, el abis-mo, el aniquilamiento, el borde.
El jueves a la tarde, Tobi juntó algunos de sus bártulos y fue despedido en Constitución con muchos besos por la rubia. Viajó durmiendo, o haciéndose el dormido, todo el viaje, para evitar charlas insulsas.
Una apostilla.
En esos días, entre finales dados libres, saliendo de la Facultad, Tobi se cruzó con Helena. ¡Helena!: hacía meses que no la veía. Se pusieron a charlar. Se invi-taron a tomar un café en un bar de enfrente. Conversaron de sus vidas.
Ella iba a largar los estudios. Se casaba con un tipo, no estudiante universita-rio, de Martínez. Por la descripción que de él hizo Helena, era el típico tipo de guita, con moto superpoderosa, sin ningún atractivo intelectual, alto y fornido, quizá rubio y alto y fornido y bronceado, con papá empresario. Tobi escuchó esos detalles con melancolía. Era una extraña para él, no entendía cómo alguna vez podía haber salido con Helena: una vacía, una minita de clase media baja que estaba rebuena y que había conseguido un macho superpoderoso (es decir, en una sociedad en la que el poder lo da el dinero, un tipo con mucha guita) pa-ra casarse, destino de hembra deslumbrante descerebrada. Era lo suyo.
Helena se alegró a su vez con su simpática sonrisa habitual de que Tobi estu-viera trabajando y a punto de publicar una novela, que se estuviera convirtiendo en lo que quería: un escritor. Al mismo tiempo, Tobi pudo captar una especie de melancolía, de agridulce sensación en la piba. ¿Eran morriñas de él? ¿O sim-plemente era que lo veía flaco y como una pintura corrida o una foto movida, flaco y triste y como sin luz? ¿O era simplemente que ahora él, Tobi, el primer tipo que la había hecho sentirse una mujer entera, que la había seducido por completo, era un pelagatos al lado de lo que había capturado (todo esto sentido más que pensado, y no en estos términos, claro), y lo que la ponía melancólica era que ella podría haber tenido ese destino, casarse con un pelagatos escritor-profesor-de-literatura?
Se despidieron, ya de nochecita, porque el novio la pasaba a buscar a las nue-ve por la Facu. Tobi la acompañó hasta la puerta, se despidió de la piba con un beso ruidoso y cariñoso (de parte de ella), y la miró cruzar la calle con un brazo levantado, gritando ¡Acá estoy, acá estoy!, a su novio, un concheto alto y forni-do en una moto de no sé cuántas cilindradas, gigantesca y que metía un ruido de los mil demonios, un tipo alto y rubio y con aspecto de visitar seguido los gim-nasios, onda el que hacía de ruso en Rocky IV. Así, con el pelo rubio al rape y jo-po y cara de nada.
Se quedó solo en la vereda mirándolos irse, mientras Helena se daba vuelta para saludarlo con la mano, sonriente.
El jueves a la noche, el tren llegó a Tandil. Los padres lo notaron en seguida muy cambiado. Era como un hombre, pero un hombre serio, triste, silencioso. Para colmo, Tobi venía mufado por la compañía del viaje, unos boludos que vi-nieron charlando todo el tiempo, él con los ojos cerrados y con la croqueta ocu-pada esas cuatro o cinco horas de viaje en analizar, por enésima vez, todo el qui-lombo que tenía en la cabeza. Tomi iba a caer para fin de año.
Al otro día, el show de las visitas a los familiares, que servía al menos para matar el tiempo. Primero la abuela, que lo recibió a almorzar al mediodía si-guiente unos riquísimos ravioles. Tobi, desacostumbrado a comer bien y abun-dante, sintió el efecto en el estómago al segundo plato, detalle que alarmó a la abuela. Estás recontra flaco, le dijo, ¿Te tienen mal las chicas porteñas? La mi-rada pícara de la abuela, vital y optimista y burlona. ¿Seguís andando con esa chica rubia que me contaron tus papás? Dicen que es preciosa. Me la tenés que presentar. Tobi asintió, sonriendo complacido. La mirada pícara de la abuela. Contó sus avatares anuales: dejó de cursar primer año para dar libre, empezó a trabajar en un estudio fotográfico, la rubia estaba viviendo con él y se iban a mudar juntos a otra casa, comprada por ella, a mediados de enero (O sea que te vas a juntar, interrumpió la abuela, ¡Tan chiquito, nene! ¿cuál es el apuro?; Yo mismo me pregunto eso, respondió Tobi, ambiguamente irónico; O sea que es-tás enamorado, insistió la abuela; toda palabra es una síntesis de experiencia para hacer más inteligible el mundo y los actos de los hombres, pensó Tobi, y asintió Sí, porque explicar todo lo que sentía por la rubia iba a ser complicado de entender hasta para él), el cinco de enero entregaba el borrador final de su primera novela a publicar, como a mediados de año. La abuela sabía casi todo eso, pero igualmente se emocionó con el detalle del libro, y un poco también por saber que el nene se le juntaba, que ya era todo un hombre, cuando ayer nomás correteaba por la vieja casa criolla tirándole piedras a las gallinas a escondidas de los grandes.
A la tardecita, como a las seis, la hora en que todas las sierras se tiñen en ve-rano de un oro parco, la ciudad queda envuelta en una luminosidad de contralu-ces, los niños gritan y juegan al fútbol en las calles sin tránsito o en los potreros de las afueras, visitó a los tíos, hermano de la madre, la primita que ya andaba por los dieciocho y pensaba irse a estudiar Medicina a Buenos Aires, los polvos que pensaría echarse con Tobi: recibió la noticia de la juntada de Tobi con una porteña con una cara de culo súbita y ostensible. Finalmente, al otro día, las dos parejas de tíos de la familia del padre, hijos de los otros abuelos, ya muertos, cuatro primos más entre los dos, dos varones y dos chicas, entre ellas Carla, la más grande, que ya estaba casada, y los tres más chiquitos, de doce años para abajo, hasta los nueve. Los mellizos eran los mayores de la familia después de Carla. Más tarde lo que quedaban eran tías abuelas, numerosas, y primos se-gundos o primos tíos, toda la parentela multitudinaria que se juntaba para fin de año.
El jueves treinta, Tobi y los padres van a la estación de ferrocarril a recibir al restante miembro de la familia. Llega el tren pasadas las once, con algún re-traso. Imprevistamente (Tobi un poco más y se cae de espaldas) atrás aparece la rubia, con gesto un tanto ansioso, buscando a Tobi con la mirada. La aparición sirve para contextualizar y comprender la cara de fastidio de Tomi al aparecer en la escalerita.
Todo esto merece ser contado desde el principio.
Ese jueves, a las tres de la tarde, Tomi, que se había llevado el equipaje hasta la librería, salió directamente del trabajo para Constitución. Entre pitos y flau-tas, llegó y media pasadas; le quedaba una hora, así que se sentó en el andén a comer unos sánguches y leer tranquilamente “La tía Julia y el escribidor”, de Vargas Llosa, entre risas. Como a las cinco y cuarto permiten a los pasajeros que se han ido amontonando en el andén que suban. Cinco y veinticinco pasaditas, Tomi casi sufre un soponcio al ver que aparece en el compartimiento la rubia con una valija mediana. Con enorme incomodidad, se saludan, un beso en la mejilla. Son tres más en el camarote. La rubia se sienta enfrente. Se quedan me-dio minuto sin saber qué decirse, mirando para el costado. Luego Tomi pregun-ta ¿Tobi sabe que vas?
La rubia duda. Nno… quería darle la sorpresa.
Mierda de sorpresa que le vas a dar, piensa Tomi, Con lo que le gustan a Tobi las sorpresitas. Capaz que lo agarra en un telo con una mina.
La rubia saca del bolso de mano un libro de Jünger, que a Tomi le causa la misma sorpresa y el mismo susto que si sacara una escopeta de doble caño. Los dos se dedican un rato a leer, pero el viaje es largo, y en algún momento no que-da más remedio que charlar.
¿Qué tal el editor? ¿Lo conocés?
(haciendo un gesto tranquilizador con la mano derecha) Sí, no lo va a cagar. Además, el tipo quiere hacer historia como editor de grandes escritores nue-vos, y está loco con Tobi. Le va a editar la novela a los pedos para llegar a la Feria y llevarlo a algún programa cultural y conseguirle un par de notas en suplementos culturales, más no puede, pobre, y a final de año tiene pensado editarle un volumen de poemas.
Están buenísimos los poemas que le han publicado en la revista esa. Es un hijo de puta, nunca me quiso mostrar nada.
Hay incomodidad en la mitad de la frase: los dos saben que esos poemas hablan de ella.
(rubia, incómoda al escuchar, un tanto triunfante al hablar) Sí. A mí al prin-cipio no me quería mostrar nada, era como si lo estuvieran por violar, ahora me muestra algunas cosas. (se ríe) ¿Te acordás la cara que puso cuando me le acerqué a la computadora el día que lo conocí?
La expresión de Tomi se ensombrece, la cara se le pone toda roja, casi como al hermano cuando se pone furioso. No puede reprimir un gesto de desagrado, dice No me parece delicado hablar de esa época.
La rubia lo mira de pronto seria, intrigada; mira para los costados, como acordándose de que hay tres personas más en el camarote. No me digás que te-nés la sangre en el ojo. Tomi la mira como para matarla. La rubia acerca su cara a la de Tomi ¿Qué te pasa?, si me pateaste vos.
Tomi también mira para el costado. Igual, es de mal gusto.
La rubia hace con la boca el gesto de ¡Uuuh, no me saltés con esa!, y aparta el rostro. Agarra el libro que permanecía sobre la falda y sigue leyendo.
No hablan más en todo el viaje, salvo cuando la rubia levanta la vista para preguntarle la hora. Ya falta poco, esa era Rauch, contesta Tomi.
De modo que los tres Peña que esperaban se quedan diversamente sorpren-didos por la dorada aparición. Tobi, directamente shockeado, sin ninguna emo-ción precisa. El padre, con una sonrisa simpática de bienvenida. La madre, con un gesto de cierta contrariedad, que se expresa en una mirada sin palabras a Tobi, y en una elocución, después de los besos ruidosos de suegra a nuera, que es la siguiente: Ay, nena, hubieras avisado que venías, y te preparaba comida para vos también.
Hay algo que los pone incómodos a los dos mellizos, sentados atrás y en si-lencio, en el remis (la rubia de costado, contra la ventanilla izquierda, sobre la falda de Tobi para que entren cuatro, incluida la madre): ¿van a dormir los tres en la misma pieza, Tomi abajo lívido a cada crujido que emita la madera, Tobi y la rubia arriba, sin mucha privacidad que digamos y seguramente con ganas de manosearse un poco? El único tranquilo es el padre, adelante. La madre va pen-sando en cómo alimentar a los dos estómagos, por más que la rubia le ha acla-rado tres veces desde el saludo inicial que ella, previendo la situación, ya ha co-mido varios sánguches de jamón y queso en el tren. El viaje bien, mucha gente en los camarotes, todos para Tandil. Increíble que haya tanto tandilense dando vueltas por Buenos Aires. Pensar que se deben cruzar todo el tiempo y ni se co-nocen. Tobi recuerda, para algarabía general, una anécdota del CBC, cuando re-cién empezaban; resulta que Tobi andaba perdido, porque, amarrete como siempre, insistía en ir caminando a la Facultad; bueno, la cosa es que, totalmen-te desorientado a pesar de que va por el cuarto día de cursar, decide parar a un tipo para preguntarle en qué calle está (porque como se sabe, en Buenos Aires muchísimas esquinas no tienen ninguna indicación): el tipo le responde En Tandil; Tobi se queda duro, y lo mira al tipo tratando de sacar de dónde lo pue-de conocer; le pregunta de nuevo y el tipo, un tanto perplejo, le dice de nuevo En la calle Tandil. La rubia se ríe mucho, Claro, está por ahí. Tobi (y Tomi tam-bién) se quedan sorprendidos ante la simpatía de la rubia: nunca la habían visto reírse en taxi o remis.
El remis los deja en su domicilio. No hay ni un alma en la calle, todavía: ense-guida van a empezar a salir los jóvenes para los pubs del centro, aprovechando que el treinta y uno no se trabaja. Va a ser una joda viva, porque tocan tres días seguidos sin trabajo: esa noche, el viernes de año viejo, y el sábado.
Una vez adentro, la madre sigue expresando su preocupación por cuestiones prácticas. Si sabía que venías pedía un colchón. Ella dice que no se haga pro-blema, que por dos o tres días que va a estar, comparte la cama con Tobi. Los mellizos no se miran, pero hay tensión en sus gestos.
Para cenar: milanesas a la napolitana. Tobi, grandísimo glotón, se come todo ese masacote de carne, pan rallado, muzzarella, jamón cocido y salsa pesadita, en sánguche, con abundante mayonesa. A instancias de la madre, que la obliga con su insistencia a cenar a la rubia, Tobi no repite hasta que todos han acabado de comer. La madre recién lo deja comerse una de las dos que sobraron cuando está juntando los platos. Le comenta a la rubia ¿Vos le cocinás a este animalito todos los días? Te hamacarás bastante.
La rubia sonríe, Sí. Todas las noches, en realidad, porque al mediodía come en el trabajo.
Tobi (y Tomi también) la mira a hurtadillas, sorprendido. Totalmente distinta a la otra venida suya: simpática y cordial y cálida, la seduce de a poco a la ma-dre, que no la traga del todo.
Se quedan charlando hasta muy tarde (salvo Tomi, agotado), tomando té con bombilla en una única jarra enorme y comentando anécdotas de la niñez de To-bi (los padres) y de la convivencia en Buenos Aires (la rubia). Los nenes eran muy indios de chiquitos. Especialmente Tobi, pero los dos. Casi todas las sema-nas alguno de los dos volvía con la nariz o la boca sangrando porque se habían agarrado a piñas con la barrita de la otra cuadra. La cicatriz esa que tiene Tobi en el pómulo es un alambre San Martín que le pegaron una vez que los corrie-ron, de chiquitos. Sí, la rubia ya sabía, asiente sonriendo. Muy indios. Tobi lee desde muy chiquito, desde los tres o cuatro años ya andaba metiendo letras de los libros de cuento. A los diez años leía a Julio Verne, La isla del tesoro, Robin-son Crusoe, los libros de Mark Twain. Sí, la madre es profesora de castellano. Esa colección de libritos blancos que está en la biblioteca del living ya se la había leído toda a los trece, era voraz, cómo leía. Y empezó a escribir de chiquito, cuentos al principio. El desgraciado, cuando empezó el Polimodal, se le dio por tirar los textos suyos que no le gustaban; ella alcanzó a rescatar unas pocas co-sas. Acto seguido, para vergüenza, enojo y rubor de Tobi, la madre va a buscar su archivo de escrituras infantiles. Vuelve con una gran caja forrada en papel araña verde, y empieza a sacar cuadernos, carpetas y hojas sueltas de tonalidad ocre y llenas de una letra infantil o rápida, confiada, adolescente. Todo está or-denado por año, hasta donde ella pudo fijar fechas. Es como un museo de Tobi. De chiquito ya se veía que iba a ser escritor, le encantaba, dice la madre, para gran carcajada de Tobi. ¡Pero mami, cómo ibas a saber eso a mis diez o doce años, no seas bolasera! La rubia, muy gozosamente, lee unos cuentos muy bre-ves escritos a los nueve o diez años de Tobi, algún poema corto y naif. Bueno, no es peor que el peor Octavio Paz, comenta, mirándolo con un brillito en los ojos a Tobi, que no lo puede creer. Sobre todo porque al comentario y la mirada siguen unos besitos en sus labios, mimosos, de noviecita enamorada: JAMÁS la rubia le ha demostrado esa ternura en público; casi nunca en privado, incluso.
La rubia a su vez cuenta que Tobi escribe todo el tiempo, en casa (¡¡¡!!!). In-cluso a veces duerme una siestita en el medio para poder seguir después de la cena. Yo lo despierto cuando llego del trabajo, más o menos cuando la comida está lista.
La madre le pide que le cuente cosas de ella. Éste es más cerrado y esconde-dor que no sé qué, no le podés sacar nada.
La rubia sonríe. Bueno, ella se crió en Palermo, cerca de la avenida Coronel Díaz. Hasta que se mudó a Almagro con Tobi, hace poco, vivía en Saavedra, casi afuera de la ciudad. Estudió de todo, aparte del colegio, casi todas las artes, de chica. Pintura; escultura; cerámica; danza; teatro; idiomas; talleres de escritura; música, particular; en fin, de todo. De chica le gustaba pintar, así conoció… a uno de los mejores amigos de los dos, que es curador de cuadros. Ahora estudia Antropología, libre, va terminando cuarto año. Quiere hacer Antropología del arte. Qué cosa sea eso, no le pregunten a Tobi. La casa nueva es preciosa, Tobi todavía no la conoce. Es bastante grande, sobre todo para dos, quedan habita-ciones para cuando ustedes vayan a Buenos Aires. Tiene un patio al fondo, con un árbol, y hay una habitación que ya está destinada a Tobi, para que pueda es-cribir y estudiar tranquilo, lejos del bullicio de la calle. El editor es muy vocacio-nal, muy buen tipo; está enamorado de la literatura de Tobi, piensa que es un genio, poder escribir así a los veinte años. Los padres se hinchan de orgullo.
La rubia pide permiso para ir al baño. La madre comenta, por lo bajo, en el interregno, ¡Pero qué simpática! ¡Y te adora, se le ve en los ojos! Tobi asiente tratando de no dejar traslucir su sorpresa, pero SABE que la rubia está actuando de Nuera Deliciosa. Esta hija de puta tendría que ser actriz, ganaría el Oscar to-dos los años, piensa Tobi mientras hace que sí con la cabeza.
Son como las dos de la mañana, y los padres, cansados, dan las buenas no-ches y los dejan solos en la cocina. Los dos tórtolos esperan a que los padres se laven los dientes y todas esas cosas que se hacen antes de acostarse. Tobi la mira a los ojos de muy cerca, para escudriñarla mejor. La rubia le devuelve una mira-da con el mismo brillito enamorado y le da un beso breve en la boca. ¿Te sor-prendí con la visita?, dice, sin dejar de sonreír. Quería recibir el dos mil con vos, agrega. Tobi sonríe, sin dejar traslucir nada definido, mirando para abajo, como pensativo. ¿En qué pensás?, le dice la rubia.
Tobi levanta la vista y le dice En muchas cosas y en ninguna. Me alegra mu-cho que estés acá, agrega, haciendo un gesto con la mano derecha. Soy un Paci-no, piensa. Se ve con la misma expresión que Michael Corleone antes de sacar el bufoso en el restaurante para matar a Sollozo y al policía corrupto.
La rubia vuelve a besarlo, mirándolo siempre como una ninfa enamorada, y le dice, tras un silencio bastante largo, ¿Vamos a acostarnos?
Tobi hace un gesto de incomodidad. Bueno, vamos, dice finalmente. No se atreve a decir nada más, no se atreve a decir Mirá que está Tomi en la cama de abajo, ojo, no te zafés. Él también está agotado por la llegada de la rubia. De pronto cambia de expresión y le pregunta muy bajo ¿Trajiste…?, haciendo un gesto de fumar.
Hay que armar, dice la rubia, Mejor mañana.
No sé si me voy a poder dormir, me abriste el apetito, replica Tobi, siempre en voz muy baja. La rubia le señala con el pulgar en dirección a las piezas. Eso hace desistir a Tobi. La rubia saca de la valija un camisón y un cepillo de dien-tes, y se mete en el baño. Tobi se queda en la cocina. Una vez solo, resopla.
Cuando la rubia sale del baño, Tobi la mira: tiene un camisón de verano, con dos tiritas para sostenerse sobre los hombros, totalmente transparente, que apenas llega más abajo del pubis: sin bombacha. Escandalizado, le dice, en la voz más baja que puede ¿¡Pero vos estás loca, cómo te vas a poner así!?
La rubia se sorprende Siempre duermo así en verano, lo sabés.
Tobi hace un gesto que quiere decir, Sí, pelotuda, pero no estamos solos en la pieza, no seas desubicada. Finalmente, accede a dejarla entrar con la ropa en la mano y la luz de la pieza apagada, con la puerta abierta del baño que da justo a la pieza de los mellizos. La rubia deja su ropa sobre la cómoda y después se sube a la cucheta, en la semipenumbra. Tomi, despierto, mira ESTUPEFACTO la desnudez de la rubia bajo el camisón cuando se sube a la cama de arriba. La ru-bia se tapa y se queda boca arriba, con los ojos abiertos, esperando a Tobi. Tomi, abajo, cierra los ojos cuando siente que Tobi cierra la canilla del baño. Mientras tanto, han estado, uno abajo, la otra arriba, la respiración un tanto agitada, unos buenos tres minutos, mientras Tobi está meando y lavándose los dientes.
Finalmente, aparece Tobi, ya desnudándose. Deja la ropa más o menos do-blada sobre una silla y va a apagar la luz del baño. Luego se trepa, en calzonci-llos, a la cucheta de arriba, y se mete entre las sábanas con la rubia, que está del lado de la pared. Enseguida la rubia se pega a él, y le cruza una gamba por arri-ba. Tobi la separa un poco, apoyándole una mano sobre un seno. La rubia inter-preta mal esa mano, y se aprieta más, soltando una risita casi inaudible, y be-sándolo. Abajo está Tomi, con los ojos como el dos de oro y la pija al taco. Lo peor del caso es que arriba Tobi también está con la pija al taco, y eso es inter-pretado por la rubia como aquiescencia, y los manotazos casi desesperados de Tobi para defenderse de las manos de la rubia son interpretados por ella como un jugueteo divertido. Al final Tobi le tiene que aprisionar las muñecas a la ru-bia y decirle en voz lo más baja posible ¡Pará, loca, que está Tomi abajo! La ru-bia suspira y se separa, pero igual insiste con unos besitos mimosos, con unas caricias que a Tobi no lo enfrían demasiado (y ni que hablar de Tomi abajo, es-cuchándolo todo).
A la mañana siguiente Tomi se despierta como siempre, tempranero. Como a las ocho y media se levanta a tomar mate. Mientras se viste no puede evitar echar un ojo a la cama de arriba. Están durmiendo destapados, boca arriba To-bi, la rubia con una pierna cruzada sobre el muchacho. Se le ve clarito la con-cha, porque el camisón, a más de transparente, es tan cortito que lo tiene levan-tado por encima de la cintura. Tomi suspira. Lo mira a Tobi, que duerme el sue-ño de los justos, y después, lanzando un profundo suspiro, abre la puerta de la pieza y se mete en el baño. Flor de paja que se hace; vergonzoso, como un chico de catorce, un asco. Cuando la agarre a la negra la amasijo, piensa, mientras se llena la mente del cuerpo de la rubia.
Tobi se despierta a las diez y pico, con el cuerpo de la rubia encima. La mira, desperezándose; con el cabello revuelto y el rostro lagañoso, igual es preciosa. La aparta de sí y no resiste la tentación de abrirle las piernas y despertarla la-miéndole la concha. La rubia se despierta entre retorcimientos, abre los ojos, mira a Tobi allá abajo. Sonríe Cerdo, hola, ¿qué estabas haciendo?
Tobi le dice Me voy a lavar los dientes y después vuelvo y te parto en cuatro.
Vuelve a los cinco minutos y se quedan revolviéndose en la cama hasta me-diodía, cogiendo entre risitas ahogadas y gozosas.
Se levantan como a las doce. En la cocina, la madre toma mate en silencio con Tomi. La madre aún no empezó a cocinar, previendo que el más dormilón de los dos mellizos y su novia no iban a despertarse hasta la una, una y media. Comen unos fideos con tuco muy ricos (la rubia elogia calurosamente la salsa) a las dos y pico de la tarde, con el padre, que ha vuelto de dar vueltas por el cen-tro. Hacen la digestión y charlan de sobremesa como una hora.
A las tres y media la comitiva queda libre. El padre y la madre se quedan mi-rando por el trece un programa especial sobre la llegada del año dos mil. Tomi vuela para la casa de la novia, más que nada para no tenerla enfrente a la rubia. Los dos tórtolos se quedan pensando en qué hacer. Salir, seguro. El tema es a dónde. La rubia, que ha escuchado en la casa menciones frecuentes a la abuela, y a las ganas que tendrá de conocerla a ella, propone ir. Tobi dice que sí, pero que mejor salir al centro a dar una vuelta y caer un poco más tarde, bañados y cambiados.
Van al centro. Allí se cruzan con cuatro o cinco conocidos de Tobi. Charlas de cinco minutos donde cada uno le cuenta al otro qué es de su vida. Casi todos sus amigos trabajando o sin trabajo, uno solo que estudia en Tandil y menciones a otro que estudia en Mar del Plata. Pasean, la rubia mira negocios. Los hombres la miran. Hace un día precioso, sin una nube; el pueblo está espléndido con sus calles empedradas y sus casas construidas a metro o metro y medio por encima de la vereda, detalle que le encanta a la rubia, con sus árboles enormes echando sombra y frescura por las veredas rotas. Se pasean de la mano como dos enamo-rados adolescentes; la rubia parece una adolescente enamorada, de verdad; has-ta Tobi duda. En un momento, ella le pregunta o le dice Che, ¿y si algún día vi-vimos acá? Cuando seamos viejos, para criar a los hijos. Los traemos a Tir, a Mecha y a Selva, y hacemos mierda el pueblo. (pensativa, soñadora) Me gusta-ría envejecer en un pueblito así, tranquilo, criar a mis hijos en un ambiente sa-no, que puedan salir solos a la calle.
(Tobi, azorado) ¿Hijos? ¿Pensás tener hijos conmigo?
No te asustés, después de los treinta, treinta y cinco. Lo he estado pensan-do… me gustaría criar hijos de grande, como si fueran nietos. Disfrutarlos. Hijos tuyos… Vos para esa época ya vas a tener una carrera consolidada y de-rechos de autor, porque tus novelas van a ser traducidas a varios idiomas, y vas elegir adónde vivir y cuándo, y vas a cobrar conferencias internacionales caro, y con eso y los derechos de autor vas a estar desahogado. Un Víctor Hugo argentino (sonríe). Entonces, cuando nos vayamos a diversos países, porque yo no te pienso dejar ir solo a esos lugares llenos de estudiantes de le-tras calientes con vos, dejamos a los nenes estudiando en casa de tus viejos. Tu vieja va estar chocha, con tres o cuatro tobis correteándole y rompiéndole co-sas por la casa.
Etcétera.
La lleva a La Movediza caminando desde el centro. No es un cerro muy lindo a comparación de los otros, acota con justicia la rubia. Tampoco es de los más altos. Tobi se lo toma como una afrenta personal, quizá por lo de la altura, pero no dice nada. Le hace subir los escalones de piedra desparejos y empinados. Una vez arriba, recorren la cima de punta a punta y Tobi le muestra un buen ra-to los pedazos reconocibles de la piedra. Sí, cada tanto algún boludo la quiere hacer de nuevo para traer turistas, lo que siempre le causa bastante gracia a los mellizos. Hay una frase histórica de Tomi: ¿Y por qué no hacen muchas, así vienen muchos más turistas? Hace calorcito, pero está lindo. A las cinco y pico ahí arriba empieza a pegar el vientito, y es agradable ver cómo el pelo de la rubia se suelta en mechones de su rodete y juguetea sobre la cara. De paso, como al descuido, sacan un porro y se lo fuman discretamente entre los dos, en el medio de la gente (alguna que otra vieja los mira raro), parados justo sobre el sitio en donde hasta 1912 estuvo la Piedra; A ella le hubiera gustado este homenaje, bromean los jóvenes.
De ahí Tobi la lleva caminando hasta el Parque Independencia. La rubia ac-cede de buen modo, pero cuando ve la loma que hay que subir otra vez por esca-leras desparejas sobre la ladera del cerro, protesta Para eso, nos hubiéramos quedado culeando en tu casa, me hubiera cansado menos. La respuesta desati-nada de Tobi no se hace esperar: Acá hay mucho bosquecito, hasta arriba. La rubia lo mira sonriéndose, y desaprobando: Tobi nunca habla en joda de ese te-ma. Ni en pedo, dice la rubia, Soy exhibicionista pero no demente. Con esa frase alcanza para convencer a Tobi: la rubia es firme en sus convicciones: cuando di-ce No, las pocas veces que dice no a algo, es NO, indeclinable.
Suben esforzadamente hasta la cima. La rubia se queda un rato largo miran-do la postal que ofrece la ciudad sin nubes y con el sol al sesgo cayendo sobre ella. Aprovechá y mirá, porque hoy es un día histórico. Una vez cada años hace un día entero sin nubes, acá, dice Tobi. El airecito pega bien a esa hora. La ru-bia, antes de que bajen, le acota a Tobi que se ha quemado mucho, que está todo colorado. No es un detalle menor: la rubia desde setiembre que se viene aso-leando todo lo que puede; Tobi vive encerrado como una rata, salvo que esté en el trabajo haciendo una tarea al aire libre, si es que algo así existe en Buenos Ai-res.
Como a las seis y media toman un colectivo que los acerca a la casa de los Pe-ña. Se bañan y se cambian. La rubia sola está como cincuenta minutos en el ba-ño, poniendo un tanto ansiosa a la madre, que quiere bañarse para llegar tem-prano, aunque no le dice nada a Tobi (que se da perfecta cuenta, se enoja con las dos, y apura a la rubia con golpecitos que, puertas adentro, ponen furiosa a la rubia).
Finalmente, a las ocho (Tobi se baña y se cambia en tiempo récord; tarda más que nada en peinarse prolijamente la raya al medio y en secarse el pelo {¡hom-bres posmodernos!}), llegan a la casa de la abuela, en una zona más elevada de la ciudad, en la otra punta. Desde ahí van a poder ver bien los fuegos artificiales de la noche. En el diario han salido datos, se calcula un millón o millón y medio de dólares gastados en fuegos artificiales sólo en Tandil. Pero ya a esa hora los pendejos andan tirando cuetes, no se puede andar por la calle sin que te pongan los nervios de punta. Por suerte para Tobi, el porro de La Movediza le ha asen-tado bastante los nervios, así que los soporta mejor que de costumbre; de todos modos, cada cinco minutos está echando una puteada. Tocan el timbre en la vie-ja casa y sale a atender la abuela. Cuando lo ve a Tobi cambiado y con la rubia al lado, sonriente la rubia con su mejor cara de chica divina, la abuela se pone muy contenta, y los saluda con suma calidez. ¡Nena, las ganas que tenía de conocer-te! Así que te robás a mi nieto. Hubieran venido más temprano así charlába-mos más tranquilos.
La rubia contesta afectuosamente el beso y el abrazo y responde Yo quería venir más temprano, pero Tobi se emperró en llevarme a La Movediza y al Parque Independencia.
La abuela sopesa Bueno, son lugares muy lindos, hay que conocerlos. Más vos, que vas a venir de vez en cuando con Tobi, ¿no?
Ojalá, me encanta esta ciudad, miente la rubia.
El cinismo de Tobi a estas alturas respecto de la rubia alcanza ribetes incon-mensurables. No puede evitar una sonrisa y una mirada. ¿Se creerá de verdad todos esos papeles? ¿Cómo puede ser tan cínica?
Pasan. Está parte de la familia, por ejemplo, la prima ayudando en la cocina a la abuela y a su mamá (es decir, la tía de los mellizos). Se sientan a la gran vieja mesa, mientras las mujeres ultiman las ensaladas y cortan los matambres case-ros. De un modo poco disimulado, casi grotesco, la prima lo llena de besos y de caricias a Tobi a cada rato, con cualquier excusa. La rubia no puede dejar de ad-vertirlo, y, a escondidas de la prima, le cruza miradas pícaras a Tobi, como di-ciendo Hijo de puta, también te tiraste a tu primita, mosquita muerta. Mosquita muerta. Perfecta definición de Tobi. Zorro. Taimado.
Poco a poco, a partir de las nueve, va cayendo toda la familia. La rubia es pre-sentada a todos (los dos primitos preadolescentes se quedan extasiados mirán-dola).
La cena es ruidosa, llena de tintineos de cubiertos y vajillas y fuentes y bote-llas. Los niños comen en una punta (no son tantos tampoco), y, en orden cre-ciente, van la rubia y Tobi, de un lado, y la prima, del otro. Hay dos lugares guardados al lado de la prima para Tomi y su novia, que no han llegado. A la iz-quierda de Tobi se sienta el tío Julio, muy interesado en comprender lo incom-prensible para todos ellos, es decir, la idea de Tobi acerca de por qué De la Rúa no podrá ser nunca un gran presidente. Tobi explica: todos los grandes líderes políticos de la historia han tenido una sensualidad más bien expansiva. Tobi nombra a Julio César, marido de todas las esposas y esposa de todos los mari-dos, como rezaba el dicho de sus soldados. Cita (para que las tías de alrededor se atraganten, y también la prima, y hasta la rubia se ruborice un poco, mirando en torno) la predilección de Augusto por las vírgenes. Habla de Enrique IV de Francia, gran mujeriego. Nombra también a Napoleón, que, a pesar de ser gordo y petiso, fue uno de los tipos con más minas en la historia. Nombra a Julio Ar-gentino Roca, y a Perón (hormigueo de inquietud en el público, todos están es-cuchando la conversación, mitad porque mastican; sólo se sienten la voz de Tobi y el cuchicheo de tenedores cuchillos platos y vasos), nombra a Miterrand, nombra (para escándalo general) a Menem, nombra a Mao, grandísimo degene-rado (el tío Julio codea a Tobi y hace un gesto en dirección a los tres niños), y los contrapone a Hitler, seguramente un impotente y en todo caso un perverso sui-cida, que casi… no intimaba con la minita esa que no se acuerda ahora cómo se llamaba, que en toda su vida tuvo un trato frío y distante, como de horror, con las minas, que no tuvo más que dos minas conocidas en toda su vida, una de las cuales (su sobrina) se suicidó, tiránico con las mujeres e incapaz de tratarlas como a iguales, más allá de la cortesía. La abuela le dice a Tobi que coma, que se le enfría el cordero. Tobi concluye. Lo bueno es que si bien no se puede esperar mucho de De la Rúa, la gente no espera realmente mucho de él; sólo que meta presos a los corruptos, a Menem si es posible o al menos a tres o cuatro figuro-nes como para tranquilizar a la opinión pública, que mantenga la convertibili-dad, y, en círculos más selectos, que acabe con la recesión y paralelamente con el atroz déficit estatal que Menem acumuló pagándolo con endeudamiento ex-terno, haciendo impagable una deuda externa inventada por los empresarios especuladores en la época de los milicos. Ahí se afirma en los pedales y sigue: Ese es el gran robo nacional, el que tiene al país de rodillas. La nacionalización de la deuda externa privada generada por la especulación financiera de “los em-presarios de la patria”, porque había que salvar, una vez pasado lo mejor del ne-gocio, a las empresas “de la patria” (es decir, a los empresarios) que con la dis-parada del dólar no podían hacer frente a sus compromisos adquiridos afuera. Y la gran cagada de la democracia presente es esa, no haber repudiado la parte de la deuda que tenía orígenes de estafa, y que le había hecho el caldo gordo a los “empresarios de la patria” que en los noventa, con Menem, le vendieron a los franceses, los españoles, los japoneses, los brasileños, los norteamericanos, los chilenos (sonrisa al tío chileno) y tutti cuanti sus empresas, para pasarse al sec-tor de servicios privatizados, negocio más seguro y menos productivo, y el único que creció verdaderamente en la Argentina en los noventa además del turismo internacional. O sea que ahora, concluye, estamos agarrados de las bolas por la deuda, que se lleva por año una suma igual o superior al déficit fiscal que el Fondo pide que se baje, para lo cual aconseja medidas que van a traer más rece-sión (la cara de los tíos es inenarrable, sólo les falta persignarse, parecen monjes sermoneados por su abad) y más desocupación. En síntesis, el Fondo gobernó por las buenas (con Menem y los milicos) o por las malas (con Alfonsín) al país en el último cuarto de siglo, y así está Argentina, cada vez peor. Antes la crisis argentina era política, ahora es económica, e irreversible por lo menos en medio siglo para reconstruir lo que costó cien años de historia edificar, de Caseros a Perón (otra vez inquietud entre los asistentes).
La cháchara de Tobi no sólo ha tenido como consecuencia que se le helara el cordero (a pesar de que Tobi habla una buena parte de su discurso con la boca llena), sino también que la moral se les vaya a la mierda a todos los adultos, de cara al dos mil. La abuela, la única en no bajonearse por el discurso de Tobi (quizá porque no le quedan tantos años como a los otros), le dice a Tobi, sacu-diendo un cuchillo de punta redonda con la mano derecha, Nene, ya sabés que no hay que hablar de política a la hora de la comida. Ahora los deprimiste a todos. La rubia, por lo bajo, le da la razón a la abuela, casi retándolo.
Él me preguntó, se defiende Tobi, señalando con el tenedor y la mano iz-quierda al tío Julio.
O sea que no tenemos remedio, dice, desconsolado, el tío Julio, mereciendo la repulsa general.
Por suerte para los comensales, llegan Tomi y su novia, tipo once, y son reci-bidos con saludos ruidosos por los más grandes y por besos llenos de grasa por parte de los más chicos. Eso corta el clima y da paso a una conversación más re-lajada. La abuela cierra el bloque político con una humorada: Tengo Hepatalgi-na para los que les haya pateado el hígado… la conversación de Tobi (carcaja-da general).
Se invita a comer a los tórtolos recién llegados. Tomi dice que ya comieron en casa de los padres de Silvia. Entonces, en una admirable muestra de solidaridad y organización comunitaria, cada uno recoge sus cubiertos y los lleva, primero, hacia el tacho de basura, y segundo, hacia la pileta de la cocina, para depositar-los allí. Después, las tías se dedican a limpiar la larga mesa, a sacar los manteles de hule, a cambiarlos por otros de tela, y a repartir los confites y postres y frutas a lo largo de las tablas.
Los niños vuelven a la calle a tirar cuetes. Todos se meten en la cocina y prenden la televisión. En el Trece (es decir, en el cuatro del cable) están contan-do los minutos que faltan para recibir el dos mil. Tobi comenta algo acerca de esa transmisión con su hermano; que a pesar de todo, de la mierda que es el hombre, el hecho de que todos los países del planeta puedan unirse para una co-sa en sí tan simple y tan tonta como festejar un triple cero, en rigor, un capricho de quien estableció el calendario cristiano, es positivo, y hasta conmovedor.
A las doce menos cuarto queda lista la mesa, y sacan el televisor al patio con alero para que toda la familia pueda ver la transmisión de la tele. Algunos ansio-sos, en las calles, tiran cuetes. Futuros eyaculadores precoces, comenta Tomi. La casa de la abuela, si bien muy vieja y construida al uso antiguo, a lo largo hacia el fondo, está ubicada en una zona alta de la ciudad, de manera que todos se preparan para mirar los fuegos de artificio. Doce menos cinco llaman a los niños para el brindis de Año Nuevo. Se destapan sidras en gran cantidad y se sirve a todos, incluido un cuarto de copa para los más chiquitos. Los últimos tres minutos no pasan más, están todos con los ojos pegados al televisor. Los melli-zos comentan sobre temas intrascendentes con sus novias aferradas a ellos. La madre los mira: ¡Están tan grandes! Ya son un par de hombres. Eso la emociona un poco. Tobi incluso se junta, quizá el dos mil uno lo reciba siendo abuela. Eso la emociona mucho.
Cuando dan las doce en punto, al unísono, un coro de fuegos artificiales se empieza a escuchar en todo el pueblo. Todos en la casa gritan, levantan las co-pas, brindan, entrechocándolas. La rubia mira con ojos enamorados a Tobi, abrazándolo, y hasta le dan ganas de creer que de veras se aman, que la rubia es sincera, que es la mujer de su vida. Se miran enamorados y se besan, lentamen-te, entre los gritos y los saludos y los abrazos y los besos del resto de la familia. A su lado, lo mismo hacen Tomi y Silvia. Después de cinco minutos de saludos, sa-len todos a la calle para mirar los fuegos.
Es increíble cómo se ha transformado el cielo, iluminado por las luces de co-lores que suben y bajan y vuelan, acrobáticamente, formando como una cúpula luminosa que cubre toda la ciudad. Los tres nietos más chicos se trepan al pare-dón de frente de la casa, para ver mejor. Los dos mellizos los imitan enseguida, divertidos. La rubia no quiere perder ese momento, pero tampoco quiere ensu-ciarse la ropa. Tobi, desde arriba, la ayuda a subirse. Tomi se suma agarrándola de la otra mano, y la rubia queda sentada sobre el paredón, apretada contra To-bi, entre los dos mellizos. Arriba, miríadas de estrellas fugaces multiplican la noche. Tobi mira para arriba, y, después de un rato, siente cómo los labios húmedos de la rubia le besan el cuello, la cara, muy despacito, muy dulcemente, y después escucha cómo le susurran al oído ¿Vos sabés cuánto te amo, no? Te amo, te amo. Tobi la mira a la rubia en ese contraluz, con la cara iluminada en destellos breves y desiguales, pero iluminados los ojos como quizá nunca los ha visto Tobi. O quizá lo ha ganado la magia del momento y entonces es por esa ra-zón que la besa y la aprieta cálidamente contra su cuerpo, sintiendo que sí, que es Ella, que es la mina, que él no desea ni quiere otra cosa en el mundo que estar a su lado, que ella sea Ella para él, para siempre, aunque sea mentira el para siempre en cualquier vida humana. Hasta siempre, hasta la muerte. Hasta que la muerte los separe. Nunca, como en ese instante, la frase tuvo sentido para él. Hasta que la muerte nos separe. Estar unido siempre a otra persona. Tobi SABE (es un decir) que todo eso es mentira, que el amor es una mentira deliciosa, una trampa ineluctable, pero aunque su mente lo sepa hasta en este momento mági-co, su cuerpo lo llama hacia ella, el borde, la otredad, la hembra, la rubia, la es-finge, su frontera entre él y el mundo, el único límite posible, el adorable límite de lo humano.
Esa noche salieron, las dos parejas juntas. Nada notable. Sólo la constatación de que Silvia chupaba como un marinero sueco, como tantas chicas de su gene-ración. Tobi se dedicó al vodka con frenesí, mientras la rubia, en los rincones más oscuros, se dedicaba a la marihuana, lo que motivó un enfado de Tobi y muchas miradas azoradas (y comentarios al oído de Tomi) por parte de Silvia. Tomi no estaba muy cómodo con esta idea de salir junto a su hermano y la rubia (y Tobi, para ser sinceros, tampoco), pero todo fue idea de Silvia, porque no habían quedado en nada con ningún amigo de ella y de Tomi, y Tobi ya no tenía amigos en Tandil.
Tomi terminó la noche en la casa de su abuela, que era donde se refugiaban con Silvia cuando la ocasión lo exigía. Tobi y la rubia se fueron caminando para poder fumar tranquilos (era un caso: Tobi no podía drogarse en presencia de Tomi, era como si su conciencia culposa lo fuera a mirar, el testigo interno exte-riorizado).
Una semana en Tandil con la rubia iba a ser un infierno de fingimientos. La rubia, que también lo sabía, se fue el dos para Buenos Aires pretextando trabajo. Tobi tuvo tres días de asoleo y de no hacer nada, apenas leer y pedalear con To-mi por las sierras. El cinco a la tarde tenía que presentarse con el borrador final. No quería ni ver la novela. Estaba adentro de la PC, y por triplicado en diskettes guardados en diferentes sitios. Además, la había impreso por duplicado. Estaba con el temor maníaco de que le pasara algo al libro, que se perdiera o se quema-ra, que le robaran la valija, de modo que le dejó una copia en la PC tandilense a la madre, otra en diskette, y le dio otra a Tomi para que tuviera, también en dis-kette.
Finalmente, el cinco a las seis de la mañana lo pasó a buscar el auto de un amigo del padre. Tobi pensó en ir durmiendo todo el camino, dijera lo que dije-se el amigo del padre de sus modales, pero lo pensó mejor cuando el tipo entró a la ruta y empezó a manejar, con el cielo apenas clareando, a ciento setenta por hora. El auto era buenísimo, ni ruido hacía. En tres horas, lo dejó en la puerta del edificio. Una locura.
Cuando abrió, la rubia dormía profundamente, destapada, totalmente desnu-da. Era lógico, con ese calor. Terminó de subir las cosas y cerró la puerta con llave, como siempre. Se acercó a la rubia, le olió la piel dormida, se embriagó de ella. Luego, despabilado por el susto de viajar con ese loco, de puro aburrido, se puso a desarmar la valija. Después, armar la computadora iba a estar bueno, mientras se calentaba unos mates: que la rubia se despertara y lo encontrara es-cribiendo, una postal junto a la ventana.
Le dieron ganas de fumar un porro, así que empezó a hurgar en los cajones. Lo que encontró le heló la sangre: una bolsa llena de cocaína. Tráfico, hermani-to. Le agarró un ataque de pánico, despertó a la rubia. Mientras la sacudía, y se le cruzaba por la mente la imagen fresca de la bolsa de polietileno transparente en el cajón, ahí nomás a la vista, con todo descuido, tuvo como un deja vú de ese momento, como si se viniera una conversación que ya hubieran tenido.
La rubia se despertó con gran sobresalto. ¿Qué pasa?, preguntó, casi antes de abrir los ojos.
¿Qué mierda hace una bolsa llena de cocaína adentro de un cajón en el de-partamento? Pero ¿vos te volviste loca, tarada?
La rubia se desperezó, tranquilizada, como si no hubiera escuchado las pala-bras de Tobi, o no las hubiera entendido, o simplemente como no registrando la alarma de Tobi. Hola, ¿no? (se restregó los ojos) ¿Llegaste recién? Tobi estaba trémulo de ira. Le temblaba la boca, estaba rojo. La rubia lo miró y se preocupó. ¿Qué mierda te pasa?
Hay una bolsa de cocaína, ahí en el cajón. Un kilo por lo menos. Si nos aga-rran vamos presos de cabeza. ¿Vos sos tarada?
¿Qué diferencia hay entre un kilo y un gramo?
(Tobi, furioso) Por supuesto que la diferencia entre consumo y tráfico. ¿Qué te hacés, la pelotuda? ¿Me estás tomando el pelo?
Es un favor, si llegabas a la una ni te enterabas. Había que esconderla.
El corazón de Tobi latía muy rápido. No pudo decir nada. Se puso blanco y de golpe se sintió mareado. Prácticamente tambaleó.
Te bajó la presión. ¿Estuviste fumando, o algo?, le preguntó la rubia, pre-ocupada.
Tobi se fue a sentar a uno de los sofás individuales, lejos de la rubia. Desde allí apoyó la cabeza en el brazo izquierdo, a su vez apoyado en el sofá, y la miró entre dedos. Esto no puede ser, loco. No me podés hacer esto. Decime que no estás traficando de vuelta, por favor. Que no estás con el tarado ese.
(fríamente, sin que se le mueva un pelo, mirándolo fijo a los ojos) No.
(Tobi, desconsolado, poniéndose la cabeza entre las manos) Vos no tenés re-medio, loco. Sos una enferma, una enferma total, y me vas a enfermar a mí. No puedo vivir pensando que un día voy a estar durmiendo y me va a caer la policía por tráfico. No puedo. Esto tiene que parar.
(rubia, asintiendo) No. Tenés razón. El año pasado fue muy heavy, también para mí. Estuvimos muy sacados. Me parece que estuvo bueno mientras duró, perooo… No sé, me parece que a vos te sirvió un toco, te hizo crecer mucho, te ensanchó la mente. Pero no podemos pasarnos la vida drogándonos, tenés ra-zón. Yo te juro que este año va a ser más tranqui, un poco de fiesta los fines de semana y nada más, basta de reviente.
Bueno, sí… eso también, dice. Pero yo estoy hablando de otra cosa. No me voy a bancar que trafiques, y menos con el pelado ese.
(rubia, sonriéndose) ¿Santiago?
Sí, ese pelado. No me voy a bancar que te encames con ese tipo. Así que de-cidí: él o yo. (La rubia sonrió mirándolo, como si la situación le causara gracia. Tobi siguió) O sea, esto es así: VOS; VOS, me invitaste a vivir en TU casa, con vos. O sea, que seamos pareja.
(rubia, con la sonrisa dibujada) Sí.
Eso… entraña algunas obligaciones recíprocas. Si voy a vivir con vos, no soy uno más, soy EL tipo. Y vos sos LA mina. ¿Está claro?
(sonriendo) Sí.
Porque está claro que vos para mí sos LA mina. Yo estoy enamorado de vos.
(sonriendo) Y yo también de vos, baby.
O todas las cosas que nos dijimos acá la otra vez, todas las cosas que me di-jiste en Tandil, cómo te portaste, como si fueras ya mi pareja, o estuviéramos a punto de casarnos, era grupo.
Para nada, nunca fui tan sincera, ni tan feliz. Yo soy feliz con vos.
(Tobi, suspirando, mirándola admirado) Hhhh… Qué suerte, que tenés vos. Yo no sé si soy feliz con vos, sólo sé que no puedo vivir sin vos, y que vivir sin vos me mataría, me destrozaría.
(rubia, con los ojos llenándosele de lágrimas de pronto) Es muy lindo, lo que decís.
(Tobi, casi airado, pero casi resignado) ¡No, no es lindo!: ¡Es horrible! Será lindo para vos.
(rubia, sonriendo) Qué tonto que sos. ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza? Si estás enamorado de mí, sos feliz a mi lado, eso es enamorarse.
No es tan sencillo.
Pero porque vos sos un perverso, entonces. ¿Por qué no serías feliz a mi la-do?
Porque me hierve la sangre de sólo pensar que podés estar acostándote con el… tarado ese…
(cambiando de postura en la cama) ¡Pero pará con la persecuta, man! ¿Qué te picó con Santiago?
(Tobi, rápido) No, no. Qué te picó a vos, con ese tipo. Hace diez años que te acostás con él. Algo le verás.
(rubia, empezando a levantar temperatura; tajante) Santiago ya fue. Ahora sos vos. VOS-SOS. Metételo en la cabeza, man. No seas paranoico.
(Tobi, como recitando algo que tenía pensado) Ojo, no estoy diciendo que no te podés acostar más con ningún otro hombre. Eso sería inhumano, en tu caso, y yo mismo no te podría jurar que no me voy a encamar con alguna mina que se me cruce. Pero una cosa es que se te cruce un tipo, y punto, y otra es que tengas un tipo paralelo a mí. Eso es lo que digo. ¿Me entendés? O estamos jun-tos o somos amantes y nada más. Lo que vos me pediste y yo acepté de vivir con vos es estar juntos, ser pareja. Quiero que quede bien claro.
Mientras Tobi dice estas palabras, la rubia se baja de la cama y camina des-calza hacia él, lentamente. ¡Es tan hermosa, desnuda, sonriendo como un ángel! Cualquier cosa pierde fuerza al lado de eso. Más si esa hembra desnuda y tibia y fragante se acerca a él y se sienta en el brazo derecho del sofá, le revuelve el pe-lo, despeinándolo del modo que a ella le gusta y a él lo enoja. Aay, Tobi Tobi To-bi Tobi. ¿Sabés cuántas veces repetí ese nombre desde que te conozco?, dice la rubia, sonriendo. Vos sos TODO para mí, por si no te queda claro, tontito. Lo besa. Tobi se deja besar, pero sus labios no devuelven el contacto. Aparta la boca y sólo abandona su mejilla derecha a los besos chiquitos que le da cariñosamen-te la rubia. Me llevo eso ya mismo, así te quedás tranquilo. ¿A qué hora te ten-go que despertar?, dice la rubia cuando aparta la boca.
A las cuatro. O un poquito antes. Estoy citado a las cinco en la editorial, y me quiero bañar antes de ir, contesta Tobi.
A las cinco, de rigurosa informalidad (vestido de chico pop por la rubia, un verdadero gay), Tobi aparece en la editorial. Es una oficina en el frente, peque-ña, apenas separada de las miradas de los transeúntes por una persiana ameri-cana. Todo muy viejo, piensa Tobi, mirando la persiana. La secretaria lo hace pasar enseguida; lo trata de señor, detalle que le causa mucha gracia, y cierto regocijo. Castro lo recibe entre papeles, millones de papeles en varias pilas. Tie-ne unos treinta y cinco años y rostro inteligente y franco. Este es un momento muy feliz para vos, y te juro que también para mí, le dice Castro. Acto seguido, lo invita a tomar algo para festejar. Tobi acepta un poco de vodka y le alcanza el anillado y un diskette, empaquetados y atados con hilo blanco; no le puso chori-cero porque no encontró. Castro lo abre con fruición, como si fuera su regalo de cumpleaños. Doscientas páginas. Unas… trescientas, calcula, en la edición final. Un poco menos. Arriba de doscientas cincuenta, seguro. Un thriller de fábula, che. Lo empiezo a devorar esta misma noche, jura Castro.
Tobi sorbe el vodka, de a poquito. Si termina el medio vaso enseguida el tipo le va a servir más, y no quiere llegar en pedo al trabajo.
La charla se extiende por unos cuarenta minutos, y versa, por una parte, so-bre las minucias de la corrección final, y por otra, sobre detalles técnicos y de plata. Castro espera que, con el fin de la recesión, que tendría que caer para mi-tad de año, y el empuje previo de la Feria del Libro, la novela tendría que ven-derse razonablemente bien. En todo caso, Tobi cobra un adelanto de tres mil pe-sos, una verdadera fortuna para un principiante en este marco. El diez o el doce está la plata. Ciencia ficción, para Tobi. Después, por un año, a olvidarse, hasta que la novela pague los gastos. Con suerte, un año. Pero plata fresca, en mano. Después, muchos libros para prensa, mandar a todas las publicaciones. Libros para el autor a descontar de futuros derechos de autor, hasta cincuenta, para re-galo o lo que Tobi quiera.
Como a las siete y media, cae por el estudio fotográfico. Freddy, en plena ac-tividad. No tenía que reintegrarse hasta el seis, pero va a saludar y a ver cómo anda todo. Ante la atención de todo el equipo (cuatro personas contando al jefe), cuenta los últimos detalles de su novel carrera literaria. Un profesional, acota con orgullo de padrino Freddy. ¿Qué vas a hacer con la guita?
No sé. Capaz que las guardo para las vacaciones con la rubia.
Eso va a ser en marzo, lo chicanea Freddy.
En suma, una hora de charla y ganduleo, mientras los muchachos trabajan en edición. Retoque digital, mateando.
Después, como a las ocho, lo pasa a buscar Tir para cenar en Parque Chas. La casona está como nueva. Aproveché para retocar toda la casa, dice Tir.
Cena con Selva y la rubia, que caen como a las nueve. Festejo íntimo con champaña. Los dos tórtolos duermen en lo de Tir.
Lo que ocurre desde entonces es difícil de explicar. El detonante fue la bocaza de Mecha. Pero todo hace pensar que algunas partes de lo ocurrido ya estaban planeadas desde antes…
Bueno, lo que se sabe es lo siguiente.
Ese mismo fin de semana, los tiráceos festejaron la entrega a galeras de la no-vela de Tobi, al mismo tiempo que la reinauguración de la casona. El viernes a la noche, salidos todos del trabajo y de la opresión cotidiana de los días hábiles, hubo una cena bastante íntima, a la que acudieron, además de Tir Selva la rubia y Tobi, Freddy con una chica de menos de treinta, Mecha, Bárbara, Braulio, Gianni, Carlos con su nuevo novio, Willy y un par de chicas y un par de chicos más o menos de su edad; una era Laura; la otra estaba medio acollarada con Gianni. Además, una sorpresa muy especial que Tir le tenía preparada: Francis-co le había hecho especialmente una copia de un metro por sesenta centímetros del mural que tanto había gustado a Tobi aquella tarde en su atelier (y que Tir había vendido a un precio exorbitante a una pareja de holandeses). Es decir, era un cuadro, no una copia fotográfica, sino un réplica a una quinta parte del origi-nal, sin la magnificencia del tamaño pero exactamente igual, pintado con los mismos materiales y sobre la misma tela por el mismo pintor: una verdadera fortuna, artística y de la otra. El cuadro, que apareció empaquetado en manos de Tir, contenía además una carta manuscrita al dorso del mismo cuadro, en que Francisco, campechanamente, lo felicitaba por su logro profesional y lo instaba a guardar el cuadro unos años para después venderlo sin escrúpulos a algún co-leccionista, una vez que el original se hiciera famoso. A Tobi lo emocionó el re-galo. Le preguntó a Tir cómo hacía, adónde tenía que guardarlo, si él se lo podía custodiar o lo podía tener en casa, etc. La rubia fue enseguida de la opinión de dejarlo en la casona hasta que se mudaran, y ahí ponerlo en la oficina de Tobi, ya que no en el living, a la vista de las visitas.
Se pasó a comer.
Tobi había extrañado mucho a Mecha (es decir, a la antigua alocada Mecha, a la alegre e intempestiva Mecha). En la cena, se dedicó a retomar el aire compin-che y festivo. Mecha se mostró divertida, pero algo en el fondo de sus ojos mos-traba aún el dolor. Y las sonrisas pícaras y divertidas de Mecha ante las zafadu-ras de Tobi, si bien le trajeron recuerdos de la Mecha edénica, le produjeron al mismo tiempo una gran melancolía en combinación con el fondo opaco de sus ojos allí en el punto justo donde antes brillaba la felicidad, la inconciencia deli-ciosa de Mecha.
Después, los comensales pasaron a admirar la biblioteca y discoteca (compac-teca, en realidad) remozadas, en el ala izquierda del piso alto. Mejor ilumina-ción, más medidas de seguridad contra incendios, estantes de un material me-nos inflamable para la biblioteca, muy pocos libros en comparación con el ates-tamiento anterior. En un rincón estaban los noventa o cien libros que se habían salvado. Después, un millar de libros clásicos en ediciones nuevas: todo el lugar olía a librería.
Poco después de la medianoche se pasó a la sala más amplia y más querida por los tiráceos. Excitación, atontamiento vital. A Tobi le pareció reconocerse otro, más viejo, en esas remembranzas que le traían a cada instante sonidos, vo-ces, música, excitación, olor a marihuana, alientos alcohólicos, miradas crecien-temente turbias, risas ruidosas y conversaciones a los gritos. Tal como le había adelantado la rubia tiempo atrás, la tribu renacía luego del duelo y de la relativa diáspora festiva, se reunía con nueva sangre y con los de siempre, con los que ya podían considerarse plenamente de la casa, como Tobi. Mucha juventud y mu-cho desenfado. Pero Tobi veía ahora todos estos detalles, que habían sido hasta unos meses antes el centro de su vida, como desde afuera, como si un velo invi-sible estuviera interpuesto entre él y esa felicidad autárquica, que parecía cobrar vida no EN sino A TRAVÉS DE los cuerpos y de las personas, como si fuera an-terior y posterior a ellos, y ellos fuesen nada más que el vehículo o el instrumen-to de esa sed atávica que sintetizaba la confusión de la horda y el hundimiento en el sí-mismo. Se sentía como un chamán que ha perdido sus poderes, su capa-cidad de éxtasis místico. Estaba como vacío, incapaz de emociones profundas, de abandono, de inconciencia.
Miraba a los circunstantes. Tan sólo Mecha parecía haber cambiado. Quizá porque bebía de a sorbos y fumaba poco, tranqui. Pero después, todo parecía una foto del pasado. Tir estaba circunspectamente en pedo y drogado, un caba-llero inglés que iba de grupo en grupo, bailaba poco, bebía mucho pero de a sor-bos, mojando los labios nomás, llenando con su seductora conversación cada lu-gar que ocupase, reinando, como siempre. Selva, se divertía a su modo irónico, como superado pero gozoso. Gianni estaba con su morocha adolescente, un ver-dadero portento de carne en flor, el vaso en la mano que era una postal suya en Parque Chas. Freddy, como siempre, discreto pero feliz en ese antro, un tiráceo de la vieja generación, antes de Parque Chas, el decano de la corte. La rubia, in-cluso, como siempre, parecía presa de una furia contenida. Eso, y los ojos duros en medio del rostro salvajemente risueño y la nariz enrojecida y los ojos rojos. También había cambiado el novio de Carlos, lo que era una costumbre cada tan-tos meses. Había alegría en el reencuentro, pero el ambiente no pasó de cool en toda la noche. Todos borrachos y drogados, sí, pero sin gente tambaleando o yendo a vomitar al baño o vomitando el piso. De todos modos, alegría.
Casi todos durmieron en la casona, y, como siempre, hubo sexo con la rubia drogada mientras clareaba el cielo, pero Tobi estuvo algo ausente, le costó inclu-so en un momento excitarse con la desnudez de la rubia. Estaba cansado, como sin fuerzas, lo cual era gracioso teniendo en cuenta las dos semanas de vacacio-nes, que debieran haber renovado su ardor. La rubia se dio cuenta, y no insistió tanto.
Al otro día, Tobi tuvo cinco horas de trabajo para el estudio de Freddy, a la nochecita, así que se bañó en Lambaré 149 y salió cambiado para Parque Chas, punto de reunión a partir del cual los tiráceos saldrían, ya avanzada la noche y adobados, hacia algún boliche. Todo pintaba de rutina.
La bocota de Mecha lo arruinó todo, o el azar. Se emperró en conocer un boli-che nuevo, donde se juntaban heteros, homos y bis. En esos sitios se armaban siempre enormes bacanales, pero la elección de todos modos fue más o menos frívola, cuando Tir preguntó ¿Y ahora a dónde vamos? Ante la propuesta, y da-do que casi ninguno conocía el lugar, hubo aclamación, y fueron todos para allí, en caravana de coches particulares. Todos estaban alcoholizados y drogados, pe-ro, veteranos del chupe, la merca, la yerba, etcétera, estuvieron presentables pa-ra entrar. Sobre todo porque Tir (y su trouppe) era archiconocido en la noche porteña, y nadie en los boliches estaba tan loco como para rechazar la promo-ción gratis de su presencia en el lugar. Por el contrario, siempre recibía invita-ciones especiales a inauguraciones, y cada tanto alguna disco hacía lo mismo, por procedimiento rutinario, sabedores de las costumbres trashumantes de Tir en cuestión de salidas. Bebieron más, fumaron más, aspiraron más. Alguno le dio al ácido. No Tobi, ni la rubia; Tobi (y a partir de él, la rubia) habían tenido malas experiencias con los ácidos: Tobi se volvía demasiado loco o demasiado taciturno y vegetal o excéntrico (imprevisible, en suma) para tomar ácidos en un lugar tan público.
De golpe, caminando por la pista atestada de gente de todas las orientaciones y tendencias, la rubia y Tobi, que caminaban de la mano (la rubia adelante) se toparon, así, de sopetón, como una aparición fantasmal, con Santiago. No quedó otra que saludar. La rubia se vio favorecida por la semipenumbra para ocultarle a Tobi su evidente turbación y su casi seguro cambio de colores en cuanto lo vio a Santiago encima de ella, a treinta centímetros, la nariz horriblemente torcida por los golpes de Tobi, más feo y desagradable que nunca. Pero se frenó de pronto, como crispada, y Tobi sintió esa crispación no sólo en el modo en que se detuvo sino también en cómo le apretó la mano en un gesto involuntario y súbi-to. Enseguida lo vio, por encima de la cabeza de la rubia, a Santiago, que se ade-lantaba con una simpatía insoportable y la abrazaba fuertemente a la rubia, di-ciéndole al oído ¡Qué bueno encontrarte así, hermanita!, frase que Tobi ni al-canzó a sospechar, pero que a la rubia la galvanizó, de tal modo que sólo pudo tartamudear una contestación mientras Santiago se separaba de ella para ex-tenderle una mano insoportablemente cordial a Tobi, que sintió inmediatos im-pulsos de encajarle una piña. Quizá se la hubiera dado, de puro cabrón nomás, si no hubiera sido porque, al cruzar las miradas, percibió en Santiago un brillito en los ojos, un gesto… de malévola alegría, como hubiera dicho Dumas, algo como si lo estuviese sobrando disimuladamente. Eso lo inmovilizó, lo dejó azo-rado durante los segundos suficientes como para que Santiago les dijera a los dos turbados jóvenes Che, que se diviertan mucho, nos vemos, y se escabullera como Rochefort entre la multitud ruidosa y bamboleante.
Los dos se quedaron helados unos segundos antes de atinar a moverse, a se-guir caminando al tun tun en busca de tiráceos. No se dijeron nada. No se mira-ron. La rubia siguió caminando, pasado el gran susto, adelante, protegida su re-taguardia tentadora por Tobi, que la siguió mecánicamente, perdido en sus pen-samientos, con una expresión que cualquiera que lo hubiese mirado en ese mo-mento hubiera catalogado como de inmensa tristeza. Cuando encontraron a Gianni con tres de los pendejos y el novio de Carlos solo, se quedaron allí un ra-to, bailando un poco y mirando mucho, mientras vaciaban lento sus vasos, muy concentrados en sus vasos para no tener que mirarse a los ojos ni decirse nada porque aparte en ese quilombo de gente y ruido no se podía.
Por pura costumbre, porque era lo que hacían siempre, salieron pasadas las ocho del lugar junto a todos los tiráceos ahora sí dados vuelta, era imposible pensar que alguien en su sano juicio tuviera la temeridad de subirse a un coche conducido por alguno de ellos, pero todos estaban igualmente en pedo. Un co-che los dejó en la puerta de Lambaré 149. Sin mirarse, la rubia muy ocupada en sacar la llave de su cartera para abrir la puerta de doble hoja y luego en hacer punta rumbo al ascensor y apretar el botón correspondiente, Tobi siguiéndola, borracho y fumado y sin ánimos de nada, ni siquiera de pelear, de putear (por-que además no tenía ningún motivo fehaciente, había sido sólo una mirada en la semipenumbra del boliche, un brillito en los ojos de Santiago que sólo la mirada de un escritor o de un paranoico podían captar quizá {quizá inventándola}).
Hablaron poco adentro, e hicieron menos. La rubia pasó al baño a mear y volvió desnudándose y tirando la ropa con expresión de agobio y de enorme cansancio, y Tobi, que ya se había desnudado, pasó al baño a su vez a descargar, y después volvió, le cerró algunas hendijas más a la persiana para que la luz del día no los molestase, y se acostó.
A su lado la rubia aparentaba dormir, de espaldas a él. Tobi se acostó de es-paldas a ella y estuvo, lo menos, una hora y media sin poder pegar los ojos, ab-sorto, totalmente absorto y sin expresión, a lo sumo un cierto gesto como de asombro. Como de asombro, pero no era eso, o sí.
Durmieron todo el domingo, hasta la nochecita.
Quemar cuadernos. Quemar páginas. Infestar las páginas, llenarlas de letras amontonadas, trasfundidas, casi indiscernibles. Aglutinadas. Texto como una aglutinación (o una deglución o una digestión: bolo discursivo, ácidos degra-dando las palabras para producir el texto, el bolo semántico). Afuera llueve in-consolablemente, la noche es reina y no tengo sueño. Es Viernes Santo. Sábado ya, en realidad. En una habitación cercana, mis padres duermen. Pienso en la rubia, en Tomi. Un presente ficcionado, superpuesto. Impostura: en el texto se fragua una impostura que edifica el tiempo de acuerdo a sus obtusas convenien-cias. En realidad soy Tobi en Buenos Aires, en mi departamento meses más tar-de recordando a Tobi en la casa de sus padres en Tandil, pensando en la rubia, en Tomi. ¿Y qué pienso, en ese falso presente que el texto construye retrospecti-vamente? Bueno, no demasiado. Estas vueltas de siempre.
¿Podrá la síntesis dar cuenta del espesor esquivo del presente? Es decir, o sea, en verdad, en conspiraciones sordas, tácitas, de cuerpos que se mezclan promiscuamente o por interpósita persona (concha). Espesor de las preferencias que se van imponiendo alternativamente, hasta que se plantea la Gran Alterna-tiva, la alternativa inexcusable, impostergable: ¿él o él? ¿ella o él? ¿él o ella? ¿él o ella o él? ¿él o él o ella? ¿todos? ¿nadie? ¿ninguno?
Escribo; falsamente lleno los cuadernos, y me recuerdo en mi departamento de Buenos Aires pensando esto, pero mejor, o mejor dicho, más exactamente, sintiendo esto que ahora pienso que sentía o que sentí, aquella noche de Sábado Santo a la madrugada con el rostro de Tomi acudiendo a mi mente mientras en la penumbra el cuerpo de la rubia se me pegaba entre las sábanas y me acuciaba con sus manos, sus pecadoras manos. “Sigamos postergando lo postergable” ci-taría Tir en sus esporádicos momentos sentenciosos, Tir, tan piel, tan opuesto a lo que soy yo para adentro, para el cerebro o para las páginas acribilladas de pa-labras de mis cuadernos, para los archivos que llenan la memoria de la PC, pa-labras escritas y palabras impresas que se intercambian, que se retocan, que se transforman, versión a versión, páginas tiradas por el piso o atestando los cajo-nes de difícil acceso, roperos vacíos de ropa y llenos de palabras.
Los adjetivos, pienso ahora, son una pésima costumbre de malos escritores. Tiene que bastar, pienso, con el mandala mental, con la figura investida por las palabras, no por elección paradigmática sino por las sucesiones sintagmáticas, sin que ellas sean más que un prisma que ilumine de modo diferente, discreta-mente alusivo, lo que el amanuense quiere decir, lo que quiere escribirse. Y así, si mi vida fuera un libro o esto que me pasa ahora, la rubia, Tomi, yo, Tir, mis padres, Tandil, Buenos Aires, Helena, las noches, el día, las páginas, la literatu-ra, los cuerpos, los químicos, debieran ser, ellos, signos artísticos con valor sólo en el acto de su combinación con los demás, y la obra sería así no la adjetivación o la adverbiación o los recursos de estilo o las palabras novedosas, sino esa con-junción, ese texto, signo en sí mismo con sus múltiples partes constituyentes, si-lenciosas o vociferantes pero sígnicas, plenas de sentido. Una cadena de pala-bras que se enlacen briosamente y sin fin, una cadena inextricable que principie y acabe en ella (ocho acostado, cinta de Moebius), que no pueda ser descifrada más que en acto, ocurriendo, en la totalidad palpitante y no en sus meras partes constituyentes; que la rubia, Tomi, yo, Tir, las ciudades, las drogas, el sexo, Helena, la noche, la infancia, el verano, sólo asuman su significación definitiva en su acto perpetuo de ocurrencia (si mi vida fuera un libro; si esto que me pasa esta noche, lo que siento ahora, fueran ficción {y ojalá lo fueran}, fueran texto y no un mero desorden que sólo toma sentido retrospectivamente, cuando ya es tarde para todo).
Los ruidos de la calle surgen exactamente desde abajo de mis pies. A veces al-go vibra, la aceleración de un auto, y la onda llega hasta mi cuerpo muy tenue-mente. Miro la ventana, las miles de luces que se apagan y se encienden, las moles grises y feas de los edificios en penumbras sobre las luces mortecinas de las calles abajo, como si hubiera un pozo arriba donde estoy yo, como si esto fuera un exilio horroroso en la noche. De vez en cuando, una ventana enfrente se ilumina y entonces me doy cuenta de que no estoy solo, suspendido en un po-zo en el aire negro o gris, o que estoy tan solo como esa persona sin rostro y sin cuerpo que ha encendido la perilla en su departamento, y caminará ahora por un comedor o una pieza llena de ecos lo suficientemente audibles como para que sepa que está sola. Casi por piedad, enciendo y apago las luces de mi departa-mento: camino hasta el baño, enciendo, orino, me lavo las manos luego de tirar la cadena, apago la luz, salgo y camino hacia el escritorio, hacia la luz potente y concentrada de la lámpara de lectura, y me siento y escribo. A un lado, cerca de mis manos, sobre la mesa, están las fotocopias que tengo que leer para la Facul-tad. No las tocaré esta noche y mañana tampoco. Me levanto, voy a la alacena, y de ella extraigo una botella de vodka que la rubia trajo hace unos días. Trata de comprarme satisfaciendo mis caprichos más mínimos, esperando que tácita-mente me rinda.
Ja.
¡Uf!
Tentador. ¿Tentador?
Escribir a mano. Un odioso ejercicio abandonado hace tiempo, utilizado an-tes de la PC y antes de la literatura. Me acuerdo ahora de cuando la compraron en casa. Yo andaba por los quince o dieciséis años y empezaba a plantearme cla-ramente una vocación de escritor. En esa época comencé a leer los libros más en serio, tomando notas de trama, tono, historia, estilo, etc. También comencé a llenar las páginas de los cuadernos, que me agenciaba yo o que me compraba mi madre, de apuntes para cuentos, de poemas, de bocetos o planes de escritura. Todo lo que escribía era muy malo, mucho peor aún de lo que escribo ahora. Es-cribí mucho en esa época, y quemé o tiré gran parte de esa producción hasta que mi vieja, al darse cuenta de esa cíclica costumbre mía, me empezó a sacar los cuadernos y a guardarlos ella. Mi María Kodama se encargará de publicarlos cuando yo esté muerto.
Curioso, jamás me he sentido presionado por lo que, ahora veo, era toda una tarea de adoctrinamiento de mi vieja respecto de concretar mis inclinaciones li-terarias. Quizá haya sido todo tan inconsciente para ella y tan temprano para mí que se nos constituyó en naturaleza (porque la conciencia también es, quizá, piel, como dijo el Fede). Mi vieja, lo sé ahora que lo he escrito, que lo he inven-tado y es por lo tanto ya parte de la realidad, quizá ni ahora lo sepa claramente. Probable berretín personal, pero sobre todo probable extensión suya en mí co-mo rama de ella (como falo de la madre). Qué sé yo. Ahora recapitulo, reviso papeles y archivos escritos en los últimos meses, y no puedo dejar de pensar en Tomi, el pobre y dulce Tomi, el postergado en el amor materno. Cosa que jamás se me había ocurrido y que de ninguna manera es así, PERO QUE ES ASÍ. Esaú, el desheredado por las malas artes de su hermano. Sin rencor, sin conciencia acaso de lo que se juega en nosotros, de la silenciosa justa que se dirime entre los dos ¿por la madre? Conciencia dividida. La madre con dos falos: Tir, el se-creto maestro, dio en el blanco. Y yo soy el elegido, tácitamente, por ella, y sin que ella misma lo advierta, pareciéndole a ella una mera inclinación común hacia lo literario, cuando quizá lo que ha ocurrido es otra comunión incestuosa por vía literaria. Escribo esto con lágrimas en los ojos.
¡Cómo podré mirar a los ojos a mi madre, a mi padre (¡yo, el traidor!), a Tomi (¡a Tomi! Dulce Tomi) después de este despanzurramiento cósmico de mi men-te, de mí mismo, de lo que hay ahí adentro que elabora su trabajo gris a espaldas de uno, del ego diurno!
Cómico si no fuera trágico (¿o absurdo?): Tomi, el postergado, el deshereda-do, es la paciencia infinita, la conmovedora espera de un abrazo trunco, imposi-ble. Yo, el usurpador, aquel a quien todo le ha sido dado porque le ha sido dado el mundo (la madre), todo lo quiero, todo lo deseo porque todo lo tengo, y me encabrito y hago berrinches y pateo cuando se me quita una nimiedad, una na-da, la futileza más pequeña. Como si para ser, para llegar a ser, yo, el más fuerte, el más dotado, el übermensch, necesitase aniquilar al otro, al horroroso otro (horroroso porque me refleja, porque me muestra a mí mismo por semejanza y por diferencia como la pérfida cosa que soy) que testifica con su sola presencia el oprobio en que se funda la gloria del übermensch. ¡Cómo, el que no tiene na-da, encuentra en un mendrugo su delicioso manjar, en una caricia la redención amorosa, en las limosnas su tesoro! ¡Cómo, el que lo tiene todo, quiere siempre algo más, y lo fastidia la estrechez del universo!
La demasía insensibiliza, lo sé. Busco cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más adentro, y lo que hallo no me gusta y en el hallar me voy desga-rrando las entrañas con mis propias uñas. Pero no puedo detenerme.
Contaminación insensible de las conciencias. Estar tan cerca nos lastima (aunque él no lo sepa), pero separarnos nos lastima más, como si en el otro nos arrancaran un pedazo nuestro. Indefectiblemente, lo noto ahora, necesito esa cercanía que lo cercena a él, y ese cercenamiento hecho de cercanías lejanas, de lejanías cercanas, me lastima a mí porque sé (ahora) que lo lastimo, que mi pre-sencia le hace daño, le roba todo lo que es suyo por derecho propio.
Últimamente no sólo nos vemos poquísimo: ya casi ni nos hablamos. Cuando nos reunimos a comer juntos en su casa, masticamos con la vista baja, o miran-do la t.v. como si fuera el último barco disipándose en el horizonte. Él no en-tiende qué es eso que se me amontona en el pecho cuando nos miramos y que me deja mudo. A veces me parece que está por largarse a hablar, a decirme algo, que separa los labios y se arrepiente en el último segundo, inseguro. No entien-de todo el dolor suyo que me agobia a mí, el insensible cuya existencia él no co-noce o se guarda. ¡Cómo habré hecho, para abrirme tanto de los dos y estar ahí al mismo tiempo, a su lado! ¿Cuándo pasan las cosas, que no nos enteramos hasta que es muy tarde? Intensidad pecaminosa de la vida, intensidad para adentro, para abajo, bajo la tersa superficie indeleble de los días que pasan igua-les e indistintos.
¿Cuándo me quedé solo? Estoy desnudo y solo, desamparado y mal herido, ciego de furia y de dolor en Lo Que No Sé Qué que es eso en lo que naufrago.
¿Esto es ser adulto? ¿Acostumbrarse al dolor y cargarlo en silencio, con cera en los oídos para desoír el oráculo de las sirenas que callan? Allí arriba, perdido, con el pecho desnudo al viento, sin cera en los oídos, atado, navegando sin rum-bo, oyendo el ruido sordo de las olas que no hablan. El oráculo de las sirenas es el silencio sordo de las cosas, el ruido informe y sin sentido. Sólo sé que soy el tipo atado y desnudo, con el pecho al viento allá arriba, navegando sin rumbo y guiado por pilotos sin rostro que me fuerzan a seguir sus rumbos, escuchando el silencio que nada dice porque todo lo dice, y el todo es inabordable e inhumano, ininteligible. Y entonces el hombre atado y desnudo con el pecho al viento sin cera en los oídos que escucha el oráculo, el canto silencioso de las sirenas, ansía ser uno más de los de abajo, laborando las velas y los remos al albur de un timón que no dominan y cuya existencia misma ignoran, felices y atareados en la labor de existir, iguales uno al otro, indistintos y tenaces, porque no han escuchado el oráculo, el canto silencioso de las sirenas, el silencio oprobioso y henchido, y no conocen su mensaje: que nada hay que escuchar, sólo silencio en el mar infinito, sólo el viento golpeando en el pecho implacablemente para hacerle saber al hombre que escucha que de esa pesadilla no hay salida, que la pesadilla se llama universo y que el hombre golpeado por el viento también es universo, y que sa-be, y que su torpe sabiduría amarga no sirve para nada salvo para ser infeliz. Es-toy solo, arriba, desnudo contra el viento, atado y escuchando.
¿Cómo nadie se entera? ¿Cómo camino por las calles cada día y me cruzo con miles de rostros impasibles y nadie me mira y nadie sabe? ¿Y cómo yo no sé si todos sufren? ¿Es esto, vivir, para todos: este sufrimiento disperso por el cuerpo y dilatado por los días? Y sin embargo, contemplo el dolor ajeno y no me impor-ta, me deja indiferente: ¡es tan omnipresente mi dolor que cubre el mundo, lo tiñe y lo impregna!
¿Y la rubia qué? ¿Y su dolor, si es?: ella es el fruto amargo, es el terreno en que combatimos incestuosamente los dos alguna vez.
Estoy loco, estoy enfermo, ardo de fiebre (¿pero por qué?) y uso las palabras indiscriminadamente, me lleno del dolor que producen, gozo con las heridas que yo mismo me provoco. Ahora, estúpidamente, esto del incesto. ¡Pero yo sé, o debiera saber, que todas estas opresiones están tan sólo en mi cabeza desma-drada, que sin control se arroja ladera abajo y cae y se despeña, y magullada se levanta y vuelve a lanzarse de inmediato, siempre más abajo, en un suplicio cí-clico! Mi cabeza, reverso y piedra de Sísifo, que busca destrozarse contra las piedras, bajar siempre, incesantemente, febrilmente, buscando aniquilarse sin jamás conseguirlo.
¿Qué busca? ¿El abismo? ¿Cuál?
Mi corazón late desacompasado, rápido y arrítmico como un jam erudito. Pe-ro ¿son los ácidos? ¿Es el exceso que castiga mi cuerpo, o los ácidos son sólo la excusa para este afluir a mi conciencia de horrores vacuamente dispersados por la faz cotidiana de los días? ¿Qué se debate en mí? ¿Qué combate se libra por mi cuerpo, por la mano azul que escribe o por el tedio azul que me subyuga? ¿Estoy escribiendo? ¿Estoy jugando con las palabras?
Pero una vez que el juego se desencadena, una vez convocados los demonios, el juego toma vida y forma propias y obedece sus reglas, y los demonios, con sa-ña, completan su tarea sádica, clavan el arma de modo que no muera la víctima, echan la sal en las heridas y las abren y las infectan para que el juego, para que las heridas, se perpetúen. Y en esa deriva vaga el amanuense, el cínico, el iróni-co, preso, escuchando el sonido de las olas que ha querido oír, el silencio impú-dico de las sirenas QUE NO EXISTEN.
A partir de allí, todo lo que hizo Tobi se pierde para los tiráceos. Fueron mo-vimientos rápidos y secretos, como perfectamente planificados y no mera obra de un momento de calentura o inspiración o desilusión.
Tenía el pasaporte sacado desde hacía meses, en común acuerdo con la rubia, con vistas a las vacaciones en el exterior. Había estado haciendo trámites en se-manas anteriores en una embajada, la de Grecia, para hacer la visa. Compró una valija y la dejó en la pensión de Miguel. Le pidió que se la guardase unos días, pocos, y no le quiso explicar nada más, pese a que Miguel se preguntaba para qué carajo quería una valija Tobi, y para qué recontra carajo insistía en dejarla en su pieza. Miguel sabía lo de la mudanza próxima a Caballito. Conjeturó ante Tobi si se debía a eso, y Tobi dijo vagamente que sí.
Pero estos datos toman importancia mayor a posteriori, porque lo que hizo Tobi ese lunes a la salida del trabajo estuvo enmarcado en una aparente visita de reencuentro después de las Fiestas de fin de año. Así que tomaron un poco de vino barato y conversaron mucho de literatura, de la novela que Tobi había ¡fi-nalmente! entregado a imprenta, y que iba a estar en las librerías para abril, mediados de abril a más tardar. Miguel se mostró verdaderamente feliz con el logro de su amigo. Siempre se hacían bromas respecto de “cuando fueran los dos escritores famosos”, y ahora Tobi publicaba su primera novela, era un acon-tecimiento para Miguel también. Se veían en espejo uno en el otro, más allá de las diferencias enormes de personalidad, de matices, de vida, de estilo artístico; se daban seguridad, se sentían menos extraterrestres teniendo entre ellos esas largas conversaciones literarias o esos largos silencios que hacían su amistad. Así que lo de la valija quedó para Miguel como un detalle estrambótico más de Tobi, como uno más de sus misterios absurdos y casi cómicos.
Esa misma tarde pasó por la editorial, para ver qué tal le había parecido a Castro la versión definitiva, y Castro lo recibió eufórico, diciéndole Lo mejoraste todo, es como un cuerpo de deportista, sin un gramo de grasa. Luego, delica-damente, Tobi preguntó por el tema de la plata, y Castro le dijo que sí, que por supuesto, que tenía los tres mil pesos, que había pasado alguna zozobra para conseguirlos pero que era una cuestión de honor, ese adelanto a Tobi le iba a servir quizá para amueblar la casa nueva (porque Castro sabía que en esa sema-na, el sábado a la tarde a lo sumo, Tobi se mudaba) o para alguna inversión rela-tiva a su oficio, quizá un escritorio o un archivero, o simplemente para ahorrarla o reventarla, qué va. Los personajes y la historia eran tan atractivos que Castro no dudaba que iba a ser uno de los libros del año, no sólo en calidad sino tam-bién en ventas, porque además el personaje-escritor-Tobi-Peña era atractivo, tenía el carisma para imponerse rápido con adecuadas apariciones públicas. Quizá no: seguro, Castro de esto sabía, Tobi iba a dar que hablar. Después de un rato de lata amable, Tobi se fue para la casa.
Luego del casi secreto incidente del sábado en la disco, la vida entre los tórto-los siguió con normalidad. Esa noche copularon rabiosamente; cosa rara para la rubia, que ya se había acostumbrado a la luz prendida cuando lo hacían de no-che, Tobi insistió en que apagaran todo. Fue una noche casi violenta, al punto que la rubia quedó realmente maltrecha. Eso la tranquilizó, luego de la semana anterior tan abúlica y extraña de Tobi.
Al otro día, Tobi salió temprano del trabajo y compró un pasaje en clase turis-ta, que le costó un ojo de la cara: los ahorros de seis meses de trabajo quedaron prácticamente aniquilados. Pero, ratón para los gastos superfluos, aún pudo contar más de tres mil seiscientos pesos sumando lo de la editorial y el aguinal-do. El pasaje era para el jueves a la madrugada. Tenía tiempo de ordenar sus papeles y hacer discretamente la valija, esto a último momento.
Todo el resto del martes y el miércoles a la salida del trabajo los dedicó a pa-sar información a diskettes, imprimiendo cosas, borrando archivos de la PC a medida que los pasaba a otro soporte. La tarde del miércoles, antes de que la rubia volviera del trabajo, eligió ropa, no demasiada, mudas y algunos pantalo-nes, algunas remeras, un par de camisas, un par de buzos y un sobretodo negro, una resma de papel, y pocas cosas más, y los llevó en una bolsa de consorcio pa-ra la pensión de Miguel. Ya esto a Miguel le pareció demasiado turbio. ¿Para qué quería Tobi tener en lo de Miguel una valija con ropa suya? ¿A dónde quería lle-gar? Tobi le dijo (no había más tiempo para fingir o retacear si quería que todo le saliese al pelo): se iba a Grecia, a pasear, quizá Corfú o el Egeo. Quería apro-vechar la guita del libro para hacer ese viaje, después quién sabe si podría hacer-lo en el resto de su vida. Miguel preguntó Pero… ¿solo? Tobi dudó. No quería contarle todo, no quería contarle que huía de la rubia, o de lo que fuese. Le dijo finalmente que… no quería quilombos con la rubia, que ella iba a querer ir con él y que él quería estar solo, antes de la convivencia final. Era… como una des-pedida de soltero metafísica, algo así. Le dijo además, antes de irse, que tipo cinco de la mañana iba a pasar a buscar la valija, porque el puto avión salía tem-pranísimo.
De ahí se fue para el departamento de Tomi en Caballito. Tenían sus respecti-vas llaves, de modo que, aunque Tomi no estaba, Tobi pudo entrar tranquila-mente y hacer a sus anchas. Dejó, medio escondida para que Tomi tardase en encontrarla, una carta explicándole todo (es un decir) y amenazándolo a que no dijera a nadie, ni siquiera a los padres, nada de nada. La carta, confeccionada a mano en la biblioteca del Congreso, decía que se iba a Europa, aún no sabía muy bien adónde, para qué. Que ya le mandaría sus señas en cuanto se estableciera en algún lado. Que no sabía tampoco por cuánto tiempo se iba, ni qué iba a hacer allí. Que necesitaba aire porque en Buenos Aires se sentía ahogado por un montón de factores. Que le dejaba anotado su mail, por cualquier cosa. Le repe-tía que por nada del mundo le dijera sobre su paradero a la rubia, o a Tir, o cualquiera de sus amigos, y menos que menos a los padres; y a la rubia sobre todo no. Que sinó, volvía y lo mataba. Que el único que iba a saber que él se es-taba yendo sería Miguel. Que tranquilizara a sus padres. Que lo quería más que a nada en el mundo, y que no fuera tarado de ponerse a llorar al leer la carta, que no fuera un pendejo tarado y que se portara como el hombre que era. Al es-cribir la última frase, entre los estudiantes que atestaban la sala de lectura de la Biblioteca del Congreso, Tobi no pudo evitar que las lágrimas corrieran por su rostro como cataratas, sin que las pudiera parar por cinco o seis minutos, tanto que una chica oriental que estaba sentada a su lado le preguntó si se sentía bien.
Volvió al departamento recién a las diez y pico, aunque había hecho todo vo-lando. La rubia lo esperaba, extrañada de su ausencia insólita, con la comida hecha: lengua a la vinagreta con ensalada rusa; mucha mayonesa. Una comida fresca para la noche de un día que había sido tórrido. Cuando Tobi entró al de-partamento se veían nubarrones, y había refrescado bastante; seguro iba a llo-ver.
La rubia lo recibió con un beso muy dulce, y le dijo, de un modo que pareció ocurrencia espontánea, No quiero que te hagas más la cabeza, es al pedo y te ponés, mal, y yo quiero que estés bien, porque te amo. Tobi no esquivó los be-sos ni las palabras. Sí las miradas; sólo asintió a las palabras de la rubia mirando para abajo y recién alzó la vista, con una súbita sonrisa y una mirada embelesa-da a los ojos de la rubia, cuando ella terminó de hablar. Se dieron un beso muy largo y enseguida se sentaron a comer. Tenía el estómago cerrado, apenas pudo morfar. Pretextó un dolor de hígado, y la rubia le dijo que capaz que era el mate, que Tobi tomaba demasiado, y también le dijo que tenía que soltar más lo que sentía, porque sinó se iba a agarrar una úlcera o un tumor, Dios libre y guarde. A Tobi la frase fuera de lugar le causó mucha gracia. Era una frase inconmensu-rablemente absurda y sin sentido en boca de la rubia. Pero son los atavismos del lenguaje, pensó; ¡Decimos tantas palabras cuyo sentido desconocemos! Levan-tándose de la mesa, acarició el cabello de la rubia y la besó suave en la frente, en los párpados, en la ancha nariz, en la boca inmensa y sabrosa como una frutilla desaforada. Te amo, le dijo, y fue a lavar los platos.
Esa noche, hicieron el amor ardorosamente. Fue la fiebre de siempre entre ellos, el sí y el no fundidos, el verbo puro sin verbo, lo inefable del instinto y del deseo y del cuerpo amado. Fueron como flores copulando en la penumbra, en la tibieza estival de la penumbra, un manojo de flores vívidas, esos orgasmos pro-fundos y desgarradores en que Tobi se derramaba hacia la rubia. En un momen-to culminante, Tobi, ganado por la emoción, no pudo más y exclamó, conmovi-do, ¡Cómo te amo, por favor, cómo te amo!, mordiéndola y clavándose en ella como en una agonía, como si fuera el último acto de su existencia.
Se separaron agotados, y la rubia se durmió enseguida, satisfecha y exhausta.
Tobi, en cambio, no durmió en toda la noche. A las cuatro, en silencio y con el corazón latiéndole a mil, se levantó, sigiloso como un gato, se puso el pantalón, las medias, la remera. Tenía un buzo y unas zapatillas en la mano. No quería ni mirarla por temor de acobardarse y arrepentirse, pero no pudo resistirlo, y, a contraluz contra la ventana abierta y la persiana levantada, casi dibujada contra el fondo gris de los edificios y contra los manchones índigo del cielo porteño que aparecían entre las moles urbanas, Tobi vio por última vez el cuerpo en contor-no de la rubia, destapada, desarmada y desnuda, con el pelo en desorden, respi-rando hondo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Arriesgando estropear sus pla-nes, se acercó al rostro dormido. Le pareció angelical y puro e inocente y malva-do y cruel y desdeñoso e infantil e hierático y fatal y misterioso y profundo. In-sondable. Insondable. No pudo evitar, lo más suavemente que sus nervios le permitieron, oler por última vez el cuerpo amado y misterioso, y besar suave-mente la gran boca roja, la gran boca cruel, la gran boca y el rostro dormido de la rubia. Después, haciendo un gran esfuerzo para sacudirse la magia de la hem-bra dormida, se enderezó de golpe, abrió la puerta y salió. Bajó por la escalera para evitar el menor ruido, y se tomó un taxi hasta San Telmo. Sobre la mesa, quedaba un papel de puño y letra que decía “Salí más temprano porque tenía que hacer unos trámites antes del trabajo. No me esperes a cenar. Tobi”. Pasó a buscar la valija por lo de Miguel, que lo esperaba en la puerta, y se metió en se-guida en el taxi, casi sin despedirse de su amigo que no sabía si conmoverse o no, porque no tenía idea de si lo volvería a ver. La expresión hosca y apurada de Tobi no le dio tiempo a sentimentalismos. Chau, Migue, nos vemos a la vuelta, le dijo, y subió como un rayo.
El tránsito en taxi hasta Ezeiza fue eterno. Si bien no había congestionamien-to, a Tobi le parecieron siglos. Sentía una opresión tan intensa en el estómago que deliberadamente trató de poner la mente en blanco, porque cada asociación libre lo llevaba a recordar, y los recuerdos eran como puñales emponzoñados. Le costó un platal, el tipo se había hecho el día. Después, estuvo como una hora y pico sentado, con la valija apretada contra él y el bolso sobre las rodillas, perdi-do en sus pensamientos. No sabía una coma de griego. Prácticamente, en inglés, conocía sólo palabras sueltas. Una huida hacia adelante. El futuro no como es-peranza, sino como fuga del horror de un presente demasiado espeso. Pero tenía apenas veinte años: suficiente futuro como para huir hacia él. Este exilio auto-impuesto, pensó, es la madurez, la madurez definitiva, estar solo POR DECI-SIÓN PROPIA, para llegar a ser por sí mismo y en sí mismo, artista y hombre y autosuficiente. Eran casi palabras de Tir.
Cuando llamaron para su vuelo, volvió de su ensimismamiento sobresaltado, como si le hubieran dicho por sorpresa “Ya es la hora de su ejecución. La horca lo espera”. El colectivito lo llevó hasta el avión. Nunca había volado. Ni se pre-guntó qué sentiría, si pánico o indiferencia: emoción seguro que no. Desorienta-do, buscó su asiento. Una azafata que lo vio parado en el pasillo y con cara de susto y tan chico, le tomó el pasaje y le indicó el lugar con amabilidad y frescura. El corazón le latía con fuerza. El cuore no era tonto, sabía lo que pasaba. Para colmo, el avión tardó una enormidad en despegar. Cuando, finalmente, arrancó, Tobi sintió un sacudón adentro, algo definitivo que se rompía para siempre co-mo un jarrón chino, algo precioso y antiguo y delicado que se hacía añicos, la imposibilidad de volver atrás, a Tobi, el niño, el muchacho, el enamorado, el que había existido. No voy a ver más a Tomi, pensó, como dándose cuenta sólo en ese instante.
Al rato, el avión levantó vuelo, y enseguida Tobi vio a Buenos Aires desde arriba, por última vez: ¡parecía tan chiquita y tan frágil y tan entrañable!: como una maqueta, un hormiguero desierto, un inmenso hormiguero que brillaba en asfalto y cemento al sol casi naranja de la mañana. Pensó entonces que allí aba-jo, pequeñitos y frágiles, estaban Tomi, la rubia, Tir, Miguel, Selva, Mecha, to-dos, durmiendo o trabajando afanosos en pos ¿de qué?: de nada tonto, la vida tiende hacia nada, viene de la nada y va hacia ella, y los humanos la corrompen de finalidad, tonto Tobi, de moralidad y de amor y de odio y de indiferencias fingidas, de hábitos que cuando se nos revelan nos hacen sentir presos, como si hubiera escapatoria a esa infausta e infatigable prisión de días, como si hubiera escapatoria a la Continuidad, a la Fluencia, al Vértigo Indiviso que a veces nos sorprende con su existencia inusitada si somos lo suficientemente tontos como para ponernos a pensar en ella, en él, en eso, en ello, tonto Tobi, absurdo Tobi buscando finalidad y sentido en la vida, finalidad y sentido y todas esas cosas humanas que no tienen la menor importancia. ¡Y cómo la necesitan, los huma-nos, a la finalidad, para no morirse de inanición espiritual, cómo necesitan lle-nar el vacío de su vida automintiéndose, cómo desesperan cuando descubren el vacío que los llena indefectiblemente, que los constituye sin remisión! Tobi mira y mira y no puede distinguir el Obelisco, apenas entrevé o adivina la General Paz o la Nueve de Julio, y después el río, el brillo del río, y más tarde Montevideo y luego un poco más de tierra y finalmente el mar: el mar. El mar que se extiende sin fin hacia todos lados, igual, por donde mire. Ha pasado quizá un par de horas. Se da cuenta recién entonces de que ha estado todo el tiempo llorando en silencio sin parar. Se seca las lágrimas. El pasajero que está a la izquierda de él, un anciano como de setenta años, flaquito, de rostro bonachón, le pregunta si se siente bien. Contesta, moviendo la cabeza, que sí, sin poder articular palabra. ¡El país, el terruño, cómo se extraña cuando uno está afuera!, le dice el viejito. Eso lo hace pensar en la parte de una película en que Gardel canta “Lejana tierra mía” y un anciano no muy distinto del que ahora está a su izquierda llora, con un sombrero o boina en la mano, al lado de Gardel. Ja. Gardel, mierda con el nombre, ni empecemos con esa bobería porque me tiro del avión, piensa. Cierra los ojos y apoya la cabeza contra la ventanilla y se queda así, suspirando, horas, perdido como… en una especie de delirio, de imágenes que se suceden vertigi-nosas y sin orden junto a palabras en una marea que no puede detener, y así, hasta que las imágenes y las palabras lo hipnotizan y se duerme.
Los mellizos, trece años, salen del galpón, todo sucios de revolcarse sobre jer-gones y arpillera y sobre el piso de tierra. Adentro hay una chica, como de once. Lucen macilentos, exhaustos, como tristes. Tobi mira a Tomi: lo ve desolado. Agacha la cabeza y no lo mira más hasta que entran a la casa, en silencio.
Medianoche. Tobi tiene una pesadilla y se despierta ahogando un grito. Se sienta en la cama a oscuras. Entra de lleno luz de luna blanca por la ventana. Es una luna que asoma entre rejas, como una prohibición abstracta. Mira a la cama de abajo para ver si Tomi duerme. Tomi está de costado, con las manos aferran-do las cobijas a la altura de su cuello, la cara vuelta hacia la ventana, iluminada de manera perfecta por la luz de la luna llena. Hace un mohín con la nariz, y se la rasca brevemente con la yema del índice derecho. Tiene un aspecto aniñado, dulce y feliz. Tobi mira con inmensa ternura a su hermano, sonriendo, un par de minutos. ¡Es tan hermoso!; como él mismo, piensa. Luego, ya totalmente sere-no, se da vuelta contra la pared, se tapa hasta el cuello y se duerme enseguida, profundamente.
En esos días escribió muchísimo, promedio siete u ocho horas diarias, unos textos autobiográficos, como si por medio de la palabra escrita, vista en la pan-talla, intentara clarificar todo lo que le estaba ocurriendo, el matete en el que es-taba metido. Pero el matete no era la rubia, los quilombos de la semana ante-rior, sino algo mucho más complejo y evanescente e inefable, algo que se coci-naba en su cabeza acaso desde hacía muchos años, y que ahora, forzado o traído a la superficie (es decir, a la conciencia) por una serie de hechos más o menos fortuitos o más o menos concitados por su propia psique (como si su cuerpo mismo, o mejor dicho, su inconsciente mismo, fuera el laberinto, ansiara el mi-notauro acechante adentro), lo pinchaba en la soledad de su departamento. Eran muchos quilombos juntos que se le agolpaban, era demasiado tiempo para estar solo y pensar, porque cuando escribía paralelamente iba pensando el texto e intentaba desenredar esa madeja armada por la historia con la rubia o por su psique misma (una Ariadna perversa) y que lo enredaba mentalmente hasta convertirlo en una momia claustrofóbica entre todos sus hilos de sentido.
Rubia. Ariadna, acaso Calipso, acaso Circe, acaso araña.
El lunes siguiente cayó la rubia con un par de valijas voluminosas llenas de ropa, de discos. Mientras subían, le anunció que iba a traer su equipo de música, que tenía un sonido bárbaro. Tobi advirtió, sin mirarla, que esto era un depar-tamento, que las paredes eran de papel y los vecinos eran neuróticos de mierda, y que con el quilombo de los golpes en la puerta el otro día las viejas habían perdido la paciencia y lo habían recontracagado a pedo y le habían tirado enci-ma al dueño del departamento.
Primera parada de carro, como para marcar el territorio. La rubia respondió a la advertencia sin mirada de Tobi con una mirada y una sonrisa contemporiza-doras. Tampoco el tono de Tobi había sido ácido.
Eran las seis de la tarde, y Tobi había vuelto hacía un par de horas de traba-jar. Había estado todo ese lunes con una pelota en el estómago, pensando en lo que se venía. Suprimamos el matrimonio con la iglesia y el civil y la fiesta, todos los rituales de cambio de estado civil, el juramento “hasta que la muerte los se-pare”, pero aunque con eso se difuminará el paso, el paso estará ahí, en algún recodo de la mente. Y si la mente es una inteligencia neurótica (más aún, neuro-tizada) resulta que tendremos un germen de conflicto, una bomba con el deto-nante quisquilloso, capaz de estallar en cualquier momento (y de los modos más inesperados).
Primer problema práctico: dónde guardar toda la ropa de la rubia. La rubia se comprometió a dejar todo en la valija hasta el día siguiente, y después, a la ma-ñana, cuando Tobi estuviera trabajando, traer alguna otra cómoda. Tobi objetó que la mitad de su cómoda estaba vacía, que ahí podía poner algo, de manera que la rubia empezó a abrir valijas y a meter prolijamente ropa en los cajones de abajo, zapatos (algunos que había traído) en la zapatera. Sacó cuatro o cinco camisones, mientras Tobi, de manera un poco nerviosa, reanudaba su tecleo complejamente rítmico, lleno de largos silencios como una música vanguardista, silencios que eran sucedidos por abruptos y renovados retorcimientos rítmicos, como un ametrallamiento de palabras. Pero no lograba concentrarse. No podía evitar a cada rato miradas de reojo a la rubia. Entonces la rubia lo llamó, y Tobi miró, y la rubia le presentó a la vista los cuatro o cinco camisones, y le preguntó cuál prefería para esa noche, y Tobi, distraídamente, con indiferencia, casi con hosquedad, fijando de nuevo la mirada en la pantalla de la PC, le dijo que Algu-no que no le diera frío a la noche, bebé, y entonces la rubia, sin borrar del todo en ningún momento la sonrisa un poco forzada y un poco feliz que se había traí-do esa tarde, eligió uno que apenas le cubría los mulsos, color rosa viejo. Guardó los otros en el último cajón y, doblando cuidadosamente el camisón rosa viejo, lo metió abajo de la almohada. Luego sacó una caja pesadísima con medio cen-tenar de compacts y le dijo a Tobi que le había traído mucha música para que oyese mientras escribía, y Tobi asintió sin mirarla. La rubia entonces dijo que no quería molestarlo mientras escribía, que si él quería ella se podía ir a otro lado hasta la noche, y Tobi, sin mirarla, le dijo, que No, por favor, no me molestás. Con que no me hables cada dos minutos me alcanza. La rubia ya no aguantó tan estoicamente el enésimo puñal helado: lo miró diez segundos con odio y luego, tratando de contemporizar, acotó que si él quería ponía música y se ponía a leer un libro. Tobi asintió. Entonces la rubia le dijo si además de la música quería que le cebara mate mientras él escribía. Tobi, al borde de un colapso nervioso (toda esta secuencia fue para él más desesperante que un coito interruptus), aceptó para no desalentarla y porque de todos modos iba a ponerse en cualquier momento a tomar mate, e iba a quedar feo ponerse a tomar solo con la rubia mi-rándolo (porque no iba a parar de escribir para caminar hasta la cama o el sofá y alcanzarle el mate a la rubia), pero de inmediato guardó lo que estaba escribien-do en la PC y en un diskette sin título ni etiqueta, y abrió otro archivo. Ensegui-da desistió de escribir: no podía con alguien al lado, mirando cada letra que él iba poniendo en la pantalla. Así que se pusieron a tomar mate sentados como estaban, Tobi de costado a la PC, la rubia a su izquierda, cebando con el equipo en el piso.
Se pusieron, inevitablemente, a conversar. La rubia le dijo que Tir le había asignado un sueldo de mil pesos en blanco, con obra social y todo, así que iban a estar bien. Tobi no recibió ese “iban” con ningún beneplácito, porque parecía so-lidificar, en un futuro impreciso, la situación actual, es decir, la rubia metida en su casa. Ella agregó que estaba buscando un comprador particular para sacarle más a la casa, y si podía comprarse una casa, NO UN DEPARTAMENTO, en Ca-ballito o en Almagro mismo, porque las casas eran más lindas para vivir (Y más fáciles de asaltar, acotó Tobi con sarcasmo).
De todos modos, salido ya de la abstracción absoluta del entorno que le in-fundía el acto escriturario, se permitió ser más amable. Dejándose llevar por la mansedumbre presente de la muchacha, le acarició el rostro y le preguntó cómo había andado.
En Parque Chas te extrañaron todos, estos dos fines de semana. Las chicas estaban preocupadas, les extrañó que no llamaras por teléfono a nadie en to-dos estos días. Yo los miraba a todos y nadie me decía nada, pero me miraban como pensando “Está depre, ¿no?”.
¿De dónde les venía ese hablar igual, con giros iguales, con inflexiones y pau-sas iguales, a los dos? Ese “¿no?”, que solía completar las frases. En gran parte, de Parque Chas y de la tribu, sobre todo quizá de Tir, y a Tobi, seguro, en gran parte de esas horas a solas con la rubia, sin demasiada charla pero con la sufi-ciente convivencia como para generar rituales y tics comunes. Y además, había cosas del modo de hablar de Tobi que se le habían pegado a la rubia, y, menos, a algunos tiráceos. Quizá la manera de hablar de Tobi armando las frases, como si estuviera exponiendo una argumentación o contando una historia, se le había pegado un poco. O quizá (esto a Tobi, íntimamente, lo regocijaba, porque signi-ficaba, si era cierto, que era capaz de absorber las experiencias, de chupar el en-torno para convertirlo en arte) la manera de hablar de los tiráceos se le había pegado en la escritura, y era eso lo nuevo, lo salido como de ningún lado y que empezaba a gustarle de su escritura de esos meses, lo que se había filtrado con todas sus fuerzas en los escritos autobiográficos de la última semana, una mane-ra de escribir anárquica y procelosa y feliz e irónica con el contar mismo, una desmañada escritura que desordenaba los datos para entregarlos desgreñados a la vista del hipotético lector. Como si esa prosa caótica, meandrosa, digresiva, lograse ser lo más a-literaria posible, lograse captar el germen de los instantes, el punto justo de intersección en que se cruzan el acontecimiento contemplado y la contemplación con el comienzo de una reflexión constante pero casi no cons-ciente sobre lo contemplado y la contemplación, y que, Tobi creía, era el privile-gio de toda buena literatura: captar las profundidades de lo humano; no de lo experimentado sino de lo vivido, de lo vivenciado, de (si se quiere poner uno culturalista o constructivista) lo experimentable, lo vivenciable.
Había pocas noticias más para dar. Alma estaba muy flaca, era preocupante. Es-taba verde. Todos estaban preocupados, hasta Mecha, que empezaba a mirarla con miedo de que le pasara algo. Al poco tiempo de dejar de verse con Tomi, Alma había comenzado a salir con un DJ del boliche donde estaba laburando, y el tipo curtía heroína, como Tobi había podido comprobar en el Tigre. Conversa-ron lacónicamente sobre el tema, con largos silencios y rehuyéndose las mira-das. Un largo silencio cerró el tema.
Luego la rubia le preguntó si quería que le cocinara algo en especial. Tobi, de-volviendo el mate, respondió que no solía comer de noche cuando estaba solo, porque llegaba muy cansado. Eso era muy malo, dijeron los ojos de la rubia. Desayunar a la mañana temprano, después picar un sánguche al mediodía, des-pués almorzarmerendar algo hecho muy a la bartola porque ya era hora más del mate que de los fideos, después las cursadas (ahora ya, definitivamente, parte del pasado tobiáceo) y a la noche, con el agotamiento de un día de enferma acti-vidad, picar algo que hubiese sobrado en la heladera, acaso un cacho de queso de rallar con pan, seguramente un vaso de yogur de frutilla, y a la cama, y así to-dos los días. Era malo, eso. La rubia, con todos sus pires y excentricidades, co-mía cuatro veces a sus horas, se permitía (se podía permitir, acaso) un ritmo de alimentación más normal, en la semana por lo menos. Ella cuidaba mucho ese aspecto de su persona. Comer bien, no necesariamente mucho, pero a sus horas, y tener muchas horas de ocupación, el día lleno de actividad para alguien como ella, criada así desde la primaria, de la escuela al taller de danza un día, y otro al de inglés, y otro al de francés, y otro al de… etc… gente para la cual los espacios vacíos, el dolce far niente, eran un lujo agendario recluido a los fines de semana (eso sí, viernes sábado y domingo hasta la madrugada era el descontrol total, pero cada cosa en su momento, después el lunes y el recomienzo de la fachada cotidiana, vivida por la gente como la rubia sin dramas, sin escisiones dos-toievskianas, como lo normal, esa normalidad que a la gente como Tobi le pare-cía una maquinaria tan monstruosa dedicada a triturar humanos, a convertir a las personas en vacíos recipientes consumistas, llenando todo su vacío {espacial, temporal, existencial} con ropas y electrodomésticos caros, drogándose o embo-rrachándose sin alegría, sin espiritualidad, gente que va y que viene en subtes y colectivos y taxis y remises y autos particulares, cascajos de humanidad, desqui-cios caminantes). De modo que la rubia revisó la heladera, no encontró nada, y fue al Coto más cercano a comprar harina, huevos, queso cremoso, acelga, etcé-tera, todo lo necesario para prepararle a Tobi unos canelones.
Los dos canelones le cayeron al estómago, desacostumbrado a manjares noc-turnos, como dos piedras, así que tuvieron que caminar un poco por el depar-tamento, seguir escribiendo mientras la rubia, ya acostada, leía una novela de Dumas, hasta que los canelones bajaron lo suficiente y pudo haber sexo en la penumbra (con cabezazos a la lámpara incluidos), nada del otro mundo, un pol-vo antes de dormirse, por reglamento, porque era lo único que, acaso, justificaba su unión, esa convivencia iniciada por la tarde y que quizá durase muchos años, todos los años por vivir: el sexo, el mero y buen sexo, el hambre canibalizadora de cada uno por el otro.
Al otro día la rubia mudó el resto de sus pertenencias al departamento, en un flete. A saber: un televisor color veinte pulgadas; una videocassettera; el centro musical; un roperito para colgar camisas y sacos, un perchero de hechumbre rústica con madera de quebracho; otra PC, porque la rubia estaba segura de que Tobi le negaría la entrada a la de él por miedo a que le espiase los archivos, era un pelotudo de primera, mañero como él solo; dos sofás para completar un jue-go con el sofá tobiáceo de tres cuerpos; un microondas; varios juegos de toallas; secador de pelo; sus tapados y sacos de invierno; dos sillas de paja para comple-tar las cuatro; una mesa de luz para ella; un velador; varios pares más de zapa-tos; etc. Todo eso, sin consultar a Tobi más que de modo general. Quedó ad refe-réndum en Saavedra la cama de la rubia de una plaza y media. En Parque Chas una sala llena de muebles en desuso esperaba al resto de las pertenencias mue-bles de la rubia: la cocina, la heladera; el ropero grande; la mesa, el resto de las sillas, etc… Las macetas ocupadas de primorosas flores fueron a la ruinosa casa de Villa Crespo. No había mucho más.
Estuvo toda la siesta ordenando con método y paciencia. Puso la cama de ca-becera a la pared y a los costados las dos mesas de luz (la traída por ella y la de Tobi, donde Tobi guardaba su bloc de notas y sus lapiceras de colores para es-cribir a mano), y a los costados de las mesas de luz acomodó la cómoda vertical de Tobi y el ropero chiquito, contra las otras dos paredes en las partes que da-ban a: i) el costado de la puerta de entrada; ii) el ventanal. Después, acomodó el sofá de tres cuerpos de espaldas a la mesa, y, enfrentándolos diagonalmente, los dos individuales que había traído. En el medio, una mesita ratona de madera con tabla de vidrio, de su propiedad. Detrás del sofá, la mesa, más cerca de la mesada y de la cocina con las cuatro sillas a los costados. A la derecha viniendo del sofá, más bien cerca de la puerta de abajo de la mesada (pero no tanto como para dificultar la apertura de dicha puerta), la heladera. En el extremo, inamo-vibles, la mesada de hechura simple y la cocina a su izquierda, dejando un espa-cio de pared entre ésta última y la puerta del baño. Del lado del ventanal, como siempre, la computadora de Tobi, ubicada de modo que el muchacho, zurdo, pudiese aprovechar la generosa luz del día (aunque Tobi escribía siempre al atardecer, o directamente a la noche, que era cuando estaba). Finalmente, llevó sus juegos de toallas y los acomodó prolijamente en los estantes con puerta de doble hoja pintada de blanco ubicado(s) a la izquierda del lavabo.
Al séptimo día descansó.
Tipo cuatro y media de la tarde, con cara de cansado, volvió Tobi del laburo. Salió del ascensor, caminó el breve espacio de pasillo hasta la puerta, corrió el cerrojo, movió el picaporte, abrió la puerta, y contempló al principio sorprendi-do (porque tuvo durante un segundo la impresión de haberse equivocado de de-partamento) y enseguida horrorizado (porque sentada en el sofá grande, leyen-do y escuchando música a bajo volumen {Moby, tranqui} estaba la rubia, abs-traída) el panorama de SU cucha.
La rubia levantó la vista sonriendo al sentir el ruido y se quedó mirándolo, luego de decirle, con el librito sobre el regazo, Hola.
Tobi cerró la puerta. ¿Estuviste trabajando todo el día?, preguntó mostrando sorpresa y tratando de ocultar el fastidio que le acababa de producir todo ese re-ordenamiento inconsulto.
La rubia sonrió Sí.
Tobi dejó de mirar el entorno, dejó la campera a los pies de la cama, miró a la rubia, se acercó a ella y la besó en la boca, un poco mecánicamente como hacían siempre. Pero el beso de la rubia se quedó en su boca, la rubia apresó con una mano la nuca lacia de Tobi y chasqueó sus labios contra los del muchacho, cari-ñosamente. Esto le produjo a Tobi una protoerección instantánea. Pero no era de eso el beso. Era de cariño nomás.
Se notaba que estaba contenta de estar ahí. Le dijo a Tobi, mirándolo con esos ojos increíbles, Tenés cara de cansado. Tengo la comida caliente en el horno. Canelones de ayer.
Eso le iluminó los ojos a Tobi (y le ablandó el pene). Se puso a comer como un orangután hambriento. Tres canelones (¿de dónde le venía esta asociación instantánea de canelones y sexo?). Pero los canelones y el sexo inmediato se lle-van mal, así que en un ataque de (¿cómo definirlo? ¿optimismo? ¿alegría?) le di-jo a la rubia Vamos al Parque Centenario a sacar fotos antes de que caiga del todo el sol. Se pueden sacar buenos claroscuros dentro de un rato. Y se la llevó a la rastra de la mano.
Estuvieron hasta casi las ocho sacándose fotos. Tobi practicaba con los con-traluces, sobre todo con los paisajes y con el juego de penumbras de los árboles. A veces una bandada de pájaros en vuelo, como un Simurgh, rasantes y eleván-dose apenas sobre las copas despellejadas por el invierno. De vez en cuando la usaba a la rubia para que posase, y, al ojo de la cámara, le descubría una sonrisa feliz y párvula, un brillito de esfinge inerme en los ojos azul claro que lo enamo-raban hasta la agonía, un color de labios encendido por el frío penetrante que le hacía la boca más inmensa, apenas desplegada en una sonrisa de brazos cruza-dos y pulóver escote en v. A cada foto que le sacaba, a cada nuevo ángulo o pose, le descubría un matiz nuevo, como si su rostro fuera poliédrico, inagotable. Puesto ante el lente de la cámara, que hiperboliza lo conocido y pone ante la vis-ta lo desconocido, Tobi tuvo que rendirse a la evidencia que, tal vez por un ins-tintivo sentido de supervivencia, se escamoteaba todo el tiempo frente a la ella: la rubia tenía el rostro más bello y más atroz que él hubiese contemplado.
Volvieron cerca de las ocho, con un frío de las remil putas. Sin demora, Tobi la tomó por asalto, le arrancó la ropa y la arrastró hasta la cama. Cogieron con el mayor entusiasmo hasta casi las once. Después comieron lo que encontraron frío en la heladera y se durmieron, cansados por las emociones del día.
De todos modos, aunque Tobi trataba de escaparle a la rutina, era inevitable que, con el correr de los días y de las semanas, la convivencia se enturbiara con roces o, peor aún, con mero aburrimiento. Por ejemplo, no se podía acostum-brar a escribir con la rubia al lado cebándole mate. Cada tanto, seguía con su texto autobiográfico, aunque con la estabilidad emocional que siguió a la llegada de la rubia eso había amainado bastante. Entonces, atacaba de nuevo la novela que reescribía desde mitad de año.
Pero como las horas de la tardecita con la rubia se le hacían insoportables pa-ra cualquier actividad intelectual que no fuera la lectura, empezó a dormir sies-ta, del modo más grosero, de ocho a diez y pico. A esa hora más o menos la rubia lo despertaba con la comida hecha o para que lo ayudara a cocinar o directa-mente para que le cocinase, y después Tobi lavaba los platos mientras la rubia miraba un poco de televisión puteando los canales de películas y buscando des-esperadamente un programa interesante en canal “á” hasta cerca de la mediano-che, en que empezaba a bostezar y se acostaba, leía un rato y se dormía. En el medio de todo eso, se echaban un polvo cuatro de cada cinco noches. Se conocí-an todos los corcovos y cosquillas del otro, todos los placeres y los morbos del otro, y jugaban un juego rápido entre meriendas y conversaciones y lecturas y televisión y cena y sobremesa y presueño. Y recién cuando la rubia ya se había acostado Tobi prendía la PC y, con el cercano cuerpo leyente o durmiente de la rubia, escribía hasta las dos o las tres, sin parar, tomando notas a lápiz cada tan-to, rearmando diagramas, armando y desarmando archivos, mezclando párra-fos. Sin parar, como una epilepsia digital que se le difundía a todo el cuerpo. El sexo verdaderamente salvaje y tupido venía sólo los fines de semana, en Parque Chas o después, en el departamento o en algún otro lado donde los abandonase el albur de cada noche.
La rubia empezó a trabajar en lo de Tir a la semana siguiente de establecerse en Lambaré. La solapada luna de miel se terminó, porque la rubia entraba a tra-bajar a la una de la tarde y salía a las siete, de modo que llegaba a las ocho, la misma hora en que Tobi, luego de haber escrito un par de horas solo con la PC, se acostaba a dormir su siestita.
Pero a veces había trabajo en lo de Freddy bien de tarde, ocho o nueve de la noche, y entonces los tórtolos echaban un polvo mañanero y Tobi se quedaba solo leyendo y escribiendo hasta las dos, y llegaba, terminado su día laboral, pa-sadas las diez, fresco como una lechuga pero fingiendo cansancio para que la rubia le cocinase una comida rica.
No había mucha droga en los días hábiles. Siempre, eso sí, unas pitaditas an-tes y después de cenar, como para relajar las tensiones y desperezar los sentidos y despertar el músculo.
Las temidas celliscas de inicio de la convivencia pasaron sin líos épicos. In-creíblemente, lo habían manejado con madurez, con bastante madurez, aunque en algún momento cada uno tuvo ganas de mandarlo al otro a la reputísima ma-dre que lo parió. Pero se habían contenido, habían actuado como un par de per-sonas razonables. Para Tobi fue sorprendente. Pero de todos modos, pensó en algún momento, no es esa la guerra que peleamos. Esa está en otra parte.
Alma hinchaba las pelotas con el disco de Prince. Hinchaba las pelotas, lo es-cuchaba todo el tiempo, hablaba todo el tiempo, te quería convencer de lo obvio, es decir, de que era un discazo. Sobre todo, en las fiestas de Parque Chas, se po-nía especialmente pesada con una canción de Sheryll Crow, “Every day is a win-ding road”, que el negro puto había convertido de linda cancioncita folkpop en un temazo funky superbailable. O sea que cuando Alma oficiaba de DJ en los fi-nes de semana (y eso ocurría siempre en algún momento), era común escuchar-la cuatro o cinco veces en una sola noche. Por insistencia, por afinidad, por goce estético, porque era marchosa, la canción se convirtió enseguida en un himno de la tribu. Hasta Tobi, que no sabía de inglés más que palabras sueltas, había aprendido a corearla en el medio de la horda: Everyday is a winding road / I get a little bit closer / Everyday is a faded sign / I get a little bit closer to fee-ling me. Y la otra parte: I’m just wondering and people feel so all alone / feelin’ like a stranger in their own life // I’ve been swimming in a sea of anarchy / I’ve been living on compliments and herbal tea / I’ve been wondering if all the things I’ve seen / were ever real… were ever really happening…Y el corito de nuevo.
El lunes 20 de setiembre a la noche fue particularmente intenso. Hasta Fred-dy, había decretado asueto general en el estudio para el día siguiente. La prima-vera era la primavera.
Tir había iniciado la velada con unos vinitos oriundos de Francia, después de una comida para veinticinco personas. Estaba Claudia, la minita del estudio, y Pablo, la mano derecha de Freddy. Estaban todos y todos los ligados a. Tomi in-cluso, un poco perdido sin su novia tandilense. Tir le había encargado a Gianni un arsenal de drogas capaz de convertir el mundo en una ciénaga de tonalidades vivas. Había alcohol de todos los colores. Había alegría, ganas de festejar. La idea era seguirla en otros lados hasta el mediodía, hasta donde llegaran. La pri-mavera lo merecía, lo exigía. Los jóvenes y no tanto de la tribu se sentían de ve-ras excitados por la inminencia de la fecha. Algo… como religioso… horda, tribu en búsqueda de la eterna primavera (reflexionaba Tobi, vaso en mano, contem-plando la alegría en los rostros, con una sublime borrachera).
Casi no comieron, que es lo que pasa cuando uno quiere que el tiempo trans-curra rápido para llegar al momento deseado, la angustia de las vísperas, que, al albergar, como virtualidad, varios futuros posibles, o si se quiere variantes posi-bles para un mismo futuro planeado o esperado, es más rico que la consumación misma del deseo, que simplemente ocurre, tiene la delgadez extenuada de la ex-periencia, uno no lo piensa mientras está en el medio, y por eso uno después se queda como vacío, como si todo hubiera pasado demasiado rápido y uno no hubiera tenido tiempo de disfrutarlo. Pero mentira, Lennon lo dijo muy bien, uno lo disfrutó, el duelo es en verdad por la pérdida, porque la memoria no po-drá jamás rescatar en todo, en bruto, crudo, el acto, la consumación, la felicidad (o un hecho cualquiera del universo, pero con la felicidad duele más, como sabía y dijo Byron), sino que aplanará en algunos sentidos el hecho, adaptándolo a los cauces lingüísticos, a los diques de sentido, olvidando o asordinando fragmentos que hacían a la armonía general y poniendo muy en foco, muy en primer plano algunos detalles que el seccionamiento de la memoria despoja de su intrínseca felicidad primigenia, sacando a superficie la gran insuficiencia humana, la im-posibilidad de escaparle a la perspectiva, al punto de focalización desde el que cada uno es testigo de Lo Que Ocurre, rompiendo para siempre la armonía, el acorde impreciso de la felicidad. La insuficiencia fundante de lo humano, insufi-ciencia simbólica de simbolizar lo insimbolizable, lo que meramente ES, resu-mió Tobi, vaciando un vaso y ahorrándose la recordación de topologías peliagu-das, fuckin’ Lacan del orto. Esto va ser un quilombo, reflexionó calculando el plan de noche que las chicas habían propuesto, con la anuencia y el padrinazgo complacido de Tir.
La rubia revoloteaba de grupo en grupo, fatal y aciaga como un tigre de Bor-ges, tocada desde temprano, reinando como una amazona por la fiesta. Tobi, a diferencia de otros tiempos, la dejaba alejarse de él, confiado, si no en la fideli-dad de la rubia, en que de todos modos iba a volver. Y entonces se dedicaba a cultivar la conversación, el baile, el flirteo superficial incluso, vaso en mano.
Con Tir la conversación… cómo llamarla… filosófica, o estética, o existencial, o ética, o hermenéutica, o mística, con el paulatino conocimiento íntimo había ido quedando confinada a los momentos en que los dos estaban recontra dados vuelta, a las cinco o seis u ocho de la mañana, con la rubia ya mirándolo desde lejos fastidiada por una complicidad de la cual ella quedaba afuera (salvo como subrepticio tema de conversación), y también porque refrescarlo del pedo a Tobi para ponerlo en aptitud de uso y abuso le iba a costar un buen rato de puteadas, sacudimientos y pastillas. De modo que en el núcleo, por llamarlo así, de la fies-ta, se dedicaban, cuando coincidían en un mismo rincón, a cruzar bromas inte-lectuales y maledicencias sardónicas acerca de los demás tiráceos, o incluso acerca de ellos mismos. Toda esta monserga viene a cuento para decir que en un momento álgido de la noche, tipo cinco y media, en un boliche, todos recontra dados vuelta INCLUSO TIR, Tobi se atrevió a esbozar ante su cuarentón amigo una teoría atea de la idea de vida eterna, del paraíso como ideal cristiano. A los gritos, repitiendo cada tanto una frase porque el quilombo era insalubremente ensordecedor, Tobi reseñó El cielo y el infierno… La consecuencia lógica de que en el infierno todo arda a las temperaturas más altas sería, por oposición, que en el cielo deben imperar las temperaturas más bajas. Ahora bien, en la física se acepta que, a mayor temperatura, mayor movimiento molecular, y a menor temperatura, menor movimiento molecular. Luego, la vida eterna que ansían los cristianos es ser piedra muerta, es la inmovilidad más absoluta, es la no-vida, es la muerte, la desintegración total del ser, de la conciencia. Tir se lo quedó mirando, absolutamente dado vuelta como estaba, entre el quilombo de la música y los gritos, como enfadado, duro, sin poder mover un músculo de la cara, sin pestañear. Luego, en un rictus inenarrable, le contestó, gritándole al oído para hacerse escuchar, Pero, ¿vos estás en pedo? Tobi, entre estertores de riente, gritándole a voz en cuello contra la oreja y zamarreándolo, le contestó SÍ, PELOTUDO, ¡ESTOY RECONTRA DADO VUELTA!
La noticia los shockeó. Era martes, en realidad ya miércoles, a las tres de la mañana. Tobi se había acostado a la una y media de escribir y dormía apretado contra la rubia en la cama que ella había traído de Saavedra. Hacía un frío bár-baro. Sonó el teléfono. Con insistencia. Al principio no lo escucharon. Después, no lo quisieron atender: cada uno se hacía el dormido para que se levantara el otro. Después de diez minutos en esa tesitura, Tobi sacudió a la rubia entre sus brazos y le dijo Che, rubia, ¿estás despierta? ¿sentís el teléfono?
Una voz venida como de otro lado, como de entre cobijas y almohada, como de espaldas a y envuelta en Tobi, respondió Sí, chinchudamente.
¿Atendés vos?, preguntó Tobi en un tono veladamente conminatorio.
Vos sos el dueño de casa, repuso la rubia astutamente, mostrando de paso que ni ebria ni dormida perdía su temperamento dominante.
Tobi tuvo que levantarse. Atendió en tono entre adormilado y grosero.
Le respondió una voz femenina, la voz de Selva, que, sin saludar, le dijo con timbre un poco tembloroso Nene, nene, llamo para avisarles, pasó algo muy malo con Alma. A Tobi se le erizaron todos los pelos del cuerpo, se le vació de golpe el tórax, miró instintivamente a la rubia, que dormía o casi, envuelta en cobijas. No tuvo aire para preguntar nada por varios segundos. Selva completó Tuvo una sobredosis, la llevaron al hospital, está muy grave, muy grave. La voz al final se quebró.
Los ojos de Tobi se llenaron de lágrimas. ¿Qué hospital es?, preguntó, miran-do para la cama.
Automáticamente, la rubia hizo algún movimiento entre las cobijas. Luego, lentamente, levantó la cabeza y preguntó, ¿Qué pasó?
En el Italiano, dijo Selva. No sé ni en qué sala. Vayan. Colgó sin decir nada.
Tobi tuvo que sentarse en una de las sillas de paja, con los codos apoyados en la mesa y la cara entre los antebrazos. La rubia prendió la luz de su velador. Mi-ró a Tobi, ya con la preocupación en el rostro. Miró las lágrimas apenas nacien-tes de Tobi. ¿Qué pasó?, preguntó de nuevo.
Alma. Está internada. En el Italiano, dijo Tobi.
Ay, Dios mío, dijo con voz ahogada la rubia, tapándose la boca mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Acto seguido, se sacó las cobijas de encima y comenzó a vestirse rápidamente, sin dejar de lagrimear y suspirar y secarse las lágrimas, mientras Tobi continuaba en su misma postura, partido al medio, con dos lágrimas detenidas en la cara, abrumado, como si le hubieran pegado un pa-lazo en la cabeza del lado de adentro. No podía articular pensamiento, estaba en blanco, no podía moverse. Estaba en calzoncillos y camiseta manga larga, des-calzo, sentado a la mesa con las manos juntas sobre las piernas, mirando para abajo, abstraído.
La rubia terminó de vestirse y recién entonces volvió a mirarlo. Ay, Tobi, apurate, vestite, por favor, dijo. Sólo en ese momento Tobi se pudo mover. Se paró, caminó hacia el sofá individual en que se amontonaba su ropa del día an-terior. La rubia, mientras tanto, fue hasta el teléfono y llamó un remis. Bajaron en seguida.
Por suerte está cerca, susurró la rubia, un poco más serena pero visiblemente perturbada, en el ascensor. No dijeron más nada mientras esperaban el remis ni mientras iban en él. La rubia solamente se dirigió al remisero para indicarle Al Hospital Italiano, y luego, llegados allí, para preguntarle Cuánto es.
En la entrada, preguntaron por la ubicación de Alma Rossi. La mina, con el tono desagradable y desconfiado de las que atienden las ventanas de informa-ción en los hospitales, les preguntó, mirándolos fijo, si eran parientes. Sí. Muy amigos, contestó la rubia, sinonimando la incongruencia. Vayan a la guardia, les dijo la mina. Así que dieron toda la vuelta y llegaron al pasillo de espera.
Buscaron a alguien conocido. A cada momento escuchaban voces de lamento o de llanto, algunos que no se sabía de dónde venían, y a cada lamento o llanto que oían, los dos jóvenes se estremecían. En un recodo, encontraron a Carlos, Mecha, Selva, Tir. Mecha lloraba, ahogada, contra el pecho de Selva, bañada en lágrimas. Tobi, al ver el cuadro, se quedó mudo e inmóvil, incapaz de dar un pa-so más, de decir nada, mientras la rubia caminaba rápido para preguntarle al grupo doliente ¿Qué pasó, qué pasó? ¿Está bien? Tir levantó la cara hacia la ru-bia y, como mirando desde abajo, con una opacidad en sus ojos negros que la rubia nunca le había visto, le dijo Murió, en la ambulancia, antes de llegar al hospital.
En ese mismo instante, Mecha soltó el más desgarrador grito que jamás haya escuchado Tobi, y la rubia, casi al mismo tiempo, con su voz ronca, gritó ¡No, no, la reconcha puta madre que lo re mil parió, no puede ser, la concha de la lora, no puede ser!, y empezó a llorar sola, de pie, con los brazos cruzados, con el tapado puesto bajo el cual asomaban unas botitas cortas, que Tobi no pudo dejar de mirar por un buen minuto. No había escuchado bien lo dicho en el gru-po que estaba a unos cinco metros, pero no hacía falta. Agachó la cabeza y se quedó solo, lejos, absorto, helado, hasta que Carlos lo vio y lo acercó al grupo sentado en el banco, rodeándole afectuosamente la espalda de hombro a hom-bro. La rubia lloraba desconsolada, sin sonido, jadeando y suspirando, con los ojos desorbitados, despeinada y con el tapado color ocre que la cubría hasta los tobillos. Tobi no podía parar de mirar los detalles físicos, geográficos, gestuales. No quería mirar a la rubia, no quería mirar a nadie, no quería mirar. Nunca co-mo en ese momento (pero entonces no tuvo el cinismo de pensarlo con pala-bras) sintió la impudicia y la culpabilidad de toda mirada, la profanación de to-do mirar. Mirar, desollar, expurgar, despedazar, corromper, falsear. Sintió todas esas palabras, no las dijo ni las pensó. No había palabras para eso.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
Alma está muerta.
No lo podía creer, no lo podía imaginar, no podía dejar de pensar esa frase y al mismo tiempo esa frase le parecía tan irreal, todo le parecía tan irreal… El mundo, le parecía irreal. El mundo, velo, horda. Ahora, un pedazo de materia orgánica estaba muerto. Un pedazo de materia llamado Alma, una chica de vein-tipico con los más intensos ojos azules que él hubiera visto, un pedazo de paz en el horror y la indiferencia y la absurdidad, una mirada que comunicaba, que unía, que serenaba. Muerta… Ahora las palabras le inundaban la cabeza y no podía detenerlas, era otra vez la marejada de frases vaciadas de sentido. Las pa-labras hueras. Eso, que a veces jugueteaba con él dándose aires melancólicos, reflexivos, se le revelaba ahora en toda su profunda crueldad. Indiferencia. Del mundo. Alguien se muere y todo sigue andando (eso lo dijo Gardel, mejor).
Volvió de su abstracción y buscó unos segundos a la rubia, que ahora lloraba sin ruido contra el pecho de Tir, cuyo rostro mate jamás había visto tan ceni-ciento. Se le notaban los cuarenta en la cara, la veteranía en el dolor, acaso. Es-taba como… avejentado y pensativo, como muy lejos, mientras apretaba la cabe-za rubia y convulsa contra su pecho, la cabeza que, de vez en cuando, casi cada un minuto, como si necesitara todo ese tiempo para juntar aire, soltaba unos gritos roncos, una “a” que alargaba en hache y acababa en sordina, cíclicamente. Tobi no podía llorar. Ahora quería llorar, quería sacar esa cosa innominada que le trancaba el pecho, pero no podía. Galvanizado, era la palabra. Hay que llamar a Tomi, pensó. Hay que llamar a Tomi, susurró.
Carlos torció la cabeza absorta hacia él. Le dijo ¿Para qué? No lo jodás a esta hora, llamalo mañana, a la tarde.
(Tobi, haciendo que no con la cabeza) No, hay que llamarlo, él la quería mu-cho a Alma, no me va a perdonar si no le aviso ahora.
Se paró y preguntó dónde había un teléfono público. Le indicaron. No tenía nada de ganas de ver a Tomi en esas circunstancias, no tenía ganas de nada, pe-ro caminó hasta donde le habían dicho y metió una moneda de veinticinco cen-tavos. Tardó bastante en atender. Se oyó la voz dormida de Tomi ¿Quién carajo es?
Tobi pensó, velozmente ¿Y ahora qué hago, qué le digo? Dijo Mirá, habla To-bi… Alma murió, por eso te llamo… Pensé que… tenías que saberlo ahora.
Tomi estaba dormido. ¿Alma… qué…? Tobi se quedó callado. ¿Vos estás dro-gado, la puta que te parió? ¿Por qué no me dejás dormir, mogólico? La mina esa te está comiendo la cabeza, pelotudo, lanzó la andanada Tomi.
Tobi pasó por alto la frase y repitió Murió Alma. De sobredosis. Estamos en el Hospital Italiano, si querés vení, todavía no sé dónde es el velatorio. Y cortó. Flor de quilombo le habré dejado en la cabeza, pensó. Tomi no tenía cómo lla-marlo, cómo comunicarse con otro que supiera (estaban todos en el hospital), iba a estar una hora tratando de llamar a los teléfonos que tenía, infructuosa-mente, y después, desvelado, iba a tener que tomarse un colectivo o algo hasta el Hospital, vestido ya para ir al trabajo, y después un día de mierda en el trabajo con la cabeza en cualquier lado, después salir mal comido para el velorio, si es que sabían dónde era para esa hora. A los dos segundos sonó el celu de Tir: era Tomi.
En el pasillo, en el banco, el cuadro estaba igual: todos sentados, las dos chi-cas llorando, Selva con los ojos rojos; Tir sin afeitar todavía (Tir, que se afeitaba dos veces por día con la eléctrica para estar siempre de punta en blanco), con-versando brevemente con Tomi, la mirada perdida en la pared opuesta; Carlos con la nuca apoyada contra la pared de atrás del banco, cerrando los ojos y abriéndolos, pensando en sus cosas; Gianni, que había llegado recién, muy se-rio, inexpresivo, como asombrado y sin reacción.
Fue a sentarse al lado de la rubia. Ella se había ido a los brazos de Tir a llorar. Estaba claro, ellos la conocían desde hacía mucho más tiempo, Alma era amiga y confidente, compinche, hermana de la vida. Con Alma en el medio, contempori-zando, haciendo de fiel de la balanza, Mecha podía desenvolverse bien en su pa-pel delicioso dentro de la tribu, sofrenada por el carácter indómito de la rubia y por la mansedumbre indómita de Alma.
¿Qué iba a ser de Mecha ahora, sola, en la vieja casa de Villa Crespo, con to-das sus flores que amaba pero, como Mecha era una persona emocionalmente sana, no iba a poder ahora refugiarse de la realidad en sus flores como Tobi en su literatura o la rubia en andá a saber qué bardos o Tir en sus cuadros, en su pasión por todas las artes? ¿Qué iba a ser de Mecha ahora?
Mecha seguía llorando desconsoladamente, en silencio.
Tir, cerebral a la hora de las crisis, había llamado a la familia para avisar, lue-go de más de media hora de buscar un número telefónico en sus agendas. Pero la había llamado desde el hospital, para llegar antes, para saber bien, o mejor, qué decirles, porque todavía nadie estaba seguro de nada a la hora del llamado al departamento de Tobi. Pudo comunicarse con una tía que vivía en San Mar-tín, era lo más cercano que había conseguido, porque los padres no tenían telé-fono. Pero los padres vivían por Lanús, así que hasta que se hiciese la cadena de llamados y llegasen ellos hasta el hospital iban a pasar varias horas.
Hasta que no apareciera un familiar el cuerpo iba a estar en la morgue. Ellos no lo podían retirar. Así que se quedaron toda la noche, con Tomi que apareció a las cinco y media atontado por la noticia, vestido de trabajo (es decir, con suéter de estudiante universitario) y pidiendo detalles que nadie podía darle, con la ru-bia llorando ahora muy quieta contra el hombro derecho de Tobi, quieto a su vez, con la cabeza llena de palabras que iban y venían como relámpagos, sin que las pudiera dominar.
Como a las ocho y media apareció la familia (los dos viejos, de alrededor de cincuenta; los dos hermanitos más chicos, una nena de nueve y un nene de once, y el hermano más grande, de quince o dieciséis, tal como se lo había descrito al-guna vez Alma: el pelo negro azabache y unos profundos ojos azules como los de Alma, bellos e inteligentes y como melancólicos, que a Tobi lo conmovieron pro-fundamente porque entrevió algo, no sabía, como de Esteban Dédalus, así, una sensibilidad rica hundida en una familia en decadencia), y la vieja, en cuanto identificó a los tiráceos, empezó a insultarlos llorando a los gritos, diciendo que su hija había muerto por su culpa, que ella sabía quiénes le vendían la droga, y que los iba a denunciar por faloperos y degenerados, que Alma se lo merecía porque era una falopera de mierda igual que ellos y que… no alcanzó a terminar la frase, porque en el medio la rubia se desprendió con rapidez insospechada de los brazos de Tobi, caminó resueltamente hasta la vieja y le metió una trompada al mejor estilo Martillo Roldán que la tiró al piso ante la sorpresa general y los gritos de los dos hermanos más chiquitos (Tobi observó al más grande, que se quedó quieto, como aprobando secretamente la piña).
Pero eso no fue solución para nada, porque Mecha, inducida por la violencia de la rubia, se paró y empezó a insultar histérica, a los gritos, a la vieja que se tomaba la boca ensangrentada en el piso, mientras el viejo se adelantaba insul-tando a la rubia.
Ahí se paró Tir y le dijo al hombre, casi como un héroe del Far West, así, así, era increíble, congelándolo con la mirada, le dijo Mire, buen hombre, todos no-sotros queríamos mucho a Alma, y estamos tan dolidos como ustedes. No es el momento para discutir ni para nada.
El tipo se tranquilizó, si no por las palabras de Tir, por su metro ochenta. En-tonces Tir lo llevó aparte y, bajando el tono y la tensión de su voz, le dijo que, sin intención de ofenderlo, le quería pedir a él que lo dejase pagar el sepelio, pero que era un favor que le pedía, que si este pedido le resultaba ofensivo lo retira-ba, mientras el hijo más grande tranquilizaba a la madre, Selva y Gianni ataja-ban y acallaban a Mecha y la rubia seguía de pie y en silencio, comiéndose con los ojos a la vieja. Le faltaban diez centímetros para ser Nikita, pero la cara me-tía miedo. Tobi la agarró de una mano y la llevó a sentarse mientras el viejo, de buen modo, mucho más tranquilo, le decía a Tir gesticulando profusamente que no, que de ninguna manera, que le agradecía la intención, que Tir parecía en verdad todo un caballero, pero que era obligación de su familia, obligación de su familia. Tir asintió las últimas palabras con graves movimientos de cabeza. So-bre el final de la frase al tipo se le quebró la voz y empezó a llorar, hipando, un buen rato, mientras Tir, varonilmente, le apoyaba la mano derecha en el hom-bro izquierdo y se lo presionaba en señal de consuelo.
No quedó mucho más para hacer allí. La familia se dedicó al reconocimiento del cadáver y los tiráceos se fueron, extenuados, a sus respectivos laburos.
A la noche fue el velorio, lejísimos, en Lomas de Zamora. Hubo que ir en au-tos, vestidos de luto. Era grotesco porque las ropas negras, más “dark” que for-males, resultaban inadecuadas para la ocasión. Gianni, de traje y corbata negra y lentecitos oscuros, parecía un mafioso de Quentin Tarantino; Mecha, con una pollera negra que le quedaba grande, lentes negros y zapatillas negras. Tobi ja-más la había visto de pollera o vestido: eso solo parecía indicar su estado de duelo. Tobi no tenía traje, menos que menos negro, así que se fue también con una camisa negra brillante y unos jeans negros bastante más ordinarios que la camisa (regalo de la rubia) que le daban un aspecto grotesco por el contraste. Los únicos sobrios eran Selva, la rubia y Tir.
A Tobi se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a Mecha, pobrecita, tan huér-fana buscando como un niño el cuerpo de Alma para acomodarse en la vida. Mecha tendría que hacer su vida de nuevo, pobrecita, tan sola, como una planti-ta azotada por el viento, pobrecita Mecha sola en el mundo, pobrecita Mecha in-consolable. A Tobi mismo le costaba concebir el futuro con una sin la otra, defi-niéndose ambas por oposición, por diferencia, tan iguales en el fondo, tan con-movedoramente dulces y puras las dos, pero Mecha más indefensa, porque Al-ma en el fondo sabría que esto alguna vez iba a ser así y nunca había mostrado el menor signo de lucha, de tensión interior o de querer salir. Había ardido, hermosa como un astro errante en la noche, se había iluminado y había pasado así, fugaz y reconcentrada en su propio ser, sin darle a las cosas, a los sucesos, la más mínima importancia, como si hubiera vivido siempre en un delicioso y pa-radisíaco presente continuo, como si el tiempo fuera una farsa inconstante, y lo importante sólo fuera estar, estar ahí, donde fuera, donde el placer y la belleza y la alegría y las personas lindas estuviesen. En cambio Mecha, pobrecita, vivía perdida en el presente como un náufrago ignaro, guiada por manos lazarillas e imprescindibles para no extraviarse a cada momento de sí, de eso que era la feli-cidad pero ella no lo sabía porque no tenía con qué compararlo. Ahora lo sabría, pobrecita Mecha como una plantita azotada por un huracán. Lo sabría ahora que el dolor la desgajaba y la arrastraba implacablemente, ahora que tendría que construirse unos ojos de ella. Lo sabía ahora, y eso era la sabiduría: el fruto más amargo, el más doloroso.
Eran dos grupos separados y hostiles con la familia, que apenas se saludaron de lejos, salvo Tir, que, como en nombre del grupo, fue a hablar con el padre de Alma y estuvo un rato al lado del cajón. Mecha, pobrecita, ni bien vio la fachada de la casa de sepelios en la avenida frente a la plaza frente al edificio municipal se puso a llorar, y hubo que sacarla de al lado del cajón y darle más tranquilizan-tes para que se serenara. La rubia la acompañó todo el tiempo, con los ojos rojos e hinchados de llorar y húmedos cada tanto, cuando se quedaba pensativa.
Tobi no quiso ver el cajón, la cara muerta de su amiga. Apenas entró a la capi-lla ardiente (y eso era otra mierda de la familia porque Alma no era creyente, jamás había hablado del tema y odiaba a los curas, y ahora la iban a enterrar en-tre cristianos, bajo una cruz acaso, en un cementerio en Lanús lejos, lejísimos, de los seres que ella más había querido, lejos de los lugares en que había sido fe-liz) y miró el cajón de lejos, como para constatar que algo había allí, como para tratar de terminar de convencerse de que Alma estaba muerta.
Para siempre.
Y después salió y se quedó callado y solo en un rincón de la sala contigua, más neutra y más vacía, absolutamente sin parientes, con algunas plantas que le daban un aspecto extraño, incongruente al lugar, todo con ladrillos a la vista.
Había otro tipo solo, sentado en los largos bancos almohadillados sin respal-do contra la pared. Era el hermanito del que Alma le había hablado. Tobi lo es-tuvo mirando un rato de lejos. El pibe leía. Lo estuvo mirando un buen rato y después se le acercó. Le dijo Hola, ¿qué estás leyendo?
El pibe levantó la cara con simpatía hacia el joven que se le sentaba al lado y contestó La isla del tesoro. Tobi se sintió tan identificado con el chico que casi se le llenaron los ojos de lágrimas (¿por Alma, o por Tobi? ¿o por los dos? ¿o por nada? ¿o por todo?).
Es un muy buen libro, dijo Tobi, sonriendo. ¿Te gusta leer?
Sí, dijo el muchacho, bastante. De vez en cuando leo algo.
Alma me contó que pensás estudiar medicina, dijo Tobi.
El pibe asintió pero con un gesto que puso dudas. Más o menos. Ahora no sé, cuando termine el Polimodal, decidiré. Me gusta escribir, dijo el pibe.
Tobi estaba conmovido. Era tan parecido a Alma físicamente, le recordaba tanto a él, tanto a Dédalus, en diversos modos (a lo que él había sido en su ado-lescencia y que ya no era; al personaje del “Retrato…” de Joyce)… Mirá vos, dijo Tobi, Yo también escribo.
El chico se mostró interesado. ¿Qué escribís?
Tobi contestó la monserga de siempre: poesía, novela, misceláneas.
Charlaron un rato de literatura. Tobi le recomendó que leyera el “Retrato del artista adolescente”, que le iba a volar la cabeza. También “Rayuela”, claro. Y Borges. Al pibe le gustaba mucho Bioy. También hablaron un poco de Alma. To-bi le dijo que ella lo quería mucho, que pensaba de él que era muy inteligente y muy lindo, que se llenaba de orgullo cuando hablaba de él. El chico dijo que también quería mucho a su hermana, que era la persona más linda y más buena que él hubiera conocido, que era muy dulce. Tobi concordó; la criatura más dul-ce sobre la tierra.
El chico le preguntó ¿Vos anduviste con ella?
Lo partió al medio, la pregunta. Con esos pendejos inteligentes nunca hay que bajar la guardia, en cualquier momento te comés un mamporro. Le dijo, evasi-vamente, que había sido muy amigo de ella. El muchacho se dio por conforme con la respuesta, quizá calculando lo demás.
A todo esto, Tomi pululaba por el lugar, perdido. Había ido al cajón a mirar a Alma. Como sorprendido, más que dolorido. Como si aún no le hubiese caído la ficha. Había estado encamándose con Alma, había estado a punto de enamorar-se de Alma. Le molestaba mucho lo que al final la había llevado a la muerte (pe-ro Tobi se hubiera preguntado, a Tomi jamás se le hubiera cruzado por la cabeza tal pensamiento, ¿realmente eso lo que la había llevado a la muerte era un exce-so? ¿o un síntoma, o en todo caso el corolario justo de una búsqueda, de una éti-ca?), pero a pesar de todo había quedado en él el regusto de una relación a des-horas, muy cerca de lo de la rubia que lo había partido al medio, demasiado cer-ca como para que Tomi hubiera podido (¿hubiera podido?) enamorarse, enamo-rarla. De haber sido consultado Tobi sobre el tema, habría respondido con crueldad (o habría callado con misericordia): Alma podría haberse acostado un millón de veces con un millón de hombres, pero no podría jamás haberse ena-morado de ninguno de ellos, en el sentido usual de la palabra. O, en el sentido inusual de la palabra, álmico de la palabra, se enamoraba cada vez de todos ellos. Pasaba por los instantes como translúcidamente, como un diamante lím-pido, sin que nada en ella quedase alterado, una perennidad fijada ¿cuándo?
En un aparte, entre las larguísimas horas del velatorio, Carlos, compungido, indignado, resignado, le resumió a Tobi entre café y café los detalles de la muer-te de Alma. Habían ido a seguir la fiesta a lo del depto de su novio, heroinóma-nos los dos, una, una inconsciente y otro, un desgoyetado. Se conocían de una disco en Palermo Hollywood; el tipo vendía por el sitio, y, claro, consumía. Y le pasaba a Alma. De eso daba fe Tomi, aseguró Tobi, Alma se inyectaba antes de conocerlo al quía ese, no se sabe qué pero se inyectaba. En cualquier caso: la heroína fue para Alma un salto cualitativo, una patada de burro, el reencuentro con la vividez del vicioso novicio; la risa beatífica de Alma drogada se acentuó en las fiestas, y también su delgadez, y su piel se puso directamente cada vez más verde; no tenía canilla, estaba claro, y el novio era un idiota o no le importaba lo que estaba ocurriendo. En fin: la cuestión es que, según parece, después de la fiesta de la primavera le siguieron dando a la heroína y al whisky en la casa del tipo, y que Alma se acostó antes que el tipo, descompuesta, y que el tipo se dur-mió todo vomitado en un sofá, y que cuando quiso despertarla, horas más tarde, la notó helada, y entró en pánico, y llamó al hospital y desapareció, grandísimo idiota, desapareció de su propia casa, absolutamente en pánico, y bueno, la am-bulancia la encontró muerta a Alma entre todos los vómitos, no pudieron re-animarla. Carlos resumió esa noche de miércoles-jueves resoplando, con los ojos brillosos, indignados, llorando directamente. Tobi nada tenía para agregar. ¿Qué carajo iba a decir? Desde la muerte de sus abuelos paternos en un acciden-te cuando los mellizos eran niños, la muerte no lo visitaba. ¿Cómo hubiese po-dido asimilar la muerte de una muchacha, de una bella muchacha, la absurda y fútil muerte de una joven que adoraba? ¡Mierda! Lo único que pudo hacer en es-te caso fue callarse y evitar las frases hechas al uso, que lo ponían peor, con ga-nas de trompear al decidor de lugares comunes. Por suerte, entre los tiráceos no abundaban.
A la rubia le dio un instante de náuseas cuando vio a los dos mellizos senta-dos en silencio uno al lado del otro, cada uno pensativo en lo suyo, andá a saber en qué Tomi. Sin embargo, la íntima inescrutabilidad de Tobi la fascinaba. Pero los dos jóvenes veinteañeros que estaban allí sentados, casi cabeza contra cabe-za, como cachorros, se habían encamado con ella, y había algo en esa igualdad a cinco metros de distancia que la hacía resoplar, fastidiada, que le echaba a andar la fiera mental adentro de su jaula de neuronas. Inconscientemente, claro; no sabía por qué, pero esa visión de los dos mellizos juntos la ponía tensa. Quizá lo que inconscientemente la ponía tensa y fastidiada a la rubia de esa visión era sentirse el instrumento de una guerra ajena, larvada, inconsciente también, arrastrada a un juego al que ella, en principio, no pertenecía, al que no HABÍA pertenecido hasta que una casualidad o acaso un malentendido o una confusión había enredado las cosas y había producido eso que ella no conocía, había des-atado (o si se quiere, anudado, re-anudado) una guerra latente e inconsciente, un juego en que ella era el instrumento y no el arma, el engranaje de un juego incomprensible (y acaso insospechado).
Tomaron todos mucho café esa noche, y enterraron a Alma a las once y media de la mañana del jueves, en el cementerio de Lomas.
Por supuesto, al fin de semana siguiente no hubo salidas ni fiestas en Parque Chas. La rubia la acompañó a Mecha hasta el cementerio, que quedaba más le-jos imposible, y al borde de la lápida con su foto en colores volvió a llorar un ra-to largo, mirando y acariciando la foto, murmurando frases de cariño y de dolor. El resto de la tribu quedó dispersa. Tir invitó a Tobi al Colón esa semana a ver a una orquesta alemana dirigida por un judío. A Tobi se le cayeron los huevos: nunca había escuchado en vivo una orquesta con ochenta o cien o mil tipos so-nando todos al mismo tiempo. Una locura.
Mecha fue la que más golpeada quedó con lo de Alma. No tenía consuelo. No tenía tampoco con qué pagar el alquiler de la vieja casa de Villa Crespo con lo que ganaba en la florería, así que tuvo que pensar en mudarse. El lugar obvio iba a ser la casa de la rubia, si la rubia hubiera vivido sola, pero la rubia ahora esta-ba viviendo con Tobi, así que, no era como para sumarle otro foco de tensión a los nervios del muchacho. La rubia intentó arreglar el problema prestándole la casa de Saavedra hasta que la vendiera (y eso podía llegar a ser mucho tiempo, porque no quería darle ni un céntimo a ningún comisionista hijo de puta, y por-que, andá a saber por qué, la rubia no acudió a la inmobiliaria de la familia de Tir, ni Tir se ofreció para vender la casa {Tir, ese gran conspirador, descendiente de los conspiradores de Mayo}), pero eso no arreglaba el gran problema de Me-cha.
Pasaron los días y las semanas y Mecha no mejoraba su ánimo. La rubia, pre-ocupada, hasta se fue unos días a la casa de Saavedra a cuidarla. Mecha no que-ría salir, ni chupar, ni fumar, ni coger, ni nada. Había perdido todo interés por el mundo. Hasta Tomi, en una de las esporádicas visitas de Tobi (desde que supo que la rubia estaba en el departamento de la calle Lambaré Tomi no volvió a po-ner un pie allí), se compungió Claro, pobrecita, se querían mucho. Eran como hermanas.
La rubia, de acuerdo con Tir, la convenció de que fuera a un psicólogo, y la medicaron con antidepresivos. Pero, aunque los llantos y los bajones fueron desapareciendo, Mecha no volvía a ser la misma de antes. El petardo parlanchín y chusma y superficial y apasionado y gritón y putón y eléctrico, en suma, deli-cioso, que había sido Mecha se había convertido en una chica de sonrisa más bien lánguida, que nunca soltaba una carcajada, que no quería salir ni drogarse ni chupar, que miraba con indiferencia a los hombres. Se había platonizado, al decir de Tobi. Iba a visitar seguido a los tórtolos, o a Tir, o a Selva a la casa, a Carlos, pero siempre de tardecita y por menos de una hora. En ese período, sos-tenía una conversación más bien anodina que por lo general dejaba afuera mi-nuciosamente toda mención a Alma, o por el contrario, no hacía más que refe-rirse a ella. Y después se despedía, cariñosamente, como una vieja cargada de paquetes, dejando desconcertados a sus amigos.
Los tiráceos, como los discípulos del Cristo después de la crucifixión, se re-unían en privado en reuniones que se parecían más a un té amable que a lo que ellos acostumbraban. Siempre por la tardecita, nunca todos, un poco de casuali-dad, como si no quisieran, con la presencia del grupo completo, poner de mani-fiesto la única ausencia irreparable. Caían sin avisar, como de casualidad, sin ponerse de acuerdo, en lo de Tir, y charlaban de lo que cada uno charlaba siem-pre con Tir, de nada o de todo. En resumen, no había alegría para fiestas. No había alegría posible.
Pero la rubia no necesitaba alegría para divertirse. Por el contrario, lo que afluía siempre en sus placeres y expansiones era por sobre todas las cosas la fe-rocidad. La ferocidad era la característica central de la personalidad de la rubia, Tobi lo había captado desde el primer instante en que la vio, intuitivo e impre-sionable (sensible si ustedes quieren), y era eso quizá lo que merodeaba el secre-to central de la rubia (o lo constituía, tal vez), lo que en síntesis fascinaba a Tobi de la rubia. Por eso los momentos de dulzura, los momentos “inermes” del ros-tro de la rubia, lo sorprendían y/o conmovían siempre, lo enamoraban, lo asus-taban tanto.
De modo que la rubia, por esas semanas, a solas con Tobi, se dedicó a explo-rar senderos que, si fueron convirtiendo la vida de la parejita en rutinaria, no lo hicieron en el sentido peyorativo de la palabra “rutina”. La rubia, en un princi-pio a la defensiva, acorralada por los acontecimientos y por lo que sentía (estaba claro) por Tobi, había saltado como un gato y en un audaz golpe de mano digno de un corsario, en una maniobra de audacia digna de Napoleón o de Facundo, se le había metido en el departamento a Tobi, porque, con su astucia intuitiva, había comprendido quizá que si no hacía eso lo perdía, que, si no le atoraba esa mente tan meandrosa y melindrosa, esa mente melindrosa y meandrosa la iba a patear. Había que lograr que esa mente neurótica no pensara, calentándole la sangre, calentándolo con la cercanía húmeda de su cuerpo que (la rubia, como buena hembra que era, lo sabía muy bien) era el único argumento que Tobi no podía refutar, lo único a lo que Tobi, en el mundo, no podría renunciar aunque apelase a todas sus fuerzas anímicas.
Pero una vez adentro, una vez apresado Tobi en esa nueva situación que lo incomodaba y lo ponía a la defensiva, en alerta pero de otro modo, la rubia, vol-viendo por sus fueros, empezó a moverse de manera de retomar el control del asunto (el frágil e intermitente control que podía lograr el uno sobre el otro).
Pero la rubia sabía bien que la jugaba de visitante, y que, en Lambaré ella no podría, ALLÍ ADENTRO, imponer condiciones. De manera que llevó la situa-ción, como estratega genial que era en el manejo de los hombres, a terrenos mu-cho más favorables para ella: i) las drogas; ii) el sexo.
La tranquila convivencia de unas pocas horas por día a la tardecita y de un porro y un polvito antes de dormirse, se terminó al mes de la muerte de Alma. La rubia lo dejaba que durmiera su siestita hasta las nueve o diez de la noche. Después, Tobi, grandísimo glotón, se comía no más de dos platos (eso sí, abun-dantes) de alguna cena sustanciosa preparada por la rubia (que detestaba la co-cina pero sabía que era uno de los instrumentos de su poder), y enseguida hací-an la digestión (a veces tenía que bancarse que Tobi escuchara por radio los par-tidos de Boca en la Mercosur, copa inventada ese año y que sólo se podía ver co-dificada), hasta que la rubia, considerando el tiempo transcurrido suficiente pa-ra la consumación saludable de ese acontecimiento fisiológico, sacaba, cada día, alguna droga, y lo tenía dos o tres horas adobándolo.
De los porros superpotentes que solía curtir la rubia pasó pronto a un prefe-rido de Tobi, los ácidos. O pastillas, muchas pastillas que lo hacían estremecerse desde el espinazo hasta la punta del pene. Después de eso lo que venía siempre era el sexo furioso, como el de las primeras épocas, que se retroalimentaba con la droga, porque en cada parate sexual la rubia recomenzaba el ritual del LSD o de lo que fuera.
Otras veces eran variantes de más o menos lo mismo, excitantes breves e in-tensos. El poper (neopositivista nombre que a Tobi le causaba mucha gracia, y le hacía insultar, burlonamente, a Feyerabend y, sin demasiada preocupación por la coherencia, a Wittgenstein), por ejemplo, que en general se consumía más que nada en las discos (en Punta del Este, en las fiestas privadas, Tobi había probado el éxtasis, y había visto modelitos famosas aspirando esas botellitas chiquitas, diminutas, que las ponían dos minutos como bacantes furiosas). Era una botellita chiquita que se aspiraba y que por algunos segundos te hacía volar como una bruja, como un demonio, como un ángel, como un dragón. También estaba el ketalar, que la rubia cocía en el microondas mientras le hacía lavar los platos a Tobi o mientras Tobi leía displicentemente un libro (los rusos lo mata-ban: Los rusos son alucinógenos, le decía a la rubia). La rubia picaba y mezclaba el polvillo con esencia de vainilla, como si fuera un postre, y la metía en el mi-croondas entre dos platos playos. Eso se hacía una pasta muy quebradiza que Tobi se tomaba chupándolo con la lengua, y que la rubia (mientras Tobi no mi-raba, porque le daba arcadas) se aspiraba. Con un poquito, Tobi podía sentirse Superman, el corazón se le ponía a mil y después se quedaba diez minutos sin aliento, pero en cuanto tomaba resuello la agarraba a la rubia contra el colchón y la partía en cuatro, mitad por lujuria y mitad por rencor.
Pero lo que más disfrutaba Tobi eran los ácidos, ese escozor orgásmico en to-do el cuerpo, como si todo su cuerpo fuera un gran pene, los colores que se cris-paban y los sonidos que se convertían en puentes chirriantes, en gemidos auto-télicos que se multiplicaban desdoblando el tiempo, poniendo un segundo sobre otro en simultáneo, como en capas superpuestas, haciéndole sentir la intensidad del universo todo en las sienes, como si el universo se le clavara en el vientre, en la cabeza, en la columna vertebral, en los labios adormecidos y tartamudeantes. Para no hablar de sus charlas con la mesa, o de las acrobacias del microhondas.
Los fines de semana, a su vez (cuando Tobi no tenía algún trabajo, lo que los obligaba a empezar muy tarde o simplemente a ir juntos a un boliche por el pla-cer de tocarse adelante de todo el mundo), la rubia lo introducía en ambientes de lo más hard, en fiestas privadas de chicos de su alcurnia y edad en donde en realidad se mezclaba de todo, desde abogados y médicos y RRPP manoteando a chiquitas de no más de quince o dieciséis años totalmente borrachas y drogadas hasta gente del ambiente artístico bohemio o meramente drogón en tren furioso de autodestruirse. Eso era hard. Un poco como en Punta del Este, pero con la di-ferencia de que en Punta lo había visto más desde afuera, algo escandalizado por el furor etílico, químico y morboso con que los festejantes se entretenían. Algo… de orgía romana, neroniano, pero sin César, orgías químicas y sexuales de la época del capitalismo burgués consumista posmoderno disoluto de mierda (porque Tobi, aún en el estado de enajenación en ya llegaba a esos lugares, no podía dejar de pensar un poco en que mientras esos ricachones y algunos pobre-tones afortunados como él disfrutaban de todo ese placer maravilloso y malsa-no, afuera, en las calles, dormían mujeres y ancianos y niños aspiradores de pe-gamento entre cartones y papeles de diario, no por la digna y elegida ética del linyera sino porque la vida los había echado a la calle; y también pensaba que no muy lejos, algunas decenas de cuadras al sur de esa misma Buenos Aires babiló-nica que le tocaba conocer desde adentro y habitar como entenado, empezaban la mugre y las villas miserias y la vida que valía menos que una bala).
En suma: la rubia lo empezó a llevar a fiestas de drogarse frenéticamente has-ta perder la noción de todo. Se entretenía estragándolo a Tobi, destrozando su cuerpo y su mente, sobre todo su mente obtusa, indescifrable, hasta que sólo quedaba un cascajo humano, un mero cuerpo que sólo pensaba en términos de goce, besando chicas al pasar, manoseado y manoseante y transpirado y con el corazón a ciento cincuenta hasta que tenía que tirarse en un rincón (con suerte era un sofá o aunque sea un escaloncito, la mayoría de las veces era el piso co-ntra la pared), hundido en el vértigo de la fiesta y de las visiones goyescas que se le cernían como cuervos, atemorizándolo o excitándolo, sin que, después de cierta hora, pudiera discernir siquiera si los monstruos goyescos eran visiones o cuerpos reales de chicas que conversaban con él entre risas estridentes que le acribillaban los oídos entre el bombo acribillante o que le chupaban el hígado o el ombligo por encima de la ropa como si fueran águilas de Zeus y él Prometeo encadenado, mientras la rubia, tan manoseada y manoseante como el resto de la horda, lo vigilaba de reojo y disfrutaba viendo cómo un hombre al que Tobi ni veía ni escuchaba le chupaba el lóbulo de la oreja derecha o le metía la lengua en la boca.
A veces se iban con otra pareja, o con otras dos parejas, y swingueaban no al modo precisamente de Colthrane, y Tobi se encontraba al amanecer a solas con una mina desconocida, por ahí de treinta y cinco años y no tan linda o tan bien conservada, cogiendo (con forro eso sí) porque estaban ahí, y él a veces ni sabía cómo habían llegado. Y otras veces los cuatro o seis cuerpos se reunían en una sola cama e intercambiaban sus sudores y sus jugos en un juego suicida y peli-groso que los mordía con la más atroz y placentera saña. Y a veces la rubia caza-ba una pareja de masocas, y Tobi se encontraba sorprendido a las siete de la mañana devolviendo en serio una piña en la mandíbula a una mina ridícula (unas tetas impresionantes, sí, pero ridícula) enfundada en cuero y que acababa de golpearlo con un latiguito casi de juguete. Lo ofuscaban los S. M., porque en-contraba sus jueguitos aburridos, bobos y enfriantes, lo menos erótico del mun-do, después de media hora de látigos o cachetadas bobas le daban ganas de gol-pearlos de puro fastidio.
Pero lo que más lo intrigaba era no acordarse la mitad de las cosas de esos fi-nes de semana de descontrol. Era para pensarlo, y si la rubia le hubiera dado tiempo entre tanto trabajo y literatura y siesta y drogas y alcohol y salidas raras, Tobi lo hubiera pensado: los fines de semana, Tobi entregaba su cuerpo y su vi-da (literalmente) a los caprichos de la rubia.
Al costado de toda esta furiosa actividad nocturna, el resto del día casi no se veían. Así que se llevaban de lo más bien.
Tobi cada dos semanas le pedía a Miguel las fotocopias del cuatrimestre y las fichaba con displicencia. Fichaba y guardaba, para dar libre a fin de año. Lo iban a matar en el escrito, pero tampoco le importaba demasiado. Además, iban a te-ner que esforzarse para matarlo. Y por sobre todas las cosas, un diez, un nueve, un ocho o un siete no le importaban en absoluto. Hasta que cursó había venido, en parciales y finales, todo nueve diez, nueve diez, algún ocho perdido, apenas un siete. No le importaba si le bajaban un poco el promedio: le interesaba más la literatura, la joda, tener plata en el bolsillo, culearse a la rubia todas las veces que pudiese.
De cualquier manera, viviendo juntos, tenían que verse, aunque sea un rato, todos los días, sobrios antes de empezar a darle, así que se daba lugar para con-versaciones. La rubia no decía nada, pero tenía sus planes. Tobi como siempre se hacía el boludo y no preguntaba, pero, como siempre entre ellos, en el silen-cio, en lo no dicho, se cocían las estrategias de cada uno para esquivarle el bulto al otro, o para llevar aguas hacia el propio molino.
De la casa la rubia no decía ni mu. Presuntamente, estaba esperando para vendérsela a alguien mano a mano. Era una linda casa, sobre todo era una casa no demasiado chica en Barrio Norte, tenía que sacarle muy buena guita. Pensa-ba comprar una más barata en Almagro o Caballito, y con lo sobrante mejorar un poco su moblario. Pararse bien. Parecía estar planificando, sin decirlo, su fu-turo de allí a varios años. Tobi se preparaba para eso, estaba a la defensiva, pero su cuerpo y él dudaban, cada día (cuando la rutina y la rubia le daban tiempo), sopesando casi sin proponérselo los pros y los contras: y después de todo, ¿por qué no? La mina le encantaba, lo recontracalentaba, era lo más perverso que se había cruzado jamás en una cama, era lindísima, le iba a poner una casa y un ajuar casi todo ella, le iba a dar un espacio para desarrollar su oficio de escritor sin joderlo demasiado, acaso tolerándole que aportara poco en algún momento o permanentemente a la economía hogareña, era sumamente culta e inteligente, lo llevaba a lugares donde podía contactar no sólo bohemios y drogadictos sino también artistas, algunos incluso talentosos y hasta consagrados. Era, desde el punto de vista sexual y social, lo mejor que se le había presentado en su corta carrera amorosa, en su jovencísima vida de adulto.
Lo agobiaba de todos modos la idea de estar engayolado a los veinte, con una mina más grande y que tenía más vivencias que él (muchas más: ¡las cosas que él sospechaba de ella, de su vida, aparte de todas las terribles que ya sabía!), que podía aburrirse de estar con un pendejo egoísta o, peor aún, que podía manejar-lo como a un conejillo de Indias, usarlo impunemente aprovechándose de su menor experiencia. En resumen, lo que más lo angustiaba de todo el asunto era QUE ELIGIERAN POR ÉL, quedar BAJO EL YUGO DE.
Entre otras cosas que proponía la rubia cada tanto, en conversaciones al pa-sar, mientras se rascaba la nariz o cebaba un mate o lavaba platos, estaba lo del viaje. Le había propuesto unas vacaciones de una, dos o tres semanas, lo que pudieran, en el exterior, los dos solos. Ella lo bancaba, no tenía que hacerse pro-blemas en ese sentido. En principio se habló de Brasil, pero también, por qué no, podía ser Europa (En enero y febrero en Europa es invierno, objetó Tobi de inmediato), o si no alguna isla mexicana, o del Caribe. De facto, era un asunto resuelto, se irían de vacaciones al exterior.
Tobi ya conocía dos veranos HORRIBLES, aburridísimos. Hasta la rubia lo había cansado en Puerto Madryn. Necesitaba experiencias variadas para que el enorme tedio de lo cotidiano no se apoderara de él. Tenía que hacerse el pasa-porte (y eso le iba a costar un ojo de la cara {la miró con cara de querer internar-la a la rubia cuando le dijo, haciendo un gesto de restarle importancia, Eso no es nada, te costará… setenta… ochenta pesos}) y después la visa. Una vez elegido el país.
En los hechos, la convivencia, planteada ladinamente por la rubia (ninguno de los dos se creyó eso de “por algún tiempo” cuando la rubia lo dijo, y cada uno supo en el momento que el otro sabía que el otro sabía; así tenían que compor-tarse entre ellos por algún inexplicable motivo, en un perpetuo simulacro que escondiera sus verdaderas intenciones {en lo pequeño}, sus verdaderos senti-mientos {en lo macro {¡qué feo “en lo macro”!}}), iba echando raíces de ombú, aferrando con fuerza creciente el suelo de sus vidas. Metían los pies en el lodazal con una mente escindida, que por un lado sabía y calculaba y temía lo que podía venirse, y que por otro los arrastraba como un sino a anudarse en esa relación que los llenaba tanto, que los asfixiaba muchas veces, pero de la que ninguno de los dos quería prescindir, podía prescindir. Si se quiere, puede decirse que mientras las mentes (el ethos de cada uno) cavilaban, dudaban, temían, gritaban que no, se rebelaban contra la trampa que ellos mismos se iban construyendo, sus cuerpos (el pathos de cada uno) iban enredándolo todo, haciéndolos uno en la enredadera de sus deseos, convirtiéndose en planta poco a poco, Dafnes y Apolos de sí mismos y del otro.
En realidad, lo primero que hizo Tobi cuando cobró el tercer sueldo fue ir a sacar el pasaporte sin decirle nada a la rubia, como dando por hecho el viaje, como rindiéndose a la seducción de viajar al exterior. Lo más exterior que Tobi conocía era el Uruguay, que había sido casi como estar en la casa. Por lo tanto, Tobi, romántico al fin (o soñador al menos), imaginaba con placer cómo sería estar en un país extraño, entre gente extraña a sus costumbres, desconocida de verdad.
La rubia ha desarrollado ante mí en estas semanas algunas perversiones que no le conocía. Por ejemplo, hace cinco días le dio un ataque de exhibicionismo y contrató una vieja como de setenta años para que nos viera coger. No la trajo al departamento; fuimos a su casa de jubilada viuda. La vieja pensaría que nunca más iba a contemplar un pene erecto en su vida. Hay que ver (yo trataba de no mirar, porque me daba asco) los ojitos de la vieja mientras la rubia me pasaba la lengua lentamente por la cabeza del choto y se formaba una viscosidad transpa-rente, unos hilitos de líquido seminal coagulado que iban de la cabeza de mi choto a los labios, los dientes, la lengua procaz de la rubia. O después, cuando empecé a penetrarla con la lentitud exasperante que nos enloquece de placer a los dos y que nos lleva largos ratos con mi pija moviéndose adentro de su cavi-dad empapada. Esa refriega eréctil de mí dentro de ella, los lentos movimientos mutuos que nos esparcen a los dos por un espacio indiscernible, acaso increado hasta que nuestros cuerpos lo convocan, lo invocan… Qué sé yo… La cuestión es que la vieja estaba ABSOLUTAMENTE INMÓVIL, con una mano quieta a mitad de camino de tomarse la boca, como si estuviese viendo un momento culminan-te de la novela de la tarde, sin pestañear, minutos y minutos con los ojos así de grandes sin atreverse a creer en lo que estaba viendo, con una excitación nueva e incrédula y acaso juvenil mirándome la pija mientras la rubia accionaba sobre ésta, o mirándonos en nuestro frotamiento volátil y eleático, los cambios de po-sición cada dos o tres minutos, el miembro que entra y sale a cada ratito, que alarga el placer hasta que se convierte en un tormento insoportable y hay que acabar, pero he ahí que mi cuerpo se ha independizado y se niega a acabar, el gemido ronco y atroz que se me escapa porque lo que siento en la punta del cho-to expandiéndose hacia el resto de mi cuerpo es como si me lo estuvieran ase-rrando, algo doloroso y violento e imperativo, que termina siempre por capturar todo mi ser y mantenerlo contra su voluntad en los umbrales del clímax. Y la ru-bia que se me mueve abajo o arriba porque tampoco lo aguanta más, quiere aca-bar para descansar un poco, cada cinco o seis segundos; a cada nuevo embate esclavo de mi miembro contra su cavidad es un grito creciente y gimiente, des-esperado y agradecido, pero deseoso de que todo acabe, de que por fin todo aca-be y pueda quedarse media hora tirada de espaldas a mí con los ojos cerrados e inmóviles, recuperándose después de tanta hecatombe propiciatoria de no se sabe qué que nos conmina a juntar nuestros cuerpos de ese modo atroz e innu-merable (je, je… Georgie…).
Yo siento miedo a veces de ese contacto, cuando pierdo el control de mi cuer-po y no puedo acabar, cuando estoy al borde de derramarme en ella como si el semen, en vez de expelerse con la violencia usual de la eyaculación, se deslizara lentamente como dentro de un tubo de vidrio que vendría a ser yo, estremecién-dome hasta un dolor incalculable que no se termina en, no sé, medio minuto, y del que abjuro en el medio mismo de él, aunque después (quince o veinte o treinta minutos después) vuelva a buscarlo, siempre vuelva a buscarlo, condena dulce e ineluctable que me lleva hacia ella, La Hembra, Lo Que Me Completa, lo que me sacia insaciablemente y a lo que sacio insaciablemente, ese desasimiento íntimo que nos trastorna a los dos y que se erige, dominante, sobre todos los ac-tos e intenciones de nuestra vida, compeliéndonos (sí, compeliéndonos) a juntar nuestros cuerpos y nuestras existencias aun contra nuestra voluntad, aun cuan-do sepamos que nos hace daño estar juntos, que ese placer innumerable que ca-da vez nos junta nos va corroyendo poco a poco, más incluso que todo lo demás, que todo lo que rodea nuestras vidas o lo que pervive, ignoto, bajo la tersa o ri-piosa superficie de ellas, eso que nos llama hacia lo otro desde nosotros mismos, esclavizándonos, esclavizándonos.
Todo eso me recuerda, de algún modo, a Tir. Rara amistad, esta con Tir. En pos de mi educación, suele someterme a charlas o momentos extrañísimos. El otro día, por ejemplo, me llevó a ver al negro Rodolfo.
El negro Rodolfo es un uruguayo, de unos cuarenta años más o menos, que mide como un metro noventa y cinco y tiene un físico descomunal, es robusto para su altura, imagínense. Vive en una casita bastante pobre al norte de Buenos Aires, casi por Victoria, en esa zona en la que lo urbano asquerosamente nuevo rico comienza a perderse entre lo profundo de la naturaleza y de la humanidad profundamente pobre, más allá de los puertos con yates y barrios cerrados y rascacielos absolutamente fuera de lugar, allí donde recomienza el mundo.
Era un día que me pasó a buscar (un jueves) al trabajo (yo salía temprano esa vez, como a las dos) y viajamos por calles laterales, menores, para llegar más rá-pido. Tir fue manejando todo el viaje y charlando de esto y de aquello: que un artista holandés que iba a traer a su Salón para exponer una retrospectiva al mes siguiente, desconocido en la Argentina pero un capo de los buenos, de los actua-les, de los que están haciendo historia en este mismo instante; que una fiesta en Parque Chas el siguiente fin de semana, con invitados especiales, a la que no podía faltar; que la rubia me tenía que hacer conocer a tal pintor brasileño que la fascinaba, que no podía ser que esa Fernanda fuera tan escondedora de sus conocimientos (según él) enciclopédicos sobre pintura. Siempre que estamos so-los los dos se pone muy expansivo, mitad para tirarme la lengua y hacerme en-granar o exponer una opinión contra mi voluntad, mitad para hablar de temas que no toca nunca en su vida casi, y que casi siempre tienen que ver con el arte y que a mí me fascina escuchar. Ese viaje, por ejemplo, charlando de mí, me dijo que me veía preparado para pegar el salto existencial, a otro nivel, por encima de nosotros, los pobres mortales. Te veo en un momento muy jodido, en un momento clave de tu vida, me dijo, como sabiendo que te va a tocar hacer elec-ciones muy difíciles y que van a marcar tu vida, todo el resto de tu vida. Pero tenés que ser valiente, me dijo, tenés que pechar lo que venga. Tenés que ser. Tenés que ser. Yo lo miré en ese momento, como sopesando la posibilidad de explayarme sobre ciertos temas… que me venían comiendo el coco. Estuve a punto de hacerlo (quizá hubiera sido la más sabia decisión de mi vida; abrí la boca incluso, para empezar), pero Tir agregó No querés hablar de eso, ta bien. Sos reservado, pendejo. Se sonrió, satisfecho, me dio una palmadita en la meji-lla, cariñosamente. Ya te voy a hacer entrar por el aro, aunque tenga que se-cuestrarte y extorsionarte, pendejo.
Entre frase y frase, inopinadamente, tiró el motivo de la expedición. El negro Rodolfo, me dijo, tenía una virtud muy especial, Un don. Tenía la boa más gran-de que él, en casi cuarenta años de puto, hubiera visto. Yo me quedé duro en mi asiento, un poco inseguro (o incrédulo) de haber escuchado bien. Una boa, dije. Sí, una boa, corroboró Tir, manejando por unos segundos con los codos para hacerme un gesto notablemente desambiguador y caracterizador. Una boa. Con el aplomo habitual, me dijo que era una experiencia única, y que yo, como escri-tor, tenía que conocer de todo, aún lo más absurdo o baladí de la existencia, pa-ra poder quizá algún día meter dos renglones sobre un tema minúsculo e intras-cendente en uno de mil libros escritos. Vale la pena, aseguraba. No es una cues-tión de que te guste, es una cuestión de que es increíble el tamaño de esa pija, estoy seguro de que te va a llamar la atención. El negro Rodolfo nos invitaría a tomar mate con algo sólido, y después tendría lugar la “experiencia”.
Bajamos del auto, y antes de que Tir tocara timbre el negro Rodolfo ya estaba abriéndonos la puerta, evidentemente sabedor de la visita. Era un poco canoso, con motas, enorme, la cosa más grande que he visto en mi vida, parado delante de nosotros en actitud humilde, casi como un negro de Faulkner: le faltaba no-más el sombrero apretado entre las manos juntas y estar en pata. Nos saluda-mos, Tir nos presentó. En todo momento, Tir trató a Rodolfo de vos y Rodolfo trató a Tir de usted o de señor. Era un poco molesto tanta distancia. El negro Rodolfo nos invitó a tomar unos mates con tortas fritas: eran las cuatro de la tarde: imaginen mi estómago inalmorzado: devoré como una termita, como el peor maleducado: estaban riquísimas. Entretanto, a instancias de Tir, el negro Rodolfo me contó la historia de su vida.
Como tantos uruguayos, el negro Rodolfo era un emigrante. Había nacido en uno de los barrios más pobres de Montevideo, en el Barrio Sur hoy totalmente reciclado ediliciamente (para mal en cuanto a belleza), barrio de negros y de po-bres. Barrio de música y de carnaval y de cuchillos y de tamboriles y de lubolos que salen en las noches de carnaval a tamborilear por las calles de la ciudad has-ta que sube el sol. A los catorce años tuvo un problema con la policía, porque le partió una pata de mesa en el marote a un milico que quiso manotear a su ma-dre. Estuvo preso hasta los diecisiete, y cuando salió, su madre había muerto, sus hermanos, mayores, estaban desperdigados por la ciudad, o por el interior, en pueblos chicos, o en Argentina o en Australia, de manera que no le quedaba mucho por hacer allí. Su decisión de irse de Montevideo se apuró a sus dieci-nueve, cuando una de sus primas, de trece años (una mulatita de ojos verdes, muy desarrollada para su edad, se justificó sin culpa pero sin jactancia), quedó embarazada. Él estaba, a falta de otra parentela, medio aquerenciado en esa ca-sa, y cuando los primos intentaron matarlo (no hay la menor metáfora ni exage-ración en esta frase) tuvo que huir en el primer barco en que pudo conchabarse, de fregador de pisos, después de un par de semanas escondido en pensiones aún más sórdidas que su hogar. Un barco interoceánico. De manera que pasó cuatro años trabajando en diversos barcos de ese tipo, aprendiendo el oficio de marine-ro, ganándose la confianza de sus superiores en base a su bruta fuerza física uti-lizada en el trabajo. Así conoció todos los puertos que no lo acercasen a Monte-video, navegó varios océanos, se cogió a prostitutas de decenas de países y a al-gunas lugareñas fogosas. A los veintitrés años entró en un barco italiano, el “Amorusso”, cuyo capitán empleó sus servicios eróticos abundantemente. Du-rante tres años y medio, tuvo un buen sueldo como asistente del capitán, y mu-chas veces durmió en la cama del tano y lo convirtió en “su esposa”. El negro Rodolfo contaba todos estos detalles sobre su vida sin ningún énfasis, como si fueran historias inventadas o que le hubieran pasado a otro. No establecía un código de conducta para juzgarse, ni como culpable ni como inocente. Las cosas simplemente le pasaban. Por ejemplo (estaba claro, no necesitó decirlo) no le gustaban los hombres; sin embargo, si eso le servía para comer, se cogía tipos, generalmente por un pago no directamente prostituteril, sino por sueldos un poco mejores que lo usual para alguien de su preparación, y a veces simplemen-te por un sueldo, por comida, por alojamiento. Se bajó del barco en una isla de la Polinesia porque una india lo enamoró, y tuvo cinco hijos, uno atrás del otro. La indiecita tenía quince o dieciséis (a esta altura del relato estos detalles me produjeron una singular inquietud púbica) cuando lo enamoró, y apenas había superado los veintidós o veintitrés cuando la abandonó. Fue casi de común acuerdo con ella: no conseguía un buen trabajo y la familia de ella estaba con-tentísima de sacárselo de encima; nunca dejaron de considerarlo un extranjero.
Tenía treinta y un años y estaba de vuelta arriba de un barco. Pero ya lo había cansado la vida del mar. Era una mierda, imposible ponerla seguido e insalubre no ponerla casi nunca, salvo que hubiera un marinero (o un oficial, al menos) que lo requiriese para al menos desahogarse. No le gustaba eso. Así que, sin sa-ber más que chapurrear el inglés (como otros idiomas), desembarcó en New York para no volver a subirse. La estadía allí fue pésima, en todos los sentidos: no la puso ni con los putos, no consiguió un trabajo bueno, y los que conseguía los perdía en seguida (En la Polinesia me había habituado mucho al alcohol, aclaró). Un año así lo predispuso a volverse para este rincón del mundo, espe-rando acaso que el tiempo hubiese borrado los rencores, o pensando acaso que no le importaba nada y que extrañaba el idioma, las gentes, los olores, o, lo más probable, sin pensar en todas estas cosas dignas de neuróticos, sino simplemen-te asumiendo que no le quedaban muchas opciones más que volverse. Por las dudas, se vino a la Argentina. El paso por el puerto de Montevideo lo hizo llorar, porque reconocía palmo a palmo la silueta de la ciudad en que había pasado su niñez recordada como feliz. Consiguió un puesto como estibador en el puerto de Buenos Aires, y poco a poco se fue acostumbrando. No era lo mismo que Mon-tevideo, era más feo y más revoltoso, pero se hablaba casi como en la otra orilla y vivía en la Boca. No ganaba bien, pero comía bien todos los días. Eso sí, en Buenos Aires, en el nivel social en que vivía, lo veían mal porque era negro, sal-vo los inmigrantes (que eran muchos) latinoamericanos o incluso algunos afri-canos. Pudo entreverarse con una boliviana y con una senegalesa, y nada más, en dos años. Hasta que lo tomaron de empleado en un barco del Tigre para hacer el trayecto entre las islas y los puertitos de tierra firme, y conoció a Tir. Es decir, Tir lo conoció a él.
A Tir (esto lo contó Tir en otro momento) le llamó la atención en seguida el tamaño del negro. Conjeturó que con semejante altura y físico, el negro debía calzar por arriba (bien por arriba a juzgar por el tamaño de sus manos) de los treinta, quizá alrededor de los cuarenta centímetros. La curiosidad del esteta fue más fuerte que las prevenciones, y Tir lo fue induciendo poco a poco a pensar al negro Rodolfo, las pocas veces que se veían de paso al Delta o de vuelta a tierra, que podría haber una interesante transacción para ambas partes si el negro aceptaba cogérselo. Tir estaba en sus primeros años como Tir, corrían finales de los ochenta. Eran los últimos estertores de la generación del Parakultural y de Cemento, de los artistas performers, los humoristas improvisadores, el pop hedonista y las drogas pesadas. Trabaron relación. Periódicamente, Tir lo con-tactaba, iba a su casa humilde por Victoria, y el negro Rodolfo se la daba caldo-sa.
Aunque el capricho y la novedad se disiparon con los meses, de todos modos, como le solía ocurrir con algunos amantes suyos (Parque Chas estaba lleno de ellos), quedó una relación, y, aunque con los años la frecuencia del sexo entre ellos decreció a casi una o dos o tres veces por año, el contacto no se cortó, y Tir, que consideraba al negro buenazo y trabajador, lo ayudaba cada vez que podía. Por ejemplo, le consiguió una casita mejor en Victoria, humilde pero sin goteras, con luz, agua corriente, gas natural, etc., y se la dio como “adelanto de futuros coitos”, o como favor de amigo, o como ambas cosas. Cuando necesitaba trabajo, el negro Rodolfo lo llamaba a Tir y antes de diez días ya tenía uno.
De manera que el negro Rodolfo le quedó eternamente agradecido, y su tem-peramento dócil a las circunstancias hizo que surgiera entre ellos una especie de amistad. Tir, siempre lo decía como una premisa general, y lo aplicaba en su vi-da, intentaba relacionarse con las personas por lo que podían tener de intereses en común, y con el negro Rodolfo se veían cada tanto en su casita de Victoria y hablaban de pesca, de navegación, de los peces del Plata y del Paraná, de puer-tos lejanos que el negro Rodolfo recordaba entrecerrando los ojos, casi con nos-talgia no tanto por los lugares, en los que había estado con indiferencia, sino simplemente por advertir cómo pasa de rápido el tiempo.
El negro acabó su relato y fue a calentar más agua para el mate; el termo se había vaciado varias veces. Tomaba una yerba fuerte, sin palo, a la uruguaya, ca-si más fuerte que una bebida blanca.
No me atreví a preguntarle si había sabido alguna vez algo más de sus hijos, los de la Polinesia o el de Uruguay. Pensé con lujuria que la primita ahora ten-dría unos treinta y cuatro años y, si la vida no la había hinchado y afeado, toda-vía estaría buena. Pensé que, si su vástago había sido una hembrita, ahora esa hembrita sería una mulata de ojos verdes, como de mi edad, veinte o veintiuno cuantimás, un sueño de hembra.
Ya había atardecido, eran como las siete. Tir explicó lo que habíamos ido a hacer y el negro Rodolfo nos llevó a una pieza de atrás. Prendió un foquito me-dio amarillo y nos hizo pasar. Se paró al costado de la cama y desprendió lenta-mente, sin mirarnos, como si estuviera liando un cigarrillo o secando un plato, el cinto, bajó la cremallera y metió sus dos manos en el calzoncillo de un color gastado, entre negro y marrón, con algún agujero por el lado de los elásticos. Sa-có una tremenda boa en descanso, la acarició un poco con sus manos enormes, y la boa creció como en un hechizo, se puso gorda y rígida, seca. El negro la mas-turbaba como si fuera un arma o un animal vivo, lentamente. Después levantó la mirada (yo miraba el aparato bastante sorprendido y casi con un dejo de incre-dulidad, tratando de mantenerme no obstante impertérrito en cuanto a gestos se refiriese, aunque no obstante sentí en ese momento la mayor envidia que me ha dado en toda mi vida) y nos preguntó, mirándome sobre todo a mí como candidato y a Tir como dador de órdenes ¿Quieren acariciarlo?
Yo cuando escuché eso pegué literalmente un salto y lo miré a Tir, que ya es-taba haciendo un gesto casi de patrón de estancia, negando con la mano y di-ciendo No, no, Rodolfo. Nomás lo traje para que viera, pero este no es de los míos.
Confieso que mi corazón subió a ciento cincuenta de un segundo para otro con la frase del negro Rodolfo, y bajó mucho más lentamente, aliviado, cuando Tir aclaró.
Salimos de la habitación del fondo, charlamos un rato más, y después nos despedimos, afectuosamente, del negro Rodolfo. Confieso que me dio cierta im-presión darle la mano, que no se había lavado luego de juguetear con su miem-bro. Ni bien hicimos dos cuadras en el auto, le dije a Tir que parara en una esta-ción de servicio, que quería ir al baño. En cuanto cruzamos una, entré al baño y me lavé abundantemente las manos. Después Tir me invitó a cenar en un res-taurante del centro, y comimos y charlamos opíparamente, como monjes fran-ciscanos.
Últimamente, toda mi vida se reduce a fragmentos, trozos sin solución de continuidad, pero que aparecen de pronto a mi memoria con la vividez de una pesadilla, como si en el momento de recordarlos me estuvieran ocurriendo de nuevo.
O sea.
Ella saca un frasquito y me mira con cara de misterio. Es oscuro, color dúrax, como de medicamento. Pero si la rubia lo porta entre sus manos en este contex-to (estamos en una casa ajena, en otro fin de semana de primavera salvaje por la noche, solos en la pieza que nos han dado personas que no conozco y que si es-tuviera fresco les juiría), por algo será. Se acerca mirándome con la sonrisa de un demonio drogado y corre la rosca de la tapa. Es una de esas con gotero. El frasco, ahora que lo miro bien, no tiene etiqueta. El plastiquito de la rosca es ne-gro. Aprieta la gomita de arriba y hunde el gotero en el líquido de apariencia in-colora. Después lo acerca a mí como una enfermera dispuesta a darle una vacu-na oral a un bebito (Tomi dice a veces que yo tengo una memoria de mierda que no olvida nada; recuerdo la primera vez que recuerdo que nos vacunaron; nos llevaron a un dispensario cerca de la Clínica Vandor, sobre la avenida del Calva-rio, y nos dieron unas gotitas muy feas en la boca; ¿qué tendríamos?; un año, dos a lo sumo; no sé cómo puedo acordarme de esas cosas; quizá porque la si-guiente vacuna, no mucho tiempo más tarde {no mucho tiempo pero quizá dos o tres años, no sé} fue una inyección en el brazo, y nos dijeron que no nos iba a doler y a mí me dolió muchísimo, me impresionaba mucho además que me pin-charan con esa cosa tan finita y filosa, casi invisible; así que la tercera vez que me acuerdo, como un año sería o menos de dos más tarde, en el mismo lugar, en cuanto vi la jeringa salí corriendo para la puerta del consultorio, y justo abría la puerta una vieja que me atajó y le contaron todo en dos patadas y la vieja me arrastró hasta la que tenía la jeringa y yo me retorcía entre sus brazos en silen-cio, sin gritar ni llorar ni nada, sólo pataleando en el aire y haciendo que no con la cabeza, mientras Tomi, observándome, se contagiaba de mi reacción y se po-nía a mirar para la puerta y a mami, nervioso, y al final tuvieron que agarrarme entre tres viejas incluida mi madre para que la cuarta me clavase la aguja en al-gún lugar del brazo izquierdo y me dejara doliendo como un mes; me salió una infección, algo demasiado molesto para mi quisquillosidad de aquellos años, porque había que ir al médico cada tanto y los dos nos aburríamos muchísimo en la sala de espera), y deposita dos gotas sobre mi lengua después de pedirme que la saque. Inmediatamente es un profundo escozor en la lengua y algo que se me va para la cabeza, que de algún modo me afectará el cerebro, porque me aga-rro automáticamente el cráneo con una mano y enseguida siento el placer del LSD difundiéndose por mi sistema nervioso. Después la rubia va a sacarse la ro-pa y la deja en una silla (la habitación es de lo más mugrienta, alcanzo a obser-var mientras me retuerzo sobre el sofá, y empiezo a ver los puntitos de polvillo, cada puntito de polvillo en el sofá, en los muebles, en la cama sucia, en el piso, adoptando colores fuertes, ASESINOS, generalmente azules o rojos como rubíes o verdes como manchas que ya no sé si están en los puntitos o en mis ojos que recorren la habitación; pero es el azul predominante, ese azul indescriptible que puede adoptar diversas tonalidades más opacas o más brillantes o más translú-cidas según sea el estado de ánimo de uno, ese azul inefable que para verlo hay que estar drogado, una sensación tan corporal y tan vívida y tan íntima que lo estremece todo a uno). La rubia está en la cama con una enagua negra que andá a saber de dónde la sacó, cortita hasta el final de la bombacha, hasta la altura de la concha, digamos, y abajo tiene también una bombacha negra, diminuta, de la misma tela brillante y suave. Por ahí cierra los ojos y se recuesta contra el res-paldo, las piernas al aire, pero por momentos abre los ojos y me mira de lejos con expresión adormilada, con sus fabulosos ojos azules brillando como gemas y entrecerrándose. Pero no me importa: me quedo un buen rato revolviéndome apenas en el sofá, sintiendo el azul en todo el cuerpo, el azul íntimo que me in-vade.
Cosas así, todo el tiempo: pensar y sentir, diría Proust. Quiero decir.
Últimamente (no sé muy bien desde cuándo), el mundo exterior ha ido per-diendo para mí importancia, y a partir de eso interés, intensidad, profundidad. Noto (ni siquiera con alarma, lo que en algún lado me alarma muchísimo) que las cosas se alejan, que lo único con existencia cierta en mi vida es la rubia, el departamento, la droga, el sexo, la literatura. Es decir, la escritura. Fuera de eso, el viaje, el naufragio íntimo de cada día entre la gente, en el trabajo, en las ca-lles, está como lejano, como visto a través de un velo transparente, un veloespe-jo que refracta, es decir, distorsiona, es decir, miente. Pero todo miente, todo es imagen, apariencia, mito. Atrás del mito, la apariencia, la imagen, Eso Que Se Nos Muestra, no hay nada. Sólo hay distorsión, imagen, cultura, y detrás el va-cío, el mundo, el henchido vacío de sentido. La mayor parte de la gente no tiene conciencia de todas esas cosas, y vive tranquila con su Dios, su Trabajo, su Fa-milia, su Vocación, su Pereza, su Vicio, etc. Es decir, vive presa del mito, de la imagen, de lo aparente, de la refractación fraudulenta. La verdad es saberlo. Por eso es amarga la verdad. Y en el medio de eso, de la nada sabida, yo estoy en el exilio discordante y misterioso de la rubia, de la literatura, es decir, de la escri-tura, del mito. Y, ominosamente a salvo de la cotidianeidad, de la nada, me construyo el mito personal que me permite sobrevivir destruyéndome. Sobrevi-vo gracias a que me consumo, lenta, gozosamente a veces cuando la rubia está muy puta y muy enamorada y nos olvidamos de la droga por un rato y cogemos hasta que no podemos más y nos dormimos. Lo otro, el sopor cotidiano, la acep-tación búdicanihilista de Miguel, me son inalcanzables. Porque la verdad es eso, saberla, y la sabiduría es saber la verdad Y QUE NO TE IMPORTE, sobrevivir a ella armónicamente.
Yo no sé sobrevivir armónicamente. Apenas sé sobrevivir en este infiernopa-raíso donde el mundo se distancia de mí y me sumo en mi cuerpo, en el puro presente del goce, en la embriaguez de los sentidos. Y puedo refugiarme en ella porque no es necesario creerle, basta con estar preso allí, con abandonarse y ob-nubilarse y derivar, derivar, derivar, derivar, derivar… Y mi cárcel es NO PO-DER CREER. Por eso el olvido me es tan precioso, el presente, la rubia, la litera-tura.
Fin de semana. Parque Chas. Hoy no estoy de buen humor. Nos observo. Desaforados como licántropos, sedientos de más sangre para perpetuar nuestra orgiástica vida, la única vida verdadera, nuestra vida nocturna. Somos los suce-sores de lo dionisíaco, de lo carnavalesco, de los libertinos romanos, pero tam-bién de las demonizaciones católicas, es decir de las brujas, de los aquelarres. Todas esas simbolizaciones, lo que Jung llamaría el inconsciente colectivo, jue-gan en mi mente calenturienta, desfasada en el aquelarre ateo.
Ya sé que acá es diferente, que no es como esos amigos de las últimas sema-nas que presentó la rubia, orgías hechas y derechas, droga para tirar al techo, desenfreno absoluto en lugares ruinosos, verdaderamente góticos (Buenos Aires está llena de esos lugares góticos, la intuición más profunda de Cerati como le-trista es esa “Ciudad de la furia”, de una furia borgeana, reconcentrada e inmi-nente, simbólica, no la pedestre de cada día sino un terror al acecho que nunca se consuma pero que siempre está, apenas corramos un poquito al costado la mirada). Pero no puedo dejar de mirarnos y sentir eso, que el clima cool de Par-que Chas es también un infierno, que somos licántropos sedientos de más san-gre para perpetuar nuestra vida nocturna. Que Alma está muerta y en el fondo de nosotros va dejando de importarnos, en el fondo, más allá de las recordacio-nes compungidas y graves y respetuosas. Alma ya es pasado. Ya la memoria hizo su tarea de olvidos selectos y nos dejó una foto de Alma a cada uno, y la man-tendremos allí, petrificada en nuestros recuerdos, hasta que muramos a su vez nosotros o hasta que la vida haga que la olvidemos. Eso es la vida al fin y al ca-bo, pero ¡es tan cruel! ¡Alma, mi pobre y dulce Alma, el Alma de Tomi, el Alma de Mecha, el Alma nuestra! Pudriéndose en un ataúd trescientas cuadras más abajo. Pfff… Nínive.
Repeticiones. Llegado un punto, todo se reduce a eso. Repeticiones sin ton ni son de series más o menos caóticas u organizadas. Uno se cansa de ver siempre lo mismo, y al mismo tiempo abomina y desespera de ser un eslabón más en la cadena inextricable, en la galleta universal que ni diez mil espadas de Alejandro podrían deshacer. Más o menos igual siempre, con variaciones que de a poco se van tornando ridículamente exiguas, hasta la indiferencia, se van repitiendo los sonidos, los gustos, los aromas, las imágenes, los roces (¡sí, hasta los roces nos hastían!), los pensamientos.
Mecha está. Un poco mejor. Por lo menos empezó a venir. Viene y baila, trata de sonreír y a veces lo consigue, trata de ser la misma de antes para nosotros, para que nosotros que amábamos a la antigua Mecha nos quedemos tranquilos. No se droga. Por lo menos entre nosotros. Bebe poco, casi por cortesía, sorbitos mientras baila o conversa distraídamente. Desconocida.
Por lo demás, todo igual. Hasta Selva se cansa un poco de acusarme de niño: hay otros más niños que yo, que se suman: Willy, y unas cuatro o cinco personas más de su edad (entre diecisiete y diecinueve: todos menores que yo), frecuen-tan desde hace unas semanas el cubil de Dionisos. Allí está Tir, enamorado, a lo que creo, de Willy, porque si no es imposible que Tir esté así de gagá, como para relacionarse con chicos cuyas únicas virtudes son la belleza y la lujuria (¡qué in-sincero que soy!).
Hablando de lujuria, está Laura, que me lanza miradas que ella cree com-prometedoras, provocándome a más de lo de la otra vez, frente a la rubia que ni la registra (que probablemente ni se acuerda del asunto). Más crecidita, en tan pocos meses. Esos polvos en la pieza de arriba le hicieron crecer cuatro años (humildad aparte): ya es todo un modelo de la putona refinada al estilo de la ru-bia, sin la cultura de la rubia, pero una chica dentro de todo que ha leído algu-nos libros, que tiene inquietudes. Carne fresca. Quizá cuando la rubia… y yo… ella podría ser una oportunidad. Diecisiete a veinte. Lástima que después cre-cen. Pero en dos o tres años hará el cursus honorum, con la edad que tiene se encamará con alguno de veinticinco, alguno de treinta, alguno de treinta y cinco, alguno de cuarenta y cinco. Quizá se enamore de algún “viejo” que le enseñará, como Tir a la rubia, los secretos de la vida y de los placeres y del arte. Si tiene suerte encontrará un tipo como Tir (ya no Tir, quizá no algo tan afortunado co-mo que le toque un Tir, pero un tipo así) que la educará, la convertirá en una vi-ciosa epicúrea, que hasta los cuarenta y pico estará buena y deseable, mientras no se case o acaso aún casada y con hijos y divorcios igual sea una putona refi-nada, con los años pasará de los viejos a iniciar pendejos, a educarlos. La especie de los licántropos, de los dionisíacos, que no se extinguirá nunca mientras exis-tan seres humanos porque eso viene con nosotros, el hambre atroz de absoluto y de goce, el deseo de autodestrucción, la ética de los márgenes. Lo demás son va-riaciones de caso, detalles que no hacen al fondo. Los demás, la especie. Lo que importa en el humano, lo más valioso del humano, son las excepciones.
Recién miraba a Laura mirándome con su cara de niña como una vampiresa y la encontré igual a la rubia, igual a la rubia como me la imagino en sus quince años, en la época en que empezó a vender droga para el pelado ese y que empezó a encamarse con Tir, a enamorarse según ella creía entonces hasta que Tir le en-señó que eso no era el amor sino el afecto y la lujuria juntas, de ninguna manera amor, una amistad deliciosa entre un macho y una hembra, y la rubia acaso aprendió allí o quizá más tarde o quizá no lo aprendió nunca y simplemente es un presentimiento, una manera implícita de moverse por el mundo, de ser; y la rubia acaso, digo, aprendió o no que alguien como ella no podrá jamás enamo-rarse porque está enamorada de sí misma, horrorosamente enamorada de su poder maléfico de hembra, de comehombres, porque le gusta eso y no lo otro, lo común, el matrimonio y la familia y engordar a los treinta y llenarse de arrugas y de menopausia después de los cuarenta; no; será la soledad inmensa en la ve-jez, entre los libertinos de su camada, reuniéndose cada tanto, enfermos por dé-cadas de vicio epicúreo, a remedar una vieja ceremonia que sabrá a cosa amarga y repetida. Amarga y repetida porque ya no hay juventud, y su carne, su alma, su ser, eran la juventud, el hechizo que en la madurez va ajándose, los años que van poniendo en el mundo machos nuevos que cada vez se fijarán menos en ellas, y ellas vivían de eso, de ese hambre atroz de ser deseadas.
Diosas disolutas…
¡Es tan cruel, el tiempo! (Repeticiones: Lady Winter, la Rubia Mireya, mil et-céteras)
A veces cuando pienso que la rubia va a tener cincuenta y va a estar sola y sin amigos o rodeada de amigos que no le interesarán, viviendo una vida acaso des-ahogada o acaso, peor aún, de miseria, me pongo a llorar solo, en el departa-mento, pensando en esa belleza que me sojuzga ahora y que me impide pensar, hacer, huir, de ella, de su hechizo de esfinge ensangrentada por su propio deseo, su propio deseo que me come (mientras yo adoro y odio ser comido). Que el tiempo aje esa belleza tan extraordinaria, tan única como un jarrón precioso o como una escultura o como un paisaje, una obra de arte que el tiempo hizo y que deshará, con la misma indiferencia multiplicadora.
Tierra.
Polvo.
Y allí está Gianni, intentando (y tal vez consiguiendo) seducir a una de las amiguitas de Laura. El aire cínico y simpático de su rostro, del vendedor perpe-tuo de sí mismo y de lo que sea que haya que vender, el que siempre cae parado. ¿Lo odio? No. Creo que nunca lo odié. Lo detesté al principio porque se llevaba parte de las preferencias de las chicas, y me ponía celoso que el trío le dedicara tanta atención. Después vino… una especie de complicidad para la joda, porque con Carlos éramos los tres jóvenes varones permanentes de la tribu, y tramába-mos maldades, pequeñas maldades contra las chicas, para hacerlas rabiar. Una competencia boba para pasar el tiempo en los fines de semana de jolgorio en los momentos comunes y sin alcohol ni drogas. Como chiquitos de primaria, pe-leando y acechándonos entre chicos y chicas, ganándoles partidos de truco de seis en base a la inefable cara de piedra de Gianni para mentir y a mi inveterado orto para los juegos de azar (a Tomi le pasa todo lo contrario, es increíble: me enfureció siempre cómo liga los cuatros y los cincos). Cosas así, complicidades de gandules, detalles al borde de la maldad gratuita, de la ironía a los descono-cidos que te hace sentir parte de un grupo, la crueldad gratuita de los jóvenes. Creo que en el fondo de mí siempre lo desprecié, y lo desprecio ahora, porque es una persona meramente vulgar. Me enfermaría que la rubia se metiese con al-guien así (que se metiese, no que se encamase), que se agarrase un camote de largo aliento con un ser vulgar. Pero ella, creo, salvo las chicas, un poco Carlos, muchísimo Tir y bastante yo, practica en general la amistad con el mayor cinis-mo, cruzándose y abandonando amistades de ocasión, de lujuria o de trabajo o de casualidad o de joda. Tomando y abandonando relaciones sin sentir la menor nostalgia por gente con la que puede haber pasado días, meses o años juntos. Y está bueno eso, ese desasimiento, ese cinismo. Ojalá yo pudiera practicarlo con su mismo arte.
Yo soy más o menos igual. Ni con mis viejos soy cariñoso, en realidad. Unos besos a mami cuando voy allá o ellos vienen, y después no pienso nunca en ellos, ni para bien ni para mal. Me acuerdo de ellos cuando el pedo me da para ese la-do, o cuando necesito un favor material, y este año los necesito cada vez menos, a los favores, y los olvido cada vez más, a los viejos. Tir dice que ese desasimien-to respecto de los seres cercanos unido a la más cruda y honda sensibilidad para con lo artístico y para con las propias emociones y sentimientos y necesidades es la característica de los artistas. Que en el fondo, los grandes artistas son unos perfectos miserables que viven para ellos, llenos de contradicciones entre su de-seo y sus obligaciones amorosas con la familia, y a veces con la pareja (si llegan a tenerla). Gente con demasiado mambo mental y con demasiado interés en el arte para detenerse a pensar en los demás, aún en los que lo quieren. Gente que ni ellos entienden lo que les pasa por la cabeza, y que a veces acusan a los seres queridos maltratados y abandonados POR ellos de abandonarlos y maltratarlos A ellos. Yo me río mucho con esas cosas, pero Tir dice que yo soy así, esa clase de gente, y me repite muchas veces, muchas veces cuando charlamos mano a mano y se pone profundo (generalmente es cuando está con un pedo atroz y se convierte en un Viejo Vizcacha con dignidad) que no me tengo que hacer mam-bos por los demás, por mis contradicciones que seguro las tengo (y se queda al decir esto mirándome fijo lentamente en silencio unos cuantos segundos inter-minables, viejo pícaro, viejo sabio), etcétera, sino que tengo que ser lo que la so-ciedad vería como un miserable, fijarme sólo en mi obra, que es mi vida. Esas frases me halagan, al tiempo que me alarman y me intranquilizan y me sublevan y me resbalan (todo junto). Aprovechar todo lo que te pase cerca, la literatura se hace con los huevos, una frasecita de Mecha en pedo puede ser el punto de par-tida para un discurso memorable y central de un personaje de novela, la luz ilu-mina distinto en cada lugar, hay que verla, mirarla, hay que saber paladear los silencios, diferenciarlos, conocerlos, para meterlos en el ritmo de la prosa, para acechar toda su profundidad y todo su horror y meterlos en la página, hay que mirar a cada tipo, a cada tipa, como una máscara para un personaje, sospechar, adivinar, estudiar, medir, la psique de cada persona, cómo, por lo que uno ve, se puede adivinar lo que hay adentro de esa psique y detonarlo literariamente. Tengo la cabeza llena de sus frases, lindo Tir. Buen Tir. Nadie me prestó jamás tanta atención, salvo una enamorada, salvo mis padres. Nadie le prestó jamás tanta atención a mi tarea de escriba, de amanuense (a él le gusta que yo me lla-me a mí mismo amanuense, porque, más que falsa modestia, entrevé, en la idea, connotaciones de cotidianeidad junto al material de trabajo, las palabras, un oficio de sentarse y laboriosamente escribir varias horas al día, inventariando emociones mediante estilemas y convirtiendo toda esa masa de datos en litera-tura, en arte, en algo que sobreviva; un sacerdocio: del sacerdocio, de la religión, del rito, vienen todas las artes, todas las ciencias, todo el pensamiento, dice; dice que de ahí viene la literatura, del rezo, la plegaria; que el pensamiento viene de la medición de los astros, de la especulación sobre la naturaleza para dominarla y que el sembrado dé sus frutos, y que de la reflexión sobre Lo Otro se pasa siempre a la reflexión sobre Uno Mismo, sobre El Uno Mismo como categoría ontológica, y que esa es la máxima interrogación posible del pensamiento humano, su gran tema, su gran tema; la pregunta sobre el Uno Mismo; y que esa es la única unión entre Lo Uno y Lo Otro, entre el yo, la conciencia, y el mundo, entre la mente y el cuerpo, entre el lenguaje y lo extralingüístico, la cosa-en-sí; y que la función del amor, del arte, el efecto lírico, es reproducir, siquiera parcial y artificialmente, la unión primigenia y perdida y acaso meramente mítica, entre Uno y Lo Otro; producir la belleza, la felicidad, esas fugas del tiempo; es genial, este Tir, cuando se empeda).
Y allí está Carlos, con su nuevo novio, a cinco metros de Tir que tiene un pedo como pocas veces (empiezo a sospechar una relación directa y hasta causal, o por lo menos intercausal, entre la presencia cercana de Willy a Tir y los pedos que Tir se agarra; y se pone a conversar conmigo, el muy hijo de puta porque sabe que Willy tiene celos de mí, histérico {quién lo diría}, cuando en realidad capaz que está deseoso de lanzarse otra vez a los desdeñosos brazos del efebo, a sus sabores pecaminosos). Conversan sobre pintura; este Carlos (no he hablado mucho de Carlos) es un monotemático, por eso cambia de novio cada pocos me-ses: les debe llenar las bolas las veinticuatro horas hablando de pintura, miran-do pintura, comiendo pintura, cagando pintura. Es imposible comunicarse con él, salvo que hables de pintura. Y después… Él percibió desde el principio una cierta reticencia mía a sus acercamientos sonrientes, porque yo, paranoico del diablo, estaba todo el tiempo en Parque Chas con el culo contra la pared, y él presentaba un aspecto de lo más amenazador para mi culo. Ahora, con los me-ses, mi instintiva aversión a los acercamientos de esas características se ha ate-nuado mucho. Me he acostumbrado a pescarlo a Carlos de vez en cuando mi-rándome el culo. Allá él. No le hace mal a nadie.
La presencia de Carlos me pone de buen humor. Me parece un buen tipo. Un poco monotemático y bobo, pero él me mira también con ojos raros, como a un animal extraño, y discretamente suspira y eleva su mirada al cielo como San Es-teban cada vez que yo empiezo a desembuchar una de mis largas peroratas eru-ditas. Así que siempre nos pispeamos amistosamente, nos acercamos desde le-jos, sabiendo que uno nunca comprenderá al otro. Increíble cómo un tipo tan dado a lo simbólico y a la psicología para explicarse la fuerza de las imágenes, de los símbolos, de los colores, sobre la psique humana, puede tener tal renuencia por la palabra escrita, literaria, ornamental. La palabra, ornamento del mundo, de la psique.
Y allí estoy yo, en la psique, observándolos. Observándome.
Miguel. A propósito.
Curioso. Con Miguel prácticamente no hablamos. Somos dos solitarios inte-lectuales introvertidos apasionados por un mundo que se arracima en nuestras mentes, pero, a esta altura de nuestra relación, cuando estamos juntos, en vez de acribillarnos con palabras, con ideas, con nombres, con libros, simplemente callamos. Yo voy a su pieza o él viene a la mía, uno de los dos calienta agua, pre-para el mate, y nos quedamos, uno cebando, los dos sorbiendo alternadamente el agua áspera en silencio, a veces un cuarto de hora sin cambiar palabra. Salvo Tomi, con nadie estoy tan bien en silencio. (Alguien podría retrucarme que con las mujeres pasa algo parecido después del coito, pero eso es otra cosa, no es un instante en que lo que domine sea el silencio, sino que lo que domina es el tomar resuello.)
He tenido, en su momento, que presionarlo mucho, durante varios meses, para que se resignara a mostrarme sus cosas. Al principio creí que se negaba por falsa humildad. Se negó con tanta firmeza durante tanto tiempo que pensé (primero) que se sentía avergonzado ante mí por un sentimiento de inferioridad o inseguridad (pensamiento que me inspiró más que nada mi sentimiento de superioridad, no respecto de él sino respecto de la gente en general; petulancia, que le dicen); y, segundo, que estaba esperando que yo le mostrara antes mis cosas. Lo hice: no cambió en nada su actitud. Finalmente, me atuve a creer que en realidad su reserva era sincera, y que consideraba a sus escritos (como me decía siempre) una mera ayudamemoria para pensar.
Escribe aforísticamente, contando historias breves intercaladas (y perdidas) entre disconexas (la palabra es de él), minuciosamente disconexas, reflexiones sobre el tiempo, la muerte, la locura, la cultura y el destino (o la falta de destino) del hombre. Son como deliciosos cuentos sufis con una sentencia hipertrofiada, agobiante, menesterosa y ardua, cuyo ritmo serpenteante, caviloso y certero, se pega en el cerebro del lector durante muchos días.
Le dije entonces que encontraba a sus textos bellísimos, mozartianamente nietszcheanos. Lo de Mozart por su distinguido y distante y apolíneo equilibrio. Bromeando, siempre nos adjudicamos obsesiones similares, hasta temas, a ve-ces, aunque difiramos en la forma discursiva, pero siempre caemos en que él concluye desde una distancia, desde una epicúrea indiferencia, mientras que yo me inmiscuyo, me identifico con el sentimiento y el destino de mis personajes, y, con ellos, me desespero (Terencio, me amonesta). Charlamos algunas veces de las elecciones de persona en nosotros: él narra siempre en tercera (aunque a veces la forma mienta una primera); yo, en primera (aunque a veces la forma mienta una tercera). Él dice que yo soy un escritor trágico, y yo le digo que él es un escritor clásico.
La mujer, como tema (y a diferencia de mí, que estoy siempre {en mi literatu-ra y en mi vida}, obsesionado y cercado por la presencia, por la importancia de las mujeres como sujetos y como enigmas), está malamente representada en sus textos. Casi tanto como el hombre, en realidad. Porque el humano, centro de sus reflexiones, está inserto muy marginalmente en el funcionamiento del mundo, como una delicada maquinaria inútil, ornamental, que se daña a sí misma con su conciencia de sí y del mundo. Conciencia de sí que es conciencia de muerte y finitud. La conciencia de finitud trae el dolor, y el hombre se convierte así en un extranjero en el hierático e informe universo. Y el dolor, enormísimo e infinito para el hombre, es un infinitesimal versículo en el libro del mundo. Yo, en con-traste, me explica Miguel, me concentro en ese drama, el drama de la existencia humana, de la existencia de un ser humano, único y efímero e irrepetible, drama pequeñísimo y sin sentido, infinitesimal en términos cósmicos, pero enormísi-mo y único y desgarrador para ESA persona.
Reflexionamos que ocupamos dos extremos, si no temáticos, por lo menos es-tilísticos: él, lo apolíneo, yo, lo dionisíaco (aunque él me bardea con la pareja clasicismo-romanticismo, porque sabe que me da por las pelotas).
Le costó mucho a Tir convencerlo, pero al final Tobi comenzó a contactarse con la crema editorial, con algunos periodistas de suplemento cultural, de publi-caciones literarias. Era el único camino que quedaba para publicar, porque Tobi se negaba tozudamente a enviar textos suyos a concurso, hacer carrera como tantos ganando concursitos con cuentos o poemas de mierda para hacerse cono-cido y después conseguir las editoriales solas, llegar con el currículum. Tobi se cagaba en el currículum y en la opinión de jurado alguno acerca de su literatura (entre tantas otras cosas en las que se cagaba), así que no le quedaba otra (lo convenció Tir) que conectarse con escritores y con "la crema editorial y periodís-tica especializada". También ese camino tenía sus riesgos, porque Tobi, cuando se daba el tema, hablaba pestes de los que escribían en los suplementos litera-rios, dedicados a trasponer a tinta de diario las gacetillas de presentación de las editoriales. Un tongo desagradable, decía, que publica y ensalza mediocridades mientras los que escriben como la gente, como Saer, tienen que esperar treinta años para que los conozcan. Además, la mayoría de las editoriales le parecían máquinas de vender libros, best sellers y clásicos, así que en general la especie del editor le parecía gente de la peor calaña. Pero Tir lo convenció, después de tanto tiempo de discutir el tema incluso a gritos (borrachos y drogados los dos, ante los ¡Shhhhhhhh! del resto de la concurrencia, porque tapaban la música y se gritaban en la cara como Herzog y Kinski), de que dejara atrás sus inseguri-dades y se contactara con libreros, editores independientes, periodistas piolas.
Tobi, mal que mal, entraba de a poco por en el ambiente, porque Freddy era, aparte de fotógrafo comercial, fotógrafo artístico, y en fiestas solía cruzarse con fotógrafos, pintores, escultores, actores, escritores, etcétera. Bárbara, por ejem-plo, y Braulio, gente que había conocido en Parque Chas, lo presentaron y le die-ron manija ante gente del medio literario en coctails y presentaciones de libros a que la rubia lo obligaba a ir, antes de la gran joda en Parque Chas u otro lugar privado. La nota (con la ayuda de Tir en las preguntas y en los antecedentes de los entrevistados) que publicó con fotos suyas sobre varios artistas extranjeros traídos al país por la Gran Muestra Pictórica Iberoamericana organizada por el Salón de Tir le había dejado un buen rédito, más de prestigio que económico, entre los especialistas de las artes plásticas. Estos comentarios, llegados que fueron a oídos de Tobi, lo hicieron reír mucho, y lo confirmaron en una certeza ya traía de la Facultad: podía pasar por una persona mucho más culta e infor-mada de lo que en realidad era tirando unos pocos datos sobre temas diversos, porque la gente tendía a adjudicarle de ese modo una erudición general enorme, de la que esos pocos datos convenientemente ubicados eran considerados ape-nas la punta del iceberg.
De ese modo, aflojando sus renuencias y vergüenzas a mostrar escritos ante la presión amistosa y no tanto de los suyos, Tobi había mandado copias de bo-rradores a algunos escritores, periodistas y editores, algunos (pocos) de los cua-les se engancharon. Dentro del grupo de más o menos sinceramente interesa-dos, causaba unánime sorpresa la edad del pendejo; nadie podía creer que tu-viese nada más que veinte. La rubia, que en momentos de cachondeo le decía Mi Arturito, en alusión a Rimbaud, ahora se ponía más seria al decirlo y le repetía a Tobi cuando salía el tema que estaba entusiasmando a gente pesada, de tal mo-do que hasta a él le daban ganas de abandonar su escepticismo y creer en lo que decían (de él).
Finalmente, un editor independiente, bastante joven, de menos de cuarenta años pero prestigioso en el medio, lo llamó un día a Lambaré 149 para pregun-tarle si tenía alguna novela terminada. El tipo lo llamó como a las seis de la tar-de de un día hábil, cuando Tobi estaba en plena actividad creativa entre mate y un porro que se iba fumando despacito, como siempre. El teléfono llamó como diez veces. Tobi, que sabía que nadie que lo tratase (y él trataba relativamente a pocas personas) lo podía llamar a esa hora porque era la hora en que escribía, no le dio bola al principio. Tenía que ser alguien equivocado o algún colgado. Finalmente, con las bolas llenas del ruido, se levantó de su silla ante la PC y fue a agarrar el tubo. Cuando el tipo se presentó y le manifestó sus intenciones, Tobi pensó Estoy alucinando, qué mierda compró esta rubia. Pero no, estaba fresco; el tipo, un tipo en el teléfono, un editor de prestigio que ya lo conocía, le había preguntado si tenía un manuscrito para mostrarle. Un manuscrito de novela. Tobi hizo un silencio de varios segundos, porque se había quedado pálido y sin aliento y el corazón le retumbaba a ciento cincuenta por hora, de modo que el tipo preguntó ¿Hola? ¿Hola? ¿Se cortó?, y ahí Tobi empezó a balbucear Mirá… tengo muchas cosas adelantadas… todo cosas para corregir todavía… No sé si estoy preparado para eso… Es decir…
El tipo lo interrumpió Bueno, no importa, confío en lo que ya he leído de vos, que me fascinó, y en lo que me cuentan Tir y Bárbara. Me parece que sos una joya nueva, y si hay alguna posibilidad de ser el primero que publique algo tu-yo en libro, me parece que puede ser importante no sólo para vos, sinó tam-bién para la editorial. Yo leo todo el tiempo inéditos y gente nueva y no he visto prácticamente cosas de tu nivel. Te destacás.
El el placer que sintió en ese instante fue tan intenso que tuvo que apoyarse contra la pared, sonriendo incrédulo. Hizo silencio unos segundos para paladear lo que le habían dicho. Luego metió la mano libre en un bolsillo y contestó Bue-no, mirá… Eeeehh… Tengo cosas… Si querés pasá un día o paso yo por tu edi-torial y te dejo una copia de algo… no sé qué puede ser… Ahora estoy traba-jando en una novela de largo aliento, pero es trabajo duro, recién estos meses lo estoy empezando. Es una novela de setecientas páginas, le calculo, así que imaginate…
… que no, completó sonriente la voz en el teléfono. Bueno, en todo caso pasá a la hora que puedas por mi oficina y me dejás el material… O mejor no, voy yo a tu casa y me mostrás algo, así veo qué me conviene llevar…. Por ahí, si me gusta alguno, elijo y lo corregís a tu gusto, con tiempo.
Arreglaron un día, se despidieron cordialmente. Eran como las seis y media de la tarde. A Tobi le parecía que ese era el momento crucial de toda su vida. Pe-ro era cosa para meses de tratativas y trabajo, calculó sofrenándose. "Esperanza mil, expectativa cero", citó a Tir en un murmullo embelesado.
Unos escritores que tenían una revista le pidieron material para publicar, poesías o textos cortos, y Tobi estuvo frenético una semana eligiendo y puliendo poemas, poemas como aforismos, misceláneas eufónicas, poemas eróticos inspi-rados por la rubia, sobre todo había mucho de eso, era increíble, puesto a pen-sar, cientos y cientos de poemas con variantes de algunas metáforas básicas, cientos y cientos de formas de decir el cuerpo de la rubia, el sabor de la rubia, el aroma de la rubia, los ojos de la rubia, los silencios de la rubia, la boca de la ru-bia, los pechos pequeños de la rubia, el culo suntuoso de la rubia, la piel dorada de la rubia, la hendidura rala y angosta de la rubia, cómo era clavarse contra el culo de la rubia, saborear su concha con el gusto de la marihuana sobre la len-gua, besar los labios húmedos de semen de la rubia, ser mordido, golpeado, ara-ñado, lamido, chupado, cogido por la rubia. Ser atacado por la rubia. Toda esa belicosidad que se desprendía de cada coito juntos, esa salvaje manera de lasti-marse de puro brutos, y también de puro perversos, de que las marcas de una dentadura se quedasen claritas en cierta parte del cuerpo (no el chupón: la mar-ca de los dientes), la sangre que se arrancaban a veces sorbiéndose los labios. Y todos esos textos casi sin darse cuenta, casi como un juego al principio o una adulación a la rubia o una manera de pasar el rato mientras recuperaban el re-suello, se habían ido convirtiendo en páginas y páginas y páginas de versos, de sonetos, de haikus, de epigramas, de impromptus, de largos retazos de prosa poética dedicados a nombrar ese placer corrosivo, demoníaco, que sentía Tobi con la rubia.
Había como para un buen volumen dedicado sólo a eso. Tobi, sentimental a sus horas, pensó que estaba bien que quien había inspirado tamaña cantidad de literatura con su belleza y su hechizo de hembra tuviese prioridad de publica-ción de tantos versos que la nombraban de todos los modos sin decir su nombre, sin decir la única palabra clave, la palabra secreta que resumía para él todo lo bueno y todo lo malo, todo el placer y todo el dolor, todo el sentido del mundo, la única palabra que le bastaba repetírsela en soledad para que la pija se le pu-siera al taco: rubia, rubia, rubia, rubia, la rubia, mi rubia, la rubia inalcanzable, misteriosa, insondable, abisal. Su cuerpo menudo y maleable y tan lleno de maldad sabrosa, domador y domado, atormentador y escarnecido. Rubia, rubia, rubia…
Desde entonces se dedicó a escribir más rabiosamente que nunca.
Corría octubre. Ya se había instalado definitivamente el calorcito primaveral porteño, y Tobi escribía con la persiana baja en sus dos terceras partes para ata-jar la claridad azul y oro que se colaba a la derecha de su PC. El tipo de la edito-rial había elegido una historia violenta de ruta y odios y relaciones incestuosas ambientada los años de plomo, en que una adolescente huía con su primo ma-fioso y con su hermano, que iba de casualidad y secuestrado por el primo para no dejar rastros. Tobi trabajaba una o dos horas por día sólo en esa novela, y co-rregía un rato cada noche antes de acostarse los poemas dedicados a la rubia que constituirían su primer volumen de poesía, cuando hubiese publicado su primera novela, y, un poco automáticamente, casi sin proponérselo, casi por inercia, como un modo de despejarse de la tensión creativa, continuaba de a ramalazos sus textos autobiográficos, tomándoselo con ironía, divertido con la idea de novelar su vida, de encontrarle un hilo conductor a eso tan anárquico y tedioso; en momentos de felicidad y optimismo, tendía a creer que creaba alre-dedor de su vida, que él dominaba el juego, y no al revés, como pensaba en los momentos pesimistas, que en realidad el prisionero era él y el verdadero amo era el lenguaje jugando su propio juego a través de él, por medio de él, a costa de él.
Con el asunto de la editorial (tenía comprometido entregar el borrador para fin de año o a más tardar mediados de enero), se había olvidado bastante de sus persecutas neuróticas, de sus cavilaciones sobre el sentido (la falta de sentido) del mundo y sobre cómo la imagen de la rubia lo perseguía como una Duquesa de Alba entre sus monstruos. Se dedicaba a escribir con alegría y con saña, a drogarse con felicidad, todos los días, y a tener sexo con la rubia gran parte del tiempo que pasaban juntos.
Ahora Tobi ya no dormía su siestita para esquivar a la rubia, no le molestaba que ella estuviese rondando mientras él le daba a las teclas; se ponía a escribir ni bien volvía del trabajo y sólo paraba para comer, y para dormir bien pasada la medianoche. Al contrario, el cuerpo de la rubia rondando por el departamento haciendo sus cosas, husmeando, sin ruido, con disimulo, lo que Tobi iba escri-biendo, lo llenaba de placer. Estaba lleno de una energía insospechada, dormía cuatro o seis horas por día como un león sin hambre, comía como cuatro leones, cogía como un adolescente en celo.
La rubia también quedó afectada por el nuevo panorama que se le abría a To-bi. En algún lado de su psique se sentía más que nunca al lado de un macho po-deroso, se sentía la hembra de un macho poderoso, digna de él, y excitada por él, fascinada por él. A diferencia de la mutua violencia de siempre, ahora encon-traba su mayor goce en dejarse usar como carne de sexo a cualquier hora, en cualquier momento de la mañana al levantarse o a la tardecita al volver del Sa-lón de Tir o a la noche mientras Tobi escribía o en mitad de la cena, en cualquier momento en que Tobi interrumpía su escritura y se paraba y le arrancaba la ro-pa o le levantaba la pollera y le bajaba la bombacha y la penetraba sin más preámbulos, del modo más primitivo, por atrás, sin pedir permiso, mientras ella lavaba los platos o leía o hacía el desayuno para los dos. A veces la rubia no se tenía que levantar (los lunes el Salón permanecía cerrado) y seguía durmiendo mientras Tobi se preparaba un té con leche con pan abundante, y Tobi la miraba despeinada y envuelta en sábanas blancas y dejaba la taza por la mitad y, masti-cando aún un bocado de pan, le arrancaba las sábanas y la rubia se despertaba con la lengua de Tobi en su vagina, o con Tobi levantándole y abriéndole las piernas y comenzando a penetrarla. Parecía encantarle. Parecía no haber espe-rado otra cosa en toda su vida. Parecía feliz. Dueña y esclava, reina sometida, hembra ultrajada. Sí. Parecía feliz. Nunca a Tobi le pareció la rubia tan feliz co-mo entonces.
Hacían mucha vida social. Una vez por semana Tobi tenía alguna cena con al-gún escritor o artista o con su editor y los dos iban a un restaurante (invitados, claro) o a alguna cena íntima, y allí la rubia dejaba el tendal entre el machaje; iba vestida con elegancia nocturna, pero de un modo que resaltaba humillante-mente la belleza de su rostro inexpugnable, hierático, vampiresco, todo eso aun-que cuando hablaba con la gente en esas cenas se comportaba con la soltura que su educación y su instinto social le permitían, dejaba embelesados a los hom-bres y pisoteada la autoestima de las mujeres, encantado a todo el mundo. En esas cenas, Tobi brillaba por su conversación, casi siempre sobre literatura, cla-ro (y a veces sobre pintura, porque, cuando la rubia se dio cuenta de que podía ser un arma de seducción para introducirlo a Tobi en “la mafia cultural”, empe-zó a llenarlo de datos sobre pintura de todos los tiempos, y Tobi ataba cabos y comparaba con la literatura, el cine, el teatro, la música {Tomi y Tir mediante}, de un modo que fascinaba a los comensales), y la rubia sentía, mientras oía hablar a Tobi y veía a los anfitriones escuchándolo atentamente, cómo su vagina se ponía húmeda de a poquito, de a gotas mínimas y lentas que la iban lubrican-do, que iban tornando cada movimiento de sus muslos bajo el mantel en secre-tos placeres crecientes. Cuando terminaba la cena, cuando se despedían, la ru-bia era una caldera sexual. Tobi lo supo pronto, así que muchas veces, mientras el taxi los llevaba hacia Lambaré 149, se pegaban en el asiento de atrás y Tobi disfrutaba, el glande humedeciéndose de pronto, tocando a la rubia ante los ojos envidiosos del taxista por el espejo retrovisor, sintiendo cómo, a cada roce, la rubia se estremecía hasta el tuétano, aprovechando, en alguna calle oscura, para meter la mano en la entrepierna por abajo del vestido y jugar con el capullo húmedo de la rubia, con los rulitos ralos mientras la rubia soltaba risitas nervio-sas y abría y cerraba las piernas, apretándole la mano brevemente. Cuando vol-vían de esa reunión formal, no terminaban nunca de poner la llave para abrir la puerta de doble hoja de vidrio del edificio, tan calientes estaban. Y en el ascen-sor se demoraban tocándose, arañándose, mordiéndose impacientes. Y cuando finalmente entraban al departamento, no terminaban de cerrar con llave que ya estaban tirando la ropa y empezando a coger en el primer lugar donde cayesen, sofá triple o simple o cama o mesa o suelo o pared o vidrio de ventanal o persia-na baja, como demonios, como sátiros.
Y en las salidas, o en las fiestas soeces o cool a las que asistían dentro o fuera de la tribu de Parque Chas, los dos arrasaban. Tobi había adquirido un aplomo y una naturalidad que, combinados con la innata reticencia y reserva del mucha-cho y con su también innata atracción sobre las hembras, lo hacían, con la rubia tomada de la cintura, mirado y deseado y buscado por toda clase de minas en ese ambiente promiscuo y ambiguo de estudiantes artistas bohemios lujuriosos y drogones donde no se sabía demasiado bien qué cosas era cada cual. Y eso hacía a la rubia más atractiva, le levantaba la autoestima de un modo que los dos eran como ángeles entre la multitud, resplandecientes en su juventud y en su belleza y en su misterio y en su poder seductor. Una especie de Matrimonio FitzGerald modelo noventa y nueve en clave pop.
Se llevaban mejor que nunca: casi no hablaban. Se dedicaban exclusivamente a salir, coger, drogarse, comer y dormir juntos.
El incendio… Fue un golpe para toda la tribu, como si a los ingleses les demo-lieran el palacio de Buckingham. La culpa parece que la tuvo una de las viejas encargadas de la limpieza en Parque Chas. Una vez por semana, además de la limpieza general de la casona, Tir juntaba un ejército de cuatro empleadas do-mésticas y, con sumo cuidado, quitaban los libros, los discos, repasaban y lus-traban los estantes, limpiaban los libros UNO POR UNO, y los acomodaban de nuevo, exactamente en la misma posición. Era una tarea engorrosa, y que exigía cierto entrenamiento, además de tener la lista con el mapa en la mano.
Selva le había dicho varias veces que le convenía contratar a una especie de bibliotecario periódico que le viniera a inventariar y ordenar bien los libros, y de paso también la discoteca, pero a Tir eso le parecía un peligro mayúsculo, por-que era más probable que le robase un libro un bibliófilo que una empleada do-méstica. En vano Selva insistía siempre en la inveterada ignorancia libresca de los bibliotecarios, comprobable en cada biblioteca pública del mundo que se vi-site; un conocimiento sobre los libros que sólo llega a “E1-v236” y ubicaciones geográficas dentro de los estantes. Selva también tiró un par de veces la idea de contratar a algún restaurador de libros para que los limpiase del modo más per-tinente a su conservación. Tir, cada tanto, le hacía caso, y contrataba a un tipo y se quedaba mirándolo largas tardes para aprender su arduo oficio. Algo le que-daba, tampoco era cosa del otro mundo.
Es que la biblioteca de Tir era una cosa seria. Había una primera edición en facsímil del “Facundo”, por ejemplo, y de las dos partes del “Martín Fierro”. Te-nía una edición muy antigua del poema “Argentina” de Martín del Barco Cente-nera, malísimo como obra de arte, pero buenísimo como pieza de colección. Te-nía libros de Paul Groussac, todas primeras ediciones. Los libros de Fray Mocho. La traducción de la “Divina Comedia” por el general Mitre. Las grandes biogra-fías patrióticas del general. Primeras ediciones de letras y poesías del Viejo Pan-cho. “La cautiva”, ese poema pésimo de Echeverría. Primeras ediciones de las horrendas obras de teatro argentino de los principios, Martín Coronado, Grego-rio de Laferrère y toda esa gente. El libro ese de Mármol (¿Amalia?). El libro de Rivera Indarte sobre los crímenes de Rosas, “Las tablas de sangre”. La “Excur-sión a los indios ranqueles” de Mansilla, y también la biografía de éste sobre su tío Juan Manuel. Los libros de “psicología social” de Ramos Mexía. Los ensayos de José Ingenieros. La agobiadoramente exhaustiva “Historia de la literatura argentina” de Ricardo Rojas, más conocida por las pullas de Groussac que por su lectura. Manuscritos de Macedonio. Y bueno, ni hablar del siglo XX, todas primeras ediciones, también. Yo había tenido la oportunidad de leer algunos li-bros infames de Borges, como el tan peroncho avant la lettre “El tamaño de mi esperanza”, el ocultado minuciosamente “Inquisiciones”, con sus bellas re-flexiones sobre el doblaje en el cine y sus inicuas opiniones de juventud sobre el “Ulises” de Joyce, que luego con los años el viejo iba a disimular, ya que no a re-tractarse, y hasta un manojo de poemas del libro “Los naipes del tahúr”, no edi-tado por el viejo, robados andá a saber de dónde. También pude ver allí y leer, verdaderamente emocionado, la primera edición, paga del bolsillo del padre y con las páginas sin numerar, de “Fervor de Buenos Aires”, que por un lado con-movían por su belleza y por otro me hacían pensar indulgentemente en mí, comparando la primera versión de esos poemas con las largamente corregidas de las “Obras Completas”. Borges era un talento maduro, había hecho pendeja-das como todos, incluso a los treinta. Había sido yrigoyenista, hasta comunista romántico. Buen viejo Borges.
Pero además la biblioteca de primeras ediciones de Tir tenía también títulos en inglés, francés, italiano, ¡sueco!, ¡ruso!, ¡¡chino!! Estaba, ya que ha sido nom-brado, el “Ulises” con los capítulos titulados de la primera versión, y también el “Finnegan’s Wake”. Estaban las “Flores del mal” y los “Cantos de Maldoror” y todo el surrealismo en primera edición (bueno, los veinte o treinta más impor-tantes), y las obras de Dostoievski y Tolstoi, y las de Strindberg, y las de Kierke-gaard, y alguna edición muy antigua (siglo XVII, creo) de las obras de Shakes-peare, y los poemas de Withman, y las obras de Henry Miller, y todo Cocteau, y cosas de Ítalo Calvino, más modernas, ¡el diario de Anaïs Nin!, ¡el de Nijinski!, por supuesto Proust en francés y Kaffka en su alemán. Las obras completas (que es mucho decir, por lo menos en número) de Jean Paul Sartre, la traducción al inglés de las “Mil y una noches” por el capitán Burton, las primeras ediciones del Quijote en sus dos partes (todo eso tenía que valer millones, millones de dó-lares), las obras completas en francés pero en primeras ediciones de tipos como Lacan, Foucault, Derrida, Bataille, Althusser, etc., y también las de Freud en alemán (pero esas de gusto porque según él no sabía alemán), y lo mismo Ga-damer y Jünger y Adorno y Benjamin, y (más moderno) Pynchon, y también, por supuesto, todo Rimbaud, nuestro héroe literario (nada de Verlaine, Tir lo odiaba por relapso y renegado, y también, intuyo, porque le tenía celos), y Poe, Meyrink, Melville, Wilde, Wells, Byron, Camus, Jonathan Swift, Rabelais, etcé-tera etcétera etcétera.
Tir leía y hablaba con suma fluidez el inglés y el francés, como correspondía a alguien de su prosapia familiar y de su generación, la última, o casi la postúlti-ma, que recibió en su clase una educación aristocrática (después de la dictadura todo dio lo mismo y los aristócratas tradicionales se fundieron con la zafiedad intelectual de la nueva clase alta argentina de origen italiano, insensible a todo lo que no sea números y dinero, que así están dejando el país), y junaba algo (a pesar de sus bravatas de humildad) de alemán y de ruso. Vida de mierda que habrá tenido, para leer y aprender tanto.
La verdad es que él se admiraba muchísimo de mis lecturas, pero a mí me da-ba vértigo entrever todo lo que él había leído de literatura y filosofía, había visto de cine DE TODA EUROPA, había mirado de pintura y escultura y fotografía, había escuchado de música y visto y leído de teatro y contemplado de danza.
De su inmensa discoteca no hablo porque no conozco tanto. Tendría que hacerle un sondeo a Tomi, si alguna vez escribo un retrato de Tir, con fines esté-ticos o como ejercicio para mí o como regalo para él, dentro de muchos años. Claro que muchas de las cosas que pienso y que podría escribir de él le sorpren-derían, o quizá no, pero tal vez le disgustaría leerlas de mi pluma. Los detalles de su vida privada, digo, de su vida de juventud, mucho antes de que yo lo cono-ciera; en Parque Chas las historias corrían de boca en boca, y todos tenían su historia que los demás contaban sin pruritos: eran vidas nutridas; yo, en reali-dad, era, creo, el más pobre en sucesos y aventuras, y quizá por eso los tiráceos me tildaban de misterioso y ocultador: no podían creer que yo no tuviera nada que contarles (era tan joven que no tenía pasado).
Pero la cuestión es que Tir era un maniático con el cuidado de su biblioteca y discoteca, que en realidad ocupaba la cuarta parte de la superficie de su casa, es decir, toda el ala izquierda del piso alto. Acaso, también, ocupaba un buen cuar-to de las horas de su vida, por lo que le había demandado juntarla y leer-la/escucharla.
Bueno, la cuestión es que, un miércoles de noviembre, día de limpieza, Tir amaneció enfermo, con una gripe que asustó a Selva cuando lo llamó por teléfo-no desde el trabajo para saber por qué no había ido ni llamado. Selva trató de encauzar la tarea en el Salón, y salió rapidísimo para Parque Chas, dejando a la rubia a cargo de los incidentes que pudieran ocurrir y ordenándole que la llama-se a su celular ante cualquier complicación. Pero la cadena de mandos estaba bien armada: la rubia era de lo más idónea para el mando, si hubiera sido hom-bre en el siglo cuarto antes de Cristo en Macedonia, de Tolomeo o Seleuco no bajaba.
Cuando Selva llegó a la casona de Parque Chas, a las cinco de la tarde, el ejér-cito de empleadas domésticas “especialmente seleccionadas” estaba presto espe-rando a Tir, en cama con una fiebre de cuarenta grados. Hay que agarrarse una gripe en noviembre en Buenos Aires, se quejó, con el tono de un moribundo o de un acostumbrado a que lo mimen Tir, en cuanto Selva entró en la pieza. Selva imaginaba el origen de esa tremenda fiebre: una noche alocada en compañía de Willy.
A todo esto, las empleadas domésticas habían empezado, aleccionadas por Selva, la limpieza del ala izquierda superior de la casona. Selva se quedó viendo qué podía hacer por Tir, llamando a un médico de puro vicio (era una gripe ma-chaza, a lo sumo le darían una fuerte inyección).
Pero a las seis menos cuarto (no se supo bien cómo) se inició el incendio. Tir tenía terminantemente prohibido que fumasen, así que, descartado el sabotaje (¿para qué, con qué motivo?), el asunto quedó como inexplicable. Lo que se con-jeturó fue que alguna empleada más nueva o menos disciplinada habrá encen-dido un pucho a escondidas y lo habrá dejado en algún lugar inconveniente. Como es natural en una biblioteca, llena de papel reseco y viejo, cuero, cartón y madera, el incendio se propagó en dos segundos.
Abajo se enteraron en seguida, por los gritos de las mujeres, la mitad de las cuales (a saber, dos) salió corriendo dando alaridos hacia abajo por la escalera de caracol izquierda, que daba a una salita contigua a la gran cocina del fondo. La otra mitad, la más valiente o la más culpable, se quedó con trapos húmedos tratando de extinguir lo que podía convertirse en una catástrofe general.
Selva salió corriendo alarmada a ver qué pasaba, y atrás salió Tir afiebrado, en una bata azul marino. En cuanto Selva pudo sacarles a las que bajaron alguna frase inteligible, buscó el primer teléfono y llamó a los bomberos. Según calcu-laba, y bien, el ala izquierda iba a arder en seguida, los techos se podían de-rrumbar en cualquier momento de ese lado y empezar a quemar las tejas y las paredes. A su lado, Tir trataba de entender (no se atrevía a entender) lo que es-taba ocurriendo. Cuando Selva se lo aclaró, salió corriendo de inmediato hacia arriba y gritando desesperado que había matafuegos, que no fueran pelotudas, que ayudasen.
Las dos empleadas que al principio se habían quedado tratando de contener el fuego habían bajado ya, descompuestas por el humo. Tir subió igual con un matafuego de un metro de alto que pesaba muchísimo y empezó a darle a las llamas frenético, con lágrimas en los ojos. Estuvo así diez minutos, internándose entre el fuego y tirándole los libros más o menos sanos a Selva, que le gritaba todo el tiempo que bajara y recibía los libros encendidos en la mano y los revo-leaba para abajo después de apagarlos con la pared o con los dedos.
Siguió Tir en esa tesitura hasta que una viga vino a caerle medio sobre la es-palda y medio sobre la cabeza, y lo dejó atontado y en el piso. Selva dio un alari-do y empezó a arrastrar el peso muerto como pudo hacia abajo por la incómoda escalera de caracol, metálica para colmo.
Justo en ese momento llegaron los bomberos y empezaron a trabajar. Su primera intención fue que el siniestro no se extendiera al resto de la casa, ni si-quiera al resto del piso (la otra ala estaba llena de colchones, sábanas y ropas de los tiráceos, y no iba a durar mucho más que el ala izquierda en cuanto el fuego lamiese las puertas). Trabajaron un buen rato, calculando con certeza profesio-nal cuáles eran las partes con más riesgo de derrumbarse y tratando de apagar el fuego de adentro en las partes menos peligrosas. Tiraron tanta agua que logra-ron contener el incendio más o menos a toda el ala izquierda y a los pasillos que llevaban a la derecha por afuera, entre ventanales (por suerte todos cerrados a esa hora, si no hubiera sido todavía peor).
A Tir se lo llevaron a un hospital. Era el único herido más o menos serio del accidente. Un golpe en la cabeza y un pequeño riesgo en la columna por el golpe, más que nada un dolor en la cabeza y en la nuca.
En el medio de todo el quilombo, con la casa ya evacuada, la rubia llamó al celular de Selva desde el Salón, para saber qué le pasaba a Tir. Cuando escuchó las noticias, relatadas por Selva desde la calle mientras contemplaba aún humos y llamas y bomberos corriendo a través de las ventanas del segundo piso, se pu-so a llorar en silencio, sin un gesto. Luego preguntó ¿Y Tir cómo está? Cuando Selva le respondió que se lo habían llevado con un golpe en la cabeza para el hospital, los ojos de la rubia se nublaron totalmente, y le dijo a Selva Inmedia-tamente cierro todo esto y voy para el hospital, no puedo seguir acá.
Se tomó un remis y fue hasta el departamento donde Tobi dormía, cosa muy rara últimamente, su siestita postescritura y prerrubia. Expeditiva, le explicó lo del incendio y el golpe en la cabeza de Tir, y como Tobi no entendía lo que le es-taba diciendo, le arrancó las sábanas y empezó a tirarle la ropa por la cabeza, di-ciéndole en tono imperativo, sin más explicaciones, Vestite que salimos. Cuando se subieron al remis (que se había quedado esperándolos), y Tobi, asustado por la expresión tensa de la rubia y porque no había entendido demasiado bien lo que le había dicho la rubia y temía lo peor, le preguntó qué era lo que había pa-sado, y la rubia se lo explicó resoplando y con los ojos a punto de llorar, empezó a agarrarse la cabeza y putear y suspirar de manera convulsa, como con un ata-que de histeria, tanto que la rubia lo tuvo que zamarrear un momento para de-cirle que se quedase tranquilo, que Tir estaba golpeado nomás. Pero Tobi se sa-cudió de los brazos de la rubia y, negando con la cabeza, dando vuelta la cara hacia la ventanilla izquierda, dijo No, no, igual, loco, pobre Tir, pobre Tir, y se puso a lagrimear, pensando en todos esos libros, en todos esos discos. Maldita suerte, todo junto, primero lo de Alma y ahora la casona, como si el mundo, su mundo, empezara a derrumbarse. Tobi no podía parar de llorar en silencio y mi-rando para la ventana porque no quería que la rubia lo viese, aunque la rubia lo estaba mirando y se daba perfecta cuenta y también tenía los ojos llenos de lá-grimas porque entendía lo mismo, para Tir esos libros representaban toda una vida; cada libro le decía no sólo lo que rezaban las letras, sino el año en que lo había comprado, dónde, en qué circunstancias, con qué dinero o tretas, acom-pañado de quién, enamorado o amancebado con quiénes, en un momento feliz o infeliz, como un refugio de la realidad o como un premio a su felicidad. Y la ca-sona, la casona… Tobi se imaginaba la casona TOTALMENTE DESTRUIDA y no podía parar de llorar, era como su hogar, como el útero dionisíaco que lo ampa-raba en una plenitud grupal que él no había conocido en ningún otro lado. Ahí se había hecho hombre de manera definitiva, no cuando se vino a Buenos Aires con Tomi ni cuando se encamó con Sandra ni cuando tuvieron su departamento ni cuando Tomi lo dejó solo en el depto, ni siquiera cuando la rubia lo empezó a domar, en otros lugares y allí mismo, aunque la rubia era un símbolo, era la sín-tesis de todo eso. No. Tobi se había hecho hombre allí. Allí había conocido a las chicas, había cogido con Alma (¡pobrecita Alma, dulzura mía!), había sido ATA-CADO por el culo de Mecha después de la primera fiesta, había mirado durante meses a la rubia como se mira a un animal sagrado y enigmático y terrible y fas-cinante, había entrado en esa tribu, en esa unidad irreductible que se formaba en las madrugadas de porro y alcohol y ácido y cocaína y sexo tupido con la que se cruzase. Se había sentido importante y valorado. Toda su vida había cambia-do para siempre allí. Era el nudo de su vida, lo que la había enfocado hacia su vocación, hacia determinada ética que estaba hecha carne y sangre en él y de la que probablemente no podría (ni querría) desprenderse jamás.
Llegaron al Hospital, dieron con la habitación en que estaba internado Tir, solo, inconsciente. El médico no los dejó entrar, les dijo que no estaba para te-rapia intensiva ni mucho menos, que le habían dado calmantes porque había llegado con una crisis de nervios gritando ¡Mis libros, mis libros!, que estaba en observación, eso sí, por el golpe, y que por las dudas se estaban haciendo estu-dios para ver si había alguna lesión interna en el sistema nervioso o en la co-lumna o en el cráneo. Algo así entendieron los dos jóvenes, entre su angustia que no los dejaba poner demasiado atención y su ignorancia supina de la ciencia médica. Como eran los únicos conocidos que se habían acercado, el médico los dejó custodiar en los pasillos, pero el paciente iba a dormir unas horas más, qui-zá toda la noche.
La rubia abrió su bolso, sacó su agenda, y empezó a llamar por celular a los interesados en tal desventura. Ante todo llamó a los padres, tranquilizándolos y diciéndoles que Tir (Carlos) iba a dormir hasta el otro día y que no iba a ser ne-cesario pasar la noche allí, que ella se ocupaba. Después llamó a Selva para pre-guntar cómo seguía todo. El incendio estaba totalmente apagado, se habían sal-vado las tres cuartas partes de la casa. La biblioteca, en un noventa por ciento, destruida. La discoteca, también, casi toda. La rubia preguntó entonces si estaba pagada la última cuota del seguro de la casa y de los libros. Selva le contestó que sí, pero qué carajo importaba, lo que a Tir le importaba realmente eran los li-bros. Y no era una suma para despreciar, cuando la rubia cortó el celular Tobi, conversando, le preguntó cuánto era el seguro de los libros, y la rubia le dijo al-go de… cuatro, cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil, millones de dólares (no im-portaba, era una cifra inverosímil).
A las once Tir se despertó, y el doctor, ante sus requisitorias para que le deja-sen ver a los suyos, dejó pasar a los jóvenes. La rubia lo miró a Tir y lo fue a abrazar como si se le hubiese muerto la madre. Lo besó muchas veces en la fren-te y en la cara, lo abrazó mucho, hasta un punto en que Tir se quejó del dolor y Tobi se sintió terriblemente celoso. Luego Tobi se acercó por el otro lado de la cama y lo saludó también con un beso en la mejilla y con un abrazo suave, y Tir les agradeció mucho y les preguntó qué había pasado con la biblioteca (con la biblioteca, no con la casona). La rubia contó todos los detalles que sabía. Tir, a medida que la rubia hablaba, se iba quedando serio, pensativo, y al final soltó unas lágrimas, un par de lágrimas lentas, y suspiró. Fue toda la efusión que le permitieron los calmantes.
A los diez minutos entró el médico para decirles que iban a tener que dejar al paciente solo, y Tir, sin que calmante alguno alcanzase para contenerlo, empezó a putear al médico y a tratarlo de malvado y a putear a la rubia y a Selva mien-tras preguntaba por qué mierdas lo habían traído a un hospital público, por qué no a una clínica privada, donde los médicos no hinchan tanto las pelotas y las enfermeras están buenas. Tobi no pudo dejar de sonreír ante el humor que su-brepticiamente se coló en el último inciso de la frase de Tir. Un actor consuma-do. El médico, que no sabía eso, y que no podía creer que una persona tan dopa-da pudiese tener semejante energía, le dijo que si quería lo mudaban al lugar que él quisiera, pero no esa noche, porque estaba en observación y era mucho lío. Después los dejó solos a los tórtolos con el paciente, sin dar expresa autori-zación, pero sin negarla.
Cuando llegó Selva a la medianoche, la rubia le dijo a Tobi que fuera a la casa a acostarse, que al otro día se tenía que levantar tempranísimo, y, aunque Tobi se resistió al principio, la prédica redoblada de la rubia y de Selva lo convenció, y las dejó solas con Tir. Iba a estar bien así, despertándose y viendo a sus dos mujeres preferidas, mimándolo. Bacán, el tipo.
El sábado a la tardecita, después de muchísimo joder (Tir a los médicos para que lo dejaran irse; los médicos a Tir para que se quedase quieto en su cama mientras terminaban los estudios; los amigos de Tir que entraban y salían a cualquier hora de la habitación para escándalo de las enfermeras; el escándalo que produjo el affaire copulatorio de Tir con una enfermera al ser sorprendidos ambos por la entrada sorpresiva del médico a la habitación, lo que a su vez pro-dujo el escándalo indignado de Tir, emperrado como un monsieur de Charlus, gritándole a los médicos en la cara que las enfermeras estaban para eso, para que se las cogieran los médicos y los pacientes, etcétera) lo largaron a Tir.
Del traslado se encargaron (tan hartos estaban de él en el hospital) Selva al volante y Tobi atrás. A juzgar por la expresión presente y las niñerías pasadas en el hospital, el ánimo de Tir era perfecto, casi más eufórico que de costumbre, eso sí, lejos del Tir de las sonrisas silenciosas y las ironías a media voz, de los gestos medidos y seductores de un Casanova bisexual. Estaba con el pelo despeinado y un poco más largo, con raíces morochas, y con un buzo onda Cerati que no le quedaba peor que al músico, pero su pelo en desorden le daba un aire de prócer romántico de las guerras de la Independencia, le faltaba la casaca militar y era Belgrano o Soler o Castelli, así, con el pelo revuelto y sin patillas. Precisamente esa euforia desusada en Tir alertó a Selva y a Tobi. El chico lo miraba bromear y charlar todo el tiempo y se acordaba: i) de los comentarios de Freud sobre el humor de los condenados a muerte; ii) del humor sobre sí mismos de las perso-nas que han sido amputadas o que padecen una enfermedad incurable.
La forma peculiar de las manzanas de Parque Chas permitió un orejeo paula-tino de la casona. Tir calló en cuanto la vio de lejos. Selva, para romper el hielo, comentó con Tobi algunas minucias, lo cargó un poco acerca de su nueva condi-ción de escritor cercano a ser editado (eso se festejaba, aparte de la vuelta de Tir, esa noche en Parque Chas). Luego accionó el portón y entró el coche despa-cito. El frente de la casona quedó a la vista, con sus heridas al aire. Tir y Tobi agachaban la cabeza para mirar bien la parte de arriba, que aparecía toda tizna-da en el ala izquierda; algunas partes de la pared alrededor de las ventanas esta-ban derruidas, y adentro se veía una negrura deprimente, casi de casa abando-nada. Algunas ventanas estaban tapiadas con maderas, para atajar el viento y los ladrones.
Entraron.
Sin decir más que, con aire concentrado y casi en actitud de examinador cien-tífico, Loco, quedó hecha mierda, Tir se dirigió directo a la escalera de caracol del ala izquierda y la vio incompleta, un poco derretida arriba, en el aire. Hay que hacer arreglos, rápido, dijo. Luego caminó hacia la otra ala y subió por la escalera que llevaba a las habitaciones de arriba. Selva, que lo acompañaba todo el tiempo igual que Tobi, le comentó que las paredes de las habitaciones de adentro las iban a tener que remozar, porque el fuego había dejado las vigas del techo averiadas, y las paredes tenían rajaduras y podía haber derrumbes. Fi-nalmente, el trío entró, atravesando el largo pasillo circundante, a la biblioteca siniestrada. No había libros ni discos. No había ningún mueble. Nada más todo tiznado, los huecos que rodeaban algunos marcos de ventana, el chiflero que en-traba a esa hora de la tardecita. Tir preguntó, de espaldas a los dos, ¿Se salvó algo?
Unos cien libros se pueden recuperar, contestó en tono neutro Selva, el resto se perdió todo. Los discos y los CDs quedaron inservibles, imaginate.
Tir hizo un gesto que significaba Bah, eso es lo de menos, y preguntó a su vez dónde estaban los libros.
Los mandé al restaurador. A lo sumo van a quedar bordes chamuscados en la mayoría, mandé todo lo que no se quemó totalmente, repuso Selva.
Tir se quedó cinco minutos en silencio mirando la desolación del lugar, su lu-gar más íntimo y amado. Al final suspiró hondo, hizo que no con la cabeza len-tamente, varias veces, y volvió el rostro hacia sus acompañantes. Los ojos esta-ban brillosos pero no habría lágrimas. Estaba triste. Yo quería donar todas las primeras ediciones y los libros de colección a la Biblioteca Nacional, cuando me muriera, dijo, mirando a Tobi. Ahora me voy a tener que conformar con ediciones nuevas, esto no me pasa más. Hizo un silencio, y, antes de salir, agre-gó Lo que más lamento son los discos de pasta, esos los escuchaba. No va a ser lo mismo Bessie Smith o De Caro en compact.
Alheña. Riscos desde los que acezarme. Jadearme en palabras, parir de nuevo el risco crepitante, eso que ulula entre mis pies. Barro amorfoignoto del proe-mio, de la quietud necesaria para desenfrenarse en las palabras, en la batalla ca-taléptica contra las palabras, entre las palabras, estando yo entre ellas, deba-tiéndome, como Alejandro en el Hidaspes. Echar mi cuerpo, como una sonda, murallas adentro de la ciudad sitiada, y que mis compañeras negras vengan a rescatarme moribundo, entre las lanzas y espadas y flechas de sentido.
¿Cómo captar el no sentido, adosarlo a mi cuerpo, hacerlo carne en mí, que su palpitación inocua me trascienda, me hunda?
Nada es gratuito, nene. Nada es gratuito. La vanidad, nene, se cobra sus pre-cios. La lujuria se cobra sus precios. El amor se cobra sus precios. El odio se co-bra sus precios. La indiferencia se cobra sus precios. La identidad se cobra sus precios. El cuerpo se cobra sus precios. La mente se cobra sus precios. La inti-midad se cobra sus precios. La pereza se cobra sus precios. El vicio se cobra sus precios. La virtud se cobra sus precios. La honestidad se cobra sus precios.
La honestidad no existe, nene, nene. La honestidad es una cara como otras, y sólo es feliz aquél que no lo sabe o aquél al que el asunto no le importa. Tan sólo el perverso o el cínico o el ignorante (es decir, el emocionalmente sano) viven a salvo de eso, de saber que la honestidad es una cara como otras, que el universo es un collage de caras, de imágenes, de apariencias inalcanzables. Sólo nos es dado alcanzar lo simbólico, los meandros del lenguaje en que el amanuense se hurga, se azuza, se aceza, se prohíja, se trunca, se adviene, se lacera, se blande, se yergue, se vacía, se desmultiplica, se multiplica, se enferma, se cura, se abate (rapiña de sí mismo), se busca, se combate. Batalla cataléptica que se juega en cada urdir de dedos sobre el teclado, en cada ametrallamiento de morfemas que juegan por sí mismos, sin que el amanuense encuentre nunca el asilo que busca, el asilo de sí, el asilo en sí.
¿Por qué lo que a todos conforma, a un enfermo como yo lo trastorna tanto, lo puede llevar a la locura o a la intoxicación o al suicidio (Freud dixit), con la abdicación de la inteligencia como única salida, con la abjuración como única huida posible? Huir hacia atrás, hacia el ignoto origen que es también la meta, de la nada a la nada, por los más intrincados caminos. De la nada a la nada, sin esperanza con esperanza batallando contra la esperanza, porque esa es la peor herida, el peor anticuerpo contra la plenitud. La plenitud es no desear más nada, los orientales putos lo sabían muy bien. La plenitud es no desear. Y sin embargo, no nos es dado no desear. Lo que ellos encuentran en el mantra es el atonta-miento vital, un método como otros, es llenar de Nada el vacío de Dios, de Todo, de Padre, de Madre. Es imposible no desear.
¡Cuánto deseo, cuánto deseo, no importa qué, no importa qué! ¡El deseo me devora las vísceras, Prometeo y Zeus de mí mismo!
Aceptar la orfandad metafísica, la incompletud de lo simbólico, siendo lo simbólico nuestro único instrumento. Repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repe-tir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y re-petir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir y repetir siempre las mismas palabras, siempre la misma farsa, la misma automentira, la misma verdad autoevidente. Persistir o abdicar de la entelequia humana, el límite inminente y breve, y al mismo tiempo que una celda, el único lugar posible en donde estar: uno mismo.
El Uno Mismo.
Tir…
Esta semana tuve que decirle que parara un poco. Le pregunté, serio, mirán-dola a los ojos, ¿Pero vos estás queriendo matarme, realmente? Lo dije casi como una afirmación, mientras ella comenzaba a pelar, después de lavar los pla-tos, un frasquito color dúrax que yo ya conocía. Todas esas semanas habían sido de reviente casi sin pausa; un desquicio total y sin control. Yo no había podido nunca parar la pelota y pensar un cacho porque entre el día y ella no me daban respiro.
En realidad ese momento de pregunta ocurrió porque ella había desaparecido dos días con no sé qué pretexto de los padres y yo la había pasado solo, fumando porro y leyendo y escribiendo tranqui, sin comer. Eso me dio tiempo a pensar, y a pensar que la rubia quería verdaderamente destruirme. Destruirme. La cosa era ¿por qué?
Eso dio lugar a otras reflexiones, durante la ausencia de la rubia. ¿Ella quería destruirme porque yo era el único tipo que había logrado seducirla sin que (eso creería) me sedujera? ¿Quería destruirme porque me quería, y era una enferma autodestructiva? Sin embargo, ella, como Tir, aunque más zafada por su juven-tud y temperamento, era, intentaba ser y lo lograba casi siempre, una epicúrea. Transitaba por el placer como si paseara por la calle, con la misma pereza y que no excluía un goce intensísimo, en todo lo que hacía. ¿Me quería dar mi expe-riencia de reviente, para después reencauzarme por el camino de la literatura de los bordes, de lo experimental, de lo marginal? Había locas de ese tipo en la his-toria de la literatura, y eso me recordaba palabras de Tir, oráculo porteño, acer-ca de que el destino de la rubia era, y “ella aún no lo sabía”, ser la mujer de la vi-da de un hombre. Que esa era su vocación. ¿Lo hacía para dominarme, median-te el sexo, las drogas, las depravaciones varias? Quizá eso, sí, seguro eso. Con la rubia siempre fue una cuestión de poder, de quién domaba a quién, de quién le bajaba el copete a quién, como en el “Santos Vega” de Fernán Silva Valdez (esto ya lo escribí en otro lado, creo; ¿o me lo dijo Tir?; ¿o me lo imaginé, lo pensé, lo sentí, en algún momento?).
O sea que cuando volvió y sacó el frasquito yo le pregunté así de sopetón (siempre es dificilísimo hablar con la rubia, nunca ninguno de los dos puede de-cir lo que realmente quiere y terminamos de los pelos y mirándonos mal, dur-miéndonos juntos sin haber cogido, que es nuestra manera de tirarnos jarrones; y todo a veces por media palabra, por media palabra y una mirada a medias, al-go que connota lo que al otro lo enfada o quiere esconder o lo que mierda sea que se nos pase por la cabeza en ese momento) ¿Pero vos estás buscando ma-tarme, realmente?, ella me miró como si no entendiera (al principio) y dos se-gundos después como si yo me hubiera desubicado. Apartó la vista, se dio vuelta como para hacer otra cosa y, sin mirarme, me contestó No sé por qué me pre-guntás eso. Que estuviste, ¿fumando, ya?
Tenemos que parar un poco esto, un día me va a explotar el corazón.
La rubia se sonrió, mirándome irónica de reojo, todo lo desdeñosamente que ella sabía hacerlo. Eso me mata, porque cuando me sonríe así se me nubla la ca-beza y no puedo negarle nada, no puedo discutir con ella, no puedo pensar en nada más que en arrancarle la ropa y cogérmela, y ella, hembra al fin, creo que lo sabe y le encanta calentarme así. Se dio cuenta y miró para abajo, y volvió a sonreírse, sin mirarme a los ojos, triunfante, sabedora de su triunfo en no sabía qué que yo había intentado. Yo me puse rabioso, ella se re dio cuenta, porque, según Tomi, yo cuando me enojo aprieto las mandíbulas y los labios y me pongo todo rojo. Entonces agarré un buzo livianito y me fui dando un portazo, sin decir más nada, pensando en irme a pasar la noche en lo de Tomi.
No sé qué habrá pensado ella. Yo después me arrepentí porque, en esta lucha de marcar territorio que tenemos desde siempre, la dejé a ella dueña del campo de batalla, le dejé mi departamento para ella sola, por primera vez que yo re-cuerde.
Tomi lo recibió extrañado, no esperaba a nadie a esa hora, menos que menos a ese toro bufando de rabia que era Tobi cuando le abrió la puerta. Tobi entró saludando a su hermano con un beso rápido en la mejilla y casi atropellándolo para meterse en el lugar. Tomi observó atónito el recorrido de su hermano, sin poder articular más que un Hola, completado medio minuto después por un ¿Qué se te dio por venir? Pero Tomi lo imaginaba. Lo único que podía poner tan frenético a su hermano era la rubia esa. Tobi se tragaba las puteadas y salía bu-fando como un toro cuando se encabronaba. No te decía nada porque si te pu-teaba te iba embocar, entonces, para no hacer quilombo al pedo (porque la ma-yoría de las veces se enojaba por nimiedades, la relación entre ellos dos estaba hecha de todas esas pequeñas sapiencias sobre el otro), agarraba una campera y se iba a visitar a alguien. ¿Qué te pasó?, preguntó malvadamente Tomi.
Nada. Tenía ganas de visitarte. Si no hiciste nada cocinamos algo para los dos, si querés yo cocino. La cara de Tobi era inconfundible, estaba rojo hasta las orejas, de un modo que las pecas casi invisibles sobre la nariz se hacían visibles de menos cerca como puntitos marrónrojizo. Si alguien hubiera hecho el mapa de las dos caras, quizá encontraría exactamente la misma cantidad de pecas en exactamente la misma disposición. Eran iguales hasta el vértigo.
Tobi cocinó una salsa riquísima con dos latas enteras de salsa napolitana (Después te las pago yo, no seas pijotero, che, le recriminó a su hermano cuan-do éste se quejó por el despilfarro) y metió un paquete de medio kilo de fideos tallarines a hervir en una olla. Le agregó la salsa a trocitos de carne con mucha grasa que había en la heladera, y que había dorado previamente con unos ajos mientras Tomi aprovechaba para bañarse. Comieron hasta reventar, porque la salsa estaba pesadísima. Terminaron entre risas que les dolían en el estómago peleándose por los últimos restos de tuco en la olla Essen con miguitas de pan.
Entretanto, y sobre todo después, hubo que charlar. No había nada que char-lar entre ellos, si sabían todo del otro, pensaría Tobi después, ese era el indicio de que algo (de que todo) andaba mal. El verdadero deleite había estado en co-cinar uno para los dos, en comer en silencio como famélicos mientras miraban un partido de fútbol por t.v.
Estaban desacostumbrados a mirarse a los ojos. Ahora la sobremesa se les es-taba poniendo difícil. Tobi había escuchado en algún lado, o había dicho o escri-to, no se acordaba, que cuando dos personas están cómodas en silencio, es por-que está todo bien entre ellas. Era una manera de reconocer el amor (los distin-tos tipos de amor), la amistad. Él, toda la vida, había compartido horas y horas y horas de silencio con su hermano. Ahora estaban los dos mirando los dibujos del mantel de hule, sin atreverse a levantar la vista. Ambos, parecía, tenían co-sas que decirse (o que callarse).
En un momento, Tomi miró a su hermano con una tristeza infinita, que a To-bi se le clavó en el cuerpo como un lanzazo. Tomi bajó la vista, visiblemente emocionado. ¿Estás tomando mucha droga?, dijo. Yo no te puedo decir que no te drogues, sos mayor de edad, y sos inteligente. Sabés que te puede hacer da-ño. Me da mucho miedo verte así. Saber que te drogás. Te veo cambiado, co-mooo... si fueras un extraño que me mira. A veces me mirás y siento terror. Te-rror de que te pase algo, de que vayas preso. Terror porqueee… no sé qué estás pensando, por qué me mirás de ese modo…
Era la primera vez que hablaban del tema, fuera de algún exabrupto, en toda su vida. Dos semanas sin verse y ahora era esto, esta sensación de extrañeza, de desconocerse Tobi en los labios de Tomi.
Yo te hice mucho daño, a vos, dijo Tobi.
Su hermano lo miró. ¿A mí, vos, cuándo?, contestó Tomi.
Hace mucho... Mucho daño... te hice... No quiero volver a lastimarte, y creo que ya te lastimé de vuelta, y... no quiero que sufras por mí, por mi culpa.
Los ojos de Tomi se llenaron de lágrimas. Mirá las pavadas que decís, tara-do. Pará de decir esas cosas o te rompo la jeta, pelotudo (los ojos se le llenaron de lágrimas más de golpe, las lágrimas comenzaron a resbalar ávidamente por las mejillas de Tomi; Tobi miró a su hermano y se puso a llorar: parecía un ne-ne, un ángel. Yo sé que te hice daño, repitió).
Ninguno pudo decir más nada. Se quedaron en silencio como tres o cuatro minutos sin mirarse, hasta que Tomi se secó las lágrimas y trató de sonreír. Ya sé que soy un exagerado, vos sabrás mejor que yo lo que hacés. Sólo quiero que te cuides, pudo decir. Y luego, ya en un tono de reconvención amistosa, como para quitarle entidad a lo que ambos habían dicho, agregó Y vení a visitarme más seguido, a esta hora siempre estoy. Si querés ahora podés quedarte a dormir, es un poco tarde para andar solo por la calle.
En fin. Durmieron cada uno en su cama simple, porque Tobi, al mudarse la rubia a su departamento y agregar, entre otros muebles, su propia cama de una plaza y media en que ahora dormían etcétera, le había dado su cama a Tomi, mi-tad porque no le quedaba más lugar en el departamento suyo, y mitad para que Silvia, al venir a visitar a Tomi a Buenos Aires, tuviera un poco más de comodi-dad. Durmieron en proximidad física, como cachorros, como antes; como cuan-do eran niños, antes de las cuchetas. Tobi durmió su mejor noche en muchísi-mos meses, como una piedra, hasta que a las siete de la mañana sonó el desper-tador de Tomi y éste tuvo que despertarlo, los dos tenían que ir a trabajar.
El resultado de todos esos cabildeos truncos con la rubia fue que todo siguió más o menos igual.
El incendio de la casona lo sacó de mambo unos días, le interrumpió la ruti-na, y luego el alejamiento de la rubia esas cuarenta y ocho horas que se ha con-tado lo dejó solo y tranquilo, lo suficientemente solo y tranquilo y con suficien-tes porros como para que se le diera por pensar con la cabeza fresca, ordenada-mente.
Pero después, cuando la rubia se reincorporó al departamento, con noticias (contadas al anochecer siguiente, en el momento del reencuentro y la reconcilia-ción de lo que fuese que había ocurrido la noche anterior) de que había un posi-ble comprador para la casa, y Tobi la miró con horror porque pensó simultá-neamente: Se va, se me va, y Ahora compra una casa y me invita a vivir con ella, es el acabóse, Tobi reingresó en la rutina diaria de trabajo, escritura frenética, sexo frenético, drogas todas las noches.
El resultado de esta reanudación fue, a su vez, que Tobi no volvió a dormir tranquilo por muchos días. Las pesadillas, el despertarse ahogando (o pegando) un grito en mitad de la noche, el tener que levantarse a tomar un vaso de agua o de leche o de yogur, pero sobre todo agua, mucha agua, muchísima agua, lo que a su vez lo hacía despertarse dos o tres veces cada noche con ganas de ir al baño, se reincorporaron a la rutina.
Tobi escribía como un pulpo hasta la una de la mañana, después de que la rubia pelara LSD o alguna pastillita rara y de que (a veces entre) se echaran un polvo apasionado y doloroso, y después, si la rubia no se había dormido, lo que en realidad ocurría pocas veces, venía otro polvo somnoliento, casi por inercia. Pero siempre, hubiera o no polvo somnoliento, era escribir hasta pasada la me-dianoche y acostarse dolorido y agotado físicamente, pero con la mente a mil, con la mente a mil, y eso le impedía dormirse, y siempre, siempre, hubiera o no polvo somnoliento, con la rubia durmiendo húmeda y desnuda entre sus brazos o cercana y distante bajo las mismas sábanas, Tobi se quedaba con los ojos co-mo dos faroles en la sombra, mirando el techo o el cielo índigo mezclado con edificios muertos, el cielo apenas moteado de estrellas o el techo casi invisible, hilando pensamientos hasta formar cada noche una telaraña inextricable que lo ahogaba, que no lo dejaba pensar otra cosa que la telaraña, que no lo dejaba pensar claro (y la araña era el cuerpo de la rubia, Tobi no podía parar de pensar eso, la araña era el cuerpo de la rubia, ahí nomás, dormido), que le embarullaba la mente de historias inventadas por él que iba volcando en archivos en la PC y de historias propias, mambos o fantasías personales o hechos reales Y hechos reales que se mezclaban hasta lo insoportable, hasta que el límite entre ficción, su ficción voluntaria, sus ficciones involuntarias y lo real (lo inalcanzable, pare-cía) lo que realmente era, fuera de él, se desdibujaba. Y él no podía detener esa marea, y eso lo angustiaba de un modo insoportable, vertiginoso, y todo se le volvía REAL e inexplicable, REAL E INEXPLICABLE, el mundo, la rubia, la vi-da, su vida, él mismo, sus cavilaciones y sus sueños, el sentido de todo.
Difusión, difuso, difundir, difuminar, diafragma, dios, diagrama, diégesis, diálogo, diablo, día, doble, dable, sable, todos los significantes se le mezclaban en la cabeza y eran una marea inexplicable y él no podía dominarla, esa marea lo arrastraba, irrumpía en él y destrozaba toda contención, todo intento de defensa convirtiéndolo en otra pared desbordada, en otro meandro mental que lo lleva-ba hacia ninguna parte, hacia otros pasillos del infinito, perpetuamente derru-yéndolos a su paso ingobernable.
Pensaba, por ejemplo, llevado por la marea de palabras y de símbolos, que él era una especie de Teseo perdido en un laberinto lleno de paredes pero sin final, que se multiplicaba a cada paso que él diese, como si él mismo o una voluntad maldita e ignota o impersonal lo fueran tejiendo de a poco como una telaraña difusa, y no había hilos que lo guiasen hacia la salida porque para él Ariadna era al mismo tiempo Ariadna y Minotauro, parte de la misma trampa, no podía ser salida porque una vez adentro del laberinto la salida DESAPARECÍA, y sólo quedaba un vagabundear angustiado y sin esperanza (porque la esperanza era otra trampa) hacia el confín sin borde, hacia otra pared y otro pasillo, y en el medio de todo acechaba, larval, potencial, inminente, el Minotauro, y lo que más temía en el mundo Tobi era no tanto encontrarse con el Minotauro (porque eso significaría quizá la muerte, y por consiguiente, el Descanso, ser devorado por el mismo infinito que antes lo había vomitado), sino más bien encontrarlo y que tuviera su mismo rostro, su mismo rostro duplicado, y saber allí, en esa vi-sión horrorosa que le erizaba por adelantado los pelos de la nuca, que el Mino-tauro era él mismo, acechándose.
Y además, cuando lograba dormirse, venían las pesadillas, porque el horror consciente, la inminencia sorda e inexplicable que lo acechaba en su insomnio seguía trabajando en su mente, y entonces no había escapatoria, y Tobi se des-pertaba ahogando un grito o dándolo, o despertado por patadas de la rubia para que se callase o para que dejara de patearla dormido, y tenía que levantarse y tomar un vaso de agua, a veces otra cosa pero sobre todo agua, muchísima agua, como si adentro de él algo se estuviese quemando. Y después, la mitad de las ve-ces, era el insomnio repetido en mitad de la noche, acostarse y empezar de vuel-ta y levantarse otra vez y ponerse a escribir, aunque más no fuera ponerse a es-cribir lo que le pasase por la mente como una manera de conjurar la marea, la telaraña, el laberinto, no con la esperanza de encontrarle origen o explicación (y el origen, Tobi ni se atrevía a preguntárselo, era lo más temido, lo más horroro-so, lo informe, lo indiviso, la imposible juntura, aquello de lo que había que huir, no se sabía por qué, nada se sabía por qué), sino como una manera de con-jurar todo ese horror vertiginoso que lo poblaba objetivándolo en la página vir-tual de la PC, como si necesitase ver las palabras escritas FUERA DE ÉL para se-renarse, para que el corazón le latiera más lento y para forzar su cansancio hasta el punto en que fuera imposible otra cosa que dormirse como una piedra lo que restase de la noche, olvidar, aunque más no fuera la hora o dos o tres que que-daban antes de levantarse para el trabajo y todo el ajetreo del día, olvidar-SE, engañar a la mente con un sueño que fuera un desmayo, un desmayo. Y así Tobi dormía tres o cuatro o cinco horas cada noche, de sueño interrumpido, de cavi-laciones que se enredaban y lo enredaban, de desconfianza a las propias ilacio-nes mentales y de trabajo para escapar de ellas, sin energía suficiente para arrancarse a ellas.
Todos los días se despertaba cansado, dolorido. Después se iba al trabajo y se olvidaba, disfrutaba arrimando un foco a la cara de una modelo o sacando fotos o imprimiéndolas, alcanzando un vaso de agua, leyendo un libro durante la cola de algún trámite bancario.
Cuando volvía del trabajo y comía con ganas lo que le dejaba preparado la ru-bia antes de irse y se sentaba por fin a la PC para iniciar su tarea diaria con la escritura, cuando se sentaba al fin allí y empezaba a teclear rabiosamente en la PC para darles vida a unos personajes de papel que entendía y expurgaba desde adentro de ellos, Tobi hallaba sencillamente la felicidad. Sencillamente, mien-tras escribía, era feliz.
La novela encargada por el editor para fin de año avanzaba con voracidad. Los personajes eran jóvenes, crueles, pérfidos y hermosos, estaban metidos por equívoco o por elección en una historia demencial, en una espiral violenta que los arrastraría poco a poco a su sino, al destino que a cada persona espera y del cual es imposible escapar porque está adentro de sí, uno lo lleva adentro, incu-bándolo, hasta que sale y lo mata, de algún modo, o lo atrapa, de algún modo siempre imprevisible, más rápido o más lento, más heroico o más anodino, pero siempre ineluctable, ineluctable y personal, porque el destino es en uno y es uno y uno lo construye ladrillo a ladrillo, hasta que SE consuma, más allá de nuestra voluntad consciente. (Y esto no porque el destino exista, sino porque la propia psique lo va construyendo paso a paso en alianza con el azar, las circunstancias, la cultura, aprovechando cada resquicio para ir apuntalándose a costa de uno.)
La trampa es uno mismo, pensaba Tobi al escribir estas historias. Pero no lo angustiaba al pensarlo entonces, a esa hora, con el teclado caliente bajo sus de-dos; era feliz dándole forma a esos destinos, porque ESCRIBÍA, porque CREA-BA. Y se decía esto así, con el pronombre en minúsculas y los verbos en mayús-culas, minimizando la explicación, lo causal, y maximizando el acto, el movi-miento, la ejecución, diría Carlyle.
Luego, cuando llegaba la rubia a la nochecita, lo que sentía Tobi era más am-biguo. A diferencia de lo que le ocurría cada vez que se sentaba a escribir, sabía lo que iba a pasar con ella, pasaba siempre lo mismo con pocas variantes casi todas las noches entre ella y él, entre él después. Y quizá esa mezcla tornaba más confusas las sensaciones. Es decir, la rubia le gustaba, le gustaba coger con la rubia, le gustaba drogarse, le gustaba drogarse con ella, todo eso le gustaba mu-cho, muchísimo, muchísimo, pero no sabía si era feliz. Como si el placer, llevado a su límite, tensando las posibilidades sensitivas durante largos períodos, con-virtiera el goce, ese Límite mayúsculo e inefable de lo humano, en insensibili-dad. O sea, Tobi, a veces, sentía placer drogándose o cogiendo con la rubia por pura inercia psíquica, porque él, racionalmente, sabía que eso le gustaba. ¿Es que no disfrutaba esos momentos? ¿Es que no los disfrutaba como antes? ¿Es que empezaba a darle lo mismo a medida que pasaba el tiempo?
Después de la muerte de Alma la tribu no volvió a ser lo mismo. La rubia de-cía con tranquilidad que su vínculo con Tir y con Parque Chas era indisoluble (no con esas palabras, claro), que esa disgregación momentánea de la tribu era inevitable, que algunos se alejarían definitivamente y otros llegarían y otros se-guirían, y que una vez reagrupada la tribu con nuevos bríos, con nueva sangre, marcada siempre por lo que le agregaban las incorporaciones (y, después de lo de Alma, pero esto la rubia no lo dijo, lo que le agregaban las ausencias), la tribu seguiría existiendo, y ella seguiría formando parte. Pero para Tobi, que experi-mentaba esa disgregación de meses por vez primera, esta circunstancia no deja-ba de ser dolorosa.
De cualquier manera, que la tribu no se reuniera una o dos veces por semana como antes sino, con suerte, cada quincena, no hacía que los tiráceos dejasen de verse, incluso en Parque Chas, yendo a visitar a Tir, o siendo visitados por éste, o en otra fiesta en la que se cruzasen porque, al fin y al cabo, conocían más o menos a la misma gente.
Pero empezó a haber en la vida de Tobi y de la rubia, tal como se ha contado, una diversificación de reuniones, de grupos. El más antiguo de los dos era tam-bién el más azaroso: las reuniones con swingers, sadomasoquistas, las orgías más o menos organizadas (de sexo o de drogas, casi siempre lo uno llevaba a lo otro, indistintamente); el más nuevo era cultivado con el mismo ahínco por la rubia, si bien comportaba un ámbito y un protocolo completamente distintos, más superficial, más cortés: era el de las reuniones periódicas con artistas, cenas varias o fiestas formales y sobrias con editores, escritores, pintores, fotógrafos, directores de cine, productores varios, músicos, escultores, bailarines, actores, etcétera. A veces, en un ámbito se repetían caras vistas en el otro, pero nunca había más que formalidad de un lado y desenfreno por el otro, como comparti-mientos estancos.
En ambos tipos de reuniones, la instigadora era la rubia. Para ella era muy fá-cil, a lo que parecía. El desenfreno más absoluto tenía su lugar prescripto e in-alienable, era el verdaderamente interesante e importante; pero, aunque en lo personal sus intereses se encontraban lejísimos de las reuniones formales con artistas, lograba poner en ellas el mismo encanto, la misma seducción suya tras-ladada a otro registro, a las relaciones sociales, con el objetivo bien claro y ex-preso ante las reticencias que pudiera presentar Tobi, medio ermitaño, de favo-recer la carrera artística del muchacho, de hacerlo conocido en los círculos, en los cuales él por otra parte, lanzado a la conversación estética o filosófica o a los chistes llenos de alusiones eruditas, brillaba con luz propia, seduciendo él tam-bién a las mentes con sus mejores medios y con la naturalidad y el aplomo que podía adoptar siempre que quisiera, si no se rayaba, histérico de mierda. Allí, en este tipo de reuniones, en la insistencia con que la rubia lo convencía de ir y lo llevaba, antes de irse a la joda de verdad hasta el domingo a la mañana, afloraba la mujer ancestral apoyando y estimulando a su hombre, haciéndole de muleta social. Se movía con una frialdad y una astucia en la planificación, y con una simpatía y una seducción tan conmovedoras en las reuniones, que a Tobi le da-ban escalofríos: la rubia parecía tener mil rostros, mil vidas, todas ellas igual de convincentes y con igual apariencia de entrega y sinceridad, de acuerdo a su vo-luntad y a su conveniencia. Tobi no podía dejar de pensar, después, en sus lar-gas noches de insomnio, que lo que dormía a su lado era una cara que, al acer-carse, se disolvía y presentaba otra, un poco más atrás, convenientemente lejos del alcance y cerca de la visión, y cuanto más se acercaba uno más caras desapa-recían para que afluyeran otras, sin fin. Tobi no podía dejar de pensar, en sus noches de insomnio, que lo que dormía a su lado era un demonio de seducción, una manipuladora de voluntades sin moral alguna que la sofrenase en la bús-queda de sus deseos más nimios o más importantes; cuando la rubia quería al-go, lo conseguía, quizá porque quería lo conseguible, lo tangible, lo sensible, no como Tobi, siempre insatisfecho al borde del absoluto.
Una vez que este pensamiento tomó forma y consistencia, Tobi empezó a des-confiar de cada acto de la rubia. Él también era taimado, como el que más; si bien más visceral, sin la paciencia de soberana de la rubia, era astuto y taimado. De modo que, haciéndose el boludo, empezó a vigilar cada gesto, a rastrear el fondo de los ojos azules detrás de cada palabra, de cada argumento, de cada propuesta, de cada ingestión de alucinógenos, tratando de mantener la concien-cia y la vigilancia en los instantes de más alto fragor. Empezó a querer coger con la luz prendida, y, cuando estaba adentro de la rubia, clavándola con rabia y con placer extremos, en el momento del éxtasis más alto y fragoroso, vigilaba su ros-tro transpirado de boca abierta y de párpados bajos; vigilaba en el rostro, en los movimientos amatorios de la rubia, el fingimiento, la triquiñuela de meretriz, el objetivo que en la mente de la rubia podía esconderse detrás de esos placeres.
Después de estar decenas de veces juntos cogiendo frente a otros, mirando a otros coger, en camas tetrapartitas, entre látigos y cadenas, entre muñecas ama-rradas por esposas a los barrotes de una cama y cuerpos atormentados hasta el orgasmo de mil perversos modos, imagínense que a la rubia esta novedad de la luz prendida no la sorprendió para nada. Tobi acostumbraba dejar las persianas altas y las cortinas corridas de noche, y quizá alguno, desde el edificio de enfren-te, podía, con binoculares o con telescopio o con catalejo, estar espiándolos.
Tobi empezó a celarla silenciosamente. Nunca jamás en su vida se había inte-resado por la fidelidad o siquiera la continuidad de una relación de pareja. Pero la obtusa razón por la que Tobi empezó a aguaitar posibles infidelidades de la rubia fue esta sospecha de estar ante un monstruo de mil caras engañosas, el temor casi de ser instrumento de una voluntad ajena, instrumento inocente e ignorante de una voluntad ajena. Que le tomasen el pulso. Una cuestión de or-gullo, en realidad. Le molestaba muchísimo que la rubia lo engayolara en su nuevo hogar, y ser el amante cornudo. Además, no creía que, llegado el momen-to de la oferta, él pudiera encontrar buenas razones para rechazarla. Eso le daba más rabia que nada: no estar ya a tiempo de escapar.
El lector se preguntará ¿y qué con eso? Tobi también se lo preguntaba en sus cavilaciones nocturnas. ¿Y qué con eso? El pretexto era que no quería perderse una etapa de su vida engrillado con una mina cuando esa etapa era la de la bús-queda, la experimentación y el exceso. Pero también esas razones habían ido quedando obsoletas, porque precisamente con la rubia había accedido y accedía todo el tiempo a formas de experimentación “no intelectuales” que superaban con mucho todo lo que él hubiera podido imaginarse dos años atrás.
Entonces, ¿qué razón quedaba, más que la del orgullo, la de no ser tomado por boludo, cazado impunemente por una mina astuta del modo que una mina astuta sabe cazar a un hombre: por la concha, cebo de cebos?
Bueno, Tobi no lo podía pensar claramente en ese particular momento de su vida, pero quizá la razón más fuerte para no dejarse cazar por la rubia si no se contaba el orgullo herido era el desgaste físico (psicofísico, más bien) a que la rubia lo sometía con esa rutina lujuriosa y exasperada y demencial que llevaban, in crescendo, desde que empezaron a encamarse. Pero justamente eso era, quizá (esto lo piensa el amanuense, sin las patas metidas en la ciénaga de la propia existencia como lo estaba Tobi, como lo estamos todos, porque nadie se sabe a sí mismo claramente, ni en sus palabras ni en sus acciones ni en sus motivaciones más íntimas; porque todo ser humano vive preso en el sino de no saberse, y de conducirse, sin embargo, de acuerdo a las inclinaciones más hondas {más des-conocidas para uno mismo} de su propio ser; y sólo otro, el otro, algún otro abs-tracto o concreto, puede descifrarnos, si sabe mirar bien en los signos que uno excreta, permanentemente, sin ser consciente de ellos), lo que más atraía y fas-cinaba a Tobi de la rubia; que le mostrase la atracción permanente del abismo, ser ella misma el símbolo y la ejecutora o instigadora de su destrucción.
Lo fascinaba, a Tobi, literariamente, la idea de la autodestrucción. Le parecía la única forma de heroísmo posible en la sociedad consumista y sin ideales que le tocaba vivir. Es decir, el papel del revolucionario, del vanguardista, a finales del siglo XX, se había anquilosado, caricaturizado y banalizado en el mar de mercancías culturales y políticas en que debía desenvolverse: el contexto de ocu-rrencia de esos roles hacía imposible su efectividad como agentes de cambio; volvía, a los revolucionarios, energúmenos; a los provocadores, risibles estrate-gas comerciales. En una sociedad en la que la épica es imposible, como en la so-ciedad posburgesa consumista y hedonista y autocomplaciente, la ética del anti-héroe, la ética de la resistencia a los valores establecidos, a la rígida moral bur-guesa de antaño, también estaba vaciada de contenido: esos rígidos valores bur-gueses ya no dominaban el imaginario colectivo, el ámbito de lo aceptable; habían sido reemplazados por el conformismo y el consumismo sin historia, sin ayer ni mañana, en que todo daba lo mismo, y, en ese contexto, el antihéroe no tenía a qué oponerse, porque el consumismo lo convertía en otra forma, despla-zada, de consumismo, en una época de particularización hasta el infinito de los arquetipos sociales en que cada cual estaba incluido: así fueras un necrófilo, un oyente de tal o cual estilo de música, un lector de literatura, un integrante de una secta o de una ascesis orientalista, tu lugar en Internet estaba cubierto: aunque más no fueran diez mil, mil, doscientos, cien tipos en el mundo iguales a vos, allí estaban, pertenecías a un grupo que no podía de ningún modo oponerse a nada, porque aquello a lo cual uno podría llegar a oponerse (el consumismo, el conformismo, el hedonismo autocomplaciente) lo incluía a uno en el mercado, porque el mercado llegaba ahora a los más pequeños nichos de venta; hasta los locos, los nazis, los místicos, los rockeros, los ambientalistas, los drogadictos, tenían su lugar y su merchandising y su look incluido. En ese contexto de exis-tencia, le parecía a Tobi, la única forma posible de heroísmo era la de la auto-aniquilación, el derroche de sí, de sus energías pasibles de ser utilizadas social-mente, en un hedonismo suicida que superase el hedonismo estéril anulando el cariz de mercancía del propio cuerpo por el antiutilitarismo de una muerte jo-ven. A Tobi no le parecía nada casual en este sentido que el símbolo de la música popular norteamericana, occidental más genéricamente, de los años noventa, fuera Kurt Cobain, que termina pegándose un escopetazo en la boca a los veinti-siete años, en la cumbre creativa y económica de su carrera. Tobi recordaba una nota reciente en donde Pergolini, el conductor de radio, decía algo así como que el rock había perdido definitivamente su mensaje, todo sentido de mensaje pro-vocador y desestructurador socialmente, porque, ¿quién era entonces el símbolo del rock de los noventa?, se preguntaba Pergolini en la nota, ¿Cobain? ¿El men-saje cuál era, que había que pegarse un tiro en la cabeza?, preguntaba irónica-mente. Y a Tobi le parecía en cambio que sí ese era el mensaje de un exaspera-miento vital cansado del vacío cotidiano, que el suicidio de Cobain era un sím-bolo de las fuerzas revulsivas de los tiempos y a la misma vez un mensaje, el único mensaje posible, el único heroísmo posible en la época posmoderna, el heroísmo de la autoaniquilación, de decirle a esa mercantilización y banaliza-ción de los cuerpos, de los espíritus, de la vida humana toda, un NO tajante, un NO trágico e irónico; negarse a seguir siendo parte de esta farsa, del único modo posible: muriéndose, quemándose, corroyéndose hasta convertirse uno en una piltrafa inutilizable. Los faloperos terminales de Ámsterdam, esos eran los úni-cos héroes de la época.
¿Significaba esto que Tobi acariciaba ideas suicidas?: en absoluto. Todo esto formaba parte de la estética que había logrado formarse para su novelística, pa-ra su poética, en los pocos años que tenía. Pero como cualquiera que se haya de-dicado a las artes con asiduidad lo sabe, los temas, las estéticas, se eligen, se construyen, con aquello que de algún modo obsesiona o fascina al artista, con aquello de la vida que lo intriga, que lo enfrenta a la paradoja de lo humano, de la existencia, y entonces a Tobi, como a todo artista en los momentos límite de su equilibrio psíquico, arte y vida tendían a fundirse, a con-fundirse, a con-fundírse-le. Eso era todo. Eso era Todo. La rubia venía a inmiscuirse entre su ar-te y su vida, y a mezclarlos, a confundirlos hasta un punto en que a Tobi se le hacía difícil diferenciar vida de literatura, y se llenaba la cabeza de matetes artís-ticos que lo atormentaban como el lector se ha estado anoticiando.
La cuestión, en fin, es que empezó a ponerse paranoico con las actividades extra-Tobi de la rubia. Esto resultó un poco chocante para la muchacha en cuan-to Tobi pasó de las sospechas barruntadas mentalmente a preguntar, en tono casual, en medio de una comida o de una mateada, ¿En dónde estuviste de tal a tal hora, que no te pude ubicar?
La reacción inmediata de la rubia ante esta pregunta fue mirarlo de pronto con un desdén precioso dibujado en todo su rostro y responderle ¿Desde cuándo te interesan esas cosas a vos? Y además, ¿desde cuándo tengo que darte cuenta de lo que hago? Me parece que ya nos conocemos bastante bien como para que me hagas una pregunta así. Pensé que a vos te conformaba. Y, luego de una pausa, Yo nunca te pregunté si te habías acostado con una pendejita de dieci-siete o le habías chupado la pija a un mexicano; ¿me estás preguntando si es-tuve con otro tipo?
(Tobi, haciéndose el boludo, totalmente groggy con los mandobles verbales que acababa de tirar la rubia) No, para nada. Curiosidad nomás. Ni siquiera… Lo dije por decir algo.
Entonces, si vas a decir eso, no digas, nada.
Único intento.
Tobi no preguntó más nada sobre su vida extra-Tobi, A ELLA. Pero, como un enamorado celoso y posesivo (y si hay Dios, él sabe que en absoluto existía tal cosa en Tobi), empezó a preguntar a todos los conocidos que podían llegar a tra-tarla o a verla en la semana qué había hecho la rubia tal día, de dónde había ve-nido, si había comentado algo. Los tiráceos lo miraban extrañados, y a veces le contestaban lo que sabían, que siempre era nada o algo trivial. Pero Tobi era la clase de gente que cuando se la toma con un tema, se la toma muy en serio, y su paranoia para con la vida extra-Tobi de la rubia no paró de crecer con esta ca-restía de datos. Como las desapariciones en días hábiles fuera de horarios de trabajo de la rubia habían comenzado de vuelta, y se habían estabilizado en al-gunas horas de uno o dos días por semana, Tobi empezó a sospechar que la ru-bia estaba en andanzas con algún tipo, con algún otro. No le importaba que la rubia se fuera de puta a levantar tipos por la calle o que se encamara con el pri-mero que la calentase. Le interesaba tres carajos mientras fueran polvos ocasio-nales, estaban dentro del “convenio”. Lo que en realidad empezaba a enfurecer-lo, a exasperarlo, a obnubilarlo, si no de celos, de amor propio al menos, era que la rubia estuviese de vuelta encamándose con el pelado ese, Santiago. La sola sospecha lo ponía frenético. En realidad, esa era la única motivación de su para-noia, de sus “celos”.
¿A qué podía deberse esto? Probablemente, a que, a diferencia de cualquier encamada ocasional, este pelado traficante de drogas era una presencia muy an-terior a la de Tobi en la vida de la rubia, y, a juzgar por el pasado reciente, una presencia latente o patente, pero siempre cercana, ominosamente cercana, como si la rubia estuviera hechizada por el tipo.
¿Qué carajo podía verle la rubia, ese pedazo de hembra lujuriosa, a un pelado, flaco, alto (para colmo, alto, un metro ochenta), ralo, pelado, con picaduras en la cara, con un rostro más bien feo y un cuerpo (Tobi había podido verlo la tarde aquella en la casa de Saavedra) absolutamente sin gracia o belleza, hueso y piel y hasta una pequeña barriga, de lo más desagradable que Tobi pudiera imaginar-se. El flaco ese era desagradable, insulso, feo, antipático, sin carisma, no tenía en apariencia ninguna virtud intelectual que lo destacase; era, en suma, ítem por ítem, muchísimo menos atractivo que Tobi como hombre. Difícilmente, in-cluso, pensaba el joven un poco vanidosamente, fuera ese flaco capaz de igualar las proezas sexuales a que tanto debía la continuidad de su relación con la rubia. El sólo pensar que la rubia se había estado encamando durante años, durante toda o casi toda su vida sexual, con un tipo tan insignificante le ponía los pelos de punta, le parecía verdaderamente repugnante. Tobi no podía creer que AL-GUNA VEZ, siquiera una vez, la rubia hubiera visto como atractivo a ese tipo, a esa lombriz fofa e insulsa y fea. Un zángano. Un esperpento. Un asco. La idea le daba literalmente náuseas. Hería su orgullo, su amor propio. Era humillante. O sea: que la rubia no distinguiese, en resumen, entre la atracción que ejercía Tobi sobre ella y la que el tipo ese efectivamente había ejercido durante años sobre ella misma lo ofuscaba, porque le decía que en realidad la rubia era una tipa verdaderamente sin gusto, bagayera, que se encamaba no ya con cualquier tipo atractivo, sino con cualquier tipo. Y eso le sacaba varios puntos, si llegaba a ser cierto. La convertía en una tarada, porque había que ser recontra tarada para sentirse por igual atraída por ese zángano feo que por un tipo atractivo (como se consideraba Tobi).
Notas al acaso. Notas para un libro que quizá nunca se publique. Notas suel-tas.
Hoy no tengo ganas de escribir. Estoy nublado. La rubia me ha prometido una cena íntima en casa esta noche, con sorpresitas, los dos solos. Estoy un poco cansado, un poco asustado de mi cansancio. ¡Tengo veinte años, Dios, veinte años!: ¿Cómo puedo estar cansado a esta edad?, me pregunto en mis momentos de mesura. Afortunadamente, son muy pocos.
Los ácidos me duelen en todo el cuerpo, a veces se me parte la cabeza, lite-ralmente, siento como si me serrucharan el cráneo con la punta de un lápiz ri-pioso e irrompible, como si me escribiera la herida en la frente.
Afuera llueve. Es un estado de ánimo, me parece. El agua cae tan abajo, y desde tan arriba... parece una lluvia interminable, bíblica, y sin embargo, es sólo una mañana y una tarde de jueves sin trabajo. Freddy me mandó para casa por-que me vio distraído, agotado, y había nada de laburo para mí, sólo burocracias postergables. Es una lluvia fantasmagórica, implacable, ruidosa, torpe. Las bo-cinas suenan aguachentas, el día, la gente, muy lejos, abajo.
Siempre me ha parecido oprobioso el silencio de los pasillos en las casas de departamentos. Los espacios comunes... Son como tumbas húmedas o embaldo-sadas, lustrosas o sucias, oscuras. Yo, que tengo algo de murciélago, a veces me aventuro a caminar por esos pasillos vacíos, embaldosados o alfombrados, tétri-cos, mustios. A veces me cruzo con alguien que sale de un ascensor o de un de-partamento, y que me mira como si fuera un criminal o un demente. Yyyy... ya me han advertido (el portero, un paraguayo desabrido y antipático, y dos o tres viejas, consorsistas con muchas ganas de vengarse del tiempo que pasa en un cuerpo aún joven, escarneciéndolo, haciéndole sentir su poder magro de consor-sistas) que no puedo andar por los espacios comunes. Así que por lo general me aventuro por las escaleras, en las que no anda nadie salvo el portero (casi nunca a la tarde) y me solazo oyendo mis propios pasos góticos, multiplicados en esos huecos muertos, diez pisos para arriba o para abajo, o el sonido súbito y violento de la puerta del ascensor cuando la abren o la cierran, con el alma en vilo, con el corazón palpitante como si huyera por el cementerio entre tumbas sin fin, en-criptado en ese horror delicioso del cual puedo salir cuando yo quiera. Pero ese horror permanece en las vísceras y sirve para escribir durante horas (o para no dormir durante horas).
Desde que vivo solo (es decir, con la rubia) paso horas enteras en silencio, sin salir del depto, sin hablar con nadie en todo el día salvo en el trabajo o cuando cae la rubia, encriptado en ese silencio de los pasillos y las escaleras y las voces difusas y esporádicas que llegan de no se sabe dónde.
Acaso escriba una novela psicodélica, una novela gótica de mí mismo, de mi alma de pájaro negro que se ensombrece día a día. Será una novela silenciosa, pero ese silencio estará tan henchido de palabras ocultas, de pensamientos rís-pidos, de dolores callados para que duelan menos, de palabras pronunciadas pa-ra acallar las voces que aúllan en el silencio, que será un grito, no un libro, una muralla inaccesible y estentórea, una piedra en el pecho, sangre llenando un cráneo roto.
Sueños.
El otro día soñé lo siguiente. Estábamos viviendo con Tomi en una casa enorme y hacinada, pequeña, gris. Todo pintado de grisazul. Nosotros vivíamos en un rincón de la casa, que tenía una cocinita muy pequeña y repleta de mue-bles, y una habitación llena con una cama de una plaza y un sofá destartalado, color crema y sucio, y había en esa habitación un televisor muy viejo, en blanco y negro, marca Talent o cosa así. Pero el televisor, en un momento, no estaba más en la pieza del sofá y la cama, sino al otro lado de la puerta abierta, al otro lado de la puerta abierta que daba a un pasillo que en realidad era como un enorme depósito vacío, cuyo piso estaba como un metro más abajo del nivel del piso de la pieza; se bajaba por tres o cuatro escalones y al otro lado, donde esta-ba el televisor, también había escalones, pero el piso del final del depósito esta-ba un metro o metro y medio más alto que el nivel del piso de la pieza; y arriba, como esos televisores de los clubes de viejos, contra el techo, estaba el televisor, contra un rincón, como si fuera una tela de araña. Y abajo, al centro, en la pared de fondo de ese extremo del depósito grisazulado, había una puerta pintada (descascaradamente) de azul oscuro, azul grisáceo, una puerta cerrada. Y en un momento aparecía Tomi (no de esa puerta, aparecía a mi lado, simplemente), y no me decía nada, pero en su mirada había reproche y algo que no alcancé a descifrar, algo que no era ni tristeza ni furia ni enfado ni (menos que menos) in-diferencia, pero que sin embargo me inquietaba, me llenaba de una angustia in-explicable. Y después él se iba a acostar a la cocinita que quedaba a la izquierda sin decirme palabra y yo me quedaba mirando el televisor que pasaba una pelí-cula muy vieja de terror, un Frankenstein de Karloff o un Drácula de Lugosi, ca-si sin volumen y con los subtitulados, y con ruidos de música de película vieja, de esa época, y en un momento, súbitamente, tras un instante en que no se sabía qué pasaba, de golpe no había más televisor y el silencio era aún más opresivo, total y omnipresente, como si no hubiera en el universo entero más que ese si-lencio, y yo estaba mirando la puerta. La puerta escondía algo; estaba cerrada. Yo la miraba cada vez más horrorizado, cada vez más fascinado, tentado de pa-rarme y caminar todo ese trayecto y subir y abrirla, con curiosidad malsana y creciente. Y en un momento me paro, bajo los escalones, camino por el depósito sin baldosas, lleno de charcos de humedad, subo la escalera, me detengo delante de la puerta, escucho, atentamente, al borde del desmayo, tratando de captar al-go, el menor sonido, y antes de estirar la mano, antes de intentar abrir la puerta, me despierto, con un dolor en el pecho, ahogado, respirando con jadeos espas-módicos, sin aire siquiera para gritar.
Cuando me despierto así, de una pesadilla, y estoy solo, como ahora, es como mis peores pesadillas de niño, pero peor, porque cuando era niño me despertaba en medio de la noche y venía mi madre a tranquilizarme, o estaba Tomi dur-miendo a mi lado o abajo en la cucheta. Ahora, aquí, en mi departamento solita-rio, inmenso porque está casi vacío, donde vivo solo como un ogro en su castillo, me siento huérfano, y el horror de esas pesadillas no se disipa hasta que hablo con alguien querido, con Tir o con Tomi o con Selva o con Carlos o con Miguel o con Mecha o, por qué no, también, con la rubia, pero menos.
La rubia se encoleriza cuando la despierto en mitad de la noche con una de mis pesadillas. Cuando pego un grito o pateo las sábanas me termina de desper-tar con un insulto, con un golpe ciego en la espalda o en un hombro o en la ca-beza, y me dice que si no comiera tanto a la noche no tendría esas pesadillas del demonio… Pero yo a veces ni pruebo bocado a la noche… Después yo me quedo despabilado y ella vuelve a dormirse, y yo no pego más un ojo en toda la noche. De modo que con ella o sin ella, duermo cada vez peor, y al otro día estoy molido y cansado, y sin fuerzas para nada, ni para putear, ni para enojarme. Apenas con fuerzas como para trabajar eficazmente en el estudio como un zombi y escribir y leer luego en mi casa como un zombi y leer una bibliografía con Miguel, como un zombi. La rubia me dice a veces, cuando se enfada conmigo, que pare de to-mar ácidos, que me están agujereando la cabeza, que voy a terminar loco o estú-pido, que escriba menos, que coma más (¡la contradicción, todo el tiempo, todo el tiempo!: ¡esa mina es LA CONTRADICCIÓN!).
Pero a pesar de todos sus cuidados, a pesar de que visiblemente se preocupa (más de lo que se atreve a confesarse) por mí, por que yo esté bien... no sé... es como si me aislara, como si en vez de nutrirme, de ser mi cable a tierra, me su-miera más en mis fantasmas anímicos, me aislara paulatinamente de lo que he sido. Y el asunto es que la rubia se ha vuelto casi mi única compañía cotidiana e íntima, fuera de las visitas de y a los conocidos, aún de Tomi, casi tan ocupado entre el trabajo y el estudio como yo con mi trabajo, mi estudio y mi literatura. La única presencia humana en este antro de papeles y diskettes y libros y ropa tirada y comida comprada cuando ella lo permite. Y me horroriza que no se horrorice de lo que ve, como si prestara su anuencia a esta transformación, co-mo si fuera su artífice, como si no esperara otra cosa de mí, como si yo fuera es-to, exactamente esto y ninguna otra cosa, el animal que ha cambiado de piel, que se ha desprendido de la costra que lo disfrazaba y que surge por fin a la luz.
Estoy cansado, se me parte el cráneo. No quiero escribir, no quiero escribir más, pero no puedo detenerme: es maravilloso y es horrible.
Las cosas se pusieron espesas una noche. La rubia había desaparecido duran-te cinco días sin avisar (fue después de la pregunta de Tobi y la extraña pelea si-lenciosa que vino después) y sin dejar el menor rastro entre los tiráceos que To-bi consultó. Eso lo puso peor, porque empezó a desconfiar de los tiráceos. Em-pezó a pensar que le estaban escondiendo algo, algo terrible, o algo que lo enoja-ría muchísimo, o que la rubia se estaba encamando con un tipo nuevo. Estuvo esos días caminando enfurecido por las paredes del departamento, puteando y casi echando espuma por la boca, pateando las sillas, los dos sofás de la rubia, todo lo de la rubia que encontraba por el camino. Se ponía peor al anochecer, después de fumar, cuando, sin llegada de la rubia que lo sacase un poco de clima y lo despejase un poco al menos con su presencia, se le hacía de noche y le em-pezaba a doler la cabeza de tanto fijar la vista en la pantalla de la PC, y los pen-samientos se le empezaban a enredar casi junto con la lengua, con los ojos que le pesaban un poco.
A la tercera anochecida sin noticias, harto de cocinarse o de tomar dos vasos de yogur para llenar la panza antes de seguir escribiendo hasta las doce o la una o acostarse (pero en esos tres días el anochecer sin la rubia lo ponía tan tenso que después de las diez de la no podía concentrarse de nuevo en la escritura, no podía escribir ni una línea coherente en diez minutos, como si poco a poco se le fuera atrancando la mente; las manos le temblaban), se fue a buscar bebida blanca a un mercado o bodega antes de que cerrasen. Se compró una botella de vodka que le costó carísima para su concepto (era un vodka de mediana calidad {para los generosos cánones argentinos en cuestión de vodka}), y se quedó chu-pando, sin leer, con la televisión prendida mirando películas europeas del año del pedo en no se sabe qué canal de esos doscientos mil que te ponen en el cable. Justo esa semana le tocó un ciclo de cine expresionista alemán, lo que no con-tribuyó, sumado a los porros de la tarde y al vodka de la noche, a su equilibrio mental. “El Gabinete del doctor Caligary”, sobre todo, lo mató. Soñó toda la no-che con esas caras horripilantes, propiamente de pesadilla. Con “El Golem”, en cambio, se cagó de risa; era demasiado burdo para la sutileza del cine contem-poráneo, una pieza de museo. En suma, durante tres noches seguidas (hubo compra de una segunda botella de vodka) se acostó recontra en pedo, drogado, descompuesto e insomne.
La quinta noche no podía contenerse, tuvo que prender un faso en la cama y fumarlo mirando la penumbra del techo. Estaba tan enfurecido con la rubia, con todo, con el mundo, que, contra su costumbre inveterada, había cerrado la per-siana y las cortinas del ventanal, así que no podía mirar la miríada de luces de la ciudad. Como a la una y media sintió ruido de llaves y el corazón le dio un brin-co. La rubia abrió la puerta despacio y, cautelosamente, prendió la luz. Tobi tiró el porro al suelo sin apagarlo y se levantó de la cama hecho una furia. ¡Hija de remil putas, dónde carajo te habías metido! le gritó, mientras ella corría (para su mal) el cerrojo de la puerta. La rubia no alcanzó a reaccionar, porque, al oír, sin entender demasiado, la frase de Tobi, se dio vuelta para mirarlo, al mismo tiempo que Tobi se abalanzaba sobre ella y la tomaba del cuello, diciéndole ¡Dónde mierdas estabas, hija de remil putas, puta de mierda y la reconcha de tu madre!
Era una situación pesada. La rubia estaba con la espalda contra la puerta, tomada del cuello por Tobi, que, quizá por no querer más que asustarla, quizá por su lamentable estado de coordinación física, no la apretaba demasiado. La reacción de Tobi la sorprendió tanto que permaneció medio minuto sofocándose entre las manos del muchacho sin atinar a defenderse, a separarse, a empujarlo. Cuando la rubia tosió, roja y ahogada, Tobi pareció recapacitar, y la soltó. Se dio vuelta y caminó hacia el otro lado del depto, como en un break de boxeo, como si algo en él lo alejara de ella para no permitirle que le hiciera nada más. Todo esto sin dejar de putearla por encima del hombro. La rubia se quedó apoyada contra la puerta, tosiendo y tomándose el cuello con marcas rojas, mirando llena de pánico y de sorpresa a Tobi, abriendo los ojos enormes como nunca.
Cuando recuperó la respiración y el habla, la rubia le preguntó, con la mayor inocencia del mundo (no podía estar fingiendo, no podía estar actuando tan ma-gistralmente, a menos que fuera una enferma tipo Hitler, sin cara ni carácter propios, sólo dotada con las mil caras de los diversos personajes que sabía re-presentar tan bien, si es que de verdad estaba actuando), le preguntó a Tobi ¿Q… qué te pasa… por qué te pusiste así? ¿Qué tomaste?...
Tobi se sentó en el rincón más lejano a la rubia, contra la pared, al lado de una de las PC, en el pasillito que daba al baño. Solo, agachó la cabeza, como si estuviera empezando a llorar. La rubia, temeraria, hay que decirlo, se acercó a él y se arrodilló para mirarlo de cerca; olía a veinticinco rasputines borrachos, el aliento casi la voltea.
Con un tono de sinceridad que le parecía increíble, imposible a Tobi, que co-menzó a reírse entre dos lágrimas que apenas le habían asomado a los ojos, la rubia le preguntó, muy preocupada, acariciándole el cabello despeinado (lo que nunca), ¿Qué te pasa, qué tomaste? Era lo único, al parecer, que se le ocurría; Tobi había tomado algo raro, o había mezclado mal en su ausencia. Estaba des-compuesto, al borde del vómito. La rubia debe haber pensado en ese momento que, de llegar media hora más tarde, con Tobi fumando en la cama boca arriba, lo hubiera encontrado muerto, ahogado por un vómito. Debió haber pensado al-go así, porque si no, no se entiende que sus ojos azules se inundaran de pronto de lágrimas, y que empezara a acariciarlo y a decirle Pero, mi amor, ¿qué te pa-só? Pero mi amor, ¿qué te pasó, por qué estás así?, verdaderamente compungi-da y sin comprender lo que había ocurrido.
Tobi levantó la vista y, al verla llorar y acariciándolo casi como una madre, se puso a llorar a su vez, silenciosa y convulsamente, y a pedirle perdón, a repetir Perdón, perdón, perdón, grotescamente. Y después, sin solución de continui-dad, inclinó la cara hacia el costado derecho y vomitó sobre el piso (es un decir: sobre el piso y, antes, sobre su brazo derecho y un poco sobre su pantalón). La rubia lo dejó vomitar y siguió acariciándole el pelo, con los ojos aún húmedos, COMO SI REALMENTE NO SUPIERA por qué Tobi estaba así, por qué le había saltado al cuello. Después Tobi pareció quedarse sin fuerzas para nada más, porque, aparentemente ya sereno, apoyó la nuca contra la pared (los labios y el cuello sucios de vómito casi totalmente líquido, fuertemente oloroso a alcohol y a podrido), y se quedó respirando hondo, suspirando casi, como sereno, con la vista pensativa, perdida en un punto impreciso de la pared opuesta, sobre la heladera, como si estuviera sobrio reflexionando en una plaza y disfrutando del sol de primavera. Todo sin mirarla a la rubia. Acto seguido, se sintió un ruidito a líquido manando sordamente, y el pantalón de Tobi se humedeció casi hasta la rodilla con un líquido más que tibio. La rubia lo dejó mear, más tranquila, como si ya hubiera hecho su composición de lugar y tuviera previsto lo que ocurriría y lo que ella debía hacer.
Nunca Tobi había tenido un ataque de violencia, ni borracho ni drogado, des-de que andaban. Por el contrario, precisamente lo que a la rubia más lo exaspe-raba de Tobi era esa reconcentrada falta de reacción, esa aparente indiferencia, casi desdén, casi hosquedad (mucho de hosquedad silenciosa), con que Tobi la trataba, con que Tobi se movía por el mundo. La enfurecía, a veces, una media palabra, un gesto súbito de enojo del que ella, por lo menos de arranque, no comprendía el origen, pero intuía vagamente que el origen estaba en algo que ella acababa de hacer o decir o de no hacer o no decir. Pero Tobi nunca explica-ba nada, siempre se quedaba callado, se daba vuelta en la cama o se ponía a leer o a escribir sin darle más pelota, sin reaccionar ante lo que a veces eran provo-caciones conscientes de la rubia, cuando se enojaba con él y lo quería hacer re-accionar, explotar. Y Tobi reaccionaba montarazmente, hoscamente, le daba vuelta la cara con desdén y rumiaba su enojo en el cerebro, a juzgar por la cara de culo, pero era imposible sacarle nada, nada, en esas circunstancias, y eso la enfurecía a la rubia, que se quedaba pedaleando en el aire, con ganas de encajar-le una trompada en la espalda o de rajarlo a puteadas a ver si decía algo, si al menos explicaba qué carajo era lo que había hecho. Pero Tobi era una tumba, un muro, no explotaba nunca, siempre mantenía la violencia en un exasperante es-tado de inminencia que podía desmadrarse en cualquier momento, y eso era más agotador para los nervios de la rubia que si simplemente la mandara a la mierda. Como si rehuyera el choque, lo demorara al máximo posible. Y eso creaba en los dos una tensión insoportable que a la rubia le carcomía los ner-vios, la ponía de los pelos, y así era como a veces andaban dos o tres días dur-miendo de espaldas en la cama y sin hablarse ni nada por el departamento, a ve-ces en un boliche o en alguna fiesta, uno al lado del otro como siameses, incapa-ces de separarse, pero sin dirigirse siquiera una mirada.
La rubia esperó que Tobi dejara de mearse, le dio un poco de descanso, y des-pués, con la paciencia y la serenidad de quien cumple con su deber habitual, lo levantó a Tobi tomándolo de un brazo y lo llevó hacia el baño, lo desnudó (Tobi la dejaba hacer como un niñito, como atontado, como anestesiado), abrió la du-cha y lo metió bajo ella una vez que el agua empezó a echar humito. Luego lo la-vó como si fuera un nene, como si fuera Cristo, de la manera más maternal o en-fermeril, de la manera más asexuada que Tobi jamás pudiera haber imaginado (aunque en ese instante no le dio demasiada pelota al detalle, estaba en lo suyo, en el limbo de los borrachos, quemándose indiferente con el agua). Después la rubia lo enjuagó, lo secó frotándolo enérgicamente con un toallón, lo hizo salir y calzarse sus chancletas, lo paró frente al foco de encima del botiquín del baño y empezó a peinarlo prolijamente hasta que quedó el habitual peinado de Tobi, la-cio, con la raya al medio y el cabello cayéndole en melena sobre la nuca y el cue-llo, castaño miel, con un mechón lacio detrás de cada oreja para que no le mo-lestara la visión, y el resto del cabello, el de los costados, cayendo un poco sobre las orejas.
Tobi ya estaba tranquilo, como dopado, y ni la miraba, perdido en sus cavila-ciones. A la rubia no le extrañó porque conocía su inclinación a abstraerse largos ratos del mundo exterior y porque, pensó, Está borracho y drogado, debe estar muerto de cansancio. Cuando Tobi finalmente la miró a los ojos, la rubia le son-rió, serena, y le dijo, pellizcándolo, Estás hecho un querubín, te falta el traje de marinerito.
Perdoname, dijo Tobi imprevistamente.
No hay problema. Estás borracho. Pero la próxima vez poneme un cartel en la puerta, así entro armada, contestó la rubia, restándole importancia. Sólo agregó Vamos a dormir, estoy muerta.
La rubia volvió en esa época a hablar de las vacaciones en el exterior. Dijo de México, de Cozumel, o en su defecto de recorrer Bahía (ampliamente recomen-dada por Tir). Pero el norte de Brasil era peligroso, inseguro. Por otro lado, Co-zumel era seguro pero aburrido, salvo que hubiera un buen reviente (eran los cálculos de la rubia). No quiero pasar dos semanas o un mes rodeada de seño-ras gordas y señores pelados y panzones con sus críos, argumentaba. Así que lo de Bahía sonaba incitante.
Principiaba diciembre, y la vida de los dos estaba bien estructurada para las siguientes semanas. Tobi estaba terminando de pulir el borrador de la novela. Además, estaba leyendo las fichas para dar libres tres materias de primero. Des-pués, era irse a Tandil con la tarea cumplida, a pasar las fiestas, SOLO (es decir, sin la rubia). Y después, con cualquier pretexto (lo del libro venía perfecto, no le había contado nada a su familia aún, iba a ser como un regalo de Navidad), vol-verse a Buenos Aires a más tardar el cinco o seis de enero, y planear en común las vacaciones con la rubia. Tobi había juntado mucha guita, de hucha o para el viaje. Era pródigo en los gastos que se referían a sus placeres y casi un asceta en gastos cotidianos y pedestres. Estaba prácticamente asentado como un adulto: tenía un trabajo sólido y con futuro monetario aceptable, creativo además, aun-que no fuera lo suyo, en el estudio fotográfico de Freddy; tenía los estudios en-carrilados; tenía la clara posibilidad, casi la seguridad (Tobi no quería darse manija hasta no ver el asunto concluido), de que le iban a editar su primer libro en el año siguiente; tenía a la tribu; estaba, gracias a los contactos de Tir y a la habilidad social de la rubia, entrando al “fuckin’” mundo de la cultura, a los cír-culos artísticos; estaba, finalmente, la rubia, la pareja.
De a poco comenzaba a resignarse a la meseta, a que lo único que les quedaba era una vida de pareja más o menos tempestuosa y lujuriosa y abierta, en el me-jor de los casos; esa vida de pareja a que los empujaban irremisiblemente sus deseos. Se deseaban hasta el dolor, eso era lo único terriblemente auténtico de sus vidas. Lo demás, el amor incluso (el amor sobre todo) que pudieran sentir el uno por el otro, era más… ambiguo, evanescente, indefinible. Pero Tobi ya sabía que el deseo por una persona se agota más tarde o más temprano, y que lo que queda es la costumbre de estar juntos, la inercia de meses o de años (con la ru-bia ya llevaban un año y medio de increíble lujuria, era increíble que durase aún, y Tobi sentía que la convivencia oficial la iba a matar, y que entonces no les iba a quedar nada salvo quizá una amistad muy intensa o una enemistad muy intensa o un odio o una indiferencia mutuos).
Por otra parte, Tobi tenía claro, a regañadientes, que la rubia era la mina más importante de todas las que se había cruzado; que, pasara lo que pasase en el fu-turo, ella iba a quedar indeleble en su vida, no sólo en su memoria sino también en su personalidad, en esa parte de la experiencia que se queda como marca in-deleble en cada persona, modificándola.
Pero, resumiendo, el problema ahora no era la reticencia de Tobi a una vida de pareja a la que, se insiste, estaba cada vez más resignado aunque supiera cuál iba a ser el final, el único posible sobre todo para ellos, para esa relación tan in-tensa y tan extraña. El problema ahora era la rubia, los escondrijos que aún le deparaba. Mantenía firmes sus sospechas respecto de las actividades de la rubia a las que él no tenía acceso. ¿Qué hacía a la mañana, por ejemplo, en vez de quedarse durmiendo hasta más tarde, las veces que él la llamaba por teléfono o caía en el curso de ir a hacer un trámite y ella no estaba? ¿Por qué el puto capri-cho de no usar celular, que la tornaba inhallable a veces días enteros? Salvo ellos dos (Tobi por esnobismo, la rubia por escondedora), todos los tiráceos ya tenían celular. Tobi ni quería repetirse mentalmente la mala espina que tenía con San-tiago. Cada vez que la rubia aparecía con un juguete caro, pensaba ¡Zas, ya está de nuevo con el tipo ese!.
Avanzar. Avanzar hasta que la página duela, hasta que la página sangre. Avanzar aunque los buitres nos vayan convirtiendo en despojos vivientes (los buitres metafísicos). El dolor de existir, el dolor de abrirse como un coco ante el machete que lo hiende, la inhóspita espesura de ser.
Tobi recordaba ahora la campaña de Alejandro sobre los castillos roqueros del Kurdistán o el Afganistán o el Irán (vaya a saber). El reino estaba conquista-do, los de las montañas eran unos palurdos sin poder para molestar a un impe-rio (o sí, o molestaban el paso de las caravanas con sus saqueos, pero es mejor, es más literario, pensar que no, que esa campaña no tenía el menor sentido), pe-ro Alejandro se emperró durante muchos meses en una penosa batida de las montañas desiertas, de castillos inexpugnables recortados a pico sobre cumbres escabrosas e inaccesibles, dispendiando esfuerzos y vidas. Uno de esos castillos, Tobi no recordaba bien los nombres, estaba sobre un monte de más de mil, qui-zá más de dos mil metros, con una inclinación de poco menos de noventa gra-dos. Alejandro sufrió pérdidas hasta que decidió mandar una tropa selecta a es-calar la montaña metro por metro, el cuchillo entre los dientes, en plena noche, en el mayor silencio. Cuando llegó la mañana, los soldados estaban demasiado lejos del piso para volver, demasiado cerca del muro para arrepentirse, dema-siado agotados para intentar un último esfuerzo y combatir a los de adentro. Pe-ro Alejandro era tenaz, había que ser como Alejandro, y los extenuados mace-donios recorrieron el trecho que quedaba hasta arriba, sorprendieron a una guardia pequeña y aterrorizada de esa aparición en su nido de águilas, la pasa-ron a cuchillo, siguieron por los toscos edificios, por las burdas cuevas y pasillos en que se dispersaba el resto de la guarnición de montañeses, y los masacraron con todo el rencor del esfuerzo ciclópeo a que se habían visto obligados por su rey. Y luego arrojaron cuerpos muertos por la falda escarpada, y los cuerpos lle-garon destrozados, irreconocibles, hasta la ladera, pero los macedonios de aba-jo, su rey, supieron que los macedonios de arriba habían vencido.
¿Y para qué, se preguntaba Tobi, los dedos agarrotados sobre las teclas de plástico, la expresión contracturada y el cuerpo dolorido del insomnio, para qué todo eso, un esfuerzo tan enorme para lograr un premio tan exiguo, unos trofeos tan pobres, sólo guiñapos y carne destrozada? ¿Para qué? Era absurdo, era in-útil. Era inútil. Pero, sí, todo era inútil después de todo, la vida era un gran ab-surdo, después de todo. ¿Qué había que hacer, abandonarse al absurdo y a la desmesura, y dejarse estar, vivir como una planta, o vengarse, obtener una pe-queña victoria, una pequeñísima victoria sobre el destino, sobre el absurdo, con-sumando otro absurdo, un pequeño absurdo estéril y humano, a la medida de los hombres; que los hombres, veinticuatro siglos más tarde, hablaran todavía de vez en cuando de ese acto absurdo y sublime, del castillo escarpado, de los macedonios ciclópeos, ejecutando actos más grandes que ellos, imposibles, in-útiles?
Desafiar el absurdo, el avaro destino de toda vida, pensaba Tobi, escribiendo. Otro absurdo. Y sin embargo a Tobi le parecía, en ese instante, que no existía otra cuestión más trascendente en la vida de un ser humano. ¿Abandonarse o trascenderse (de cualquier modo, aún autodestruyéndose, al precio más alto, es decir, al precio de uno mismo), pelear solo contra un enemigo innumerable que al final, de cualquier modo, concluirá aplastándolo? Había algo heroico en esa resistencia inútil contra el olvido, contra el absurdo. Era una resistencia absur-da, pero era también, y sobre todo, una resistencia humana, de lo humano en lo humano. Ser hasta el límite, hasta el paroxismo, hasta la extenuación, hasta la derrota definitiva de la muerte. Morir, sí, pero llevándose un cacho de universo a la rastra, bajo las uñas como garfios. Eso es quizá lo que nos realiza, concluyó en mayúsculas Tobi, exhasperado y extenuado y somnoliento, antes de abando-nar la PC prendida y arrojarse vestido sobre la cama.
-No se entiende, los términos se confunden –dijo el crítico.
-Sí, sí. De eso se trata –dijo el artista.- Eso es la vida: la mescolanza.
El quince de diciembre (era miércoles), Freddy lo mandó temprano a casa, porque a partir del jueves no iban a parar hasta el domingo a la noche o incluso el lunes: se juntaban los trabajos de fin de año. Así que Tobi volvió a mediodía. Se bajó del bondi y caminó hasta el edificio. De lejos, vio a la rubia cerrando la puerta de entrada. Hacía calor, la rubia estaba con una remerita que le marcaba los senos pequeños y proporcionados y le dejaba los brazos al aire. Tobi se que-dó medio escondido, espiándola. ¿A dónde podía ir a esa hora? Quizá a visitar a Mecha, o a Tir, a comer con Tir, podía ser. Tuvo una duda desgarradora: seguir-la subrepticiamente (se arriesgaba a que lo descubriese y ahí sí, se acababa to-do), o llamarla, directamente, eso era lo más razonable, preguntarle ¿Te acom-paño? Yo también tengo el día libre, lo podemos aprovechar juntos.
La rubia, previsiblemente, paró un taxi. Fue un momento clave en la vida de Tobi. Calculó mentalmente la guita que llevaba en el bolsillo, se jugó a que le al-canzara, a que la rubia no fuera tan lejos, y paró el siguiente taxi que pasó. Le dio al taxista una orden clásica del cine extranjero: Siga a ese taxi. Si realmente la rubia iba a visitar a alguna amistad, tenía una buena excusa: Te grité y no me escuchaste, no me iba a quedar a comer solo, imaginé que ibas a visitar a al-guien.
El taxi número uno agarró por una avenida hacia el norte: Tir ya no, a menos que lo pasara a buscar por el Salón para almorzar juntos o ver a un pintor posi-ble. Fueron hasta Recoleta. Se metieron por calles menores (de manera que el taxista número dos tuvo que tomar precauciones para no ser descubierto {hay que decir que el taxista, si bien sospechaba que la presa perseguida era una mi-na, no estaba del todo tranquilo con el pedido del muchacho, que a esas alturas, entre miradas nerviosas, se lo pasó pensando todo el trayecto que el detalle de “siga a ese coche” era de lo menos verosímil del mundo, ¿qué clase de incons-ciente podía aceptar, por unos billetes, así, sin más, seguir a un coche que podía llevar, qué sé yo, a un tipo con un revólver?}), y paró en una casa de alcurnia pe-ro como venida a menos. Tampoco tan grande. Tobi le dijo al taxista número dos que siguiese andando más despacio, y se puso lentes oscuros.
La rubia tocó el portero y, menos de un minuto después (el taxi tuvo que ba-jar mucho la velocidad), salió a atenderla un tipo. Pelado, casi un metro ochen-ta, flaco, feo; se le adivinaban unas marcas en la cara que lo hacían más des-agradable. Aparentaba, a ojo de buen cubero, unos treinta años. Santiago, el narcotraficante, el amante malévolo de la rubia, el Rochefort de Tobi siendo To-bi D’artagnan.
¿Dónde va esto?: la hembra, la paradoja pocket (he hablado de esto en otro lado), ¿qué diferencia tiene, en última instancia, con cualquiera otra invención, anulación fraudulenta de la Paradoja (aunque ponerle el énfasis de una mayús-cula es innecesario: el énfasis es también humano, reduccionista, una mistifica-ción más de la conciencia filosofante, retorizante {siendo estas dos palabras si-nónimas: filosofía = modo de adaptar la paradoja a límites humanos, modo de falsearla, de inventarla como Sentido}), con, digamos, una religión o una idea política o científica o filosófica o artística? La única cosa verdadera que puede hacer el hombre es el abandono, la renuncia al Sentido; amar a una mujer in-ventándola como una paradoja portátil, maleable, manejable, es otra trampa más de la mente interpretante, necesitada de significado. La única cosa verdade-ra es renunciar al Sentido, ser preso de él, abandonarse a la Vocación y serla, se llame literatura o carpintería o bohemia o ciencia o filosofía o Dios o hembra o muerte.
Tobi quedó desolado. Desolado. Al borde de las lágrimas, sin sacarse los len-tes, casi en un último aliento, le dijo al taxista que siguiera para el norte. Des-pués pagó (un fangote), buscó un teléfono público y lo llamó a Tir al celular. Era como la una de la tarde.
Mientras el taxi lo llevaba más al norte, mientras buscaba el teléfono, mien-tras discaba, mientras esperaba que Tir atendiera, fue pensando que quizá no era lo que él se imaginaba, que a lo sumo la rubia le estaba comprando droga o que en el peor de los casos estaba vendiendo de vuelta para el tipo.
Finalmente, Tir atendió. Tobi le dijo que tenía el día libre y que si quería que almorzasen juntos. Tir calló un instante, como pensando, y después dijo que sí, que una y media quedaba libre, que fuera en cuanto quisiera, que de paso mira-se los cuadros.
Tobi fue inmediatamente y se quedó unos veinte minutos mirando. Se cruzó con Selva, que lo saludó con afecto (lucía un escote bordó que resaltaba el cobre de su cuerpo, ya bastante reforzado por los soles últimos de primavera). Así da gusto venir a un museo, le dijo Tobi, mirándole impúdicamente las tetas. Selva sonrió con naturalidad y se ofreció para explicarle los cuadros que estaban en exposición. No había mucho para hacer allí, ya estaban, con Tir, por salir a co-mer. Esto último no fue una buena noticia para Tobi, deseoso de charlar a solas con Tir para clarificar su cabeza. Si se llegaba a quedar solo se derrumbaba, iba a ser un día y una noche de mierda. Tenía también para ir a lo de Miguel, él po-dría escucharlo (aunque nunca habían hablado nada de la rubia, Miguel era un tipo de lo más discreto y jamás aludía a esos temas, y Tobi era reservado de por sí, y todos sus mambos mentales, sobre todo esos, los que tenían que ver con sus persecutas, no los hablaba con nadie, jamás, salvo, claro, con la PC), pero que-daba muy lejos. Otra posibilidad era Tomi. Pero Tomi salía a las tres de trabajar, y, aunque era la única persona que lo conocía mejor incluso de lo que él mismo se conocía, la persona que con su sola presencia podía oficiar de bálsamo aními-co, el tema rubia con Tomi era tabú. Siempre que lo hacían, desde que Tobi y la rubia andaban, era de modo sesgado, con indirectas, perífrasis, alusiones, y los ponía incomodísimos a los dos. Así que lo de Selva lo puso en aprietos.
Finalmente, se suben al auto de Tir y van los tres a un restaurant por la zona. Fino, caro, discreto. Si te cobran la mesa… pensó Tobi cuando vio el lugar desde adentro. Después viene un mozo (¿maitre? ¿garçón?) y les entrega la cartilla fo-rrada en cuero, muy bonita; un cuero oloroso y que hace ruido al roce de los de-dos, que ya de verlo nomás te abre el apetito. Como siempre, Tobi mira por arri-ba y después le pide consejo a Tir, que le recomienda un corte de carne asada y condimentada que resulta delicioso. Para beber, vino tinto.
¿De qué hablar? Adelante de Selva Tobi no se atreve. Cuando Tir le pregunta en el medio de la comida Sí. ¿Me querías ver por algo en particular?, Tobi mira a Tir, hace un silencio, y al final dice No… qué sé yo… tenía el día libre y la ru-bia desapareció, así que quise aprovechar para estar con amigos. Tir lo mira serio y sin mover un músculo de la cara, asintiendo apenas. Después hay un si-lencio de unos quince segundos, y se pasa a otro tema.
Selva, diplomática, pregunta amablemente ¿Y cómo vas con tu novela?
Estoy dándole los últimos zurcidos… En realidad, sigue sin conformarme. Pero retoqué cosas, porque le gustó al tipo este… Girodias… (Tir se ríe) Yo creo que para la semana que viene puede estar terminado… No sé… depende de las ganas que tenga de escribir eso. El tipo me dio tiempo hasta principios del año que viene. Las fiestas de fin de año pueden ser la excusa perfecta para ence-rrarme en mi casa a darle forma a la versión final… Además, no es tan larga, pude trabajar frase por frase para arrancarle los manierismos. (riéndose) Soy el Troilo de las novelas, debo haberle sacado como quinientos adjetivos y seis-cientos adverbios, al texto ese. (se ríen los tres) No, en serio, le bajé como cua-renta páginas. Me parece que despojado quedó mejor. Le queda mejor a la vio-lencia de la historia. Es… está quedando… como un páramo de palabras.
Se quedan charlando un buen rato de literatura (Selva, escandalosamente culta entre sus tetas que asoman, hermosa en sus ¿treinta y siete… treinta y ocho años?; escandalosamente carnal). Luego la conversación deambula por temas poco interesantes salvo para los que intervienen en esa mutua compañía de la conversación. Una hora de charla en sobremesa. Cuando terminan, son más de las cuatro de la tarde.
Pero antes de irse los tres, Tobi pide permiso para ir al baño, y los veteranos se quedan solos en la mesa. Conversan, medio en secreto.
(Selva) ¿Vos lo viste a Tobi cómo está? Yo lo vi remal.
(Tir) Sí, yo creo que quería decirme algo, por eso me llamó… Si no llama nunca… Me parece que se quedó en el molde porque estabas vos.
Silencio.
… ¿No me dejás a mí? Capaz que se peleó con Fer… viste cómo son.
Pará, mamá… Yo me puedo entender mejor con Tobi, soy hombre como él.
(Selva, un poco en broma, un poco en serio) No sabés nada, como todos los hombres. No te enterás de nada. No sabés lo que es el instinto maternal, vos.
Los dos veteranos se sonríen. Se hablan en serio, se dicen la verdad, pero se toman la verdad con humor (¿qué otro camino queda para los nihilistas?).
Cuando Tobi vuelve los encuentra cuchicheando, sonriéndose y mirándose a los ojos. Se dice Estos dos tienen quichicientos años y se aman como tórtolos. Miralos. Miralos, boludo. Miralos, cómo se comen con los ojos. ¿Por qué no se mudan juntos, digo yo?
La cuestión es que cuando Tobi se les une y salen del restaurant, una vez en la vereda, Selva lo toma del brazo a Tobi y le dice Te invito a merendar a mi casa. No conocés mi casa vos, ¿no? Sos un hijo de puta, vos, no visitás a tus amigos salvo que tengan droga. Así que llevan a Tir en el coche de Tir hasta el Salón, lo depositan en la entrada, y siguen camino hacia Urquiza, donde vive, en una típi-ca casa de clase media baja, Selva.
Entre pitos y flautas, son las cinco y media de la tarde. Paran primero en una panadería de la zona y llevan una docena y media de facturas elegidas cuidado-samente por Selva: muchas de dulce de leche (cañoncitos, sobre todo), tortas negras, vigilantes con y sin dulce de membrillo, algunas facturas con dulce de membrillo y crema pastelera, medialunas, de manteca y de grasa, rusas rebosan-tes de azúcar, alguna que otra berlinesa. Las bolas que deben tener los berline-ses, le susurra al oído Tobi a Selva, y los dos se tientan. Los clientes y las muje-res que atienden los miran curiosos. Se apoyan uno en el otro y se ríen muchí-simo, lanzando cada tanto una carcajada abrupta y breve. Es que no hay nada peor que las personas con imaginación, uno dice Las bolas que deben tener los berlineses y la persona con imaginación ya está viendo en su mente un cuaren-tón pelado con pantalón de vestir, cinto a la altura del ombligo con dos grandes protuberancias como porongos uruguayos abultándole la entrepierna.
Entran a la casa. Hay un olor a recién limpio. Los pisos están brillosos, ence-rados, relucientes, olorosos. El living está amueblado y decorado con despoja-miento y elegancia. Selva lo hace pasar a la cocina, que da exactamente la misma impresión reluciente. Me parece que le tenés que aflojar a las anfetas, bromea Tobi.
¿Por?
Porque esto está demasiado limpio. ¿Lo limpiás vos sola o le pagás a una mina?
Lo hago yo, de vez en cuando. (pausa) Y hablando de anfetas, ¿vos como ve-nís? Porque últimamente te noto un poco… excentrado.
Tobi se ríe Ja. Yyy… la verdad es que estamos medio enviciados, con la ru-bia. A veces pienso que tenemos que parar un poco, que me va a explotar el co-razón un día.
¿Tenés taquicardia a veces?
(duda, trata de recordar) Estoy un poco paranoico, un poco… no sé (se ríe) … excentrado. Es que… estoy al mango toda la semana, viste, y no se puede. No se puede vivir como vivo yo. La rubia está al pedo a la mañana, habla un po-quito con gente de cuadros a la tarde, y a la noche me hace la comida y se de-dica a la gran joda conmigo, ella viene fresca. Pero yo, con el trabajo, el estu-dio, sobre todo últimamente con los exámenes libres que tenía que dar, la escri-tura, que me demanda mucha energía y tiempo, termino loco. No me alcanza el día. A veces… me parece que estoy por explotar, que en cualquier momento voy a agarrar a un tipo por la calle del cogote y lo voy a estrangular.
… ¿Y por qué?
(un poco cortado, como no sabiendo qué hacer con la figura que ha tirado, como sintiendo el peso de la responsabilidad de las palabras que ha dicho, hesi-tando) ¿Por qué qué?
¿Por qué querés acogotar a alguien?
(un tanto ruborizado) … No sé… lo dije por decir algo.
Sí, pero no hay palabras inocentes, hay inocentes que dicen palabras, que no es lo mismo.
Me encantó eso. El hombre como víctima de sus propias palabras. ¿No es muy psicoanalítico, eso?
Cuatro años estudiando psicología no fueron en vano.
Uy, qué bueno tener una psicóloga a mano.
(irónica) ¿Te calienta eso?
(sonriendo) Por supuesto, me calienta muchísimo.
(cebando un mate) ¿Qué te pasó? ¿Por qué se te dio por llamarlo a Tir?
Tobi la mira fijo, como si no hubiera esperado el golpe. Después finge indife-rencia y dice Estaba al pedo y solo, con el día libre… la rubia desapareció.
¿Y eso es lo que te tiene mal? (Tobi hace un gesto de negativa, un torcimiento de boca) Mirá que te conozco, pendejo. No finjas conmigo.
(Tobi duda un momento, mira a los ojos a Selva, y luego como si se animara de pronto) Eeeh… Hoy la vi a la rubia entrando a la casa de un tipo. Que se en-camó toda la vida con ella.
(Selva, interrumpiendo) O sea que la seguiste.
(Tobi la mira) … Sí. ¿Y qué?
Que estás loquito en serio.
Es imposible no ser paranoico con la rubia. Tiene más misterios que un ga-to.
Pero a ustedes dos nunca les calentó demasiado eso de la fidelidad. ¿Qué te pasa, estás enamorado?
(se pone rojo como un tomate) Sssí… qué sé yo… Ponele que sí. (pausa) Pero lo que me molesta, o si querés, lo que me angustia, es que con ese tipo me dijo que no se iba a ver más, hubo un quilombo hace unos meses… El tipo trafica (Selva asiente, como dándose cuenta de quién habla Tobi, y al mismo tiempo hay algo en el gesto de ella que a Tobi lo pone en guardia, le queda tecleando) y a mí me parece… bueno… ella me contó que en otra época se encamaba por droga con él… Creo que es el segundo que se la cogió… Tiene… como una fija-ción, con ese tarado. Encima es feo, pelado.
¿Lo conocés?
Sí.
¿Sabés el nombre?
(con un cierto resquemor) Santiago… (Selva le rehuye la mirada. Tobi se po-ne nervioso) Y para mí no sé, te soy franco, me parece que… que esto es algo que todos saben menos yo, que me lo están escondiendo todos ustedes, como con Tomi cuando la rubia y yo empezamos a salir.
(Selva, sardónica) ¿Viste?: el que las hace las paga.
No, en serio. (pausa; luego la mira a los ojos fijamente y le pregunta) ¿Vos sabés algo más de la rubia y el flaco ese?
(evasiva) ¿Ella qué te contó?
(empezando a rabiar) O sea que no me contó todo.
¿Ella qué te dijo del tipo?
Que él fue el que la inició en las drogas y en el sexo habitual.
(Selva, como si esperara algo más) Ahá.
Tobi se queda esperando que ella le diga algo. Selva reflexiona un momento. Luego dice Mirá, si yo no te digo algo le vas a caer a Fernanda y va a saltar la conversación conmigo, te vas a poner en evidencia y me vas a poner en evi-dencia a mí, así que te voy a decir algo, que no sé cómo te va a caer. Proba-blemente te caiga para el ojete o te dé igual o te cause una repugnancia imbo-rrable, pero alguna vez lo tenés que saber, sinó te vas a volver loco peor, yo te veo hecho un manojo de nervios estos meses, un día estás al palo y al otro día estás fundido. (hace una pausa teatral; a Tobi se le revuelven las tripas, de los nervios; siente una opresión horrible en el abdomen; luego Selva dice) Mirá… (hace un gesto con la mano que se queda sin frase; luego arranca de nuevo) Es-teee… Santiago… es… el medio hermano de Fer. (Tobi se pone lívido, agranda los ojos inconmensurablemente, como si le acabaran de clavar un lanzazo) Es el hijo del primer matrimonio del padre. Luego hace una pausa, como si ya hubie-ra dicho todo. Lo mira a Tobi, que está como atontado. Probablemente jamás sospechó que la cosa fuera por ese lado. Muy probablemente. Muy probable-mente. Pero el hecho lo toca en lo más hondo. Selva lo mira, se compunge, fi-nalmente dice No sé si esto te sirve para algo, pero es mejor que no saber nada.
Tobi sólo alcanza a musitar … Sí…, como abstraído, como cruelmente triste. Tiene una torta negra sobre la mesa, a medio terminar.
Es una patada en los huevos, ¿no?
(Tobi, levantando la vista) Contra eso no se puede, ¿no? Tantos años…
No te apresurés. No hagas nada en caliente. Por ahí les sirve irse a otro la-do, qué sé yo. Capaz que las vacaciones solos sirven para que los dos hablen del tema. Vos la querés a Fer.
(encogiéndose de hombros) Yy, sí… qué sé yo… No sé cómo llamarlo a lo que siento por la rubia. A veces la mataría, me dan ganas de trompearla, para mí que es una hija de puta, perooo… es… tan bonita… que la miro y no puedo pen-sar más nada. No sé… la deseo como nunca desié a nadie, a nadie. No sé si es amor eso, esto. Es bastante monstruoso, es una cosa… compulsiva y enferma…
Vos sos compulsivo y enfermo. Y ella capaz que también… por eso se llevan tan bien en algunos aspectos, y por eso, a pesar de todas las puteadas y las contradicciones y las metidas de cuerno y etcétera etcétera, no pueden dejar de estar juntos. Qué querés que te diga, esto lo hemos hablado muchas veces con Tir, para mí vos y Fernanda están hechos el uno para el otro. (piensa un mo-mento; luego continúa) Y para colmo ¡vos sos muy chiquito! Te parte al medio una cosa así. Y como para mí vos sos un pendejo desalmado, dicho con todo cariño, también la hacés sufrir mucho a Ferni, que no te debe entender. Sos un bicho rarísimo, la cosa más rara que me crucé en mi vida. Y eso la debe fasci-nar a ella. Que no te pueda entender, que haya algo ahí atrás o ahí en el fondo de vos que quizá ni vos entendés, pero que… emana una fuerza grandísima, y eso te hace tan hechizante para una mina como Fer. Y por otra parte vos, me parece, por eso te decía lo de desalmado, me parece que nunca estuviste así por una mina, que cualquier mina te da lo mismo desde el punto de vista sexual, ¿no? (Tobi se encoge de hombros, como asintiendo) Y al mismo tiempo tenés la capacidad de relacionarte con las minas de un modo muy íntimo, y a la vez distante. Pero cuando una se acerca sos muy cálido, muy natural. Vos te llevás muy bien con las minas.
Son lo único que me importa en el mundo. Aparte de la literatura.
(en tono de confidencia) Fer es la mina que más te pegó en tu vida, decime que no.
(rápido, como dándolo por supuesto) Eso ni hablar. Lo difícil es definirlo. Qué es eso… No sé… las cosas que se dicen del amor… es todo tan… ficticio. Y yo sé que es algo ficticio, que es una construcción… social. Peroo… el cuerpo de la rubia es algo real, es algo… inescrutable yyy… yyyy… fatal, fatal… es como el destino, el metejón, diría Joyce.
Es precioso todo lo que acabás de decir de Fer… ¿Alguna vez se lo dijiste?
(descartando) Ella tampoco cree en el amor de pareja.
Te juro que cuando decís esas cosas me dan ganas de tener quince años me-nos. Sos redulce con las chicas. Pero no con ella. Alma te adoraba. Mecha se enloquece con vos, la hacés cagar de risa. Y a mí… me despertás ternura, sos retierno.
(intentando reírse) Bueh, te agarró el complejo de Yocasta.
¿Y por qué no? Sos un borrego lindo. (luego, acentuando el tono irónico) In-cluso DEMASIADO lindo. No sé por qué nunca cogimos nosotros dos.
(Tobi, teniendo una fea reminiscencia, como unas púas dulces que se clava-ran en su alma) Ah… eso ya me lo han dicho, en otro lado. (pausa) Para empe-zar, vos sos la mina de Tir.
Y Tir es, siguiendo tu jerga, mi hombre. Sin embargo, él se encama con otras chicas y chicos, y yo me levanto mis tipos también. No tiene nada que ver. Eso son excusas tuyas. Qué, ¿no te gusto?
(enfático) No, negra, vos para mí tenés uno de los cuerpos más apetitosos que he visto, sos un pedazo de hembra… disculpá la crudeza (Selva se ríe, com-placida).
(después de un silencio) ¿Y si te quedás a dormir conmigo, esta noche? Yo no tengo que ir a ningún lado.
No sé si estoy en el mejor estado anímico…
Vos dejá que de eso me encargo yo.
Ni qué decir que Tobi, joven al fin, se sintió más conmovido que consternado por el ofrecimiento. Pero a pesar de que la conversación lo distrajo bastante, esas palabras le siguieron tecleando en la mente. Sentía una tristeza atroz, algo como una violación, como si le hubieran cortado un brazo, como si le hubieran ocultado que era hijo adoptado, como si se le hubiera muerto un ser muy queri-do: era mucho peor: era la desilusión, que la rubia fuera presa y no animal de presa, al menos en un punto, que la rubia estuviera atrapada por una compul-sión enferma que la arrastraba a ayuntarse con un cuerpo que al mismo tiempo odiaba, de eso Tobi estaba seguro (en la medida en que con la rubia se podía es-tar seguro de algo). Ahora, recontextualizadas, las palabras de la rubia sobre el affaire-Santiago sonaban más naturales. Era asco, fascinación y asco, atracción y repulsión simultáneas, lo que la rubia debía sentir por ese tipo… el flaco pelado y feo… Santiago… el traficante…
¿Lo que lo asqueaba a Tobi era esa especie de incesto (o medio incesto en to-do caso)? ¿Le parecía monstruoso el incesto como acto en sí, y por eso esta re-pugnancia que lo invadía hacia la rubia? ¿O era simplemente amor propio, que la rubia prefiriese a otro tipo por sobre todas las cosas, por encima de él incluso, al menos a la par de él, puesto que, si, como decía, amaba a Tobi (y Tobi no te-nía casi la menor duda de eso), tampoco su cuerpo se resignaba a abandonar el cuerpo de ese otro tipo? El tipo que la había prostituido, también. Prostituir a la hermana. Eso sí que era asqueroso. A la media hermana. Pero, de cualquier ma-nera, ¿era abyecto para Tobi el trabajo prostibulario? No a priori, aunque sólo una vez había visitado un prostíbulo, en la adolescencia, en el cardumen de mu-chachos que iban a iniciarse, a los quince o dieciséis años, con una morena fea y sin formas atractivas, un acto higiénico, ejecutado sólo porque a los quince o dieciséis años el pene es un cuerpo aparte con vida propia. ¿Era abyecto enton-ces que el flaco ese prostituyera a la hermana, la prostituyera con tipos viejos y de guita, tipos que acaso eran amigos de la familia y la conocían de chiquita?
A Tobi el flaco ese le parecía abyecto. A secas. ¿O era, en todo caso, desilusión porque a la rubia se le había caído la careta, no era la diosa inalcanzable sino la hembra promiscua, meramente promiscua, aún con el hermano, aún con el me-dio hermano a cambio de drogas? Y ¿era de veras el medio hermano? Y además, las alusiones contadas a “su hermano”, a su hermano “verdadero” por parte de la rubia eran del tipo de Es un boludo Es un pelotudo No, con el boludo ese no se puede contar. ¿Boludo por qué? ¿Porque no se la había querido coger?
Era una hermana de Nerón, loco, una perversa total (pero él lo sabía, lo sabía desde siempre, desde que la empezó a tratar, desde la primera vez que la vio; eso era lo esencial de la atracción de Tobi por la rubia: que era un abismo, una amenaza, un desafío, un salto a una sima, hundirse hasta lo más oscuro y hondo de la vida). ¿Tenía ahora derecho a quejarse? La rubia le daba lo que él había buscado en ella: peligro, borde, límite, frontera, abismo, instinto, perversión, sexo salvaje, animalidad erudita y refinada, perdición y bruma. Pero nada le sa-caba esa sensación del vientre, esa angustia atroz.
Selva lo invitó a cenar esa noche. Lo llevó de compras, charlaron. No podía saber cuán hondo, cuán bajo le había pegado el asunto de la rubia con el flaco ese, pero podía sospecharlo. Ella tenía una vida, el doble de años que Tobi, y no dejaba de sentir una cierta nostalgia de unos veinte años irrecuperables que veía en Tobi, una mirada nueva e inocente incluso, ante el mundo, una sensación in-augural e irrecuperable. Y también sentía, quizá por eso mismo, una gran ternu-ra por Tobi, una ternura casi maternal, para ella, que nunca iba a tener hijos porque ya casi se le estaba pasando la edad y su hombre era Tir, no había duda, y Tir no sentía la menor necesidad de ser padre, aunque sentía una gran necesi-dad de Selva.
Cenaron. Tobi, con el cuerpo inminente de Selva, se olvidó un poco. Bebieron una botellita de tres cuartos entre los dos, tranqui, saboreando cada bocado y cada sorbo y cada parte de la charla, que versó sobre temas artísticos generales (Tobi ya estaba harto de hablar de su obra, había superado esa etapa, para gran alegría de casi todos sus amigos: esa es la parte buena de que empiecen a publi-car a un artista).
Después, en la cama, fue un asunto distinto. Tobi se mostró extrañamente in-cómodo y como desacomodado a la circunstancia. O sea, el cuerpo de Selva, cuando se fue desnudando ante sus ojos, lo dejó turulato, era un cuerpo esplén-dido, todo de cobre, hasta los senos casi rojos y enormes, hasta la gran boca. No es que no hubiera conseguido la excitación: la desnudez de Selva le produjo una erección de fierro. Era otra cosa. Selva se dio cuenta de la incomodidad de Tobi cuando acercó su mano al miembro del muchacho y él hizo un instintivo movi-miento de retracción, de retroceso, casi de defensa, algo inconsciente que sor-prendió al propio Tobi. Selva le preguntó ¿Qué te pasa, sos virgen?, y Tobi la miró casi con horror; el corazón le latía rapidísimo, todo su cuerpo quedó im-pregnado de una angustia instantánea e irracional. Tobi trató de explicár(se)lo: No sé, debe ser que hace un toco que no cojo sobrio. Me siento como extraño, como… horrible.
Muñeco, si estás lindísimo. Me comería tu pija.
Selva, haciendo gala de una coherencia demoledora, pasó de las palabras a los hechos. Tobi sintió como pocas veces que su miembro se endurecía hasta el do-lor, y, en manos (en cuerpo) de Selva, tuvo un coito y un orgasmo desgarrador, titánico, escabroso, espeluznante, como si toda su vida hubiera deseado nada más que eso, cogerse a Selva, coger con Selva, SER COGIDO POR SELVA. Era ridículo, pero Tobi sentía eso mientras el cuerpo abundante y generoso de Selva se ensartaba contra su pene en las más diversas posiciones. Pero junto a esa co-mo reminiscencia de un deseo anterior a todo, Tobi sintió que coger era el acto más triste que pudiera realizarse. Era desgarradoramente triste, y mientras su cuerpo se desgarraba, se abismaba en orgasmos, su psique se desgarraba, se abismaba en tristeza. Mientras se clavaban uno en el otro, Selva acercaba cada tanto su portentosa boca al oído de Tobi y le susurraba Mi chiquito, cuánto hace que esperaba esto. Tenés un cuerpo riquísimo, te comería todo, y otras frases por el estilo, que, paradójicamente, no hacían otra cosa que entristecerlo aún más. Selva, en un parate, se dio cuenta del ánimo de Tobi y se lo atribuyó a lo de la rubia y Santiago, y, acariciándole el cabello lacio con ternura, besándolo muy suavemente en todo el rostro, le repitió algunas veces, bajito, No estés triste, be-bé, todo eso va a pasar, todo te va a salir bien, baby.
Echaron dos polvos intensos y laboriosamente buenos, y se durmieron agota-dos, realmente agotados. Tobi se durmió de cansancio solamente, porque tenía la cabeza llena de imágenes horrorosas o ridículas o contradictorias que acudían sin que él las llamase y se le mezclaban con palabras que acudían del mismo modo y que lo atormentaron unos minutos, mientras Selva empezaba enseguida a respirar hondo a su lado. Así que Tobi se durmió pensando que todas esas imágenes y palabras que se le agolpaban cada noche en la mente no se debían a la droga, y entonces no le quedaba otra que pensar en algo peor, en que de veras lo que le ocurría todo el tiempo era un delirio ininterrumpido, y que estaba vol-viéndose loco, y lo que lo ponía peor era que sabía y no sabía, tenía el presenti-miento certero pero como esfumado de qué era lo que lo ponía así, pero no po-día identificarlo bien, al origen de eso, de esas imágenes, del delirio de cada no-che o del continuum de imágenes de cada día de su vida desde hacía no sabía cuánto, cuándo, y esa era la peor tortura, no saber, no saber, saber y no saber, saber y no saber y no querer saber, el horror de saberlo algún día y que esa ver-dad lo destruyera para siempre como un rayo.
Al otro día fue despertado a las siete menos cuarto. Se levantó, se bañó, des-ayunó y se fue al laburo. Después de una agotadora jornada de casi doce horas, volvió como a las nueve a su cotorro. En todo el día no había tenido tiempo co-mo para ponerse a pensar en lo de la rubia porque estuvo hasta la cabeza de tra-bajo, así que la pasó tranquilo. Pero durante el viaje de vuelta en colectivo la ca-beza y el vientre se le llenaron de angustia. Miraba con ojos idos el paisaje urba-no atestado de gente, el viaje de una hora en colectivo, con barquinazos y acele-radas espasmódicas, parado entre un cardumen de gente sucia y cansada, y él también, por primera vez, se sentía igual de sucio y cansado: el hastío que le de-primía ver los días de semana a la tarde en las caras de la gente ahora lo sentía pegado a su rostro: ¡tantas horas muertas, tantas horas muertas arriba de los co-lectivos!
Pensaba en la rubia, mirando por la ventanilla sin mirar. ¿Qué le iba a decir?: Mirá, te seguí y vi que estás de nuevo encamándote con ese tipo. Y además sé que es tu medio hermano. No podía. De ningún modo. Era pisarse él y mandar al frente a alguien, porque alguien de la tribu se lo tenía que haber dicho. No te-nía otra que hacerse el boludo, pero no tenía ya fuerzas para fingir, el cansancio de toda una vida, de todo ese año más intenso que varias vidas, se le acumulaba en el cuerpo y le mezclaba las palabras en el bocho, y no tenía ganas de nada, de nada, sólo de acostarse y dormir por toda la eternidad, y despertar doscientos años después con la rubia muerta mucho tiempo atrás para no tener que mirarla de nuevo a los ojos, o no despertarse nunca más y quedarse en el cómodo mun-do onírico, pero ni siquiera tenía esa escapatoria salvo que durmiera profunda-mente, y casi nunca lo lograba, siempre lo alcanzaban las pesadillas, que eran historias absurdas o simplemente historias baladíes que de algún modo inexpli-cable lo angustiaban. Entonces, no quedaba otra que tomar pastillas para dor-mir y desmayarse como una piedra mientras se pudiese.
Cuando se bajó del colectivo, compró pastillas en la farmacia más a mano (“Pastillas, la última esperanza negra”, citó mentalmente, amargamente), y des-pués se dirigió al departamento. Cada centímetro, cada segundo, le pesaban en todo el cuerpo al abrir la puerta de doble hoja de vidrio, caminar hasta el ascen-sor, esperarlo, apretar el botón que lo llevaría hasta el séptimo piso, salir del as-censor. Los últimos metros duraron siglos. Adentro iba a estar la rubia, y él no iba a tener cara para mirarla a los ojos, por lo menos esa noche, y quizá nunca más, sin sentirse un gusano, sin sentir acaso repugnancia por ella. Y todo se le mezclaba, la repugnancia (porque había que llamarla de alguna manera) y el amor (porque había que llamarlo de alguna manera). Caminó el último metro sintiendo un nudo en la garganta, una opresión en el vientre. Estuvo un instante con la llave en la mano, cobrando coraje antes de meterla en la cerradura y abrir.
Adentro estaba la rubia, paseando en su PC por Internet. Cuando sintió que abrían la puerta se dio vuelta con una sonrisa radiante, y le dijo con ternura conmovedora Hola, amor. ¿Mucho trabajo hoy?
Sí, respondió Tobi, Estoy muerto, me acuesto ya mismo. No me hagas de comer.
Enseguida, sin besarla, fue hasta el baño con la campera aún puesta, abrió la canilla de agua fría del lavabo y la dejó correr un rato, mirándola como hipnoti-zado por el chorro que discurría caños abajo. Después se lavó la cara, sacó una pastilla para dormir de la cajita, lo pensó, sacó otra más, se metió las dos en la boca, agarró el vaso de enjuagarse el dentífrico y se tragó las pastillas empuján-dolas con un sorbo. Después se lavó la cara y el cuello, y se quedó mirando al es-pejo, inexpresivo.
¿Qué era eso que estaba mirando? Parecía una ruina, un joven rostro abru-mado, por el dolor o la angustia o el amor propio herido o el amor herido, o todo junto. Estaba tan aturdido, tan obnubilado por eso que sentía que no alcanzó a nombrarlo, a medirlo en palabras. Se secó las manos con la toalla, después la ca-ra, lentamente. Empezó a salir del baño sacándose la campera, la colgó en el perchero empotrado en la pared a la izquierda de la puerta del baño y caminó, achacoso como un viejo, hasta la cama, sin mirar a la rubia, que lo miraba sor-prendida.
Cuando Tobi pasó de largo sin mirarla, ella le dijo Qué pasa, ¿no me saludás, hoy?
Tobi respondió siguiendo de largo sin volver la cara Perdoname, no estoy de humor, estoy muerto. Hasta mañana.
Se empezó a desnudar, mientras la rubia iniciaba una reacción sorprendida. Pero, ¿qué te pasa? ¿Te pasó algo en el trabajo? ¿Dónde dormiste anoche?
Son cosas mías, contestó Tobi sin dejar de sacarse la ropa, No tengo por qué darte cuentas, como vos no tenés por qué darme cuentas a mí.
La rubia se quedó tan descolocada que no atinó a contestar. Eran palabras suyas, pero no esperaba esta reacción de Tobi, esta negativa a mirarla por un la-do, y por otro que Tobi, contra la costumbre que tanto la enfurecía, le hiciese frente, le contestase mal. La rubia se preguntó a qué podía deberse semejante reacción. Y la conciencia humana es tan inextricable, está tan llena de recovecos y de autotrampas, que la rubia, sinceramente, encontró inexplicable la reacción de Tobi. Ni se le cruzó por la cabeza Santiago. Eran dos instancias tan separa-das, era algo tan fuera de su vida en ese departamento, que ni se le cruzó por la cabeza.
Los siguientes días hasta el veintitrés de diciembre Tobi estuvo muy atareado con el estudio fotográfico. Volvía a las cinco o seis de la tarde como temprano y después escribía como loco hasta antes de que llegara la rubia. Ocho menos cuarto se tomaba dos pastillas para dormir de la afamada marca y se dormía como un tronco. Pero no pasaba de las ocho horas de dormir de un saque como una piedra, porque las ganas de mear lo despertaban a las cuatro o cinco, y, una vez despierto, el sentido del deber era más fuerte, así que se sentaba a escribir a su PC con la rubia durmiendo como un ángel. Esto pasó la noche del jueves para el viernes, y lo mismo del viernes para el sábado. Esa noche la rubia trató de despertarlo inútilmente para organizar alguna salida, pero, bufando, se tuvo que rendir. El sábado, Tobi se despertó a las cinco y media y se fue de inmediato a la Biblioteca del Congreso a escribir a mano y a leer; como a las once se dirigió hasta el domicilio de su hermano, y se invitó a comer. Almorzaron encantados de verse, Tobi doblemente en secreto, y Tomi sorprendido por la visita a una hora desusada para los sábados de Tobi (Te hacía acostándote, a esta hora, lo saludó Tomi cuando le abrió la puerta de su departamento).
Tobi se quedó en lo de su hermano hasta las cinco. Se bañó y se cambió allí, le dejó la ropa restante a Tomi, y se fue para el laburo, porque tenían con Freddy que “hacer” una fiesta fashion para una revista. Trabajo fácil, y lindo, rodeado de mujeres a veces bellísimas aunque demasiado altas.
El domingo ni apareció por Lambaré 149; tampoco por Parque Chas. El lunes a la noche, cuando le quiso hacer de nuevo la jodita de dormirse temprano y sin hablarle, la rubia se cansó y ni bien volvió del laburo lo empezó a sacudir hasta que lo despertó. Tobi estaba con una somnolencia más fuerte que su cuerpo, y la rubia no lo podía despabilar del todo; Tobi la miraba un segundo con los ojos apenas entreabiertos y volvía enseguida a cerrarlos. Después de patear la cama tres o cuatro veces, furiosa como un tigre, empezó a revisarle los cajones lo más ruidosamente que pudo hasta que encontró, en la campera de jean, la cajita con pastillas. Acto seguido, con una maléfica sonrisa de triunfo, fue hasta el venta-nal, corrió el vidrio, y, por los agujeritos del enrejado, con refinada crueldad fe-lina, de a una, fue tirando las pastillas hacia la calle; después hizo un cigarro de la cajita y la pasó por un agujerito. Una vez realizada esta tarea, se dispuso a na-vegar por Internet hasta tarde, mirando de vez en cuando hacia la cama y pu-teando por lo bajo. Después acomodó el despertador a las cuatro y media, lo pu-so debajo de la cama del lado de ella y se acostó, sin comer. Cuando se metió ba-jo las sábanas, le encajó a Tobi una patada en la pantorrilla izquierda y tres trompadas entre los omóplatos, hasta el punto que Tobi, profundamente dor-mido, emitió un quejido de dolor. Una trompada pegó en plena vértebra y le de-jó los nudillos hechos mierda a la rubia (y la espalda hecha mierda a Tobi).
Cuando Tobi se despertó, como a las cinco de la mañana del martes, a mear, la rubia lo estaba esperando sentada a oscuras en la penumbra de la mesa. (A la rubia solían gustarle esos detalles teatrales o cinematográficos: tenía el foquito de arriba de la cocina prendido y fumaba un cigarrillo que echaba su humo azul a contraluz, y se la veía en espectro, sólo el bulto de sus cabellos ennegrecidos por la sombra salvo en los bordes dorados por la luz, como un eclipse). ¿Se puede saber qué mierda te pasa a vos?, preguntó en tono desapacible.
Me meo, fue toda la respuesta de Tobi, tras de la cual siguió caminando hasta el baño.
La rubia se levantó furiosa ¿Qué mierda te pasa, la concha de tu madre? ¿Qué carajo hice ahora, para que estés así enculado conmigo? ¿Por qué me es-quivás? Tenía una mano apoyada contra el pecho de Tobi.
Cuando las preguntas de la rubia terminaron, Tobi se sacó la mano del pecho tirando un manotazo violento y contestó No hiciste nada… que no hayas hecho antes… puta. Y se metió en el baño aprovechando los segundos de estupor de la rubia.
Segundos nomás, porque enseguida la rubia empujó la puerta del baño y le espetó a Tobi, mientras éste meaba profusamente Por supuesto que soy puta, pelotudo. Y a vos te encanta. ¿Qué bicho te picó ahora?
Tobi, mientras sacudía su bicho y lo enfundaba de nuevo, sin mirarla, a lo Harry El Sucio, le contestó Mirá, si te lo digo te tengo que cagar a trompadas y echarte ya mismo de acá. Así que no quiero hablar. Esperá que se me pase.
La rubia suspiró profundamente; sus anchas fosas nasales se hincharon. Los ojos ardían, fulminándolo a Tobi, que no se dignaba a dirigirle una mirada. Pen-só. Pensó. Cuando Tobi la miró casi con odio, la rubia dijo No hice nada que jus-tifique que me eches. ¿Qué, te fueron con algún cuento? No sé, no se me ocurre nada.
¿Santiago no se te ocurre?, dijo Tobi apretando los dientes, mirándola con un helado desprecio.
La rubia se puso blanca, tartamudeó casi. Trató de sonreír, súbitamente ner-viosa Ja. Le compro droga, nomás, me hace precio, es re buen dealer. No me estoy acostando con él, tonto. Luego de decir estas palabras se tranquilizó mu-chísimo, recuperó el aplomo. Estaban ridículamente amontonados contra la puerta del baño, odiándose. La rubia se rió Mirá que sos tonto, ¿eh? ¿Cómo te vas a comparar con él?
Tobi pareció también tranquilizarse; dejó que la rubia le apoyara las manos en el pecho, cariñosa. Se guardó la carta del medio hermano, la carta de haber-los visto saludándose en la puerta de lo que seguro era la casa de Santiago. En ese momento, mientras la rubia lo besaba suavemente, sonriendo, en los labios, Tobi dudó; no había visto nada, en realidad; todo podía ser. No podía decir que la había seguido, porque era el acabóse, la rubia iba a querer matarlo. Pero de todos modos, devolviéndole con gran esfuerzo los besos, le dijo Rubia, perdo-name pero estoy muerto en serio, tengo dos horitas más para dormir, es hasta el jueves y después se termina.
Así que se fueron a acostar en apariencia reconciliados. Cuando se metieron bajo las sábanas, la rubia buscó el abrazo de Tobi, que se durmió boca arriba, con las manos de la rubia contra su pecho, con los cabellos regados contra su hombro izquierdo.
Del jueves veintitrés de diciembre hasta el cinco de enero, Tobi tenía vacacio-nes en el estudio, y pensaba pasarlas en Tandil. Ahora, más que nunca, necesi-taba distancia, pensar tranquilo, alejarse de la presencia contaminante de la ru-bia que le invadía cada recodo de su vida, de su mente. Sin embargo, en los ata-reados días de trabajo, se hizo tiempo una mañana para hacer trámites en una embajada, para sacar la visa. Las vacaciones con la rubia lo esperaban, segura-mente, y ahí se iba a definir todo. ¿O antes? ¿O después?
Esa semana fue fructuosa para la rubia: logró vender la casa y se pasó las ma-ñanas de varios días averiguando para comprar otra en Almagro o Caballito. En-contró rápido opciones potables, porque el que le compraba la casa de Saavedra lo hacía casi totalmente en efectivo gracias a un seguro cobrado, de modo que la rubia pudo disponer de ese dinero en mano para arreglar en seguida. El martes veintidós arregló para comprar una casa en Caballito, a treinta cuadras de Lam-baré. Era el domicilio más proletario que hubiese conocido la rubia en cuanto a su ubicación geográfica: por primera vez dejaba Barrio Norte. Era toda una elec-ción. Era elegir a Tobi. No se perdió en cavilaciones y dudas e idas y vueltas so-bre el asunto. Ya estaba, era así, se amaban o lo que fuera.
Necesitaban aflojar, la rubia se estaba dando cuenta, con el asunto de las dro-gas. El cuerpo de Tobi la había enviciado, ese año había sido terrible, sobre todo la convivencia del último cuatrimestre. Lo habían pasado sacados, matándose con droga y sexo y alcohol, las orgías de primavera habían sido terribles. Las ad-vertencias de Tir sobre Tobi la pusieron en alerta, y verdaderamente, mirándolo, se lo veía cansado, muy flaco, ojeroso como nunca, como fundido, como pidien-do un break. Ella también se había zafado como nunca; había sido un año de re-viente total, y el chico lo había sentido. Era cierto, estaba un poco raro, más raro que nunca porque sus silencios de siempre se habían profundizado esas sema-nas. Esos silencios extensos y exasperantes para la rubia. Pero lo amaba, sí, lo amaba. Por primera vez en su vida se lo aceptaba, sorprendida y complacida. Sí.
Esa semana, Tobi se iba para Tandil a pasar las fiestas. Quedaron en llamarse para Nochebuena y Año Nuevo, en no verse hasta el año siguiente. La rubia pa-saría ese período ultimando los trámites legales de la venta de su domicilio en Saavedra y la compra de su nuevo hogar en Caballito. A mediados de enero, cal-culaba, iba a poder mudarse.
Esa semana última juntos, la noche del miércoles, cenando reconciliados en el departamento de la calle Lambaré, la rubia hizo el ofrecimiento que Tobi había temido y deseado durante semanas: lo invitó a vivir con ella, en su casa, como pareja. A ella no le importaba que Tobi trabajase o no. Si tenía que man-tenerlo, ella sabría cómo. Tímidamente, como una chica de quince, poniéndose colorada y bajando la vista le dijo que lo amaba, que lo amaba como nunca había amado a un hombre, y que le parecía que a él le pasaba lo mismo con ella. Tobi, confuso también por las palabras de la rubia, asintió; él también la amaba como nunca había amado a una mujer; en rigor de verdad, era la primera vez que se enamoraba. Era fuerte lo que ella le pedía. Él tenía veinte años, estaba verde para todo, eso lo hacía dudar, para él que todo eso de la convivencia defi-nitiva iba a pudrir lo que había entre ellos, lo iba a tornar pedestre y rutinario, y una vez aplacada la pasión, se iban a aburrir uno del otro, pero eso era la histo-ria perpetua de cada pareja de la especie, y nadie lo podía cambiar, y aunque él pensara eso, supiera eso, su deseo era vivir con ella, porque la amaba.
Que Tobi recordase, era la primera vez que se hablaban tan de frente, sin ta-pujos. De frente, no soltando frases en medio de la furia o de la pasión o de la ternura de un instante. Yo no sé cómo puedo ser tan histérico, se reconvenía mentalmente Tobi al decir sus palabras antecitadas, porque mientras las decía, mientras expresaba sus sentimientos más hondos y más sinceros respecto de la rubia en la emocionada cara misma de la rubia, algo en su cráneo le susurraba No seas pelotudo, te estás entregando atado de pies y manos a un demonio, esta mina te va a matar, de algún modo te va a matar, te va a matar de pena o de amor o de odio. Y al mismo tiempo otra voz le decía a la primera que se callara, que no fuera estúpida, que eso quería él, la rubia, es decir, la perdición, el abis-mo, el aniquilamiento, el borde.
El jueves a la tarde, Tobi juntó algunos de sus bártulos y fue despedido en Constitución con muchos besos por la rubia. Viajó durmiendo, o haciéndose el dormido, todo el viaje, para evitar charlas insulsas.
Una apostilla.
En esos días, entre finales dados libres, saliendo de la Facultad, Tobi se cruzó con Helena. ¡Helena!: hacía meses que no la veía. Se pusieron a charlar. Se invi-taron a tomar un café en un bar de enfrente. Conversaron de sus vidas.
Ella iba a largar los estudios. Se casaba con un tipo, no estudiante universita-rio, de Martínez. Por la descripción que de él hizo Helena, era el típico tipo de guita, con moto superpoderosa, sin ningún atractivo intelectual, alto y fornido, quizá rubio y alto y fornido y bronceado, con papá empresario. Tobi escuchó esos detalles con melancolía. Era una extraña para él, no entendía cómo alguna vez podía haber salido con Helena: una vacía, una minita de clase media baja que estaba rebuena y que había conseguido un macho superpoderoso (es decir, en una sociedad en la que el poder lo da el dinero, un tipo con mucha guita) pa-ra casarse, destino de hembra deslumbrante descerebrada. Era lo suyo.
Helena se alegró a su vez con su simpática sonrisa habitual de que Tobi estu-viera trabajando y a punto de publicar una novela, que se estuviera convirtiendo en lo que quería: un escritor. Al mismo tiempo, Tobi pudo captar una especie de melancolía, de agridulce sensación en la piba. ¿Eran morriñas de él? ¿O sim-plemente era que lo veía flaco y como una pintura corrida o una foto movida, flaco y triste y como sin luz? ¿O era simplemente que ahora él, Tobi, el primer tipo que la había hecho sentirse una mujer entera, que la había seducido por completo, era un pelagatos al lado de lo que había capturado (todo esto sentido más que pensado, y no en estos términos, claro), y lo que la ponía melancólica era que ella podría haber tenido ese destino, casarse con un pelagatos escritor-profesor-de-literatura?
Se despidieron, ya de nochecita, porque el novio la pasaba a buscar a las nue-ve por la Facu. Tobi la acompañó hasta la puerta, se despidió de la piba con un beso ruidoso y cariñoso (de parte de ella), y la miró cruzar la calle con un brazo levantado, gritando ¡Acá estoy, acá estoy!, a su novio, un concheto alto y forni-do en una moto de no sé cuántas cilindradas, gigantesca y que metía un ruido de los mil demonios, un tipo alto y rubio y con aspecto de visitar seguido los gim-nasios, onda el que hacía de ruso en Rocky IV. Así, con el pelo rubio al rape y jo-po y cara de nada.
Se quedó solo en la vereda mirándolos irse, mientras Helena se daba vuelta para saludarlo con la mano, sonriente.
El jueves a la noche, el tren llegó a Tandil. Los padres lo notaron en seguida muy cambiado. Era como un hombre, pero un hombre serio, triste, silencioso. Para colmo, Tobi venía mufado por la compañía del viaje, unos boludos que vi-nieron charlando todo el tiempo, él con los ojos cerrados y con la croqueta ocu-pada esas cuatro o cinco horas de viaje en analizar, por enésima vez, todo el qui-lombo que tenía en la cabeza. Tomi iba a caer para fin de año.
Al otro día, el show de las visitas a los familiares, que servía al menos para matar el tiempo. Primero la abuela, que lo recibió a almorzar al mediodía si-guiente unos riquísimos ravioles. Tobi, desacostumbrado a comer bien y abun-dante, sintió el efecto en el estómago al segundo plato, detalle que alarmó a la abuela. Estás recontra flaco, le dijo, ¿Te tienen mal las chicas porteñas? La mi-rada pícara de la abuela, vital y optimista y burlona. ¿Seguís andando con esa chica rubia que me contaron tus papás? Dicen que es preciosa. Me la tenés que presentar. Tobi asintió, sonriendo complacido. La mirada pícara de la abuela. Contó sus avatares anuales: dejó de cursar primer año para dar libre, empezó a trabajar en un estudio fotográfico, la rubia estaba viviendo con él y se iban a mudar juntos a otra casa, comprada por ella, a mediados de enero (O sea que te vas a juntar, interrumpió la abuela, ¡Tan chiquito, nene! ¿cuál es el apuro?; Yo mismo me pregunto eso, respondió Tobi, ambiguamente irónico; O sea que es-tás enamorado, insistió la abuela; toda palabra es una síntesis de experiencia para hacer más inteligible el mundo y los actos de los hombres, pensó Tobi, y asintió Sí, porque explicar todo lo que sentía por la rubia iba a ser complicado de entender hasta para él), el cinco de enero entregaba el borrador final de su primera novela a publicar, como a mediados de año. La abuela sabía casi todo eso, pero igualmente se emocionó con el detalle del libro, y un poco también por saber que el nene se le juntaba, que ya era todo un hombre, cuando ayer nomás correteaba por la vieja casa criolla tirándole piedras a las gallinas a escondidas de los grandes.
A la tardecita, como a las seis, la hora en que todas las sierras se tiñen en ve-rano de un oro parco, la ciudad queda envuelta en una luminosidad de contralu-ces, los niños gritan y juegan al fútbol en las calles sin tránsito o en los potreros de las afueras, visitó a los tíos, hermano de la madre, la primita que ya andaba por los dieciocho y pensaba irse a estudiar Medicina a Buenos Aires, los polvos que pensaría echarse con Tobi: recibió la noticia de la juntada de Tobi con una porteña con una cara de culo súbita y ostensible. Finalmente, al otro día, las dos parejas de tíos de la familia del padre, hijos de los otros abuelos, ya muertos, cuatro primos más entre los dos, dos varones y dos chicas, entre ellas Carla, la más grande, que ya estaba casada, y los tres más chiquitos, de doce años para abajo, hasta los nueve. Los mellizos eran los mayores de la familia después de Carla. Más tarde lo que quedaban eran tías abuelas, numerosas, y primos se-gundos o primos tíos, toda la parentela multitudinaria que se juntaba para fin de año.
El jueves treinta, Tobi y los padres van a la estación de ferrocarril a recibir al restante miembro de la familia. Llega el tren pasadas las once, con algún re-traso. Imprevistamente (Tobi un poco más y se cae de espaldas) atrás aparece la rubia, con gesto un tanto ansioso, buscando a Tobi con la mirada. La aparición sirve para contextualizar y comprender la cara de fastidio de Tomi al aparecer en la escalerita.
Todo esto merece ser contado desde el principio.
Ese jueves, a las tres de la tarde, Tomi, que se había llevado el equipaje hasta la librería, salió directamente del trabajo para Constitución. Entre pitos y flau-tas, llegó y media pasadas; le quedaba una hora, así que se sentó en el andén a comer unos sánguches y leer tranquilamente “La tía Julia y el escribidor”, de Vargas Llosa, entre risas. Como a las cinco y cuarto permiten a los pasajeros que se han ido amontonando en el andén que suban. Cinco y veinticinco pasaditas, Tomi casi sufre un soponcio al ver que aparece en el compartimiento la rubia con una valija mediana. Con enorme incomodidad, se saludan, un beso en la mejilla. Son tres más en el camarote. La rubia se sienta enfrente. Se quedan me-dio minuto sin saber qué decirse, mirando para el costado. Luego Tomi pregun-ta ¿Tobi sabe que vas?
La rubia duda. Nno… quería darle la sorpresa.
Mierda de sorpresa que le vas a dar, piensa Tomi, Con lo que le gustan a Tobi las sorpresitas. Capaz que lo agarra en un telo con una mina.
La rubia saca del bolso de mano un libro de Jünger, que a Tomi le causa la misma sorpresa y el mismo susto que si sacara una escopeta de doble caño. Los dos se dedican un rato a leer, pero el viaje es largo, y en algún momento no que-da más remedio que charlar.
¿Qué tal el editor? ¿Lo conocés?
(haciendo un gesto tranquilizador con la mano derecha) Sí, no lo va a cagar. Además, el tipo quiere hacer historia como editor de grandes escritores nue-vos, y está loco con Tobi. Le va a editar la novela a los pedos para llegar a la Feria y llevarlo a algún programa cultural y conseguirle un par de notas en suplementos culturales, más no puede, pobre, y a final de año tiene pensado editarle un volumen de poemas.
Están buenísimos los poemas que le han publicado en la revista esa. Es un hijo de puta, nunca me quiso mostrar nada.
Hay incomodidad en la mitad de la frase: los dos saben que esos poemas hablan de ella.
(rubia, incómoda al escuchar, un tanto triunfante al hablar) Sí. A mí al prin-cipio no me quería mostrar nada, era como si lo estuvieran por violar, ahora me muestra algunas cosas. (se ríe) ¿Te acordás la cara que puso cuando me le acerqué a la computadora el día que lo conocí?
La expresión de Tomi se ensombrece, la cara se le pone toda roja, casi como al hermano cuando se pone furioso. No puede reprimir un gesto de desagrado, dice No me parece delicado hablar de esa época.
La rubia lo mira de pronto seria, intrigada; mira para los costados, como acordándose de que hay tres personas más en el camarote. No me digás que te-nés la sangre en el ojo. Tomi la mira como para matarla. La rubia acerca su cara a la de Tomi ¿Qué te pasa?, si me pateaste vos.
Tomi también mira para el costado. Igual, es de mal gusto.
La rubia hace con la boca el gesto de ¡Uuuh, no me saltés con esa!, y aparta el rostro. Agarra el libro que permanecía sobre la falda y sigue leyendo.
No hablan más en todo el viaje, salvo cuando la rubia levanta la vista para preguntarle la hora. Ya falta poco, esa era Rauch, contesta Tomi.
De modo que los tres Peña que esperaban se quedan diversamente sorpren-didos por la dorada aparición. Tobi, directamente shockeado, sin ninguna emo-ción precisa. El padre, con una sonrisa simpática de bienvenida. La madre, con un gesto de cierta contrariedad, que se expresa en una mirada sin palabras a Tobi, y en una elocución, después de los besos ruidosos de suegra a nuera, que es la siguiente: Ay, nena, hubieras avisado que venías, y te preparaba comida para vos también.
Hay algo que los pone incómodos a los dos mellizos, sentados atrás y en si-lencio, en el remis (la rubia de costado, contra la ventanilla izquierda, sobre la falda de Tobi para que entren cuatro, incluida la madre): ¿van a dormir los tres en la misma pieza, Tomi abajo lívido a cada crujido que emita la madera, Tobi y la rubia arriba, sin mucha privacidad que digamos y seguramente con ganas de manosearse un poco? El único tranquilo es el padre, adelante. La madre va pen-sando en cómo alimentar a los dos estómagos, por más que la rubia le ha acla-rado tres veces desde el saludo inicial que ella, previendo la situación, ya ha co-mido varios sánguches de jamón y queso en el tren. El viaje bien, mucha gente en los camarotes, todos para Tandil. Increíble que haya tanto tandilense dando vueltas por Buenos Aires. Pensar que se deben cruzar todo el tiempo y ni se co-nocen. Tobi recuerda, para algarabía general, una anécdota del CBC, cuando re-cién empezaban; resulta que Tobi andaba perdido, porque, amarrete como siempre, insistía en ir caminando a la Facultad; bueno, la cosa es que, totalmen-te desorientado a pesar de que va por el cuarto día de cursar, decide parar a un tipo para preguntarle en qué calle está (porque como se sabe, en Buenos Aires muchísimas esquinas no tienen ninguna indicación): el tipo le responde En Tandil; Tobi se queda duro, y lo mira al tipo tratando de sacar de dónde lo pue-de conocer; le pregunta de nuevo y el tipo, un tanto perplejo, le dice de nuevo En la calle Tandil. La rubia se ríe mucho, Claro, está por ahí. Tobi (y Tomi tam-bién) se quedan sorprendidos ante la simpatía de la rubia: nunca la habían visto reírse en taxi o remis.
El remis los deja en su domicilio. No hay ni un alma en la calle, todavía: ense-guida van a empezar a salir los jóvenes para los pubs del centro, aprovechando que el treinta y uno no se trabaja. Va a ser una joda viva, porque tocan tres días seguidos sin trabajo: esa noche, el viernes de año viejo, y el sábado.
Una vez adentro, la madre sigue expresando su preocupación por cuestiones prácticas. Si sabía que venías pedía un colchón. Ella dice que no se haga pro-blema, que por dos o tres días que va a estar, comparte la cama con Tobi. Los mellizos no se miran, pero hay tensión en sus gestos.
Para cenar: milanesas a la napolitana. Tobi, grandísimo glotón, se come todo ese masacote de carne, pan rallado, muzzarella, jamón cocido y salsa pesadita, en sánguche, con abundante mayonesa. A instancias de la madre, que la obliga con su insistencia a cenar a la rubia, Tobi no repite hasta que todos han acabado de comer. La madre recién lo deja comerse una de las dos que sobraron cuando está juntando los platos. Le comenta a la rubia ¿Vos le cocinás a este animalito todos los días? Te hamacarás bastante.
La rubia sonríe, Sí. Todas las noches, en realidad, porque al mediodía come en el trabajo.
Tobi (y Tomi también) la mira a hurtadillas, sorprendido. Totalmente distinta a la otra venida suya: simpática y cordial y cálida, la seduce de a poco a la ma-dre, que no la traga del todo.
Se quedan charlando hasta muy tarde (salvo Tomi, agotado), tomando té con bombilla en una única jarra enorme y comentando anécdotas de la niñez de To-bi (los padres) y de la convivencia en Buenos Aires (la rubia). Los nenes eran muy indios de chiquitos. Especialmente Tobi, pero los dos. Casi todas las sema-nas alguno de los dos volvía con la nariz o la boca sangrando porque se habían agarrado a piñas con la barrita de la otra cuadra. La cicatriz esa que tiene Tobi en el pómulo es un alambre San Martín que le pegaron una vez que los corrie-ron, de chiquitos. Sí, la rubia ya sabía, asiente sonriendo. Muy indios. Tobi lee desde muy chiquito, desde los tres o cuatro años ya andaba metiendo letras de los libros de cuento. A los diez años leía a Julio Verne, La isla del tesoro, Robin-son Crusoe, los libros de Mark Twain. Sí, la madre es profesora de castellano. Esa colección de libritos blancos que está en la biblioteca del living ya se la había leído toda a los trece, era voraz, cómo leía. Y empezó a escribir de chiquito, cuentos al principio. El desgraciado, cuando empezó el Polimodal, se le dio por tirar los textos suyos que no le gustaban; ella alcanzó a rescatar unas pocas co-sas. Acto seguido, para vergüenza, enojo y rubor de Tobi, la madre va a buscar su archivo de escrituras infantiles. Vuelve con una gran caja forrada en papel araña verde, y empieza a sacar cuadernos, carpetas y hojas sueltas de tonalidad ocre y llenas de una letra infantil o rápida, confiada, adolescente. Todo está or-denado por año, hasta donde ella pudo fijar fechas. Es como un museo de Tobi. De chiquito ya se veía que iba a ser escritor, le encantaba, dice la madre, para gran carcajada de Tobi. ¡Pero mami, cómo ibas a saber eso a mis diez o doce años, no seas bolasera! La rubia, muy gozosamente, lee unos cuentos muy bre-ves escritos a los nueve o diez años de Tobi, algún poema corto y naif. Bueno, no es peor que el peor Octavio Paz, comenta, mirándolo con un brillito en los ojos a Tobi, que no lo puede creer. Sobre todo porque al comentario y la mirada siguen unos besitos en sus labios, mimosos, de noviecita enamorada: JAMÁS la rubia le ha demostrado esa ternura en público; casi nunca en privado, incluso.
La rubia a su vez cuenta que Tobi escribe todo el tiempo, en casa (¡¡¡!!!). In-cluso a veces duerme una siestita en el medio para poder seguir después de la cena. Yo lo despierto cuando llego del trabajo, más o menos cuando la comida está lista.
La madre le pide que le cuente cosas de ella. Éste es más cerrado y esconde-dor que no sé qué, no le podés sacar nada.
La rubia sonríe. Bueno, ella se crió en Palermo, cerca de la avenida Coronel Díaz. Hasta que se mudó a Almagro con Tobi, hace poco, vivía en Saavedra, casi afuera de la ciudad. Estudió de todo, aparte del colegio, casi todas las artes, de chica. Pintura; escultura; cerámica; danza; teatro; idiomas; talleres de escritura; música, particular; en fin, de todo. De chica le gustaba pintar, así conoció… a uno de los mejores amigos de los dos, que es curador de cuadros. Ahora estudia Antropología, libre, va terminando cuarto año. Quiere hacer Antropología del arte. Qué cosa sea eso, no le pregunten a Tobi. La casa nueva es preciosa, Tobi todavía no la conoce. Es bastante grande, sobre todo para dos, quedan habita-ciones para cuando ustedes vayan a Buenos Aires. Tiene un patio al fondo, con un árbol, y hay una habitación que ya está destinada a Tobi, para que pueda es-cribir y estudiar tranquilo, lejos del bullicio de la calle. El editor es muy vocacio-nal, muy buen tipo; está enamorado de la literatura de Tobi, piensa que es un genio, poder escribir así a los veinte años. Los padres se hinchan de orgullo.
La rubia pide permiso para ir al baño. La madre comenta, por lo bajo, en el interregno, ¡Pero qué simpática! ¡Y te adora, se le ve en los ojos! Tobi asiente tratando de no dejar traslucir su sorpresa, pero SABE que la rubia está actuando de Nuera Deliciosa. Esta hija de puta tendría que ser actriz, ganaría el Oscar to-dos los años, piensa Tobi mientras hace que sí con la cabeza.
Son como las dos de la mañana, y los padres, cansados, dan las buenas no-ches y los dejan solos en la cocina. Los dos tórtolos esperan a que los padres se laven los dientes y todas esas cosas que se hacen antes de acostarse. Tobi la mira a los ojos de muy cerca, para escudriñarla mejor. La rubia le devuelve una mira-da con el mismo brillito enamorado y le da un beso breve en la boca. ¿Te sor-prendí con la visita?, dice, sin dejar de sonreír. Quería recibir el dos mil con vos, agrega. Tobi sonríe, sin dejar traslucir nada definido, mirando para abajo, como pensativo. ¿En qué pensás?, le dice la rubia.
Tobi levanta la vista y le dice En muchas cosas y en ninguna. Me alegra mu-cho que estés acá, agrega, haciendo un gesto con la mano derecha. Soy un Paci-no, piensa. Se ve con la misma expresión que Michael Corleone antes de sacar el bufoso en el restaurante para matar a Sollozo y al policía corrupto.
La rubia vuelve a besarlo, mirándolo siempre como una ninfa enamorada, y le dice, tras un silencio bastante largo, ¿Vamos a acostarnos?
Tobi hace un gesto de incomodidad. Bueno, vamos, dice finalmente. No se atreve a decir nada más, no se atreve a decir Mirá que está Tomi en la cama de abajo, ojo, no te zafés. Él también está agotado por la llegada de la rubia. De pronto cambia de expresión y le pregunta muy bajo ¿Trajiste…?, haciendo un gesto de fumar.
Hay que armar, dice la rubia, Mejor mañana.
No sé si me voy a poder dormir, me abriste el apetito, replica Tobi, siempre en voz muy baja. La rubia le señala con el pulgar en dirección a las piezas. Eso hace desistir a Tobi. La rubia saca de la valija un camisón y un cepillo de dien-tes, y se mete en el baño. Tobi se queda en la cocina. Una vez solo, resopla.
Cuando la rubia sale del baño, Tobi la mira: tiene un camisón de verano, con dos tiritas para sostenerse sobre los hombros, totalmente transparente, que apenas llega más abajo del pubis: sin bombacha. Escandalizado, le dice, en la voz más baja que puede ¿¡Pero vos estás loca, cómo te vas a poner así!?
La rubia se sorprende Siempre duermo así en verano, lo sabés.
Tobi hace un gesto que quiere decir, Sí, pelotuda, pero no estamos solos en la pieza, no seas desubicada. Finalmente, accede a dejarla entrar con la ropa en la mano y la luz de la pieza apagada, con la puerta abierta del baño que da justo a la pieza de los mellizos. La rubia deja su ropa sobre la cómoda y después se sube a la cucheta, en la semipenumbra. Tomi, despierto, mira ESTUPEFACTO la desnudez de la rubia bajo el camisón cuando se sube a la cama de arriba. La ru-bia se tapa y se queda boca arriba, con los ojos abiertos, esperando a Tobi. Tomi, abajo, cierra los ojos cuando siente que Tobi cierra la canilla del baño. Mientras tanto, han estado, uno abajo, la otra arriba, la respiración un tanto agitada, unos buenos tres minutos, mientras Tobi está meando y lavándose los dientes.
Finalmente, aparece Tobi, ya desnudándose. Deja la ropa más o menos do-blada sobre una silla y va a apagar la luz del baño. Luego se trepa, en calzonci-llos, a la cucheta de arriba, y se mete entre las sábanas con la rubia, que está del lado de la pared. Enseguida la rubia se pega a él, y le cruza una gamba por arri-ba. Tobi la separa un poco, apoyándole una mano sobre un seno. La rubia inter-preta mal esa mano, y se aprieta más, soltando una risita casi inaudible, y be-sándolo. Abajo está Tomi, con los ojos como el dos de oro y la pija al taco. Lo peor del caso es que arriba Tobi también está con la pija al taco, y eso es inter-pretado por la rubia como aquiescencia, y los manotazos casi desesperados de Tobi para defenderse de las manos de la rubia son interpretados por ella como un jugueteo divertido. Al final Tobi le tiene que aprisionar las muñecas a la ru-bia y decirle en voz lo más baja posible ¡Pará, loca, que está Tomi abajo! La ru-bia suspira y se separa, pero igual insiste con unos besitos mimosos, con unas caricias que a Tobi no lo enfrían demasiado (y ni que hablar de Tomi abajo, es-cuchándolo todo).
A la mañana siguiente Tomi se despierta como siempre, tempranero. Como a las ocho y media se levanta a tomar mate. Mientras se viste no puede evitar echar un ojo a la cama de arriba. Están durmiendo destapados, boca arriba To-bi, la rubia con una pierna cruzada sobre el muchacho. Se le ve clarito la con-cha, porque el camisón, a más de transparente, es tan cortito que lo tiene levan-tado por encima de la cintura. Tomi suspira. Lo mira a Tobi, que duerme el sue-ño de los justos, y después, lanzando un profundo suspiro, abre la puerta de la pieza y se mete en el baño. Flor de paja que se hace; vergonzoso, como un chico de catorce, un asco. Cuando la agarre a la negra la amasijo, piensa, mientras se llena la mente del cuerpo de la rubia.
Tobi se despierta a las diez y pico, con el cuerpo de la rubia encima. La mira, desperezándose; con el cabello revuelto y el rostro lagañoso, igual es preciosa. La aparta de sí y no resiste la tentación de abrirle las piernas y despertarla la-miéndole la concha. La rubia se despierta entre retorcimientos, abre los ojos, mira a Tobi allá abajo. Sonríe Cerdo, hola, ¿qué estabas haciendo?
Tobi le dice Me voy a lavar los dientes y después vuelvo y te parto en cuatro.
Vuelve a los cinco minutos y se quedan revolviéndose en la cama hasta me-diodía, cogiendo entre risitas ahogadas y gozosas.
Se levantan como a las doce. En la cocina, la madre toma mate en silencio con Tomi. La madre aún no empezó a cocinar, previendo que el más dormilón de los dos mellizos y su novia no iban a despertarse hasta la una, una y media. Comen unos fideos con tuco muy ricos (la rubia elogia calurosamente la salsa) a las dos y pico de la tarde, con el padre, que ha vuelto de dar vueltas por el cen-tro. Hacen la digestión y charlan de sobremesa como una hora.
A las tres y media la comitiva queda libre. El padre y la madre se quedan mi-rando por el trece un programa especial sobre la llegada del año dos mil. Tomi vuela para la casa de la novia, más que nada para no tenerla enfrente a la rubia. Los dos tórtolos se quedan pensando en qué hacer. Salir, seguro. El tema es a dónde. La rubia, que ha escuchado en la casa menciones frecuentes a la abuela, y a las ganas que tendrá de conocerla a ella, propone ir. Tobi dice que sí, pero que mejor salir al centro a dar una vuelta y caer un poco más tarde, bañados y cambiados.
Van al centro. Allí se cruzan con cuatro o cinco conocidos de Tobi. Charlas de cinco minutos donde cada uno le cuenta al otro qué es de su vida. Casi todos sus amigos trabajando o sin trabajo, uno solo que estudia en Tandil y menciones a otro que estudia en Mar del Plata. Pasean, la rubia mira negocios. Los hombres la miran. Hace un día precioso, sin una nube; el pueblo está espléndido con sus calles empedradas y sus casas construidas a metro o metro y medio por encima de la vereda, detalle que le encanta a la rubia, con sus árboles enormes echando sombra y frescura por las veredas rotas. Se pasean de la mano como dos enamo-rados adolescentes; la rubia parece una adolescente enamorada, de verdad; has-ta Tobi duda. En un momento, ella le pregunta o le dice Che, ¿y si algún día vi-vimos acá? Cuando seamos viejos, para criar a los hijos. Los traemos a Tir, a Mecha y a Selva, y hacemos mierda el pueblo. (pensativa, soñadora) Me gusta-ría envejecer en un pueblito así, tranquilo, criar a mis hijos en un ambiente sa-no, que puedan salir solos a la calle.
(Tobi, azorado) ¿Hijos? ¿Pensás tener hijos conmigo?
No te asustés, después de los treinta, treinta y cinco. Lo he estado pensan-do… me gustaría criar hijos de grande, como si fueran nietos. Disfrutarlos. Hijos tuyos… Vos para esa época ya vas a tener una carrera consolidada y de-rechos de autor, porque tus novelas van a ser traducidas a varios idiomas, y vas elegir adónde vivir y cuándo, y vas a cobrar conferencias internacionales caro, y con eso y los derechos de autor vas a estar desahogado. Un Víctor Hugo argentino (sonríe). Entonces, cuando nos vayamos a diversos países, porque yo no te pienso dejar ir solo a esos lugares llenos de estudiantes de le-tras calientes con vos, dejamos a los nenes estudiando en casa de tus viejos. Tu vieja va estar chocha, con tres o cuatro tobis correteándole y rompiéndole co-sas por la casa.
Etcétera.
La lleva a La Movediza caminando desde el centro. No es un cerro muy lindo a comparación de los otros, acota con justicia la rubia. Tampoco es de los más altos. Tobi se lo toma como una afrenta personal, quizá por lo de la altura, pero no dice nada. Le hace subir los escalones de piedra desparejos y empinados. Una vez arriba, recorren la cima de punta a punta y Tobi le muestra un buen ra-to los pedazos reconocibles de la piedra. Sí, cada tanto algún boludo la quiere hacer de nuevo para traer turistas, lo que siempre le causa bastante gracia a los mellizos. Hay una frase histórica de Tomi: ¿Y por qué no hacen muchas, así vienen muchos más turistas? Hace calorcito, pero está lindo. A las cinco y pico ahí arriba empieza a pegar el vientito, y es agradable ver cómo el pelo de la rubia se suelta en mechones de su rodete y juguetea sobre la cara. De paso, como al descuido, sacan un porro y se lo fuman discretamente entre los dos, en el medio de la gente (alguna que otra vieja los mira raro), parados justo sobre el sitio en donde hasta 1912 estuvo la Piedra; A ella le hubiera gustado este homenaje, bromean los jóvenes.
De ahí Tobi la lleva caminando hasta el Parque Independencia. La rubia ac-cede de buen modo, pero cuando ve la loma que hay que subir otra vez por esca-leras desparejas sobre la ladera del cerro, protesta Para eso, nos hubiéramos quedado culeando en tu casa, me hubiera cansado menos. La respuesta desati-nada de Tobi no se hace esperar: Acá hay mucho bosquecito, hasta arriba. La rubia lo mira sonriéndose, y desaprobando: Tobi nunca habla en joda de ese te-ma. Ni en pedo, dice la rubia, Soy exhibicionista pero no demente. Con esa frase alcanza para convencer a Tobi: la rubia es firme en sus convicciones: cuando di-ce No, las pocas veces que dice no a algo, es NO, indeclinable.
Suben esforzadamente hasta la cima. La rubia se queda un rato largo miran-do la postal que ofrece la ciudad sin nubes y con el sol al sesgo cayendo sobre ella. Aprovechá y mirá, porque hoy es un día histórico. Una vez cada años hace un día entero sin nubes, acá, dice Tobi. El airecito pega bien a esa hora. La ru-bia, antes de que bajen, le acota a Tobi que se ha quemado mucho, que está todo colorado. No es un detalle menor: la rubia desde setiembre que se viene aso-leando todo lo que puede; Tobi vive encerrado como una rata, salvo que esté en el trabajo haciendo una tarea al aire libre, si es que algo así existe en Buenos Ai-res.
Como a las seis y media toman un colectivo que los acerca a la casa de los Pe-ña. Se bañan y se cambian. La rubia sola está como cincuenta minutos en el ba-ño, poniendo un tanto ansiosa a la madre, que quiere bañarse para llegar tem-prano, aunque no le dice nada a Tobi (que se da perfecta cuenta, se enoja con las dos, y apura a la rubia con golpecitos que, puertas adentro, ponen furiosa a la rubia).
Finalmente, a las ocho (Tobi se baña y se cambia en tiempo récord; tarda más que nada en peinarse prolijamente la raya al medio y en secarse el pelo {¡hom-bres posmodernos!}), llegan a la casa de la abuela, en una zona más elevada de la ciudad, en la otra punta. Desde ahí van a poder ver bien los fuegos artificiales de la noche. En el diario han salido datos, se calcula un millón o millón y medio de dólares gastados en fuegos artificiales sólo en Tandil. Pero ya a esa hora los pendejos andan tirando cuetes, no se puede andar por la calle sin que te pongan los nervios de punta. Por suerte para Tobi, el porro de La Movediza le ha asen-tado bastante los nervios, así que los soporta mejor que de costumbre; de todos modos, cada cinco minutos está echando una puteada. Tocan el timbre en la vie-ja casa y sale a atender la abuela. Cuando lo ve a Tobi cambiado y con la rubia al lado, sonriente la rubia con su mejor cara de chica divina, la abuela se pone muy contenta, y los saluda con suma calidez. ¡Nena, las ganas que tenía de conocer-te! Así que te robás a mi nieto. Hubieran venido más temprano así charlába-mos más tranquilos.
La rubia contesta afectuosamente el beso y el abrazo y responde Yo quería venir más temprano, pero Tobi se emperró en llevarme a La Movediza y al Parque Independencia.
La abuela sopesa Bueno, son lugares muy lindos, hay que conocerlos. Más vos, que vas a venir de vez en cuando con Tobi, ¿no?
Ojalá, me encanta esta ciudad, miente la rubia.
El cinismo de Tobi a estas alturas respecto de la rubia alcanza ribetes incon-mensurables. No puede evitar una sonrisa y una mirada. ¿Se creerá de verdad todos esos papeles? ¿Cómo puede ser tan cínica?
Pasan. Está parte de la familia, por ejemplo, la prima ayudando en la cocina a la abuela y a su mamá (es decir, la tía de los mellizos). Se sientan a la gran vieja mesa, mientras las mujeres ultiman las ensaladas y cortan los matambres case-ros. De un modo poco disimulado, casi grotesco, la prima lo llena de besos y de caricias a Tobi a cada rato, con cualquier excusa. La rubia no puede dejar de ad-vertirlo, y, a escondidas de la prima, le cruza miradas pícaras a Tobi, como di-ciendo Hijo de puta, también te tiraste a tu primita, mosquita muerta. Mosquita muerta. Perfecta definición de Tobi. Zorro. Taimado.
Poco a poco, a partir de las nueve, va cayendo toda la familia. La rubia es pre-sentada a todos (los dos primitos preadolescentes se quedan extasiados mirán-dola).
La cena es ruidosa, llena de tintineos de cubiertos y vajillas y fuentes y bote-llas. Los niños comen en una punta (no son tantos tampoco), y, en orden cre-ciente, van la rubia y Tobi, de un lado, y la prima, del otro. Hay dos lugares guardados al lado de la prima para Tomi y su novia, que no han llegado. A la iz-quierda de Tobi se sienta el tío Julio, muy interesado en comprender lo incom-prensible para todos ellos, es decir, la idea de Tobi acerca de por qué De la Rúa no podrá ser nunca un gran presidente. Tobi explica: todos los grandes líderes políticos de la historia han tenido una sensualidad más bien expansiva. Tobi nombra a Julio César, marido de todas las esposas y esposa de todos los mari-dos, como rezaba el dicho de sus soldados. Cita (para que las tías de alrededor se atraganten, y también la prima, y hasta la rubia se ruborice un poco, mirando en torno) la predilección de Augusto por las vírgenes. Habla de Enrique IV de Francia, gran mujeriego. Nombra también a Napoleón, que, a pesar de ser gordo y petiso, fue uno de los tipos con más minas en la historia. Nombra a Julio Ar-gentino Roca, y a Perón (hormigueo de inquietud en el público, todos están es-cuchando la conversación, mitad porque mastican; sólo se sienten la voz de Tobi y el cuchicheo de tenedores cuchillos platos y vasos), nombra a Miterrand, nombra (para escándalo general) a Menem, nombra a Mao, grandísimo degene-rado (el tío Julio codea a Tobi y hace un gesto en dirección a los tres niños), y los contrapone a Hitler, seguramente un impotente y en todo caso un perverso sui-cida, que casi… no intimaba con la minita esa que no se acuerda ahora cómo se llamaba, que en toda su vida tuvo un trato frío y distante, como de horror, con las minas, que no tuvo más que dos minas conocidas en toda su vida, una de las cuales (su sobrina) se suicidó, tiránico con las mujeres e incapaz de tratarlas como a iguales, más allá de la cortesía. La abuela le dice a Tobi que coma, que se le enfría el cordero. Tobi concluye. Lo bueno es que si bien no se puede esperar mucho de De la Rúa, la gente no espera realmente mucho de él; sólo que meta presos a los corruptos, a Menem si es posible o al menos a tres o cuatro figuro-nes como para tranquilizar a la opinión pública, que mantenga la convertibili-dad, y, en círculos más selectos, que acabe con la recesión y paralelamente con el atroz déficit estatal que Menem acumuló pagándolo con endeudamiento ex-terno, haciendo impagable una deuda externa inventada por los empresarios especuladores en la época de los milicos. Ahí se afirma en los pedales y sigue: Ese es el gran robo nacional, el que tiene al país de rodillas. La nacionalización de la deuda externa privada generada por la especulación financiera de “los em-presarios de la patria”, porque había que salvar, una vez pasado lo mejor del ne-gocio, a las empresas “de la patria” (es decir, a los empresarios) que con la dis-parada del dólar no podían hacer frente a sus compromisos adquiridos afuera. Y la gran cagada de la democracia presente es esa, no haber repudiado la parte de la deuda que tenía orígenes de estafa, y que le había hecho el caldo gordo a los “empresarios de la patria” que en los noventa, con Menem, le vendieron a los franceses, los españoles, los japoneses, los brasileños, los norteamericanos, los chilenos (sonrisa al tío chileno) y tutti cuanti sus empresas, para pasarse al sec-tor de servicios privatizados, negocio más seguro y menos productivo, y el único que creció verdaderamente en la Argentina en los noventa además del turismo internacional. O sea que ahora, concluye, estamos agarrados de las bolas por la deuda, que se lleva por año una suma igual o superior al déficit fiscal que el Fondo pide que se baje, para lo cual aconseja medidas que van a traer más rece-sión (la cara de los tíos es inenarrable, sólo les falta persignarse, parecen monjes sermoneados por su abad) y más desocupación. En síntesis, el Fondo gobernó por las buenas (con Menem y los milicos) o por las malas (con Alfonsín) al país en el último cuarto de siglo, y así está Argentina, cada vez peor. Antes la crisis argentina era política, ahora es económica, e irreversible por lo menos en medio siglo para reconstruir lo que costó cien años de historia edificar, de Caseros a Perón (otra vez inquietud entre los asistentes).
La cháchara de Tobi no sólo ha tenido como consecuencia que se le helara el cordero (a pesar de que Tobi habla una buena parte de su discurso con la boca llena), sino también que la moral se les vaya a la mierda a todos los adultos, de cara al dos mil. La abuela, la única en no bajonearse por el discurso de Tobi (quizá porque no le quedan tantos años como a los otros), le dice a Tobi, sacu-diendo un cuchillo de punta redonda con la mano derecha, Nene, ya sabés que no hay que hablar de política a la hora de la comida. Ahora los deprimiste a todos. La rubia, por lo bajo, le da la razón a la abuela, casi retándolo.
Él me preguntó, se defiende Tobi, señalando con el tenedor y la mano iz-quierda al tío Julio.
O sea que no tenemos remedio, dice, desconsolado, el tío Julio, mereciendo la repulsa general.
Por suerte para los comensales, llegan Tomi y su novia, tipo once, y son reci-bidos con saludos ruidosos por los más grandes y por besos llenos de grasa por parte de los más chicos. Eso corta el clima y da paso a una conversación más re-lajada. La abuela cierra el bloque político con una humorada: Tengo Hepatalgi-na para los que les haya pateado el hígado… la conversación de Tobi (carcaja-da general).
Se invita a comer a los tórtolos recién llegados. Tomi dice que ya comieron en casa de los padres de Silvia. Entonces, en una admirable muestra de solidaridad y organización comunitaria, cada uno recoge sus cubiertos y los lleva, primero, hacia el tacho de basura, y segundo, hacia la pileta de la cocina, para depositar-los allí. Después, las tías se dedican a limpiar la larga mesa, a sacar los manteles de hule, a cambiarlos por otros de tela, y a repartir los confites y postres y frutas a lo largo de las tablas.
Los niños vuelven a la calle a tirar cuetes. Todos se meten en la cocina y prenden la televisión. En el Trece (es decir, en el cuatro del cable) están contan-do los minutos que faltan para recibir el dos mil. Tobi comenta algo acerca de esa transmisión con su hermano; que a pesar de todo, de la mierda que es el hombre, el hecho de que todos los países del planeta puedan unirse para una co-sa en sí tan simple y tan tonta como festejar un triple cero, en rigor, un capricho de quien estableció el calendario cristiano, es positivo, y hasta conmovedor.
A las doce menos cuarto queda lista la mesa, y sacan el televisor al patio con alero para que toda la familia pueda ver la transmisión de la tele. Algunos ansio-sos, en las calles, tiran cuetes. Futuros eyaculadores precoces, comenta Tomi. La casa de la abuela, si bien muy vieja y construida al uso antiguo, a lo largo hacia el fondo, está ubicada en una zona alta de la ciudad, de manera que todos se preparan para mirar los fuegos de artificio. Doce menos cinco llaman a los niños para el brindis de Año Nuevo. Se destapan sidras en gran cantidad y se sirve a todos, incluido un cuarto de copa para los más chiquitos. Los últimos tres minutos no pasan más, están todos con los ojos pegados al televisor. Los melli-zos comentan sobre temas intrascendentes con sus novias aferradas a ellos. La madre los mira: ¡Están tan grandes! Ya son un par de hombres. Eso la emociona un poco. Tobi incluso se junta, quizá el dos mil uno lo reciba siendo abuela. Eso la emociona mucho.
Cuando dan las doce en punto, al unísono, un coro de fuegos artificiales se empieza a escuchar en todo el pueblo. Todos en la casa gritan, levantan las co-pas, brindan, entrechocándolas. La rubia mira con ojos enamorados a Tobi, abrazándolo, y hasta le dan ganas de creer que de veras se aman, que la rubia es sincera, que es la mujer de su vida. Se miran enamorados y se besan, lentamen-te, entre los gritos y los saludos y los abrazos y los besos del resto de la familia. A su lado, lo mismo hacen Tomi y Silvia. Después de cinco minutos de saludos, sa-len todos a la calle para mirar los fuegos.
Es increíble cómo se ha transformado el cielo, iluminado por las luces de co-lores que suben y bajan y vuelan, acrobáticamente, formando como una cúpula luminosa que cubre toda la ciudad. Los tres nietos más chicos se trepan al pare-dón de frente de la casa, para ver mejor. Los dos mellizos los imitan enseguida, divertidos. La rubia no quiere perder ese momento, pero tampoco quiere ensu-ciarse la ropa. Tobi, desde arriba, la ayuda a subirse. Tomi se suma agarrándola de la otra mano, y la rubia queda sentada sobre el paredón, apretada contra To-bi, entre los dos mellizos. Arriba, miríadas de estrellas fugaces multiplican la noche. Tobi mira para arriba, y, después de un rato, siente cómo los labios húmedos de la rubia le besan el cuello, la cara, muy despacito, muy dulcemente, y después escucha cómo le susurran al oído ¿Vos sabés cuánto te amo, no? Te amo, te amo. Tobi la mira a la rubia en ese contraluz, con la cara iluminada en destellos breves y desiguales, pero iluminados los ojos como quizá nunca los ha visto Tobi. O quizá lo ha ganado la magia del momento y entonces es por esa ra-zón que la besa y la aprieta cálidamente contra su cuerpo, sintiendo que sí, que es Ella, que es la mina, que él no desea ni quiere otra cosa en el mundo que estar a su lado, que ella sea Ella para él, para siempre, aunque sea mentira el para siempre en cualquier vida humana. Hasta siempre, hasta la muerte. Hasta que la muerte los separe. Nunca, como en ese instante, la frase tuvo sentido para él. Hasta que la muerte nos separe. Estar unido siempre a otra persona. Tobi SABE (es un decir) que todo eso es mentira, que el amor es una mentira deliciosa, una trampa ineluctable, pero aunque su mente lo sepa hasta en este momento mági-co, su cuerpo lo llama hacia ella, el borde, la otredad, la hembra, la rubia, la es-finge, su frontera entre él y el mundo, el único límite posible, el adorable límite de lo humano.
Esa noche salieron, las dos parejas juntas. Nada notable. Sólo la constatación de que Silvia chupaba como un marinero sueco, como tantas chicas de su gene-ración. Tobi se dedicó al vodka con frenesí, mientras la rubia, en los rincones más oscuros, se dedicaba a la marihuana, lo que motivó un enfado de Tobi y muchas miradas azoradas (y comentarios al oído de Tomi) por parte de Silvia. Tomi no estaba muy cómodo con esta idea de salir junto a su hermano y la rubia (y Tobi, para ser sinceros, tampoco), pero todo fue idea de Silvia, porque no habían quedado en nada con ningún amigo de ella y de Tomi, y Tobi ya no tenía amigos en Tandil.
Tomi terminó la noche en la casa de su abuela, que era donde se refugiaban con Silvia cuando la ocasión lo exigía. Tobi y la rubia se fueron caminando para poder fumar tranquilos (era un caso: Tobi no podía drogarse en presencia de Tomi, era como si su conciencia culposa lo fuera a mirar, el testigo interno exte-riorizado).
Una semana en Tandil con la rubia iba a ser un infierno de fingimientos. La rubia, que también lo sabía, se fue el dos para Buenos Aires pretextando trabajo. Tobi tuvo tres días de asoleo y de no hacer nada, apenas leer y pedalear con To-mi por las sierras. El cinco a la tarde tenía que presentarse con el borrador final. No quería ni ver la novela. Estaba adentro de la PC, y por triplicado en diskettes guardados en diferentes sitios. Además, la había impreso por duplicado. Estaba con el temor maníaco de que le pasara algo al libro, que se perdiera o se quema-ra, que le robaran la valija, de modo que le dejó una copia en la PC tandilense a la madre, otra en diskette, y le dio otra a Tomi para que tuviera, también en dis-kette.
Finalmente, el cinco a las seis de la mañana lo pasó a buscar el auto de un amigo del padre. Tobi pensó en ir durmiendo todo el camino, dijera lo que dije-se el amigo del padre de sus modales, pero lo pensó mejor cuando el tipo entró a la ruta y empezó a manejar, con el cielo apenas clareando, a ciento setenta por hora. El auto era buenísimo, ni ruido hacía. En tres horas, lo dejó en la puerta del edificio. Una locura.
Cuando abrió, la rubia dormía profundamente, destapada, totalmente desnu-da. Era lógico, con ese calor. Terminó de subir las cosas y cerró la puerta con llave, como siempre. Se acercó a la rubia, le olió la piel dormida, se embriagó de ella. Luego, despabilado por el susto de viajar con ese loco, de puro aburrido, se puso a desarmar la valija. Después, armar la computadora iba a estar bueno, mientras se calentaba unos mates: que la rubia se despertara y lo encontrara es-cribiendo, una postal junto a la ventana.
Le dieron ganas de fumar un porro, así que empezó a hurgar en los cajones. Lo que encontró le heló la sangre: una bolsa llena de cocaína. Tráfico, hermani-to. Le agarró un ataque de pánico, despertó a la rubia. Mientras la sacudía, y se le cruzaba por la mente la imagen fresca de la bolsa de polietileno transparente en el cajón, ahí nomás a la vista, con todo descuido, tuvo como un deja vú de ese momento, como si se viniera una conversación que ya hubieran tenido.
La rubia se despertó con gran sobresalto. ¿Qué pasa?, preguntó, casi antes de abrir los ojos.
¿Qué mierda hace una bolsa llena de cocaína adentro de un cajón en el de-partamento? Pero ¿vos te volviste loca, tarada?
La rubia se desperezó, tranquilizada, como si no hubiera escuchado las pala-bras de Tobi, o no las hubiera entendido, o simplemente como no registrando la alarma de Tobi. Hola, ¿no? (se restregó los ojos) ¿Llegaste recién? Tobi estaba trémulo de ira. Le temblaba la boca, estaba rojo. La rubia lo miró y se preocupó. ¿Qué mierda te pasa?
Hay una bolsa de cocaína, ahí en el cajón. Un kilo por lo menos. Si nos aga-rran vamos presos de cabeza. ¿Vos sos tarada?
¿Qué diferencia hay entre un kilo y un gramo?
(Tobi, furioso) Por supuesto que la diferencia entre consumo y tráfico. ¿Qué te hacés, la pelotuda? ¿Me estás tomando el pelo?
Es un favor, si llegabas a la una ni te enterabas. Había que esconderla.
El corazón de Tobi latía muy rápido. No pudo decir nada. Se puso blanco y de golpe se sintió mareado. Prácticamente tambaleó.
Te bajó la presión. ¿Estuviste fumando, o algo?, le preguntó la rubia, pre-ocupada.
Tobi se fue a sentar a uno de los sofás individuales, lejos de la rubia. Desde allí apoyó la cabeza en el brazo izquierdo, a su vez apoyado en el sofá, y la miró entre dedos. Esto no puede ser, loco. No me podés hacer esto. Decime que no estás traficando de vuelta, por favor. Que no estás con el tarado ese.
(fríamente, sin que se le mueva un pelo, mirándolo fijo a los ojos) No.
(Tobi, desconsolado, poniéndose la cabeza entre las manos) Vos no tenés re-medio, loco. Sos una enferma, una enferma total, y me vas a enfermar a mí. No puedo vivir pensando que un día voy a estar durmiendo y me va a caer la policía por tráfico. No puedo. Esto tiene que parar.
(rubia, asintiendo) No. Tenés razón. El año pasado fue muy heavy, también para mí. Estuvimos muy sacados. Me parece que estuvo bueno mientras duró, perooo… No sé, me parece que a vos te sirvió un toco, te hizo crecer mucho, te ensanchó la mente. Pero no podemos pasarnos la vida drogándonos, tenés ra-zón. Yo te juro que este año va a ser más tranqui, un poco de fiesta los fines de semana y nada más, basta de reviente.
Bueno, sí… eso también, dice. Pero yo estoy hablando de otra cosa. No me voy a bancar que trafiques, y menos con el pelado ese.
(rubia, sonriéndose) ¿Santiago?
Sí, ese pelado. No me voy a bancar que te encames con ese tipo. Así que de-cidí: él o yo. (La rubia sonrió mirándolo, como si la situación le causara gracia. Tobi siguió) O sea, esto es así: VOS; VOS, me invitaste a vivir en TU casa, con vos. O sea, que seamos pareja.
(rubia, con la sonrisa dibujada) Sí.
Eso… entraña algunas obligaciones recíprocas. Si voy a vivir con vos, no soy uno más, soy EL tipo. Y vos sos LA mina. ¿Está claro?
(sonriendo) Sí.
Porque está claro que vos para mí sos LA mina. Yo estoy enamorado de vos.
(sonriendo) Y yo también de vos, baby.
O todas las cosas que nos dijimos acá la otra vez, todas las cosas que me di-jiste en Tandil, cómo te portaste, como si fueras ya mi pareja, o estuviéramos a punto de casarnos, era grupo.
Para nada, nunca fui tan sincera, ni tan feliz. Yo soy feliz con vos.
(Tobi, suspirando, mirándola admirado) Hhhh… Qué suerte, que tenés vos. Yo no sé si soy feliz con vos, sólo sé que no puedo vivir sin vos, y que vivir sin vos me mataría, me destrozaría.
(rubia, con los ojos llenándosele de lágrimas de pronto) Es muy lindo, lo que decís.
(Tobi, casi airado, pero casi resignado) ¡No, no es lindo!: ¡Es horrible! Será lindo para vos.
(rubia, sonriendo) Qué tonto que sos. ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza? Si estás enamorado de mí, sos feliz a mi lado, eso es enamorarse.
No es tan sencillo.
Pero porque vos sos un perverso, entonces. ¿Por qué no serías feliz a mi la-do?
Porque me hierve la sangre de sólo pensar que podés estar acostándote con el… tarado ese…
(cambiando de postura en la cama) ¡Pero pará con la persecuta, man! ¿Qué te picó con Santiago?
(Tobi, rápido) No, no. Qué te picó a vos, con ese tipo. Hace diez años que te acostás con él. Algo le verás.
(rubia, empezando a levantar temperatura; tajante) Santiago ya fue. Ahora sos vos. VOS-SOS. Metételo en la cabeza, man. No seas paranoico.
(Tobi, como recitando algo que tenía pensado) Ojo, no estoy diciendo que no te podés acostar más con ningún otro hombre. Eso sería inhumano, en tu caso, y yo mismo no te podría jurar que no me voy a encamar con alguna mina que se me cruce. Pero una cosa es que se te cruce un tipo, y punto, y otra es que tengas un tipo paralelo a mí. Eso es lo que digo. ¿Me entendés? O estamos jun-tos o somos amantes y nada más. Lo que vos me pediste y yo acepté de vivir con vos es estar juntos, ser pareja. Quiero que quede bien claro.
Mientras Tobi dice estas palabras, la rubia se baja de la cama y camina des-calza hacia él, lentamente. ¡Es tan hermosa, desnuda, sonriendo como un ángel! Cualquier cosa pierde fuerza al lado de eso. Más si esa hembra desnuda y tibia y fragante se acerca a él y se sienta en el brazo derecho del sofá, le revuelve el pe-lo, despeinándolo del modo que a ella le gusta y a él lo enoja. Aay, Tobi Tobi To-bi Tobi. ¿Sabés cuántas veces repetí ese nombre desde que te conozco?, dice la rubia, sonriendo. Vos sos TODO para mí, por si no te queda claro, tontito. Lo besa. Tobi se deja besar, pero sus labios no devuelven el contacto. Aparta la boca y sólo abandona su mejilla derecha a los besos chiquitos que le da cariñosamen-te la rubia. Me llevo eso ya mismo, así te quedás tranquilo. ¿A qué hora te ten-go que despertar?, dice la rubia cuando aparta la boca.
A las cuatro. O un poquito antes. Estoy citado a las cinco en la editorial, y me quiero bañar antes de ir, contesta Tobi.
A las cinco, de rigurosa informalidad (vestido de chico pop por la rubia, un verdadero gay), Tobi aparece en la editorial. Es una oficina en el frente, peque-ña, apenas separada de las miradas de los transeúntes por una persiana ameri-cana. Todo muy viejo, piensa Tobi, mirando la persiana. La secretaria lo hace pasar enseguida; lo trata de señor, detalle que le causa mucha gracia, y cierto regocijo. Castro lo recibe entre papeles, millones de papeles en varias pilas. Tie-ne unos treinta y cinco años y rostro inteligente y franco. Este es un momento muy feliz para vos, y te juro que también para mí, le dice Castro. Acto seguido, lo invita a tomar algo para festejar. Tobi acepta un poco de vodka y le alcanza el anillado y un diskette, empaquetados y atados con hilo blanco; no le puso chori-cero porque no encontró. Castro lo abre con fruición, como si fuera su regalo de cumpleaños. Doscientas páginas. Unas… trescientas, calcula, en la edición final. Un poco menos. Arriba de doscientas cincuenta, seguro. Un thriller de fábula, che. Lo empiezo a devorar esta misma noche, jura Castro.
Tobi sorbe el vodka, de a poquito. Si termina el medio vaso enseguida el tipo le va a servir más, y no quiere llegar en pedo al trabajo.
La charla se extiende por unos cuarenta minutos, y versa, por una parte, so-bre las minucias de la corrección final, y por otra, sobre detalles técnicos y de plata. Castro espera que, con el fin de la recesión, que tendría que caer para mi-tad de año, y el empuje previo de la Feria del Libro, la novela tendría que ven-derse razonablemente bien. En todo caso, Tobi cobra un adelanto de tres mil pe-sos, una verdadera fortuna para un principiante en este marco. El diez o el doce está la plata. Ciencia ficción, para Tobi. Después, por un año, a olvidarse, hasta que la novela pague los gastos. Con suerte, un año. Pero plata fresca, en mano. Después, muchos libros para prensa, mandar a todas las publicaciones. Libros para el autor a descontar de futuros derechos de autor, hasta cincuenta, para re-galo o lo que Tobi quiera.
Como a las siete y media, cae por el estudio fotográfico. Freddy, en plena ac-tividad. No tenía que reintegrarse hasta el seis, pero va a saludar y a ver cómo anda todo. Ante la atención de todo el equipo (cuatro personas contando al jefe), cuenta los últimos detalles de su novel carrera literaria. Un profesional, acota con orgullo de padrino Freddy. ¿Qué vas a hacer con la guita?
No sé. Capaz que las guardo para las vacaciones con la rubia.
Eso va a ser en marzo, lo chicanea Freddy.
En suma, una hora de charla y ganduleo, mientras los muchachos trabajan en edición. Retoque digital, mateando.
Después, como a las ocho, lo pasa a buscar Tir para cenar en Parque Chas. La casona está como nueva. Aproveché para retocar toda la casa, dice Tir.
Cena con Selva y la rubia, que caen como a las nueve. Festejo íntimo con champaña. Los dos tórtolos duermen en lo de Tir.
Lo que ocurre desde entonces es difícil de explicar. El detonante fue la bocaza de Mecha. Pero todo hace pensar que algunas partes de lo ocurrido ya estaban planeadas desde antes…
Bueno, lo que se sabe es lo siguiente.
Ese mismo fin de semana, los tiráceos festejaron la entrega a galeras de la no-vela de Tobi, al mismo tiempo que la reinauguración de la casona. El viernes a la noche, salidos todos del trabajo y de la opresión cotidiana de los días hábiles, hubo una cena bastante íntima, a la que acudieron, además de Tir Selva la rubia y Tobi, Freddy con una chica de menos de treinta, Mecha, Bárbara, Braulio, Gianni, Carlos con su nuevo novio, Willy y un par de chicas y un par de chicos más o menos de su edad; una era Laura; la otra estaba medio acollarada con Gianni. Además, una sorpresa muy especial que Tir le tenía preparada: Francis-co le había hecho especialmente una copia de un metro por sesenta centímetros del mural que tanto había gustado a Tobi aquella tarde en su atelier (y que Tir había vendido a un precio exorbitante a una pareja de holandeses). Es decir, era un cuadro, no una copia fotográfica, sino un réplica a una quinta parte del origi-nal, sin la magnificencia del tamaño pero exactamente igual, pintado con los mismos materiales y sobre la misma tela por el mismo pintor: una verdadera fortuna, artística y de la otra. El cuadro, que apareció empaquetado en manos de Tir, contenía además una carta manuscrita al dorso del mismo cuadro, en que Francisco, campechanamente, lo felicitaba por su logro profesional y lo instaba a guardar el cuadro unos años para después venderlo sin escrúpulos a algún co-leccionista, una vez que el original se hiciera famoso. A Tobi lo emocionó el re-galo. Le preguntó a Tir cómo hacía, adónde tenía que guardarlo, si él se lo podía custodiar o lo podía tener en casa, etc. La rubia fue enseguida de la opinión de dejarlo en la casona hasta que se mudaran, y ahí ponerlo en la oficina de Tobi, ya que no en el living, a la vista de las visitas.
Se pasó a comer.
Tobi había extrañado mucho a Mecha (es decir, a la antigua alocada Mecha, a la alegre e intempestiva Mecha). En la cena, se dedicó a retomar el aire compin-che y festivo. Mecha se mostró divertida, pero algo en el fondo de sus ojos mos-traba aún el dolor. Y las sonrisas pícaras y divertidas de Mecha ante las zafadu-ras de Tobi, si bien le trajeron recuerdos de la Mecha edénica, le produjeron al mismo tiempo una gran melancolía en combinación con el fondo opaco de sus ojos allí en el punto justo donde antes brillaba la felicidad, la inconciencia deli-ciosa de Mecha.
Después, los comensales pasaron a admirar la biblioteca y discoteca (compac-teca, en realidad) remozadas, en el ala izquierda del piso alto. Mejor ilumina-ción, más medidas de seguridad contra incendios, estantes de un material me-nos inflamable para la biblioteca, muy pocos libros en comparación con el ates-tamiento anterior. En un rincón estaban los noventa o cien libros que se habían salvado. Después, un millar de libros clásicos en ediciones nuevas: todo el lugar olía a librería.
Poco después de la medianoche se pasó a la sala más amplia y más querida por los tiráceos. Excitación, atontamiento vital. A Tobi le pareció reconocerse otro, más viejo, en esas remembranzas que le traían a cada instante sonidos, vo-ces, música, excitación, olor a marihuana, alientos alcohólicos, miradas crecien-temente turbias, risas ruidosas y conversaciones a los gritos. Tal como le había adelantado la rubia tiempo atrás, la tribu renacía luego del duelo y de la relativa diáspora festiva, se reunía con nueva sangre y con los de siempre, con los que ya podían considerarse plenamente de la casa, como Tobi. Mucha juventud y mu-cho desenfado. Pero Tobi veía ahora todos estos detalles, que habían sido hasta unos meses antes el centro de su vida, como desde afuera, como si un velo invi-sible estuviera interpuesto entre él y esa felicidad autárquica, que parecía cobrar vida no EN sino A TRAVÉS DE los cuerpos y de las personas, como si fuera an-terior y posterior a ellos, y ellos fuesen nada más que el vehículo o el instrumen-to de esa sed atávica que sintetizaba la confusión de la horda y el hundimiento en el sí-mismo. Se sentía como un chamán que ha perdido sus poderes, su capa-cidad de éxtasis místico. Estaba como vacío, incapaz de emociones profundas, de abandono, de inconciencia.
Miraba a los circunstantes. Tan sólo Mecha parecía haber cambiado. Quizá porque bebía de a sorbos y fumaba poco, tranqui. Pero después, todo parecía una foto del pasado. Tir estaba circunspectamente en pedo y drogado, un caba-llero inglés que iba de grupo en grupo, bailaba poco, bebía mucho pero de a sor-bos, mojando los labios nomás, llenando con su seductora conversación cada lu-gar que ocupase, reinando, como siempre. Selva, se divertía a su modo irónico, como superado pero gozoso. Gianni estaba con su morocha adolescente, un ver-dadero portento de carne en flor, el vaso en la mano que era una postal suya en Parque Chas. Freddy, como siempre, discreto pero feliz en ese antro, un tiráceo de la vieja generación, antes de Parque Chas, el decano de la corte. La rubia, in-cluso, como siempre, parecía presa de una furia contenida. Eso, y los ojos duros en medio del rostro salvajemente risueño y la nariz enrojecida y los ojos rojos. También había cambiado el novio de Carlos, lo que era una costumbre cada tan-tos meses. Había alegría en el reencuentro, pero el ambiente no pasó de cool en toda la noche. Todos borrachos y drogados, sí, pero sin gente tambaleando o yendo a vomitar al baño o vomitando el piso. De todos modos, alegría.
Casi todos durmieron en la casona, y, como siempre, hubo sexo con la rubia drogada mientras clareaba el cielo, pero Tobi estuvo algo ausente, le costó inclu-so en un momento excitarse con la desnudez de la rubia. Estaba cansado, como sin fuerzas, lo cual era gracioso teniendo en cuenta las dos semanas de vacacio-nes, que debieran haber renovado su ardor. La rubia se dio cuenta, y no insistió tanto.
Al otro día, Tobi tuvo cinco horas de trabajo para el estudio de Freddy, a la nochecita, así que se bañó en Lambaré 149 y salió cambiado para Parque Chas, punto de reunión a partir del cual los tiráceos saldrían, ya avanzada la noche y adobados, hacia algún boliche. Todo pintaba de rutina.
La bocota de Mecha lo arruinó todo, o el azar. Se emperró en conocer un boli-che nuevo, donde se juntaban heteros, homos y bis. En esos sitios se armaban siempre enormes bacanales, pero la elección de todos modos fue más o menos frívola, cuando Tir preguntó ¿Y ahora a dónde vamos? Ante la propuesta, y da-do que casi ninguno conocía el lugar, hubo aclamación, y fueron todos para allí, en caravana de coches particulares. Todos estaban alcoholizados y drogados, pe-ro, veteranos del chupe, la merca, la yerba, etcétera, estuvieron presentables pa-ra entrar. Sobre todo porque Tir (y su trouppe) era archiconocido en la noche porteña, y nadie en los boliches estaba tan loco como para rechazar la promo-ción gratis de su presencia en el lugar. Por el contrario, siempre recibía invita-ciones especiales a inauguraciones, y cada tanto alguna disco hacía lo mismo, por procedimiento rutinario, sabedores de las costumbres trashumantes de Tir en cuestión de salidas. Bebieron más, fumaron más, aspiraron más. Alguno le dio al ácido. No Tobi, ni la rubia; Tobi (y a partir de él, la rubia) habían tenido malas experiencias con los ácidos: Tobi se volvía demasiado loco o demasiado taciturno y vegetal o excéntrico (imprevisible, en suma) para tomar ácidos en un lugar tan público.
De golpe, caminando por la pista atestada de gente de todas las orientaciones y tendencias, la rubia y Tobi, que caminaban de la mano (la rubia adelante) se toparon, así, de sopetón, como una aparición fantasmal, con Santiago. No quedó otra que saludar. La rubia se vio favorecida por la semipenumbra para ocultarle a Tobi su evidente turbación y su casi seguro cambio de colores en cuanto lo vio a Santiago encima de ella, a treinta centímetros, la nariz horriblemente torcida por los golpes de Tobi, más feo y desagradable que nunca. Pero se frenó de pronto, como crispada, y Tobi sintió esa crispación no sólo en el modo en que se detuvo sino también en cómo le apretó la mano en un gesto involuntario y súbi-to. Enseguida lo vio, por encima de la cabeza de la rubia, a Santiago, que se ade-lantaba con una simpatía insoportable y la abrazaba fuertemente a la rubia, di-ciéndole al oído ¡Qué bueno encontrarte así, hermanita!, frase que Tobi ni al-canzó a sospechar, pero que a la rubia la galvanizó, de tal modo que sólo pudo tartamudear una contestación mientras Santiago se separaba de ella para ex-tenderle una mano insoportablemente cordial a Tobi, que sintió inmediatos im-pulsos de encajarle una piña. Quizá se la hubiera dado, de puro cabrón nomás, si no hubiera sido porque, al cruzar las miradas, percibió en Santiago un brillito en los ojos, un gesto… de malévola alegría, como hubiera dicho Dumas, algo como si lo estuviese sobrando disimuladamente. Eso lo inmovilizó, lo dejó azo-rado durante los segundos suficientes como para que Santiago les dijera a los dos turbados jóvenes Che, que se diviertan mucho, nos vemos, y se escabullera como Rochefort entre la multitud ruidosa y bamboleante.
Los dos se quedaron helados unos segundos antes de atinar a moverse, a se-guir caminando al tun tun en busca de tiráceos. No se dijeron nada. No se mira-ron. La rubia siguió caminando, pasado el gran susto, adelante, protegida su re-taguardia tentadora por Tobi, que la siguió mecánicamente, perdido en sus pen-samientos, con una expresión que cualquiera que lo hubiese mirado en ese mo-mento hubiera catalogado como de inmensa tristeza. Cuando encontraron a Gianni con tres de los pendejos y el novio de Carlos solo, se quedaron allí un ra-to, bailando un poco y mirando mucho, mientras vaciaban lento sus vasos, muy concentrados en sus vasos para no tener que mirarse a los ojos ni decirse nada porque aparte en ese quilombo de gente y ruido no se podía.
Por pura costumbre, porque era lo que hacían siempre, salieron pasadas las ocho del lugar junto a todos los tiráceos ahora sí dados vuelta, era imposible pensar que alguien en su sano juicio tuviera la temeridad de subirse a un coche conducido por alguno de ellos, pero todos estaban igualmente en pedo. Un co-che los dejó en la puerta de Lambaré 149. Sin mirarse, la rubia muy ocupada en sacar la llave de su cartera para abrir la puerta de doble hoja y luego en hacer punta rumbo al ascensor y apretar el botón correspondiente, Tobi siguiéndola, borracho y fumado y sin ánimos de nada, ni siquiera de pelear, de putear (por-que además no tenía ningún motivo fehaciente, había sido sólo una mirada en la semipenumbra del boliche, un brillito en los ojos de Santiago que sólo la mirada de un escritor o de un paranoico podían captar quizá {quizá inventándola}).
Hablaron poco adentro, e hicieron menos. La rubia pasó al baño a mear y volvió desnudándose y tirando la ropa con expresión de agobio y de enorme cansancio, y Tobi, que ya se había desnudado, pasó al baño a su vez a descargar, y después volvió, le cerró algunas hendijas más a la persiana para que la luz del día no los molestase, y se acostó.
A su lado la rubia aparentaba dormir, de espaldas a él. Tobi se acostó de es-paldas a ella y estuvo, lo menos, una hora y media sin poder pegar los ojos, ab-sorto, totalmente absorto y sin expresión, a lo sumo un cierto gesto como de asombro. Como de asombro, pero no era eso, o sí.
Durmieron todo el domingo, hasta la nochecita.
Quemar cuadernos. Quemar páginas. Infestar las páginas, llenarlas de letras amontonadas, trasfundidas, casi indiscernibles. Aglutinadas. Texto como una aglutinación (o una deglución o una digestión: bolo discursivo, ácidos degra-dando las palabras para producir el texto, el bolo semántico). Afuera llueve in-consolablemente, la noche es reina y no tengo sueño. Es Viernes Santo. Sábado ya, en realidad. En una habitación cercana, mis padres duermen. Pienso en la rubia, en Tomi. Un presente ficcionado, superpuesto. Impostura: en el texto se fragua una impostura que edifica el tiempo de acuerdo a sus obtusas convenien-cias. En realidad soy Tobi en Buenos Aires, en mi departamento meses más tar-de recordando a Tobi en la casa de sus padres en Tandil, pensando en la rubia, en Tomi. ¿Y qué pienso, en ese falso presente que el texto construye retrospecti-vamente? Bueno, no demasiado. Estas vueltas de siempre.
¿Podrá la síntesis dar cuenta del espesor esquivo del presente? Es decir, o sea, en verdad, en conspiraciones sordas, tácitas, de cuerpos que se mezclan promiscuamente o por interpósita persona (concha). Espesor de las preferencias que se van imponiendo alternativamente, hasta que se plantea la Gran Alterna-tiva, la alternativa inexcusable, impostergable: ¿él o él? ¿ella o él? ¿él o ella? ¿él o ella o él? ¿él o él o ella? ¿todos? ¿nadie? ¿ninguno?
Escribo; falsamente lleno los cuadernos, y me recuerdo en mi departamento de Buenos Aires pensando esto, pero mejor, o mejor dicho, más exactamente, sintiendo esto que ahora pienso que sentía o que sentí, aquella noche de Sábado Santo a la madrugada con el rostro de Tomi acudiendo a mi mente mientras en la penumbra el cuerpo de la rubia se me pegaba entre las sábanas y me acuciaba con sus manos, sus pecadoras manos. “Sigamos postergando lo postergable” ci-taría Tir en sus esporádicos momentos sentenciosos, Tir, tan piel, tan opuesto a lo que soy yo para adentro, para el cerebro o para las páginas acribilladas de pa-labras de mis cuadernos, para los archivos que llenan la memoria de la PC, pa-labras escritas y palabras impresas que se intercambian, que se retocan, que se transforman, versión a versión, páginas tiradas por el piso o atestando los cajo-nes de difícil acceso, roperos vacíos de ropa y llenos de palabras.
Los adjetivos, pienso ahora, son una pésima costumbre de malos escritores. Tiene que bastar, pienso, con el mandala mental, con la figura investida por las palabras, no por elección paradigmática sino por las sucesiones sintagmáticas, sin que ellas sean más que un prisma que ilumine de modo diferente, discreta-mente alusivo, lo que el amanuense quiere decir, lo que quiere escribirse. Y así, si mi vida fuera un libro o esto que me pasa ahora, la rubia, Tomi, yo, Tir, mis padres, Tandil, Buenos Aires, Helena, las noches, el día, las páginas, la literatu-ra, los cuerpos, los químicos, debieran ser, ellos, signos artísticos con valor sólo en el acto de su combinación con los demás, y la obra sería así no la adjetivación o la adverbiación o los recursos de estilo o las palabras novedosas, sino esa con-junción, ese texto, signo en sí mismo con sus múltiples partes constituyentes, si-lenciosas o vociferantes pero sígnicas, plenas de sentido. Una cadena de pala-bras que se enlacen briosamente y sin fin, una cadena inextricable que principie y acabe en ella (ocho acostado, cinta de Moebius), que no pueda ser descifrada más que en acto, ocurriendo, en la totalidad palpitante y no en sus meras partes constituyentes; que la rubia, Tomi, yo, Tir, las ciudades, las drogas, el sexo, Helena, la noche, la infancia, el verano, sólo asuman su significación definitiva en su acto perpetuo de ocurrencia (si mi vida fuera un libro; si esto que me pasa esta noche, lo que siento ahora, fueran ficción {y ojalá lo fueran}, fueran texto y no un mero desorden que sólo toma sentido retrospectivamente, cuando ya es tarde para todo).
Los ruidos de la calle surgen exactamente desde abajo de mis pies. A veces al-go vibra, la aceleración de un auto, y la onda llega hasta mi cuerpo muy tenue-mente. Miro la ventana, las miles de luces que se apagan y se encienden, las moles grises y feas de los edificios en penumbras sobre las luces mortecinas de las calles abajo, como si hubiera un pozo arriba donde estoy yo, como si esto fuera un exilio horroroso en la noche. De vez en cuando, una ventana enfrente se ilumina y entonces me doy cuenta de que no estoy solo, suspendido en un po-zo en el aire negro o gris, o que estoy tan solo como esa persona sin rostro y sin cuerpo que ha encendido la perilla en su departamento, y caminará ahora por un comedor o una pieza llena de ecos lo suficientemente audibles como para que sepa que está sola. Casi por piedad, enciendo y apago las luces de mi departa-mento: camino hasta el baño, enciendo, orino, me lavo las manos luego de tirar la cadena, apago la luz, salgo y camino hacia el escritorio, hacia la luz potente y concentrada de la lámpara de lectura, y me siento y escribo. A un lado, cerca de mis manos, sobre la mesa, están las fotocopias que tengo que leer para la Facul-tad. No las tocaré esta noche y mañana tampoco. Me levanto, voy a la alacena, y de ella extraigo una botella de vodka que la rubia trajo hace unos días. Trata de comprarme satisfaciendo mis caprichos más mínimos, esperando que tácita-mente me rinda.
Ja.
¡Uf!
Tentador. ¿Tentador?
Escribir a mano. Un odioso ejercicio abandonado hace tiempo, utilizado an-tes de la PC y antes de la literatura. Me acuerdo ahora de cuando la compraron en casa. Yo andaba por los quince o dieciséis años y empezaba a plantearme cla-ramente una vocación de escritor. En esa época comencé a leer los libros más en serio, tomando notas de trama, tono, historia, estilo, etc. También comencé a llenar las páginas de los cuadernos, que me agenciaba yo o que me compraba mi madre, de apuntes para cuentos, de poemas, de bocetos o planes de escritura. Todo lo que escribía era muy malo, mucho peor aún de lo que escribo ahora. Es-cribí mucho en esa época, y quemé o tiré gran parte de esa producción hasta que mi vieja, al darse cuenta de esa cíclica costumbre mía, me empezó a sacar los cuadernos y a guardarlos ella. Mi María Kodama se encargará de publicarlos cuando yo esté muerto.
Curioso, jamás me he sentido presionado por lo que, ahora veo, era toda una tarea de adoctrinamiento de mi vieja respecto de concretar mis inclinaciones li-terarias. Quizá haya sido todo tan inconsciente para ella y tan temprano para mí que se nos constituyó en naturaleza (porque la conciencia también es, quizá, piel, como dijo el Fede). Mi vieja, lo sé ahora que lo he escrito, que lo he inven-tado y es por lo tanto ya parte de la realidad, quizá ni ahora lo sepa claramente. Probable berretín personal, pero sobre todo probable extensión suya en mí co-mo rama de ella (como falo de la madre). Qué sé yo. Ahora recapitulo, reviso papeles y archivos escritos en los últimos meses, y no puedo dejar de pensar en Tomi, el pobre y dulce Tomi, el postergado en el amor materno. Cosa que jamás se me había ocurrido y que de ninguna manera es así, PERO QUE ES ASÍ. Esaú, el desheredado por las malas artes de su hermano. Sin rencor, sin conciencia acaso de lo que se juega en nosotros, de la silenciosa justa que se dirime entre los dos ¿por la madre? Conciencia dividida. La madre con dos falos: Tir, el se-creto maestro, dio en el blanco. Y yo soy el elegido, tácitamente, por ella, y sin que ella misma lo advierta, pareciéndole a ella una mera inclinación común hacia lo literario, cuando quizá lo que ha ocurrido es otra comunión incestuosa por vía literaria. Escribo esto con lágrimas en los ojos.
¡Cómo podré mirar a los ojos a mi madre, a mi padre (¡yo, el traidor!), a Tomi (¡a Tomi! Dulce Tomi) después de este despanzurramiento cósmico de mi men-te, de mí mismo, de lo que hay ahí adentro que elabora su trabajo gris a espaldas de uno, del ego diurno!
Cómico si no fuera trágico (¿o absurdo?): Tomi, el postergado, el deshereda-do, es la paciencia infinita, la conmovedora espera de un abrazo trunco, imposi-ble. Yo, el usurpador, aquel a quien todo le ha sido dado porque le ha sido dado el mundo (la madre), todo lo quiero, todo lo deseo porque todo lo tengo, y me encabrito y hago berrinches y pateo cuando se me quita una nimiedad, una na-da, la futileza más pequeña. Como si para ser, para llegar a ser, yo, el más fuerte, el más dotado, el übermensch, necesitase aniquilar al otro, al horroroso otro (horroroso porque me refleja, porque me muestra a mí mismo por semejanza y por diferencia como la pérfida cosa que soy) que testifica con su sola presencia el oprobio en que se funda la gloria del übermensch. ¡Cómo, el que no tiene na-da, encuentra en un mendrugo su delicioso manjar, en una caricia la redención amorosa, en las limosnas su tesoro! ¡Cómo, el que lo tiene todo, quiere siempre algo más, y lo fastidia la estrechez del universo!
La demasía insensibiliza, lo sé. Busco cada vez más alto, cada vez más lejos, cada vez más adentro, y lo que hallo no me gusta y en el hallar me voy desga-rrando las entrañas con mis propias uñas. Pero no puedo detenerme.
Contaminación insensible de las conciencias. Estar tan cerca nos lastima (aunque él no lo sepa), pero separarnos nos lastima más, como si en el otro nos arrancaran un pedazo nuestro. Indefectiblemente, lo noto ahora, necesito esa cercanía que lo cercena a él, y ese cercenamiento hecho de cercanías lejanas, de lejanías cercanas, me lastima a mí porque sé (ahora) que lo lastimo, que mi pre-sencia le hace daño, le roba todo lo que es suyo por derecho propio.
Últimamente no sólo nos vemos poquísimo: ya casi ni nos hablamos. Cuando nos reunimos a comer juntos en su casa, masticamos con la vista baja, o miran-do la t.v. como si fuera el último barco disipándose en el horizonte. Él no en-tiende qué es eso que se me amontona en el pecho cuando nos miramos y que me deja mudo. A veces me parece que está por largarse a hablar, a decirme algo, que separa los labios y se arrepiente en el último segundo, inseguro. No entien-de todo el dolor suyo que me agobia a mí, el insensible cuya existencia él no co-noce o se guarda. ¡Cómo habré hecho, para abrirme tanto de los dos y estar ahí al mismo tiempo, a su lado! ¿Cuándo pasan las cosas, que no nos enteramos hasta que es muy tarde? Intensidad pecaminosa de la vida, intensidad para adentro, para abajo, bajo la tersa superficie indeleble de los días que pasan igua-les e indistintos.
¿Cuándo me quedé solo? Estoy desnudo y solo, desamparado y mal herido, ciego de furia y de dolor en Lo Que No Sé Qué que es eso en lo que naufrago.
¿Esto es ser adulto? ¿Acostumbrarse al dolor y cargarlo en silencio, con cera en los oídos para desoír el oráculo de las sirenas que callan? Allí arriba, perdido, con el pecho desnudo al viento, sin cera en los oídos, atado, navegando sin rum-bo, oyendo el ruido sordo de las olas que no hablan. El oráculo de las sirenas es el silencio sordo de las cosas, el ruido informe y sin sentido. Sólo sé que soy el tipo atado y desnudo, con el pecho al viento allá arriba, navegando sin rumbo y guiado por pilotos sin rostro que me fuerzan a seguir sus rumbos, escuchando el silencio que nada dice porque todo lo dice, y el todo es inabordable e inhumano, ininteligible. Y entonces el hombre atado y desnudo con el pecho al viento sin cera en los oídos que escucha el oráculo, el canto silencioso de las sirenas, ansía ser uno más de los de abajo, laborando las velas y los remos al albur de un timón que no dominan y cuya existencia misma ignoran, felices y atareados en la labor de existir, iguales uno al otro, indistintos y tenaces, porque no han escuchado el oráculo, el canto silencioso de las sirenas, el silencio oprobioso y henchido, y no conocen su mensaje: que nada hay que escuchar, sólo silencio en el mar infinito, sólo el viento golpeando en el pecho implacablemente para hacerle saber al hombre que escucha que de esa pesadilla no hay salida, que la pesadilla se llama universo y que el hombre golpeado por el viento también es universo, y que sa-be, y que su torpe sabiduría amarga no sirve para nada salvo para ser infeliz. Es-toy solo, arriba, desnudo contra el viento, atado y escuchando.
¿Cómo nadie se entera? ¿Cómo camino por las calles cada día y me cruzo con miles de rostros impasibles y nadie me mira y nadie sabe? ¿Y cómo yo no sé si todos sufren? ¿Es esto, vivir, para todos: este sufrimiento disperso por el cuerpo y dilatado por los días? Y sin embargo, contemplo el dolor ajeno y no me impor-ta, me deja indiferente: ¡es tan omnipresente mi dolor que cubre el mundo, lo tiñe y lo impregna!
¿Y la rubia qué? ¿Y su dolor, si es?: ella es el fruto amargo, es el terreno en que combatimos incestuosamente los dos alguna vez.
Estoy loco, estoy enfermo, ardo de fiebre (¿pero por qué?) y uso las palabras indiscriminadamente, me lleno del dolor que producen, gozo con las heridas que yo mismo me provoco. Ahora, estúpidamente, esto del incesto. ¡Pero yo sé, o debiera saber, que todas estas opresiones están tan sólo en mi cabeza desma-drada, que sin control se arroja ladera abajo y cae y se despeña, y magullada se levanta y vuelve a lanzarse de inmediato, siempre más abajo, en un suplicio cí-clico! Mi cabeza, reverso y piedra de Sísifo, que busca destrozarse contra las piedras, bajar siempre, incesantemente, febrilmente, buscando aniquilarse sin jamás conseguirlo.
¿Qué busca? ¿El abismo? ¿Cuál?
Mi corazón late desacompasado, rápido y arrítmico como un jam erudito. Pe-ro ¿son los ácidos? ¿Es el exceso que castiga mi cuerpo, o los ácidos son sólo la excusa para este afluir a mi conciencia de horrores vacuamente dispersados por la faz cotidiana de los días? ¿Qué se debate en mí? ¿Qué combate se libra por mi cuerpo, por la mano azul que escribe o por el tedio azul que me subyuga? ¿Estoy escribiendo? ¿Estoy jugando con las palabras?
Pero una vez que el juego se desencadena, una vez convocados los demonios, el juego toma vida y forma propias y obedece sus reglas, y los demonios, con sa-ña, completan su tarea sádica, clavan el arma de modo que no muera la víctima, echan la sal en las heridas y las abren y las infectan para que el juego, para que las heridas, se perpetúen. Y en esa deriva vaga el amanuense, el cínico, el iróni-co, preso, escuchando el sonido de las olas que ha querido oír, el silencio impú-dico de las sirenas QUE NO EXISTEN.
A partir de allí, todo lo que hizo Tobi se pierde para los tiráceos. Fueron mo-vimientos rápidos y secretos, como perfectamente planificados y no mera obra de un momento de calentura o inspiración o desilusión.
Tenía el pasaporte sacado desde hacía meses, en común acuerdo con la rubia, con vistas a las vacaciones en el exterior. Había estado haciendo trámites en se-manas anteriores en una embajada, la de Grecia, para hacer la visa. Compró una valija y la dejó en la pensión de Miguel. Le pidió que se la guardase unos días, pocos, y no le quiso explicar nada más, pese a que Miguel se preguntaba para qué carajo quería una valija Tobi, y para qué recontra carajo insistía en dejarla en su pieza. Miguel sabía lo de la mudanza próxima a Caballito. Conjeturó ante Tobi si se debía a eso, y Tobi dijo vagamente que sí.
Pero estos datos toman importancia mayor a posteriori, porque lo que hizo Tobi ese lunes a la salida del trabajo estuvo enmarcado en una aparente visita de reencuentro después de las Fiestas de fin de año. Así que tomaron un poco de vino barato y conversaron mucho de literatura, de la novela que Tobi había ¡fi-nalmente! entregado a imprenta, y que iba a estar en las librerías para abril, mediados de abril a más tardar. Miguel se mostró verdaderamente feliz con el logro de su amigo. Siempre se hacían bromas respecto de “cuando fueran los dos escritores famosos”, y ahora Tobi publicaba su primera novela, era un acon-tecimiento para Miguel también. Se veían en espejo uno en el otro, más allá de las diferencias enormes de personalidad, de matices, de vida, de estilo artístico; se daban seguridad, se sentían menos extraterrestres teniendo entre ellos esas largas conversaciones literarias o esos largos silencios que hacían su amistad. Así que lo de la valija quedó para Miguel como un detalle estrambótico más de Tobi, como uno más de sus misterios absurdos y casi cómicos.
Esa misma tarde pasó por la editorial, para ver qué tal le había parecido a Castro la versión definitiva, y Castro lo recibió eufórico, diciéndole Lo mejoraste todo, es como un cuerpo de deportista, sin un gramo de grasa. Luego, delica-damente, Tobi preguntó por el tema de la plata, y Castro le dijo que sí, que por supuesto, que tenía los tres mil pesos, que había pasado alguna zozobra para conseguirlos pero que era una cuestión de honor, ese adelanto a Tobi le iba a servir quizá para amueblar la casa nueva (porque Castro sabía que en esa sema-na, el sábado a la tarde a lo sumo, Tobi se mudaba) o para alguna inversión rela-tiva a su oficio, quizá un escritorio o un archivero, o simplemente para ahorrarla o reventarla, qué va. Los personajes y la historia eran tan atractivos que Castro no dudaba que iba a ser uno de los libros del año, no sólo en calidad sino tam-bién en ventas, porque además el personaje-escritor-Tobi-Peña era atractivo, tenía el carisma para imponerse rápido con adecuadas apariciones públicas. Quizá no: seguro, Castro de esto sabía, Tobi iba a dar que hablar. Después de un rato de lata amable, Tobi se fue para la casa.
Luego del casi secreto incidente del sábado en la disco, la vida entre los tórto-los siguió con normalidad. Esa noche copularon rabiosamente; cosa rara para la rubia, que ya se había acostumbrado a la luz prendida cuando lo hacían de no-che, Tobi insistió en que apagaran todo. Fue una noche casi violenta, al punto que la rubia quedó realmente maltrecha. Eso la tranquilizó, luego de la semana anterior tan abúlica y extraña de Tobi.
Al otro día, Tobi salió temprano del trabajo y compró un pasaje en clase turis-ta, que le costó un ojo de la cara: los ahorros de seis meses de trabajo quedaron prácticamente aniquilados. Pero, ratón para los gastos superfluos, aún pudo contar más de tres mil seiscientos pesos sumando lo de la editorial y el aguinal-do. El pasaje era para el jueves a la madrugada. Tenía tiempo de ordenar sus papeles y hacer discretamente la valija, esto a último momento.
Todo el resto del martes y el miércoles a la salida del trabajo los dedicó a pa-sar información a diskettes, imprimiendo cosas, borrando archivos de la PC a medida que los pasaba a otro soporte. La tarde del miércoles, antes de que la rubia volviera del trabajo, eligió ropa, no demasiada, mudas y algunos pantalo-nes, algunas remeras, un par de camisas, un par de buzos y un sobretodo negro, una resma de papel, y pocas cosas más, y los llevó en una bolsa de consorcio pa-ra la pensión de Miguel. Ya esto a Miguel le pareció demasiado turbio. ¿Para qué quería Tobi tener en lo de Miguel una valija con ropa suya? ¿A dónde quería lle-gar? Tobi le dijo (no había más tiempo para fingir o retacear si quería que todo le saliese al pelo): se iba a Grecia, a pasear, quizá Corfú o el Egeo. Quería apro-vechar la guita del libro para hacer ese viaje, después quién sabe si podría hacer-lo en el resto de su vida. Miguel preguntó Pero… ¿solo? Tobi dudó. No quería contarle todo, no quería contarle que huía de la rubia, o de lo que fuese. Le dijo finalmente que… no quería quilombos con la rubia, que ella iba a querer ir con él y que él quería estar solo, antes de la convivencia final. Era… como una des-pedida de soltero metafísica, algo así. Le dijo además, antes de irse, que tipo cinco de la mañana iba a pasar a buscar la valija, porque el puto avión salía tem-pranísimo.
De ahí se fue para el departamento de Tomi en Caballito. Tenían sus respecti-vas llaves, de modo que, aunque Tomi no estaba, Tobi pudo entrar tranquila-mente y hacer a sus anchas. Dejó, medio escondida para que Tomi tardase en encontrarla, una carta explicándole todo (es un decir) y amenazándolo a que no dijera a nadie, ni siquiera a los padres, nada de nada. La carta, confeccionada a mano en la biblioteca del Congreso, decía que se iba a Europa, aún no sabía muy bien adónde, para qué. Que ya le mandaría sus señas en cuanto se estableciera en algún lado. Que no sabía tampoco por cuánto tiempo se iba, ni qué iba a hacer allí. Que necesitaba aire porque en Buenos Aires se sentía ahogado por un montón de factores. Que le dejaba anotado su mail, por cualquier cosa. Le repe-tía que por nada del mundo le dijera sobre su paradero a la rubia, o a Tir, o cualquiera de sus amigos, y menos que menos a los padres; y a la rubia sobre todo no. Que sinó, volvía y lo mataba. Que el único que iba a saber que él se es-taba yendo sería Miguel. Que tranquilizara a sus padres. Que lo quería más que a nada en el mundo, y que no fuera tarado de ponerse a llorar al leer la carta, que no fuera un pendejo tarado y que se portara como el hombre que era. Al es-cribir la última frase, entre los estudiantes que atestaban la sala de lectura de la Biblioteca del Congreso, Tobi no pudo evitar que las lágrimas corrieran por su rostro como cataratas, sin que las pudiera parar por cinco o seis minutos, tanto que una chica oriental que estaba sentada a su lado le preguntó si se sentía bien.
Volvió al departamento recién a las diez y pico, aunque había hecho todo vo-lando. La rubia lo esperaba, extrañada de su ausencia insólita, con la comida hecha: lengua a la vinagreta con ensalada rusa; mucha mayonesa. Una comida fresca para la noche de un día que había sido tórrido. Cuando Tobi entró al de-partamento se veían nubarrones, y había refrescado bastante; seguro iba a llo-ver.
La rubia lo recibió con un beso muy dulce, y le dijo, de un modo que pareció ocurrencia espontánea, No quiero que te hagas más la cabeza, es al pedo y te ponés, mal, y yo quiero que estés bien, porque te amo. Tobi no esquivó los be-sos ni las palabras. Sí las miradas; sólo asintió a las palabras de la rubia mirando para abajo y recién alzó la vista, con una súbita sonrisa y una mirada embelesa-da a los ojos de la rubia, cuando ella terminó de hablar. Se dieron un beso muy largo y enseguida se sentaron a comer. Tenía el estómago cerrado, apenas pudo morfar. Pretextó un dolor de hígado, y la rubia le dijo que capaz que era el mate, que Tobi tomaba demasiado, y también le dijo que tenía que soltar más lo que sentía, porque sinó se iba a agarrar una úlcera o un tumor, Dios libre y guarde. A Tobi la frase fuera de lugar le causó mucha gracia. Era una frase inconmensu-rablemente absurda y sin sentido en boca de la rubia. Pero son los atavismos del lenguaje, pensó; ¡Decimos tantas palabras cuyo sentido desconocemos! Levan-tándose de la mesa, acarició el cabello de la rubia y la besó suave en la frente, en los párpados, en la ancha nariz, en la boca inmensa y sabrosa como una frutilla desaforada. Te amo, le dijo, y fue a lavar los platos.
Esa noche, hicieron el amor ardorosamente. Fue la fiebre de siempre entre ellos, el sí y el no fundidos, el verbo puro sin verbo, lo inefable del instinto y del deseo y del cuerpo amado. Fueron como flores copulando en la penumbra, en la tibieza estival de la penumbra, un manojo de flores vívidas, esos orgasmos pro-fundos y desgarradores en que Tobi se derramaba hacia la rubia. En un momen-to culminante, Tobi, ganado por la emoción, no pudo más y exclamó, conmovi-do, ¡Cómo te amo, por favor, cómo te amo!, mordiéndola y clavándose en ella como en una agonía, como si fuera el último acto de su existencia.
Se separaron agotados, y la rubia se durmió enseguida, satisfecha y exhausta.
Tobi, en cambio, no durmió en toda la noche. A las cuatro, en silencio y con el corazón latiéndole a mil, se levantó, sigiloso como un gato, se puso el pantalón, las medias, la remera. Tenía un buzo y unas zapatillas en la mano. No quería ni mirarla por temor de acobardarse y arrepentirse, pero no pudo resistirlo, y, a contraluz contra la ventana abierta y la persiana levantada, casi dibujada contra el fondo gris de los edificios y contra los manchones índigo del cielo porteño que aparecían entre las moles urbanas, Tobi vio por última vez el cuerpo en contor-no de la rubia, destapada, desarmada y desnuda, con el pelo en desorden, respi-rando hondo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Arriesgando estropear sus pla-nes, se acercó al rostro dormido. Le pareció angelical y puro e inocente y malva-do y cruel y desdeñoso e infantil e hierático y fatal y misterioso y profundo. In-sondable. Insondable. No pudo evitar, lo más suavemente que sus nervios le permitieron, oler por última vez el cuerpo amado y misterioso, y besar suave-mente la gran boca roja, la gran boca cruel, la gran boca y el rostro dormido de la rubia. Después, haciendo un gran esfuerzo para sacudirse la magia de la hem-bra dormida, se enderezó de golpe, abrió la puerta y salió. Bajó por la escalera para evitar el menor ruido, y se tomó un taxi hasta San Telmo. Sobre la mesa, quedaba un papel de puño y letra que decía “Salí más temprano porque tenía que hacer unos trámites antes del trabajo. No me esperes a cenar. Tobi”. Pasó a buscar la valija por lo de Miguel, que lo esperaba en la puerta, y se metió en se-guida en el taxi, casi sin despedirse de su amigo que no sabía si conmoverse o no, porque no tenía idea de si lo volvería a ver. La expresión hosca y apurada de Tobi no le dio tiempo a sentimentalismos. Chau, Migue, nos vemos a la vuelta, le dijo, y subió como un rayo.
El tránsito en taxi hasta Ezeiza fue eterno. Si bien no había congestionamien-to, a Tobi le parecieron siglos. Sentía una opresión tan intensa en el estómago que deliberadamente trató de poner la mente en blanco, porque cada asociación libre lo llevaba a recordar, y los recuerdos eran como puñales emponzoñados. Le costó un platal, el tipo se había hecho el día. Después, estuvo como una hora y pico sentado, con la valija apretada contra él y el bolso sobre las rodillas, perdi-do en sus pensamientos. No sabía una coma de griego. Prácticamente, en inglés, conocía sólo palabras sueltas. Una huida hacia adelante. El futuro no como es-peranza, sino como fuga del horror de un presente demasiado espeso. Pero tenía apenas veinte años: suficiente futuro como para huir hacia él. Este exilio auto-impuesto, pensó, es la madurez, la madurez definitiva, estar solo POR DECI-SIÓN PROPIA, para llegar a ser por sí mismo y en sí mismo, artista y hombre y autosuficiente. Eran casi palabras de Tir.
Cuando llamaron para su vuelo, volvió de su ensimismamiento sobresaltado, como si le hubieran dicho por sorpresa “Ya es la hora de su ejecución. La horca lo espera”. El colectivito lo llevó hasta el avión. Nunca había volado. Ni se pre-guntó qué sentiría, si pánico o indiferencia: emoción seguro que no. Desorienta-do, buscó su asiento. Una azafata que lo vio parado en el pasillo y con cara de susto y tan chico, le tomó el pasaje y le indicó el lugar con amabilidad y frescura. El corazón le latía con fuerza. El cuore no era tonto, sabía lo que pasaba. Para colmo, el avión tardó una enormidad en despegar. Cuando, finalmente, arrancó, Tobi sintió un sacudón adentro, algo definitivo que se rompía para siempre co-mo un jarrón chino, algo precioso y antiguo y delicado que se hacía añicos, la imposibilidad de volver atrás, a Tobi, el niño, el muchacho, el enamorado, el que había existido. No voy a ver más a Tomi, pensó, como dándose cuenta sólo en ese instante.
Al rato, el avión levantó vuelo, y enseguida Tobi vio a Buenos Aires desde arriba, por última vez: ¡parecía tan chiquita y tan frágil y tan entrañable!: como una maqueta, un hormiguero desierto, un inmenso hormiguero que brillaba en asfalto y cemento al sol casi naranja de la mañana. Pensó entonces que allí aba-jo, pequeñitos y frágiles, estaban Tomi, la rubia, Tir, Miguel, Selva, Mecha, to-dos, durmiendo o trabajando afanosos en pos ¿de qué?: de nada tonto, la vida tiende hacia nada, viene de la nada y va hacia ella, y los humanos la corrompen de finalidad, tonto Tobi, de moralidad y de amor y de odio y de indiferencias fingidas, de hábitos que cuando se nos revelan nos hacen sentir presos, como si hubiera escapatoria a esa infausta e infatigable prisión de días, como si hubiera escapatoria a la Continuidad, a la Fluencia, al Vértigo Indiviso que a veces nos sorprende con su existencia inusitada si somos lo suficientemente tontos como para ponernos a pensar en ella, en él, en eso, en ello, tonto Tobi, absurdo Tobi buscando finalidad y sentido en la vida, finalidad y sentido y todas esas cosas humanas que no tienen la menor importancia. ¡Y cómo la necesitan, los huma-nos, a la finalidad, para no morirse de inanición espiritual, cómo necesitan lle-nar el vacío de su vida automintiéndose, cómo desesperan cuando descubren el vacío que los llena indefectiblemente, que los constituye sin remisión! Tobi mira y mira y no puede distinguir el Obelisco, apenas entrevé o adivina la General Paz o la Nueve de Julio, y después el río, el brillo del río, y más tarde Montevideo y luego un poco más de tierra y finalmente el mar: el mar. El mar que se extiende sin fin hacia todos lados, igual, por donde mire. Ha pasado quizá un par de horas. Se da cuenta recién entonces de que ha estado todo el tiempo llorando en silencio sin parar. Se seca las lágrimas. El pasajero que está a la izquierda de él, un anciano como de setenta años, flaquito, de rostro bonachón, le pregunta si se siente bien. Contesta, moviendo la cabeza, que sí, sin poder articular palabra. ¡El país, el terruño, cómo se extraña cuando uno está afuera!, le dice el viejito. Eso lo hace pensar en la parte de una película en que Gardel canta “Lejana tierra mía” y un anciano no muy distinto del que ahora está a su izquierda llora, con un sombrero o boina en la mano, al lado de Gardel. Ja. Gardel, mierda con el nombre, ni empecemos con esa bobería porque me tiro del avión, piensa. Cierra los ojos y apoya la cabeza contra la ventanilla y se queda así, suspirando, horas, perdido como… en una especie de delirio, de imágenes que se suceden vertigi-nosas y sin orden junto a palabras en una marea que no puede detener, y así, hasta que las imágenes y las palabras lo hipnotizan y se duerme.
Los mellizos, trece años, salen del galpón, todo sucios de revolcarse sobre jer-gones y arpillera y sobre el piso de tierra. Adentro hay una chica, como de once. Lucen macilentos, exhaustos, como tristes. Tobi mira a Tomi: lo ve desolado. Agacha la cabeza y no lo mira más hasta que entran a la casa, en silencio.
Medianoche. Tobi tiene una pesadilla y se despierta ahogando un grito. Se sienta en la cama a oscuras. Entra de lleno luz de luna blanca por la ventana. Es una luna que asoma entre rejas, como una prohibición abstracta. Mira a la cama de abajo para ver si Tomi duerme. Tomi está de costado, con las manos aferran-do las cobijas a la altura de su cuello, la cara vuelta hacia la ventana, iluminada de manera perfecta por la luz de la luna llena. Hace un mohín con la nariz, y se la rasca brevemente con la yema del índice derecho. Tiene un aspecto aniñado, dulce y feliz. Tobi mira con inmensa ternura a su hermano, sonriendo, un par de minutos. ¡Es tan hermoso!; como él mismo, piensa. Luego, ya totalmente sere-no, se da vuelta contra la pared, se tapa hasta el cuello y se duerme enseguida, profundamente.
canasta
por las dudas
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